¡Ninguno de ustedes comprende mi locura!: El cine en la sociedad del espectáculo

Glauber Rocha Acervo da Revista Bula

Por José M. Delgadillo

“¡Ninguno de ustedes comprende mi locura!” es una frase que exclamó el cineasta Glauber Rocha y que tomo de pretexto para comenzar a hablar de cine y locura, pero sobre todo para tratar de revelar diversas cuestiones que vienen a mi mente y que seguro no responderé pero por algo se empieza. Aunque no me adentraré en su trabajo, esta exclamación casi desesperada me da la pauta para ejemplificar y preguntarme ¿por qué uno de los cineastas más influyentes y líder de la corriente cinematográfica denominada como “Cinema Novo”, o cualquier otro realizador que cuestione, provoque o proponga, tiene que gritar esta afirmación?

Primero lo primero. Se dice que la única diferencia que existe entre las personas que están dentro de las instituciones mentales y aquellos de nosotros que estamos fuera… es que nosotros somos la mayoría. Seguramente, el que seamos la mayoría y creer que no existe ningún indicio de locura entre nosotros es porque entre nosotros mismos nos justificamos y nos afirmamos la visión de “cordura” impuesta desde hace siglos, donde tener un nulo o mínimo sentido crítico y de pensamiento es no estar locos.

Quiero hablar de esa “locura” que es adjudicada socialmente por la mayoría a todo ser (no solo cineasta) que trata de mostrar su propia visión crítica del mundo y no una impuesta. Esto me recuerda algo que leí sobre el tema en un texto de Michel Foucault, donde menciona que existe una cierta “locura” a la que muchos no agrada pues no sigue los estándares de “cordura” dominantes. En el caso del arte cinematográfico, se podría decir que la locura es necesaria, y no hablo de representaciones o estereotipos mostrados hasta el cansancio en la pantalla dominante, o de una locura asignada o controlada, sino de una visión que vaya más allá de lo establecido, visión que muchas veces se domina como locura.

Esta locura parece ser más que necesaria para enfrentar la falta de propuesta visual y narrativa que ha llevado al cine, en muchos de los casos, a ser dominado por una misma visión, donde realizadores únicamente expresan sus ganas de formar parte de una sociedad donde se alaba el arte cinematográfico solamente como un espectáculo de entretenimiento. Lo cual provoca que realicen en su mayoría exactamente lo que demandan esos espectadores que no les interesa ver nada más lo de lo que ya conocen o se les fue impuesto, y así, llegar al punto de no tener ningún sentido crítico ni propositivo por ninguna de las dos partes.

Con respecto a esto el cineasta británico Peter Greenaway alguna vez señaló: “el cine ha muerto”, refiriéndose a la falta de creatividad narrativa y visual en el cine, y aunque ésta afirmación sea precipitada se puede decir que tiene algo de razón. Por lo mismo, si bien es un arte joven y para evitar su estancamiento, es necesario tener cambios en sus propuestas, las cuales existen en algunos casos pero son aplastadas por las visiones impuestas desde hace muchos años.

Pero bueno, volviendo a ese grito desesperado por parte del cineasta brasileño y tratando de resolver mis dudas, ¿qué pasa con el realizador que tiene algo que decir y considera que el pensamiento creativo tiene por sí mismo una ruptura de límites? es decir, aquel que cuestiona lo establecido y lo dado culturalmente como normal en su contexto social e histórico, cuya visión no le interesa a nadie o a muy pocos.

Dos posibles razones, la primera, muy simple, pero muy válida: su propuesta  es vacía y no tiene mucho que expresar. Y la segunda: que puede acceder a hacer un análisis profundo de la sociedad, la cual esta tan penetrada por una imagen idealizada -en este caso- del cine y la ha adoptado tan profundamente, que ya no quiere comprender nada más, ni requiere formar un sentido crítico por qué no lo necesita o él cree que no lo necesita.

Tal vez esto tenga que ver con lo que menciona el filósofo y cineasta Guy Debord, que las sociedades y sus producciones cinematográficas están basadas en un sistema capitalista donde el capital no es ya el resultado del trabajo forzoso como en tiempos de Marx, sino que es el resultado del espectáculo. O sea que es el resultado de una gran cantidad de imágenes impuestas ante nuestros ojos, mismas que han pasado a ocupar todos los espacios de la realidad, llegando incluso a mediar las relaciones sociales. O sea que se vive  en un sueño (¿no sé por qué me recuerda a algo llamado Dreamworks?).

¿Y esto que tiene que ver con nuestra forma de mirar el cine y con que muchas veces se le proclame el adjetivo de “loco” a un realizador que no siga el juego de las imágenes o de las representaciones ya conocidas? Si nos ponemos teóricos y marxistas, podríamos decir que en el pasado, (que en realidad sigue muy presente), esto se debe al manejo de las sociedades occidentales a partir que el sistema económico que tuvo como objetivo degradar el “ser” a la categoría del solo “tener”, dejando el individuo de tener importancia por sí mismo ya que solo importa en base a lo que tiene.

¿Y qué opina Debord de todo esto? y ¿cómo me puede ayudar a comprender el grito desesperado del cineasta antes mencionado? Pues regresando a épocas tan jóvenes como el cine y retomando lo que menciona Guy Debord en su trabajo La sociedad del espectáculo. Entendemos que a diferencia de Marx, Debord dice que con la llegada de los medios masivos (o la sociedad del espectaculo) esto cambia: deja de tener importancia el “tener”, y pasa a ocupar su lugar el “parecer”.

En resumen, el espectáculo o el cine-espectáculo, tiene como función suplantar la realidad. Es decir, que si el espectáculo o el filme presenta imágenes o narraciones ajenas a mi mundo -el impuesto, el no real, en el que todas todas mis vivencias son espectáculo- todo lo que viene a ser la realidad se verá como una  negación de mí, como algo sin  sentido, y al no comprenderlo solo se le sentencia como una locura.

Al invertir el sentido de la vida, el espectáculo deja de ser solamente una acumulación de imágenes para pasar a ser propiamente una imagen del mundo, estipulando el sentido de que toda la concepción del mundo pasa a ser el resultado de ese espectáculo, siendo imposible que puedan verse las cosas tal y como son.

Mediante esta falsa imagen el individuo pasa a vivir en la mera “apariencia”, y el desarrollo del pensamiento, que es la capacidad crítica que permite que tengamos libertad a la hora de pensar por nosotros mismos, se torna imposible. El ser humano estaría enajenado en el sentido de que quedaría incapacitado para desarrollar las facultades que le caracterizan como tal.

Finalmente esto nos lleva a que muchísimo cine, con diversas visiones de cineastas que tienen algo que expresar para mostrarnos su versión del mundo, sea opacado por el conjunto de imágenes, narrativas y estereotipos ya establecidos y aceptados en su mayoría por la sociedad receptora que hace creer que quien verdaderamente no sucumbe o trata de hacerlo, sea visto como un loco que tiene que exclamar ¡Ninguno de ustedes comprende mi locura!

 Si la mayoría de la sociedad sucumbe a la idea de que un ser con problemas cerebrales debe ser privado de su libertad por su ineficiencia de pensar, criticar y razonar, sería saludable cuestionarnos, quién verdaderamente padece de sus facultades mentales.