Canciones desde un cuarto: para Leonard Cohen

por Miguel Ángel Díaz

La figura del cantautor moderno es casi una construcción solitaria. Me imagino al artista sentado en un cuarto con poca luz, su guitarra y una hoja de papel donde garabatea acordes y poesía entre las cenizas del cigarro. Esta es una imagen idealizada y romántica, pero no es gratuita, es la imagen que se trasluce a través de los álbumes de algunos compositores. El arte del cantautor cambió para siempre con el lanzamiento de The Songs Of Leonard Cohen, en 1968. Para ese año, Cohen ya había escrito un par de novelas, una de ellas, Beautiful Losers (1966), llamó la atención de la prensa canadiense por algunos pasajes gráficamente sexuales, y también había publicado algunos poemas que más tarde se convertirían en canciones memorables, como “Suzanne” y “So Long, Marianne”. Las canciones de Cohen son diferentes porque invierten el orden de la composición tradicional; la construcción de los versos se realiza aparte de la melodía, como un texto independiente a la música, que tiene que buscar acomodarse al ritmo y la melodía del texto. Eso hace que al escuchante atento le parezca que entra a una habitación donde un misterioso hombre habla despacio y flota el sonido íntimo entre el eco de su voz.

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Para el segundo álbum, Cohen hace un trabajo más complejo y narrativo. Songs From A Room (1969) profundiza en el mundo melancólico que ya había construido desde su primer disco. Y también reunió una colección de temas narrativos donde reflexiona sobre la naturaleza de la amistad y de las relaciones íntimas. En “A Bunch Of Lonesome Heroes” retrata la vida solitaria de los compositores: “I sing this for the crickets, / I sing this for the army, / I sing this for your children / And for all who do not need me”. En 1972 Cohen confesó: “Componer canciones es como un cortejo, como seducir a una mujer. La mayor parte del tiempo es un fastidio”. En “Seems So Long Ago, Nancy” cuenta la historia de una chica pobre que se acuesta con muchos hombres y los ama, y a pesar de quedarse sola, como todos, es feliz: “Many use her body / Many comb her hair // In the hollow of the night / When you are cold and numb / You hear her talking freely then / She’s happy that you’ve come”. Las relaciones familiares, agridulces y sufridas, vienen de la mano de un sensible niño y su padre carnicero, en “The Butcher”. El álbum termina con “Tonight Will Be Fine” que tiene un coro dulce que repite: “But I know from your eyes / And I know from your smile / That tonight will be fine / Will be fine, will be fine, will be fine”, pero, al final, añade: “For a while”.

Songs Of Love And Hate (1970) es el disco más intenso de Leonard Cohen, una colección de cuentos y poemas musicalizados que desnuda y expone heridas dolorosas de la condición humana. Creo que este trabajo es el más difícil de oír, y a la par, es uno de los más hermosos de la música moderna. El desprecio, la humillación, el deseo febril, el amor y el odio penden de un hilo frágil que los corta y sangra. “Well I stepped into an avalanche, / it covered up my soul” amenaza en “Avalanche”. Su voz se transforma en un gruñido de borracho cohen-2abandonado que enumera todo lo que ya no hay: “And there are no letters in the mailbox / and there are no grapes upon the vine, / and there are no chocolates in the boxes anymore, / and there are no diamonds in the mine.” Lo acompaña un coro femenino que crean deliciosas armonías. Pero donde queda retratado la mayor labor de cantautor es en las composiciones solitarias y melancólicas, como en “Last Year’s Man”, donde las referencias históricas y bíblicas trazan el vagar de un amante que se marcha de la fiesta: “Great Babylon was naked, oh she stood there trembling for me, / and Bethlehem inflamed us both / like the shy one at some orgy […] Some women wait for Jesus, and some women wait for Cain / so I hang upon my altar / and I voice my acts again”. La voz es más íntima y descorazonada, igual que en la canción con la que termina el álbum, “Joan Of Arc” donde la pérdida del amor y de la fe nos hacen reconocer nuestra vulnerabilidad: “Myself I long for love and light, / But must it come so cruel, and oh so bright?”.

Dieciocho años después, Leonard Cohen sacó I’m Your Man (1988) un disco que no sólo es uno de los trabajos más destacados de su larga e importante carrera, sino que transformó la imagen sonora que se tenía de él. Con sonidos electrónicos, sintetizadores y máquinas de ritmos, sin abandonar los coros femeninos y las letras atrozmente directas y poéticas. En I’m Your Man, la dulce voz de monje de sus álbumes anteriores ha desaparecido, y ahora, un ronquido sensual de barítono susurra cosas sobre el futuro, sobre los peligros de la modernidad y el amor, pero tiñéndolo todo de un humor sutil. La portada misma del disco es una muestra de ese sentido, en la foto un Cohen vestido de traje y entre sombras se come un plátano. “I’m Your Man” es una cínica declaración de amor con un toque de ingenio verbal: “And if you want a doctor / I’ll examine every inch of you”. En “Everybody Knows” hace una despedida a la revolución sexual debido al sida: “Everybody knows the scene is dead / But there’s gonna be a meter on your bed / That will disclose / What everybody knows”. Las dos canciones con que cierra el disco son de antología y aportan un sonido distinto al estilo de Cohen; son “Tower Of Song” y “I Can’t Forget” que suenan actuales, sobre todo en los covers que le hicieron Pixies y Jarvis Cocker.

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El último álbum de Leonard Cohen, You Want It Darker, que salió el 21 del mes pasado, muestra a un compositor que vislumbra su final y se prepara para dejar todo atrás definitivamente. La melancolía de sus primeros álbumes y la sordidez de sus últimos trabajos, aquí vuelven envueltos en mortaja, en un vals funerario que mueve hasta el más duro de los insensibles. Podría decirse que es su testamento lírico, el epilogo de una vida de preguntas e inquietudes. Creado mientras estaba postrado en cama por la enfermedad que le quitó la vida, habla directamente de su no esperanza, de su visión conciliadora de la muerte. Abre con la mejor canción del álbum homónimo: “You Want It Darker”, que no es una pregunta sino una petición, una recomendación obligatoria. El coro de voces masculinas creando un muro de sonido lúgubre que acolchona su voz tan llena de melancolía y fragilidad: “Magnified, sanctified, be thy holy name / Vilified, crucified, in the human frame / A million candles burning for the love that never came / You want it darker / We kill the flame”. Una voz oriental repite junto con Cohen: “Hineni, hineni / I’m ready, my lord”; hineni es una expresión hebrea para llamar a Dios y decir que ya se está listo para la acción encomendada. Reconocer la futilidad de lo existente y estar preparado para lo que desconocemos. Pero donde queda patente su resignación a morir, es en el minimal vals cálido de guitarras temblorosas en “Leaving The Table”: “I don’t need a pardon / There’s no one letf to blame / I’m leaving the table / I’m out of the game”. El tono reflexivo, mórbido del álbum, no sólo está en las letras y la voz del disco, también en la musicalidad que hicieron los hijos de Cohen para acompañar las composiciones de su padre, y a los que agradece dentro del booklet del álbum, por haberle ayudado a terminar su último proyecto. Musicalmente es una delicia, cercana a las composiciones vernáculas como el vals y el tango, se mece entre discretas percusiones y lamentos de violines. En “Traveling Light”, Cohen se describe de forma oscura como una luz que viaja a la nada, que sólo queda el recuerdo de lo amado: “I’m just a fool, / A dreamer who / Forgot to dream / Of the me and you / I’m not alone / I’ve met a few / Traveling light like / We used to do”. El consejo de alejarnos de las ruinas de una sociedad atrofiada,: “Steer away through the fables / of Creation and The Fall” dice, y dejar atrás los palacios, la Verdad, la Diosa Madre, la Sabiduría del camino, el Modelo Cósmico y hasta Dios. Empezar a reconsiderar cómo uno está viviendo la vida, si es año por año, mes por mes, día por día, o pensamiento por pensamiento. En “String Reprise/Treaty”, parece ser un diálogo con una abstracción como Dios, pero que se vuelve difícil, y finalmente declara: “I wish there was a treaty we could sign / It’s over now, the water and the wine / We were broken then, but now we’re borderline”. El arreglo de cuerdas es especialmente delicado, como una nota de funeral, un réquiem por la vida de un cantautor genio y pone fin no sólo al álbum, sino a toda una carrera de introspección, imaginación, angustia, arte y melancolía.

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La muerte de Leonard Cohen es el clavo con que se cierra el ataúd que ha sido el año, (o eso es lo que creemos). Junto con otros ya desaparecidos a lo largo de los meses, su muerte nos hace sentir un poco más huérfanos, un poco más solos en el mundo. Su obra es a prueba de idiotas. No es un artista al que se llega fácil ni se le oye profusamente, es un cantautor de intimidades dolorosas, de heridas, de todos los sentimientos incluidos los “negativos”: tristeza, amargura, desolación. Pero también de temas como la fe y la religión, la política, la alienación, y las relaciones interpersonales. Algo que me parece muy atractivo es que a pesar de su espiritualidad, su obra jamás renuncia al humor y al poder milagroso de la carne, es decir, a la lujuria. Es un poeta que le canta al cuerpo, al sexo y al deseo. “Hay elementos en las canciones que proporciona un profundo confort y una profunda paz, y estimula la imaginación y la valentía”, dijo una vez Leonard, y creo que es cierto, la observación meticulosa y meditativa del presente y pasado es lo que me ha enseñado el maestro, y que no es algo malo que la melancolía musicalice la vida diaria, siempre y cuando uno halle lo ingenioso. Es triste que artistas como Cohen, que han hecho un mapa para recorrer de forma distinta la realidad, mueran, pero sería más triste que uno no valorara la labor del poeta y de la poesía. Esa pequeña acción de prender una pequeña luz en la absurda oscuridad del mundo. Hasta siempre amado Leonard Cohen, nunca estarás sólo.

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