Sound & Fury: música y locura

Ian Curtis, con una playera con el epígrafe del texto.

Por Miguel Ángel López

And then is heard no more: it is a tale
Told by an idiot, full of sound and fury,
Signifying nothing.

Macbeth, Acto V, Escena V.

 

I

La vida es “…un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furia, significando nada”, dice Shakespeare en voz de Macbeth. La falta de significación, nonsense o absurdo, generalmente se entiende como  locura. Entonces para Macbeth la existencia, mucho antes de que lo dijeran los existencialistas, es un absurdo que tararea un idiota[1]. Es interesante que a la locura del sinsentido se le califique con palabras del campo semántico sonoro y musical, pero ¿es necesariamente la locura y el absurdo un terreno baldío, sin sentido e infértil a los significados? No necesariamente, y como lo hemos comprobado en toda la historia del arte, la locura potencializa en el lenguaje significados distintos a los que les da el raciocinio. La música, lenguaje que escapa al significado común de las palabras y las formas del habla, siempre ha estado ligada a la locura. La palabra misma, música, proviene del término griego  μουσική (musiké), en referencia a las Musas, divinidades que inspiraban al poeta, y que a su vez estaban relacionadas con la idea de posesión y de locura. A las Musas se les relacionaba con dos divinidades que en cierta forma se oponen y se complementan: Dionisos y Apolos. Ambos fundadores del arte en direcciones opuestas. Dionisos, el dios del vino, la embriaguez, el éxtasis y el desorden; Apolo, el dios de la belleza, la perfección, la armonía y la razón. Nietzsche en El origen de la tragedia lleva las características de estos dioses a dos conceptos “del impulso” artístico –por no decir “de la inspiración”[2], término mal visto y ya casi en desuso-, que resulta en las estéticas dionisíacas y apolíneas: la locura ingeniosa y la perfección racional. No necesariamente tales características estéticas están separadas, de hecho, las encontramos en partes iguales integradas en toda obra artística.

            Muchas obras maestras de la música han sido consideradas arrebatos de locura, producto de un genio enloquecido. A grandes compositores se les han dado el mote de loco o les han adjudicado alguna que otra patología psicológica y psiquiátrica con la intención de explicar su genialidad, desde “el pacto diabólico” que permitía la inspiración de Mozart, los pensamientos suicidas de Beethoven, la bipolaridad de Rossini, el intento de suicidio de Schumann, la sinestesia de Scriabin y Schönberg. Muchas composiciones y obras incomprendidas se les calificaron de locas en su momento, tales como “La consagración de la primavera”, de Stravinsky; o por ejemplo a las obras y vidas de Glenn Gould y John Cage, que dejaban estupefactos a espectadores y críticos. Más de uno ha sugerido el manicomio más que el conservatorio o la sala de conciertos como lugares adecuados para estos autores y sus composiciones.

Un aspecto relacionado con la locura han sido las drogas. Con el descubrimiento del LSD y su uso extendido en los años sesenta, dio como lugar a la psicodelia, un subgénero del rock que exponía los efectos alucinógenos, las filosofías orientales y el misticismo, y que se relacionó con la locura. Aunque se ha discutido si los psicotrópicos son o no causantes de enfermedades mentales, lo que queda claro es que sí hay una semejanza entre los efectos alterados de la consciencia con los desórdenes de la mente. La droga ha permitido ver una realidad que sólo era posible a los psicóticos, que en la antigüedad se creía que estaban poseídos por la divinidad[3], y la música –una de las drogas más poderosas- ha dejado registro de la potencialidad de la inconsciencia. Pascal Quignard, en su excelente libro El odio a la música, dice sobre la relación música-locura-divinidad:

La inconsciencia y la no-delimitación son atributos divinos. La naturaleza de los sonidos es ser invisibles, sin límites precisos, con el poder de interpelar lo invisible, o de hacer mensajera de lo indelimitable.

La audición es la única experiencia sensible a la ubicuidad.[4]

Las primeras manifestaciones artísticas, probablemente, fueron la danza y la música, que a veces hacía que algunos entraran en trance y lo interpretaban como un sentido de comunión con las divinidades. En la Edad Media, cualquier forma de enajenación y comportamiento anormal se le juzgo como demoniaca. Entrada la Ilustración, la locura tenía que ver con oposición a la razón. Sin embargo, ya desde Erasmo de Rotterdam, dejaba ver que la absoluta fe en la razón era una entelequia, y que la sinrazón no era totalmente disparatada. La música, así como todas las artes, siempre ha sido un terreno donde todos los sentimientos humanos tuvieran cabida, y no sólo la razón. Nuestros tiempos de excesiva mediatización hacen que la vida de los artistas (sus problemas con las drogas y sus enfermedades mentales) resulte más expuesta que sus obras en sí. Al verdadero melómano le interesa más lo que está dentro de la canción y de la música que el artista mismo, pero observa el contexto para disfrutar mejor del contenido artístico.

II       

En la música pop, los ejemplos de música y locura abundan. Pero más que detenernos en la biografía de los artistas, analicemos algunas de sus composiciones y veamos cómo éstas nos hablan de como “la locura” es tan interesante como determinante para la creación artística. El siguiente análisis, más que ser exhaustivo, es casi aleatorio y subjetivo. El lector puede, si así lo desea, añadir sus sugerencias.

            Brian Wilson es un compositor, multi-instrumentista, vocalista y productor que se hizo famoso en los años sesenta por su trabajo con The Beach Boys. Fue el rival directo de Paul McCartney y John Lennon, como compositor de música pop. Su obra maestra Pet Sounds de 1966 fue la respuesta al Revolver de The Beatles. En Pet Sounds resuena complejidad, profundidad y emoción: capas de sonidos, trompas, percusiones, guitarras tintineantes, timbres de bicicletas, voces surfeantes, campanillas, etc. La maestría de Wilson para las letras y la música se nota en todos las pistas. Ya en este álbum, se nota el lento desliz hacia la locura. En ese entonces, Wilson empezó a manifestar fuertes alucinaciones auditivas, indistintas voces y gritos que le causaban gran ansiedad y lo impulsaban a escribir y componer música todo el tiempo; se volvió impulsivo y obsesivo con los detalles, paranoico e irritable, hasta al grado de no poder hacer otra cosa que componer, de manera que fue sustituido para las giras de The Beach Boys y se quedó recluido en el estudio. Las drogas empeoraron su situación, en especial el LSD, pues aumentaron sus alucinaciones sonoras[5]. El siguiente álbum de The Beach Boys Smiley Smile (1966) fue un éxito de creatividad, pero un fracaso comercial. “Good Vibrations”, representa tanto el sonido del disco, como la díscola mente de Wilson, en ella se habla de la percepción meticulosa del mundo y los sentidos: “I, I love the colorful clothes she wears / And the way the sunlight plays upon her hair / I hear the sound of a gentle Word / On the wind that lifts her perfume through the air”. Los colores y los sonidos no sólo son enunciados, también la música tiene su propia coloración mediante el theramín, un instrumento electrónico que se acciona con el movimiento de las manos, pero sin tocarlo. También los órganos, las capas de voces y percusiones le dan un aire extraterrestre a la canción. La mente obsesiva de Wilson quedó inconforme con el disco, y siguió trabajando en él durante años, hasta volver a grabarlo y sacar una nueva versión en el 2004 con el nombre de Smile.

            Syd Barrett, compositor, guitarrista, vocalista y fundador de Pink Floyd, fue otro genio inquietante. Las composiciones de la primer etapa de la banda son muestra del llamado “el chico de oro de mente-derretida de la era psicodélica a finales de los 60’s”. Syd influyó en toda una generación de artistas por sus letras surrealistas y su experimentación sónica. Un disco como The Piper At The Gates Of Down (1967) contiene composiciones que demuestran la energía creativa de un genio enloquecido. Debido a sus problemas mentales, Barrett fue excluido de la banda y remplazado por David Gilmour. La última canción del álbum A Saucerful of Secrets (1968) es la única composición de Barrett –eso explica el nuevo sonido del resto de las composiciones, que son por demás aburridas en comparación con “Jugband Blues”-, y es una de las piezas más asombrosas de Pink Floyd. La canción parece hablar de la situación del compositor que estaba siendo excluido del grupo y de su deterioro psicológico: “I’m much obliged to you for making it clear / That I’m not here […] And I’m wondering who could be writing this song. / I don’t care if the sun don’t shine / And I don’t care if nothing is mine / And I don’t care if I’m nervous with you / I’ll do my loving in the winter.” La música es una oda a la locura festiva, una banda de música de viento revolotea y se atropella entre coros de “la-la-las” casi sin sentido, mientras una guitarra tiembla y de repente corta el sonido como si la canción se terminara, pero una voz triste acompañada de una guitarra melancólica regresa para decir: “And the sea isn’t Green / And I love the queen / And what exactly is a dream / And what exactly is a joke.” ¿Qué es la locura sino un espacio de libertad y donde nos percatamos que no se puede determinar si la realidad es un sueño o una broma?

Syd Barrett haría dos discos en solista, The Madcap Laughs y Barrett (ambos de 1970), donde desplegaría las luces de su genio, en especial el Madcap, donde hay piezas encantadoras como “Dark Globe”, “Late Night”, “Here I Go” o la fantasmagórica adaptación de un poema de James Joyce, “Golden Hair”. Pink Floyd le pagaría tributo en Wish You Were Here, con canciones como la homónima del disco y “Shine On Your Crazy Diamond” a un olvidado Barrett, que se retiró de la vista pública en 1971, pasando los días en casa de su madre pintando y cultivando su jardín. Finalmente murió en el 2006, dejando tras de sí un legado significativo en la música pop, que trasciende a sus enfermedades mentales.

Otros que han pasado algún tiempo en centros psiquiátricos fueron Rick “Rocky” Erickson y Iggy Pop. El primero era el fundador de la olvidada banda de acid-rock The 13th Floor Elevators, creadores de uno de los discos más psicodélicos y estúpidamente geniales de los 60’s: The Psychedelic Sounds of The 13th Floor Elevators (1966). En la contraportada del álbum dice: “La búsqueda de la cordura… forma la base de las canciones de este disco”, pero todo menos cordura hay en el disco, lleno de reverberaciones de garaje rock, R&B y psicodelia. Erickson aúlla como un poseído, letras sobre viajes místicos y esquizofrenia, mientras Tommy Hall crea sonidos alienígenas. Canciones como “Reverberation (Doubt)”, “Tried to Hide” y “Roller Coaster” alteran a la más sana de las mentes. Rocky Erickson perdió la razón desde los 22 años cuando fue internado en un psiquiátrico. Afirmaba ser un marciano mandado por Dios para detener conspiraciones de la CIA. En “Reverberation” tenemos casi una declaración de su estado: “Well, you finally find your helpless mind, / Is trapped inside your skin. / You want to leave, / But you believe you won’t get back again.”  Fue internado varias veces a instituciones donde lo sometieron a torturas neurológicas que sólo empeoraron las cosas[6]. Su madre lo cuidó por mucho tiempo, pero lo mantenía en una situación deplorable de higiene y salud, hasta que su hermano se hizo de su custodia y bajo un tratamiento efectivo pudo regresar a los escenarios. Quien rescató a Iggy Pop fue el mismísimo Delgado Duque Blanco, David Bowie, cuando en 1973 lo sacó de una institución mental donde Pop se había recluido por sus problemas con la heroína que lo encaminaba a la locura total, y junto con The Stooges grabaron el incendiario Raw Power (1973) rebosante de sexo, excesos y sonidos psicóticos. Él mismo declara en la canción de apertura del álbum, “Searchin and Destroy”: “I’m a street walking cheetah with a heart full of napalm / I’m a runaway son of the nuclear A-bomb / I am a world’s forgotten boy / The one who searches and destroys”. La leyenda dice que no se alejó de ese estado de locura hasta que dejó las drogas junto con Bowie, en el periplo conocido como “la trilogía de Berlín” a finales de los 70’s, y que trajo tres excelentes álbumes a Bowie, y a Iggy Pop The Idiot y Lust For Life, ambos de 1977, cuando de paso se volvió el padrino del punk. Aunque hay que decirlo, nadie ha dicho que está totalmente curado.

Bueno hasta aquí hemos rastreado la locura hecha músico-genio, pero la locura no necesariamente la retratan quienes la hayan padecido en sentido patológico o que hayan estado recluidos en un manicomio. Muchos, en algún momento de nuestra vida, hemos sentido que nos carga el payaso fuera de la cordura. A este trastorno los psiquiatras lo llaman psicosis, que se define como “un desorden mental grave, con o sin un daño orgánico, caracterizado por un trastorno de la personalidad, la pérdida del contacto con la realidad y causando el empeoramiento del funcionamiento social normal”. En la música hay varias composiciones donde se retratan personajes ficcionales con algún tipo de psicosis. Bob Dylan en Highway 61 Revisited (1965) escribió una canción donde traza el caso de un hombre que desciende al marasmo del absurdo. Mr. Jones, que al entrar a un cuarto deshabitado se topa con un sujeto desnudo que lo hace preguntas sin sentido, pero realmente está sólo. A pesar de su sofisticación y conocimiento libresco de Scott Fitzgerald, Mr. Jones no sabe exactamente qué le pasa. El dialogo entre Mr. Jones y su alter ego con mirada de camello se va haciendo cada vez más sinsentido, hasta que le gritan: “You’re a cow! / Give me some milk or else go home[7]. La música bañada en olas de órganos eléctricos tocados por Al Kooper y con un compás casi jazzístico es tan disfrutable como perturbadora la letra. En una interpretación que hizo el 17 de mayo de 1966 en el Free Trade Hall de Manchester, un fan le grita “¡Judas!”, y Dylan le responde “I don’t believe you… you’re a liar”, y le dice a su banda “play fuckin’ loud”.  Otro retrato de locura psicótica es el que hace The New York Dolls en su debut homónimo, en una canción proto-punk llamada “Personality Crisis”. Un hombre sufre de crisis de personalidad debido a la frustración y un corazón roto, hasta el punto de ponerse a llorar y gritar, de repente cambia de personalidad: “And you’re a prima ballerina on a spring afternoon / change on into the wolfman howlin at the moon hooowww”. El grupo de rock alternativo, Sonic Youth no se limitó a retratar a una persona psicótica, sino a traducir sonoramente la mente fragmentada de un esquizofrénico; en Sister (1987), “Schizophrenia” relata como la hermana de un amigo sufre de esa enfermedad. No únicamente esa canción, la mayoría de las pistas del álbum están llenas de sonidos que rasgan el ruido, que rechinan en la cabeza del escucha, haciendo sentir que entendemos la naturaleza de una mente esquizoide.

Un tipo de trastorno popular es el llamado psicosis colectivo o social, que son aquellos comportamientos grupales provocados por una situación anómala que parece atentar contra la estabilidad personal y colectiva. Son temores generalizados que causan actos o comportamientos anormales en muchos individuos de un grupo social. Algo que potencializa este fenómeno son los medios de comunicación, la violencia, las epidemias, la falta de educación, la conglomeración urbana y las ideologías estrechas en mentes fácilmente influenciables. El punk y el post-punk estaban interesados en la sociedad y sus manifestaciones culturales y políticas. Algunas composiciones giran precisamente en torno a la psicosis colectiva. Los dos únicos discos de Joy Division, Unknown Pleasures (1979) y Closer (1980), resuenan de miedo y claustrofobia, y hay algunas canciones que hablan directamente de la paranoia de tipo social: “Disorder” y “Shadowplay”, “Atrocity Exhibition” e “Isolation”. La atmosfera fantasmagórica es en su mayoría propuesta por el productor, Martin Hannett, que según Bernard Summer: “le valía madres hacer un disco de pop. Todo lo que quería era experimentar. Su actitud fue que debías cargarte un montón de drogas, encerrarte en el estudio de grabación toda la noche y ver que habías logrado a la mañana siguiente”[8]. Tal técnica produjo dos álbumes legendarios, pero también agravó la ansiedad y los episodios de epilepsia del cantante y compositor Ian Curtis que no sobrevivió al segundo disco. La ya mencionada alienación es otro término cercano a la idea de pérdida de contacto con la realidad, quienes hicieron de éste un tema principal fue Devo, grupo de new wave  integrado por ex estudiantes de arte. Su filosofía era hablar de cómo por la exploración espacial, el consumismo, la comida chatarra y la televisión, la civilización estaba “de-volucionando” (de ahí su nombre). Su álbum de 1978, Q: Are We Not Men? A: We Are Devo! jugaba con esas ideas y con un sonido entre punk y sintetizadores tipo Kraftwerk. El disco entregaba un puño de canciones alienígenas con temas como el mongolismo (“Mongoloid”), el trastorno obsesivo-compulsivo (“Uncontrollable Urge”) o la paranoia (“Too Much Paranoias”). El retrato de una sociedad americana enferma y alienada es asombroso y divertido en partes iguales. Un disco de ese mismo año, pero del Reino Unido, de igual forma retrata los traumas psicológicos de sus ciudadanos, este sería The Scream, de Siouxsie And The Banshees. Las letras de “Metal Postcard (Mittageisen)”, “Suburban Relapse” y sobre todo “Jigsaw Feeling”: (“My brain is out of my hand / There’s nothing to prevent / The impulse is quite meaningless / In a cerebral non-event”) hacen sentir las constricciones de vivir en suburbios ingleses, también el sonido metálico desolador y filoso, acompañado de la voz oscura e hipnótica de la hermosa Sioux.

Ese terror, a principios del milenio, parecían haberse desvanecido, la vida hasta parecía optimista, pues finalmente el mundo no se había acabado en el 2000. Aún no se caían las Torres gemelas, no había llegado la crisis económica del sistema capitalista, y el terrorismo era sólo un recuerdo. La música pop estaba llena de artistas diseñados por empresarios, con melodías listas para bailar en los clubes de moda. Las boy bands, las estrellas adolescentes y el hip hop ocupaban los primeros lugares en las listas. Sin embargo, no todos veían con optimismo el nuevo milenio, y mucho menos con cordura, uno de ellos era Radiohead. Entraron al milenio con el pie derecho, Kid A (2000), un álbum de texturas electrónicas y voces ahogadas, pero sería Amnesiac (2001) el que nos recordaba que olvidar es una forma de enloquecer y que siempre es  mejor ver con otros ojos la realidad. Lejos de decir las cosas claras, esa obra pone al mundo al revés. Letras con versos esquizofrénicos, una voz desolada casi inaudible, y un sonido que parecía provenir del fondo de un retrete. Canciones como “You And Whose Army?”, “Knives Out”, “Morning Bell/Amnesiac” y “Pyramid Song”. Un sentido politizado de la locura. Un sistema que se traga al individuo hasta el punto del absurdo. Un laberinto burocrático de atmosferas kafkianas. El sonido de un nuevo milenio que estaba a punto de desplomarse.

III

La música no es la cura a los males, pero si un hermoso paliativo. La música imita los movimientos de la mente. Acelerada o suave, pero siempre inquietante, siempre incisiva, nunca complaciente. La música como todo el arte, desnuda nuestras inquietudes, las puebla de sueños o de realidades abrumadoras. La música es un aleph donde circulan las corrientes del tiempo, siempre listo para ahogarnos como a una Ofelia suicida, o para sacarnos a flote del marasmo de la vida ordinaria. Es cuestión de sentarnos y oír atentamente. Dejarnos ir hacia los ángulos donde nos lleven sus acordes, ritmos y disonancias. La locura, como tantos temas vitales, no le es ajena al músico, por eso es un tema que está en el centro y en la periferia de las composiciones. Está presente en las letras, en los sonidos y en las vidas de los hombres que se dedican a componer. Quizá deberíamos hacerle caso a Kate Bush, que en su pirado álbum The Dreaming (1982), después de hacer un recorrido por las zonas más insanas de la mente humana, cierra diciendo en “Leave It Open”: “We let the weirdness in”. Deja entrar lo extraño. Hazte un favor y sigue el consejo.

Mi listita de canciones en Spotify es:

https://open.spotify.com/user/12121947695/playlist/5b2qVRPEYtXwefTaD5sa6w

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Ian Curtis, con una playera con el epígrafe del texto.

 

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Syd Barrett, tocando su guitarra lisérgica.
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Rocy Erickson, con ojos desorbitados.

 

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Kate Bush con su cara de “no estoy loca, pero te voy a matar”.

[1] El epígrafe que abre este texto, es también usado por William Faulkner para su obra maestra, The Sound and the Fury, de 1929, donde la primera parte de la novela es cadenciosamente relatada por Benjy Compson, personaje con cierto problema mental, posiblemente autismo o retraso.

[2] Véase, Sobre el tema de la inspiración y la idea de locura, véase Daniel Martín Sáenz, “Música y locura: De la cítara divina al indeterminismo”, en Brocar: Cuadernos de investigación histórica, No. 37, 2003, pp. 287–326. Puede consultarse en línea en: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4518960

 

[3] De hecho, la palabra “droga”, viene del árabe andalusí para “decir tonterías”; y la palabra fármaco, otro término para la droga -recuérdese que droguería es también farmacia- vine  del griego phármakos, de donde viene la palabra “magía”. La droga estaba relacionada con los poderes mágicos, la hechicería y la taumaturgia. La divinidad se manifestaba a través de los oráculos délficos donde la pitonisa aspiraba unos gases minerales para revelar un mensaje absurdo e ininteligible que contenía un significado del futuro.

[4] Véase, Pascal Quignard, “Sucede que las orejas no tienen párpados”, en El odio a la música, El Cuenco de Plata, Buenos Aires, 2012, p. 72. También véase el cuarto tratado del libro, “El canto de las Sirenas”, sobre la relación música-locura-sexo-muerte.

[5] Un análisis del caso de Brian Wilson, es el que hace Stefano Roberto Belli, donde trata de determinar la enfermedad del autor y su relación con sus procesos creativos. Se pude consultar en: https://www.researchgate.net/publication/223533269_A_psychobiographical_analysis_of_Brian_Douglas_Wilson_Creativity_drugs_and_models_of_schizophrenic_and_affective_disorders

 

[6] Véase el artículo de Noisey sobre Rocky Erickson en https://noisey.vice.com/es_mx/article/locura-musica-roky-erikson-florence-foster-bruno-s

[7] John Lennon se refiere a esta canción en “Yer Blues” (The Beatles, 1968) donde califica a Mr. Jones como un suicida.

[8] Véase “The Mad Genius of Manchester”: A Profile of Producer Martin Hannett, en http://www.trustmeimascientist.com/2011/08/01/producer-profile-martin-hannett/