¿Ciencia Ficción Arqueológica?: “En las montañas de la locura” de H.P Lovecraft

Eden Ulises Martinez

“Si no los disuadimos llegarán hasta el mismo núcleo de la Antártida y derretirán y taladrarán hasta sacar a la luz lo que nosotros sabemos que puede acabar con el mundo. Así pues, he de poner fin al silencio y hablar incluso de aquella postrera cosa sin nombre que se encuentra más allá de las montañas de la locura.”

La anterior es la plegaria que hace el geólogo Dyer en En las montañas de la locura (1931), uno de los relatos más largos de H.P Lovecraft (Providence, Long Island, 1890-1937) y el que más ha sido calificado de difícil, aburrido y pesado (sobre todo he leído estos adjetivos en textos recientes). Curioso es que este cuento extenso (o novela corta) padece una polaridad de opiniones,  ya que a pesar de la desazón que le tiene una parte de la crítica, es considerado por muchos lectores y expertos como una de sus obras más logradas.

Christopher Domínguez Michael, por ejemplo, dice que al retomar el relato su fascinación se mantuvo tan emocionada o respetuosa como ocurre ante una relectura de Proust o Joyce. Estas observaciones  y mi propia impresión sobre el texto me hacen pensar que su desvaloración es el posible fruto de un prejuicio que algo tiene que ver con la falta de paciencia al leer y el intensificado gusto por la velocidad en la literatura impuesto por la acelerada vida moderna.

En las montañas de la locura es una narración para contemplarse, la trama es lenta y larga (para ser un relato): Unos científicos de la Universidad de Miskatonic hacen una expedición a la Antártica con motivo de hacer excavaciones en busca de muestras de suelo, con una motivación científica interdisciplinaria. Uno de los grupos expedicionarios (dirigido por el biólogo Lake) decide alejarse más de lo acordado y encuentra un sobrecogedor número de cosas impresionantes: la cordillera más alta de la tierra y el mayor descubrimiento paleontológico y geológico de la historia, junto a los especímenes de lo que parece ser una forma extraña y antiquísima de vida.

Después ocurre una tormenta y el grupo de Lake pierde comunicación con el otro (el del narrador, Dyer), que después de esperar un día va a investigar lo ocurrido. Al llegar, Dyer y sus acompañantes se encuentran con que todos los miembros del equipo de Lake están muertos y los especímenes desaparecidos. En parte por el shock y por la imposibilidad de admitir cualquier otra explicación, atribuyen las muertes a un evento de locura colectiva causado por la tormenta y el lugar. Incluso en ese desolador escenario el  espíritu científico se impone, y el geólogo Dyer, junto con el joven estudiante Danforth, emprenden un viaje en avión para poder dar su apreciación científica a las montañas descritas en los informes de Lake.

Hasta aquí parece que he mencionado un número considerable de acontecimientos, sin embargo, aunque cada uno de estos (las excavaciones, los análisis de los seres, el descubrimiento de las montañas, los informes mandados por Lake y las propias especificaciones del narrador) es prolongadamente descrito con admirable precisión en los detalles, la parte más extensa de la historia ocurre en el mismo sitio y durante unas cuantas horas, cuando Dyer y Danforth van a investigar la zona de las montañas y se encuentran con:

  ” (…) la ciudad ciclópea de arquitectura no conocida ni imaginada por el hombre, con inmensas masas de mampostería, negras como la noche, que suponían monstruosas desviaciones de las leyes geométricas.”

Es en esta ciudad (alienígena, por cierto) donde Dyer y Danforth hacen su recorrido arqueológico, analizando frisos, bajorrelieves murales y haciendo descripciones de dos páginas de extensión con las interpretaciones que obtenían de estos:

“El ciclópeo espesor de los muros y las gigantescas dimensiones de cuanto nos rodeaba resultaban curiosamente opresivos; y algo vago pero profundamente inhumano se revelaba en todos los contornos, proporciones, decorados y matices de construcción del arcaico y repulsivo tallado de la piedra. Pronto comprendimos, por lo que revelaban los bajorrelieves, que aquella monstruosa ciudad tenía una antigüedad de muchos millones de años.”

A pesar de que desde el comienzo del relato son muy notorios los elementos de Ciencia Ficción (Dyer, un científico, es el narrador, y utiliza un lenguaje especializado en la descripción de los, periodos de formación de la tierra, la naturaleza de fósiles y sus características, hace explicaciones cientificistas de la tecnología utilizada, referencias a regiones geográficas reales al interior de la Antártida y a expediciones verdaderas y documentadas), es en este punto en donde considero que llegan a consolidarse: al explicar mediante la interpretación del arte y arquitectura de la megalópolis paleógena (o blasfemia prehumana, o Corona Mundi) casi toda la historia, sistema de creencias, organización política e incluso elementos culturales como la dieta y hábitos de los seres que vivieron ahí (una Pompeya de gigantescas dimensiones):

 “El gobierno era, evidentemente, complejo y probablemente de tipo socialista, aunque nada podía deducirse con certidumbre acerca de esto de los bajorrelieves que vimos. Era grande el movimiento comercial, tanto el local como entre distintas ciudades, empleándose como dinero pequeñas fichas grabadas de cinco puntas (…) Aunque la cultura era primordialmente urbana, existía algo de agricultura y gran actividad ganadera (…) Viajaban mucho, pero la emigración permanente no parecía ser muy frecuente, si se exceptúan los grandes movimientos colonizadores mediante los cuales se extendía la raza.”

Esto no es más que un pequeño ejemplo de la cantidad de minúsculos pormenores que relata Dyer acerca de la cultura de los seres que habitaban la urbe, y al brindarle este carácter arqueológico a la historia Lovecraft robustece la cientificidad de la trama. Incluso la Enciclopedia de la Ciencia Ficción menciona que En las montañas de la locura junto con En la noche de los tiempos (1936) son algunas de las obras del autor de Providence que más influencia ha tenido en los escritores del género.

Otra cosa que posiblemente contribuyó a tachar este cuento largo (larguísimo)[i] de aburrido y pesado es que en todo el texto Lovecraft repite varías veces las mismas cosas en sus descripciones. Un ejemplo claro es cuando habla del conjunto de montañas y las compara con los cuadros de Roerich, (difícilmente olvidarán a Roerich después de leer En las montañas de la locura):

 “Desde aquellas laderas, las que se alzaban negras y cubiertas de ruinas, desnudas y horribles, contra el Este, volvían a recordarnos las extrañas pinturas asiáticas de Nicholas Roerich (…)”

 “Algo de aquel paisaje me recordaba las extrañas y perturbadoras pinturas asiáticas de Nicholas Roerich (…)”

“Grandes bloques cuadrados y bajos con lados completamente verticales y líneas rectangulares de paredes verticales como los antiguos castillos asiáticos adheridos a las empinadas montañas que aparecen en los cuadros de Roerich.”

 “(…) justificaban su comparación con las imágenes, como soñadas, de ruinas de templos primitivos sobre las cimas nubosas de Asia, que tan sutil y extrañamente pintara Roerich.”

 “En verdad había algo obsesionante, que evocaba a Roerich en todo este continente sobrenatural, de montañas misteriosas.”

Repeticiones así ocurren (otro ejemplo más sutil es la meseta de Leng) constantemente, pero están posicionadas de tal manera que aunque sean reiterativas no incomodan la lectura, si no que colaboran a hacerte sentir esta imagen tan tenebrosamente definida del paisaje. Seguramente este fue uno de los objetivos de Lovecraft: que te sintieras rodeado y frágil por el paisaje desolador. Al fin de cuentas las montañas también son protagonistas, el aura maldito de la ciudad es en gran parte creado por la sensación de vértigo que le otorgan, e incluso en la historia se menciona un terror inexplicable e inmencionable hacía las otras montañas (las verdaderas montañas de la locura).

A lo largo de la historia permanece el hálito desesperanzador clásico de Lovecraft, así como las atmósferas encauzadas a producir horror. Podemos vivir en una isla de ignorancia, o volvernos locos ante la revelación de las grotescas dimensiones de un universo hostil.

También, al ser parte esencial de la cosmogonía de los Mitos de Cthulhu, menciona varias veces al Necronomicón, junto con otros elementos que el lector familiarizado con su literatura reconocerá. Esquivar En las montañas de la locura por su dificultad equivale a omitir La narración de Arthur Gordon Pym (1838) de Edgar Allan Poe, por extensa, obra que por cierto es citada por Dyer en el relato de H.P Lovecraft, y con la que comparte cierta intertextualidad.  Aprovechen y lean ambas.

[i] Considero que las novelas cortas de Lovecraft son más bien relatos largos.