Bob Dylan: la reivindicación de la canción como poesía

Por Miguel Ángel Díaz

a David Ojeda, maestro melómano

Yo de muy adolescente tenía tres héroes: Walt Whitman, James Dean, y uno que conjuntaba esas dos entidades: Bob Dylan. A Whitman lo amaba junto con las piedras, con la hierba, con la virilidad hermosa, con esa cadencia enumerativa que es reconocerse vivo, “viejo hermoso, Walt Whitman, barba llena de mariposas” diría Lorca. A Jimmy Dean lo amé cuando una madrugada de insomnio en la sala de mi casa encendí el televisor con el volumen muy bajo para no despertar a mis padres.  Ahí estaba, con el pelo revuelto, jeans ajustados y con los ojos de un animal herido actuando como borracho y loco; y dije: quiero ser él, vestir como él, ser libre como él y huir. Después, en una caja de discos viejos guardados en el sótano de la casa de mis abuelos encontré el Greatest Hits (1967) de un tal Bob Dylan, que en la portada parecía la sombra de un punk dándose un llavazo, pero en la contraportada aparecía un niño greñudo con unos frenos enormes (que en realidad era esa armónica que siempre cargaba como una prótesis). Le puse el disco a mi madre y me dijo: “canta bonito el viejito”, ¡pero sólo tenía 26 años! Dylan fue una revelación para mí. Traducir, descifrar sus letras y cantarlas con mi voz también nasal me entretenía en las noches calurosas y llenas de mosquitos de mi pueblo rural.

Bob Dylan, de nombre real Robert Allen Zimmerman, nació en 1941 en el norte de Estados Unidos, en una ciudad de Minnesota llamada Duluth. Desde niño aprendió a tocar la guitarra y empezó a componer sus propias canciones al estilo de Woody Guthrie, al que fue a buscar a Nueva York en 1961. Fue uno de los bohemios beats de Greenwich Village y una de las figuras importantes del folk a inicio de los sesenta, y luego se volvió loco. En el afamado festival de Newport de 1965 fue abucheado por volverse eléctrico y ruidoso. Esa fue la cosa más deliciosa que pudo pasar en la música pop: que un tipo contestatario estilo Jimmy Dean compusiera canciones-poemas whiltmanianos y que se volviera una piedra rodante, un Rimbaud con guitarra eléctrica y en motocicleta. No crean que yo estaba cuando pasó todo eso, yo sólo lo vi en la película de Martin Scorsese, Bob Dylan No Direction Home del 2005. En ese documental hay unas interpretaciones tremendas de Dylan, ya sea como un niño con voz de viejito soplando su armónica o aporreando a The Band para que tocaran bien pinches fuerte. Me volví fan de hueso colorado, cuando iba a alguna ciudad grande buscaba afanosamente en las tiendas de discos, que aún no estaban en decadencia, algunos de sus álbumes, hasta que la piratería y la tecnología me regalaron un mp3 con todos los discos. Los fui escuchando cronológicamente y aprendiéndome algunas canciones.

movie-one-copiaDe la primera etapa, el segundo álbum es una delicia, The Freewheelin’ Bob Dylan (1963). Un disco de manufactura perfecta, dotado de un ojo poético para el detalle, la narrativa y el humor. Un manifiesto y una declaración de intenciones en canciones como “Blowin’ In The Wind”, “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” y “Masters Of War”, que rebosan de libertad y deseos de cambio. Pero también hay composiciones cómicas, surrealistas, amorosas, sardónicas y sublimes como “Don’t Think Twice, It’s All Right”,  “Girl From The North Country”, “Corrina, Corrina” y “Bob Dylan’s Dream”. Los álbumes posteriores tienen también momentos geniales, como “The Times They Are A-Changin’”, del disco homónimo; “Chimes of Free” e “It Ain’t Me Babe” del Another Side Of Bob Dylan del 64. Pero fue el Bringing It All Back Home (1964) donde el sonido se electrifica en la cara A y se vuelve al folkie en la cara B. “Subterranean Homesick Blues” –sí, es la abuela de “It’s the End of World As We Knew It (And I Feel Fine)” de R.E.M. y “Subterranean Homesick Alien” de Radiohead- es un rabioso blues rapeadito; “Maggie’s Farm” y “Outlaw Blues son microcuentos western, mientras que “Love Minus Zero/No Limits” y “She Belongs to Me” enternecen al más duro de los corazones. Pero es en “Mr. Tambourine Man” y en “It’s All Right, Ma (I’m Only Bleeding)” donde se llega más allá en el ámbito de la estructura musical: es folk, es pop, pero es algo más. Las reglas tradicionales de la composición popular ya han sido traspasadas. Versos largos y cortos, rima y no rima, ritmo desbocado, vanguardia. Todos los compositores de música pop contemporáneos empiezan a copiarle: Lennon, McCartney, Brian Wilson, Simon & Garfunkel y el genio de Ray Davis, tomaron nota de cada nuevo truco de composición, cada cambio de estilo y metáfora rara que había entre los surcos de los discos de Dylan. Honestidad, fantasía, surrealismo, protesta, actitud rebelde y poesía, entraron a raudales a la música moderna. Yo creo que a lo que aspiraban esos primeros compositores era crear obras de arte y no sólo discos de música, y todo gracias a Dylan. Highway 61 Revisited (1965) no es un simple álbum de música pop, es una pieza de arte moderno que conjunta música, lírica, imagen y actitud en un solo empaque. La bala caliente y amarga de “Like A Rolling Stone” no sólo fue una amenaza, pegó en el justo lugar donde Dylan puso el ojo. Podríamos decir que con “Like A Rolling Stone” la historia musical se dividió así: los que componen música comercial y a los que les vale madre lo que piensen todos de su arte porque harán lo que se les plazca. Los medios empezaron llamándolo rock, pero no era más que música popular con chingos de actitud e inteligencia.

Con Blonde On Bonde (1966) Dylan ya estaba muy lejos de sus contemporáneos. En la portada del álbum hay un Zimmerman borroso y andrógino, y la música es blues salvaje, rock n’ roll y baladas punzantes, con poéticas observaciones surreales pero lúcidas. Bob Dylan avanzaba tan rápido artísticamente que sólo un accidente de moto lo pudo detener, por un momento. Más o menos en ese tiempo Dylan escribió un libro, Tarántula, que es una novela enloquecida y divertida, que muestra la cabeza de un genio y de un poeta moderno. Los discos que grabó después volvían a las raíces folk (John Wesley Harding, 1997), pero sobre todo al country con Nashville Skyline (1969). En cada aproximación a géneros musicales distintos, Dylan modificó y revolucionó estos mediante su estilo propio. Durante los sesenta tuvo un perfil más bien bajo, alejado de los escenarios y se dedicó a seguir componiendo, discos buenos y otros no tanto. Después de un rompimiento amoroso doloroso, surgió un disco agridulce y brillante, Blood On The Tracks (1975). Canciones preciosas como “Tangled Up In Blue”, “Idiot Wind” y “Simple Twist of Fate” nos hablan de un artista mostrándose hasta los huesos y enternecido por el amor perdido.

Bueno, no voy a hablar de todos los discos de Dylan, que son demasiados, sólo añadiré que Bob Dylan no ha sobrevivido simplemente, sino que ha ido creando en cada década una obra de arte nueva. En el 2006 sacó Modern Times, discazo como pocos de ese año, y una de sus últimas obras, Tempest (2012) no le pide nada a nadie. Creo que si estuviera, Whitman también se sentiría orgulloso de oír el eco de su barba cósmica en las letras de las nasalizadas canciones de Dylan. Whitman y Emerson inventaron al americano universal, James Dean y Marlon Brando crearon al personaje adolescente rebelde en la pantalla y en la cultura popular, pero fue Bob Dylan quien encarna a la perfección en la música esos dos ideales de occidente.

Este pasado 13 de octubre de 2016, la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura por «haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción estadounidense». No sólo me alegra ese galardón para mi poeta-cantor preferido, sino que me entusiasma ver que a la canción se le reconoce como otro género literario, algo que siempre he creído. Cuando era aún un niño y caminaba en las veredas y caminos del pueblo rural donde crecí, mientras oía en mi walkman un cassette grabado de Greatest Hits de Dylan, me repetía: “la respuesta está en el viento”, “los tiempos están cambiando”, y sentía que era yo quien cantaba, que yo también podía correr y sentirme igual de libre. Zimmerman siempre ha estado ahí para huir como una piedra rodante, para remendar las rupturas del corazón, y para hacerme caer en cuenta de que la poesía es una valiente y hermosa razón para vivir.

Mi lista de Spotify sobre Bobby Dylan:

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