Fahrenheit 451: Un mundo sin libros

Ray Bradbury`s Fahrenheit 451 50th anniversary edition

Por Luis Santiago Rubín de Celis

451 grados fahrenheit es la temperatura en la cual el papel arde, y es también el emblema grabado en los cascos del departamento de bomberos, un constante recordatorio de su paradójico propósito: quemar libros.

Publicada en 1953 por Ray Bradbury, y considerada generalmente como una distopía, Fahrenheit 451 describe una sociedad en la que poseer libros es un crimen, en la cual se fomenta la ignorancia y el consumismo, donde la amenaza de guerra es constante y donde cultivar la cultura es mal visto. Una sociedad donde los muros de las casas son pantallas de televisión y donde los intentos de suicidio con píldoras son tan comunes que las limpiezas de estómago son tratadas por técnicos con aspiradoras especiales y no por médicos (porque no se darían abasto).

El protagonista de la obra, Montag, es un bombero (fireman), posición respetada en su sociedad no por apagar incendios, sino por causarlos. El trabajo de Montag consiste, como ya lo mencioné, en quemar libros, un crimen terrible pero común. Sin embargo, poco a poco Montag se ha ido sintiendo fuera de lugar en el mundo, ha empezado a dudar, a preguntarse por qué las cosas son como son y no de otra forma. Es en este estado mental cuando las circunstancias de su cotidianidad lo hacen conocer a su nueva vecina, Clarisse, quien tiene 17 años y está loca (así se presenta ella). Clarisse le cuenta su forma extraña—para su sociedad—de ver el mundo, le hace bromas y gestos, esto  hace que Montag, ser rígido y alienado, comience a sentir una inquietud cada vez más fuerte sobre lo que lo rodea hasta que se sale de control y comete una de las más grandes transgresiones: decide salvar un libro del fuego y llevárselo a casa.

Los peligros del libro son sutiles, están prohibidos no porque le sugieran cosas a la gente, sino porque los libros son confusos. Algunos contradicen a otros y todos pretenden ser la verdad. Los libros hacen sentir incómodas a las personas porque les presentan puntos de vista opuestos, y esto les aborrece. Bradbury lo escribe de esta manera en la novela:

 “A la gente de color no le gusta El pequeño Sambo. A quemarlo.

 La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del tío Tom. A quemarlo.

Escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro.”

Cuando a través de su contacto con Clarisse y con Faber—un antiguo profesor de inglés—, Montag va descubriendo cómo eran las cosas en el mundo antes de los bomberos, se nos permite ver destellos de una sociedad en constante peligro de guerra, que ha cambiado su libertad alegremente por el privilegio de no tener que pensar en cosas desagradables, por la comodidad de que se les diga qué hacer, qué ver, qué consumir. La esposa de Montag, por ejemplo, se reúne con sus amigas en veladas nocturnas para ver la televisión y hablar de frivolidades, después de haber intentado suicidarse la noche anterior. En esa misma escena, en la que las mujeres se reúnen a ver televisión, Montag enloquece, apaga el televisor y las obliga a escuchar un poema de Mathew Arnold[1]. Una de ellas comienza a llorar sin saber por qué, otra, dice lo siguiente:

“Tontas palabras, tontas y horribles palabras, que acaban por herir —dijo Mrs. Bowles—. ¿Por qué querrá la gente herir al prójimo? Como si no hubiera suficiente maldad en el mundo, hay que preocupar a la gente con material de este estilo”

A la gente en esta distopía le incomoda pensar, pensar los hace sentir tontos e insuficientes, o peor aún, los hace sentir. Prefieren la simplicidad y la frivolidad que la televisión les brinda:

“Uno se pregunta el porqué de una serie de cosas y se termina sintiendo muy desdichado.”

Fahrenheit 451 ha sido interpretada de varias formas a lo largo de los años, ya sea como crítica a la censura, a la modernización, a la tecnología, etc. Pero independientemente de la interpretación que se le quiera dar, es innegable el alto contenido humano que posee: el miedo a la pérdida, el miedo a la guerra y al dolor, el miedo a no pertenecer, y sobre todo, el miedo a olvidar.

“Los libros sólo eran un tipo de receptáculo donde almacenábamos una serie de cosas que temíamos olvidar. No hay nada mágico en ellos. La magia sólo está en lo que dicen los libros…”

[1] Dover Beach’s Last Stanza:
Ah, love, let us be true
To one another! for the world, which seems
To lie before us like a land of dreams,
So various, so beautiful, so new,
Hath really neither joy, nor love, nor light,
Nor certitude, nor peace, nor help for pain;
And we are here as on a darkling plain
Swept with confused alarms of struggle and flight,
Where ignorant armies clash by night.