Día de muertos: una tradición que sigue viva a través de la imagen y la memoria

"Calaveras del montón, número 1," José Guadalupe Posadas

Por   José M. Delgadillo

En diversas culturas o sociedades independientemente de la religión adoptada se  dispone de un repertorio de “actividades funerarias” como “velorios, rezos, entierros, cremaciones, momificaciones, edificación de monumentos, sacrificios humanos, y sobre todo existe un culto a la muerte.

En México su origen se remonta a la época prehispánica, en la que era común conservar  cráneos como trofeos y mostrarlos en los rituales que simbolizaban la muerte y el renacimiento. Esta tradición se convirtió después en el Día de Muertos. Se conmemoraba el noveno mes del calendario solar mexica, cerca del inicio de agosto.  Las festividades eran presididas por la diosa Mictecacíhuatl, conocida como la “Dama de la Muerte”, actualmente relacionada con “la Catrina” y esposa de Mictlantecuhtli, señor de la tierra de los muertos. [1]

Actualmente, esta fiesta coincide con celebraciones católicas del Día de los Fieles Difuntos y Todos los Santos, comienza el primero de noviembre con la llegada de los niños fallecidos y  el segundo día con el arribo de los adultos. Es común en esta fecha acudir al panteón a visitar a los muertos, colocar una ofrenda en casa, con la comida que más les gustaba disfrutar en vida. Sus espíritus permanecen estos días en este mundo para después regresar al más allá. [2]

Esta celebración popular mexicana se encuentra muy arraigada en el imaginario colectivo, donde los muertos representan de igual manera un momento privilegiado de encuentro no sólo de los hombres con sus antepasados sino de las los hombres con el presente, la muerte se nos presenta y la recordamos de muchas formas, a través de fotografías, dibujos, objetos, películas, narraciones, grabados etc. Yo recuerdo solo algunas y seguro que el lector recordara muchas más.

 Al aproximarse la festividad de Día de muertos nos llenamos de imágenes que cambian la cotidianidad de la vida diaria. Encontramos adornos, carteles o figuras de calaveras en tono festivo casi siempre adornadas con flores amarillas. Imágenes que se han reproducido vigorosamente a través de los años y que son parte de la iconografía popular mexicana. Estas imágenes funcionan como coyunturas de una sociedad, en la medida en que los símbolos nos permiten identificarnos como pertenecientes a un grupo.[3]

Con la masificación de las imágenes a finales del siglo XIX y principios del XX, y hasta nuestros días, la imagen de la muerte ha estado presente en las artes como la literatura, pero sobre todo en la imagen, por ejemplo el muralismo, la fotografía, el grabado y el cine.

El ejemplo más claro y de gran influencia en el arte del grabado es el de José Guadalupe Posadas con sus Calaveras y Catrinas que parecen guiñar un ojo. Este acto inverosímil, tratándose de la imagen misma de la muerte, parece expresar la ironía y el humor negro de una condición deleznable: la muerte en vida. Portadora de elementos de corte satírico, aparenta discutir con quienes la contemplamos, el malentendido de la permanencia en las glorias terrenales. A través de la caricatura que intenta desplazar el horror y la tristeza, muestra lo inútil que finalmente resultan las veleidades humanas por su incapacidad para ocultar la fuerza poderosa e inevitable de la muerte.[4]

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José Guadalupe Posadas: Grabado.

Este juego del mexicano y la muerte representado en el trabajo de Posadas sirvió de inspiración para diversos artistas extranjeros que comenzaron a radicar en México a principios del siglo XX.

Una muestra de esto, es la mexicanidad exacerbada del fotógrafo Hugo Brehme que contribuyo en parte a la generación de nuevos imaginarios de reafirmación cultural nacionalista, seguramente inspirado en el trabajo de Posadas pero también en las denominadas escuelas al aire libre, con el claro ejemplo del muralismo encabezado por José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros en los años veinte.[5]

El ejemplo más manifiesto es su fotografía nombrada “Niños jugando en el Panteón de Santa Paula”.

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“Niños jugando en el Panteón de Santa Paula. Ciudad de México. Ca. 1910”, del fotógrafo Hugo Brehme. Fuente: La Ciudad de México en el tiempo.

Esta fotografía nos presenta a seis niños en plena época de la revolución mexicana, posando frente a la cámara con una actitud seria sosteniendo huesos y cráneos humanos advirtiéndonos que no temen a la muerte, se pasea junto a ellos, es parte de la vida diaria.

De la misma manera podemos ver la influencia de Brehme en las imágenes de la película ¡Que viva México! de Sergei Einsenstein, ambos muestran una gran afinidad en los usos del paisaje y la relación entre la sociedad mexicana y la muerte.

El llamado epílogo  de la película nos ofrece la celebración del día de los muertos. Vemos a un pueblo que no rinde culto a la muerte, sino que se ríe de ella.

Estas imágenes que el cineasta ruso atrapó a través de su lente fueron influenciadas como ya mencione anteriormente por diversos trabajos visuales publicados en Arbeiter Illustrierte Zeitung, la cual tenía una orientación marcadamente socialista; de ahí también el interés de Eisenstein en dicha revista, tanto que, se deduce, revisó números anteriores a su llegada. El reportaje sobre el Día de Muertos se publicó en noviembre de 1927.[6]

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Que viva México, Sergei Einsenstein, 1930.

Este epilogo trata de la fiesta del día de muertos con un carácter circense; se muestran alegres bailes y escenas donde lo danzantes se quitan sus máscaras de calavera.

Einsenstein reflexiona y menciona que la lucha entre la vida y la muerte se expresan muy bien en México y plantea que esta última solo puede trascender mediante el progreso social. La película comienza con el dominio de la muerte, y termina con la victoria de su antagónica, sobre las influencias del pasado. La vida renace bajo los esqueletos de cartón; la vida corre hacia adelante y la vida retrocede y desaparece.[7]

Ya para mitades del siglo XX, en el ámbito de la literatura, Octavio Paz en su ensayo El laberinto de la soledad  reflexionó sobre la festividad y el culto a la muerte en México y concluye que entre otras cosas es una excusa para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias a hombres y acontecimientos, afirmando que somos un pueblo ritual.[8]

Menciona que la muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida. Toda esa abigarrada confusión de actos, omisiones, arrepentimientos y tentativas obras y sobras que es cada vida, encuentra en la muerte, ya que no sentido o explicación, fin.[9]

Juan Rulfo pone de su parte al tema con su novela  Pedro Páramo, la cual está cargada de voces, rumores y pasos indefinidos: miedo y magia. Rulfo nos presenta a la comunidad campesina mexicana, esa “voz” carga con un sistema simbólico perteneciente a la cultura ancestral, la historia tiene motivos vinculados a las creencias y ritos populares en México. La forma particular de ese vínculo con la muerte es el tema central de la obra y una de las características más llamativas de los pueblos mexicanos.[10]

Y Finalmente un trabajo cinematográfico que es y sigue siendo un referente en imaginario actual sobre la celebración a los muertos y la relación de la sociedad mexicana con la muerte: Macario, película dirigida por Roberto Gavaldón  en el año de 1960 la cual se desarrolla en el día de muertos, donde el campesino Macario interpretado por Ignacio López Tarso, se reencuentra con la muerte en una cueva iluminada por velas. Las velas representan las vidas de los seres humanos, que se van consumiendo conforme pasa el tiempo hasta que acaban apagándose.

La muerte recuerda a Macario que solo somos luces que iluminan el mundo hasta que llegamos al final del camino que hemos recorrido a lo largo de nuestra existencia. Aunque queramos proteger la vela de la lluvia, del viento y de todos los peligros que pueden provocar su extinción, no podemos hacer nada para esquivar el final que nos depara ese viaje misterioso que es la vida. Estas formas de representar la muerte se han repetido hasta la actualidad y siguen impregnadas en el imaginario colectivo popular mexicano.

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Macario, Roberto Gavaldón, 1960.

Como vemos existe un sinfín de representaciones de la muerte, a veces festiva a veces fría y calculadora. Estas son solo algunas expresiones que nos han llenado la imaginación y la memoria, haciendo que esta celebración siga tan fresca. Finalmente cada quien le da vida a la celebración de la muerte a través de sus recuerdos y vivencias. Puesto que la memoria es la facultad de evocar, conscientemente o no, las imágenes del pasado, el recuerdo no es un simple almacén, sino una rememoración viva, continuamente en operación, y sin la cual no entenderíamos el mundo que nos rodea.

 

[1] http://www.sinembargo.mx/30-10-2011/65015

[2] Ibid.

[3] Patrimonio Cultural y Turismo. Cuadernos 16 La festividad indígena dedicada a los muertos en México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México DF, PP 26

[4] La Catrina Una imagen para la eternidad Ingrid Fugellie Gezan Escuela Nacional de Artes Plásticas Universidad Nacional Autónoma de México, pp 1.

[5] Véase, Aurelio de los Reyes, “Hugo Brehme y Sergei Einsenstein: una convergencia” en Alquimia, Vol 6, Num. 16, invierno 2002-2003, pp 23-27.

[6] Sergei Einsenstein en México: recuento de una experiencia, Julia Tuñon. Consultado en http://www.estudioshistoricos.inah.gob.mx/revistaHistorias/wp-content/uploads/historias_55_23-40.pdf pp 21.

[7] Ibíd. pp. 21.

[8] Véase el Laberinto de la soledad, Octavio Paz “El solitario” pp. 18.

[9] Ibid paz pp. 21.

[10] Véase  Pedro Páramo: la muerte, la mitología y su relación con la cultura mexicana, en http://noticias.universia.net.mx/portada/noticia/2015/11/03/1133107/pedro-paramo-muerte-mitologia-relacion-cultura-mexicana.html