El loco entreverado: Don Quijote de la Mancha

Por Edén Ulises Martínez

“-No le sacarán del borrador de su locura cuantos médicos y buenos escribanos tiene el mundo: él es un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos.”-Don Quijote de la Mancha, Segunda Parte, Capítulo XVIII.

I. Introducción necesaria: Locura sería que el Quijote siguiera muerto por cien años más

La primera parte de El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, también conocido por su apelativo más sencillo como el Quijote, fue publicada por Miguel de Cervantes Saavedra en La Mancha en el año de 1604, y ya en la primera mitad de 1605 salieron hacia América cientos de ejemplares. En la presentación de la edición del IV bicentenario de su publicación se puede leer que Irving Leonard cuenta el número y el destino de estos Quijotes:

“…doscientos sesenta y dos fueron, a bordo del Espíritu Santo, a México, y que un librero de Alcalá, Juan de Sarriá, remitió a un socio de Lima sesenta bultos de mercancía que viajaron en el Nuestra Señora del Rosario a Cartagena de Indias y de allí a Portobelo, Panamá y El Callao hasta llegar a su destino. Se perdieron en todo el trayecto varios bultos, pero así comenzó el Quijote su andadura americana.”

Podemos imaginarnos con emoción al Espíritu Santo, cargando en alguna de sus bodegas o cofres de viaje la que se consideraría después como obra fundadora de la novela moderna. Cruzando el Atlántico para llegar al Nuevo Mundo, Don Quijote, Rocinante, Sancho Panza y su famoso jumento, lograrían llegar a donde Cervantes nunca llegó. El Quijote se volvería (no sin obstáculos) la novela castellana por antonomasia: entre todas las de su clase, la más importante, conocida o característica[i], y Cervantes sería nuestro Shakespeare.

Sin embargo, aunque son muchas las similitudes históricas de las vidas de ambos íconos, así como también la adoración pletórica que les rinden sus respectivas academias, las obras de uno y otro tienen hoy por hoy legados paradójicos[ii]: Shakespeare continúa rebosante de vida en las calles y en los teatros de todo el mundo, Hamlet, Romeo y Julieta, Macbeth, y muchas más de sus obras y de sus sonetos son interpretados, reinterpretados, modificados y reanimados en muchísimos formatos culturales, tradicionales, modernos y posmodernos: Shakespeare ha logrado reinventar sus significados y la lengua inglesa sigue enjugándose en él.[iii]

No se puede decir lo mismo de Cervantes y del llamado Siglo de Oro Español, que se sigue observando desde lejos como una pieza de museo: Quevedo, Alarcón, Góngora, Lope de Vega, Garcilaso y el mismo Cervantes (en casa de casi todos mis amigos o gente conocida hay un Quijote, y que yo sepa, nadie lo ha abierto), todos en su jaula aurífera, cubiertos de una gruesa capa de polvo que no nos deja ver sus resplandores. Los leerán quizá estudiantes de Lenguas Hispánicas, académicos interesados o lectores consolidados: en el México del siglo XXI, si de por sí leer es cosa extraña, leer a los clásicos del castellano es una rareza y un milagro.

Con la poca experiencia que tengo como lector creo que esto sucede gracias a tres ideas maltrechas: El Quijote es visto como un libro aburrido y añejo, se piensa que por su lenguaje y sintaxis “antigua” es dificilísimo de leer, o se le considera “sagrado”, “intocable”, y por lo mismo lejano, innecesario, se esquiva por el miedo que supone leer una imagen tan imponente.  Sin importar si estas razones son correctas o no, creo que son válidas para comenzar a preguntarnos por qué la tradición Cervantina no ha sido absorbida por la cultura popular como lo ha hecho la obra de Shakespeare.  Julio Hubard, en su artículo Hablarle en Necio[iv], responde a esta lejanía cuando habla sobre el teatro de Cervantes y en general de todo el Siglo de Oro:

Quedan varias hipótesis; la más inmediata, que gran parte de aquel teatro se nos volvió lejanísimo. Por dos razones. Una, que no hubo, ni hay, quien meta la mano para faltarle al respeto a la literatura y rehacerla, utilizarla y producirla de nuevo. Dos, que no se le mete la mano porque se teme a quien vela los cadáveres: la academia impone temor y suele creer que su obligación es regañar a quien profane sus santos y sus monstruos. Pero, sobre todo, porque el abandono central es el del público, que se aburre más y entiende menos conforme pasa el tiempo. Dicho claramente: si el teatro del Siglo de Oro existe es porque lo conserva la academia, y si el teatro del Siglo de Oro carece de vida es porque lo conserva la academia.”

Este mismo año y a cuatrocientos de distancia de la muerte de ambos autores, James McWilliams menciona en Saving the Self in the Age of the Selfie, su colaboración para The American Scholar, la importancia de la lectura en estos tiempos acelerados, y la propone precisamente como la cura de muchos de los males de la era de los smartphones. Yo, escribiendo desde una posición mucho más modesta, le agregaría a esta recomendación una pequeñez (en especial dedicada a mis compañeros millenials): hay que perderle el miedo (y el respeto) al Siglo de Oro, y si es necesario hay que volverlo de cobre, hay que desempolvar esos Quijotes que tenemos en las repisas, en los cajones, en los armarios. Se van a llevar una buena sorpresa.

 II. La Locura del Quijote

“En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo”– Don Quijote de la Mancha, Primera Parte, Capítulo I.

El tema de la locura en la literatura ha sido recurrente últimamente y a la vez mi formación académica en ciernes es necia y supongo necesarios más trabajos al respecto, que incluyan elementos históricos que nos expliquen qué concepto de locura se tenía en España a principios del siglo XVII, saliéndose un poco de la comodidad de rastrear etimologías y sin citar otros autores contemporáneos a Cervantes.  En relación al Quijote, siendo nuestro hidalgo de los más famosos “locos” de todo el mundo, podemos encontrar gran variedad de textos escritos dedicados a ese ámbito específico de su carácter, porque ¿qué llama más la atención del Caballero de la Triste Figura que su rematada, cómica pero magnífica locura?

Aprovecho esta coyuntura temática para mencionar otra obra que aparecerá en la presente edición de The Ficción Review: El hispanista Diego Martínez Torrón habla de cómo se le achaca a Cervantes haber extraído la noción de locura utilizada en el Quijote del famoso Elogio de Erasmo de Rotterdam. Esto lo comenta para deshacer los argumentos de la ocurrencia:

Pero notemos un aspecto importantísimo. Locura es dementia en latín, no stultitia (estulticia). Por lo tanto Erasmo no se refiere generalmente a la locura como tal, sino a la necedad, que es la que critica y ridiculiza (…) Los estúpidos, afirma, son los que dicen la verdad. Pero separa siempre estupidez —stultitia, la actitud vital del ignorante— y locura —insania—. (…)La obra de Erasmo es un prodigio de dobles sentidos y juegos irónicos de los que tal vez aprendió Cervantes, pero que está muy distante del modo de tratar nuestro escritor un tema como el de la locura (…).”[v]

Don Quijote no puede ser un loco erasmiano porque es un loco-sabio, para Cervantes la sabiduría no tiene que ser hosca ni aburrida. En el capítulo XVIII de la segunda parte del Quijote,  cuando don Lorenzo le pregunta a su padre  don Diego de Miranda quién ha traído a casa (pues Don Quijote se anunciaba como caballero andante), éste le contesta que no le sabe responder, pues le ha visto hacer cosas del mayor loco del mundo, y decir razones tan discretas que borran y deshacen sus hechos. Para Torrón la locura del personaje es una herramienta literaria para evadir la censura, y plantea la tesis interesantísima de que la primera novela moderna es una crítica-sátira del  código español de honor del siglo de oro y de los valores de la contrarreforma. Pero al hacerlo, Cervantes no solo se burla, sino que logra destacar también los aspectos admirables del idealismo español: La mera intención de desfacer agravios y enderezar entuertos (el empeño de curar las injusticias) es, como dice Martínez Torrón, una forma de locura en un mundo egoísta[vi].

 III. La locura y la ficción

Dejando la discusión anterior de lado  y para no darle vueltas al Quijote citando párrafos y dando ejemplos de sus diferentes estilos de disparates, cosa que ya está muy hecha, me gustaría finalizar el tópico de una manera mucho más casual y sencilla, enfocándome en la idea de volverse loco leyendo ficciones y textos fantásticos.

Ya en su lectura del capítulo primero del Quijote Francisco Rico y Joaquín Forradellas nos hablan del trasfondo cultural e histórico de dicha transición hacía la locura leyendo libros de caballerías. Alonso Quijano es un hidalgo de pueblo, un título echado a menos cuyos privilegios se reducían a no pagar algunos impuestos y a no alojar tropas de paso. Los nobles altos y bajos vivían imbuidos en la nostalgia de las glorias guerreras y los esplendores caballerescos del otoño de la Edad Media, la edad de oro de sus mayores. No nos sorprende entonces cómo Alonso Quijano, apático de la vida cotidiana y ávido de la gloria de los tiempos de antaño, se encerrara a leer como loco, de día y de noche, hasta que se saliera un tornillo. [vii]

Es por esto que el Quijote es tan contemporáneo. ¿Acaso no vivimos escapándonos de la realidad viendo series y películas, historias que son ajenas a nuestra cotidianidad, o jugando videojuegos que nos hagan viajar a lugares que solo existían en nuestra imaginación? Somos todos Quijotes  y Sanchos de cierta manera, vivimos con la melancolía de una realidad con la que estamos insatisfechos, buscamos Tierras Medias para habitarlas y ser héroes,  Santamarías para llorar y Macondos para reír, queremos librar a nuestras propias Hell´sKitchen de malhechores, salvar la tierra de los locust, del Covenant, del aburrimiento que nos causa esta realidad en la que nos sentimos tan solos. Cervantes lo supo hace más de 400 años y no ha cambiado nada: hay que inventar, escribir, soñar, para poder mantenernos cuerdos.

[i] Diccionario de Lengua Española, Real Academia de la Lengua Española.

[ii] Subtitulo de la edición 208 de Letras Libres: Shakespeare + Cervantes, Legados Paradójicos (2016)

[iii] Esto no quiere decir que Don Quijote no sea moderno, Vargas Llosa dice sobre el tema que: “al igual que el Hamlet, o La Divina Comedia, o La Ilíada y La Odisea, (El Quijote) evoluciona con el paso del tiempo y se recrea a sí misma en función de las estéticas y los valores que cada cultura privilegia, revelando que es una verdadera caverna de Alí Babá, cuyos tesoros nunca se extinguen.”

[iv] Artículo de la edición de Letras Libres ya referida: Shakespeare + Cervantes, Legados Paradójicos (2016)

[v] Martínez Torrón, Diego, “La locura de don Quijote. Ideología y literatura en la novela cervantina” en Anales Cervantinos, XXXIV, 23-36 (1998).

[vi] Ídem

[vii]Rico Francisco y Joaquín Forradellas, Lectura del capítulo primero, Centro Virtual Cervantes: http://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/edicion/parte1/cap01/nota_cap_01.htm