Sobre la locura, motor del mundo: Erasmo de Rotterdam y su Stultitiae Laudus

Por Francisco Ortiz

El Elogio de la locura es una obra publicada en el año de 1511, en París. Se discute mucho la traducción del título ya que en latín se llama Stultitiae laudus que, de forma literal es “elogio a la estulticia” y siendo Rotterdam alguien versadísimo en la lengua oficial del imperio romano se argumenta que, de haber querido hacer un elogio a la locura, hubiese utilizado el sustantivo insania, pero esa es una cuestión que dejaremos a los filólogos.

En su laudo, el holandés crea a una diosa llamada Locura que a lo largo de la obra va exponiendo sus virtudes y criticando las tonterías que se hacen en nombre de la sabiduría y el conocimiento. La diosa se eleva a sí misma con un discurso aparentemente improvisado haciendo ver que es ella quien mueve al mundo. Inicia exponiendo su origen: nacida en las islas afortunadas, hija de Pluto y Hebe, que cuenta en su corte con el Amor Propio, la Adulación, el Olvido, la Pereza, la Voluptuosidad y la Demencia. Ensalza sus virtudes en los temas más diversos de la vida, desde el origen mismo de ésta al decir:

“¿qué hombre, decidme, ofrecería su cabeza al yugo del matrimonio si, como suelen hacer los sabios, pensase antes seriamente en los inconvenientes de la vida conyugal, ni qué mujer consentiría que se le acercase un varón si conociese o examinase solamente los peligrosos dolores del parto, o las molestias de criar los hijos? Pues si debéis la vida al matrimonio, y el matrimonio se lo debéis a la Demencia, mi compañera, sacad la consecuencia de lo que me debéis a mí. ¿Qué mujer que ha sufrido una vez aquellos trabajos, quisiera volver a pasarlos si no fuera gracias a la virtud del Olvido? La misma Venus (pese a Lucrecio) no tendría fuerza ni poder sin mi ayuda.”

Y así, en un tono siempre irónico y burlesco bajo la apariencia de un discurso serio, imitando y haciendo mofa de los grandes oradores de su tiempo, Rotterdam, en boca de la locura, continúa poniendo a la diosa como la regente del mundo y máxima benefactora del hombre, sus atributos se extienden desde hacer posible la vida, como ya hemos mencionado, pasando por hacer posible la amistad, el matrimonio, la política, y lanzando afirmaciones como que los animales son más felices que los hombres o que el placer es el bien supremo. Al mismo tiempo que critica a todas las figuras “respetables” de su época: el papa, los gramáticos, los teólogos, los reyes y los filósofos, a quienes tilda de ignorantes y amantes de perder el tiempo, acerca de ellos dice:

“Aunque nada sepan, creen saberlo todo y no se conocen a sí mismos, ni ven la fosa abierta a sus pies, ni la roca en que pueden tropezar, sea porque de ordinario son casi ciegos, sea por tener la cabeza a pájaros; pero esto no les impide afirmar que perciben las ideas, los universales, las formas abstractas, la materia prima, los quidditates, los acceitates, cosas, en verdad, tan imperceptibles, que, a mi juicio, ni el mismo Linceo las hubiese visto con claridad. Pero, sobre todo, desprecian al profano vulgo, solo porque saben trazar triángulos, cuadriláteros, círculos y otras figuras matemáticas, inscritas unas en otras, e intrincadas en forma laberíntica y acompañadas de un ejército de letras, repetidas en distintos órdenes, cuya colocación ofusca a los ignorantes. No faltan algunos entre ellos que leen el porvenir en los astros, y que prometen milagros mayores que los de la magia. ¡Y todavía encuentran papanatas que creen también esas cosas!”

En fin, la diosa Locura lo abarca todo y nada podría ser sin ella.

El Elogio, es un texto que dice lo contrario a lo que expresa, obliga a convertir todas las afirmaciones en negaciones para comprender el propósito de dicha obra. De este modo el autor invita al lector a ser participe en la obra con su buen trabajo de la retórica, al mismo tiempo que se protege pudiendo afirmar que todo es un mero juego (hay que recordar que en esa época Giordano Bruno y Galileo fueron quemados por la inquisición y Tomas Moro decapitado por Enrique VIII).

Erasmo de Rotterdam fue un hombre letrado de los más grandes de su tiempo, como filólogo rescató las lenguas clásicas y como teólogo participó en el sisma de la iglesia intentando una vuelta a las bases del cristianismo, sin decantarse por la reforma o la contrarreforma, además de sentar las bases del humanismo de la época por venir. El laudo es un ejercicio intelectual bellísimo con un sentido del humor culto, irónico y fresco que tiene como propósito, en sus propias palabras, describir una vida auténticamente cristiana pero como bromeando, además de explayarse en su magnífico uso del latín.

Hasta aquí el lector bien podría decir: “muy bien, muy bonito, muy culto este señor, pero, ¿por qué habría de dedicar mi tiempo para leer a alguien del s. XVI?” Objeción completamente válida, intento responder: Aquél que se aventure a leer el “Elogio de la locura” se encontrará con un trabajo lleno de referencias a los clásicos y a la mitología greco-latina, aderezado con un finísimo sentido del humor. Ganará no solo en bagaje cultural, sino también será capaz de pasar un buen rato con los razonamientos, bastante coherentes, de cómo habríamos de abandonar la razón para lanzarnos a los brazos de la estulticia. Por último, he de exponer que en realidad el texto se justifica solo, el conocimiento por el conocimiento, el Elogio es capaz de producir severas carcajadas al tiempo que expone (con la lectura al revés que se recomienda) el modo de pensar de uno de los personajes más importantes de la edad media y nos deja a nosotros como lectores con una grata sensación, que, en mi opinión, es uno de los fines de la literatura.