La naranja mecánica: una distopía de Kubrick

Por Valeria Bocanegra

Hablar de cine y no hablar de Stanley Kubrick es una contradicción. Ahora bien, es también inevitable que no venga a nuestra memoria La naranja mecánica  (A Clockwork Orange, 1971) cuando hablamos de distopías. Ciertamente, el filme tiene todas las características de una distopía: el tiempo y el espacio en el que Alex y sus drugos practican la ultraviolencia, son indeterminados y, además, negativos. Lo anterior en el sentido más burdo de la palabra “distopía”.

La naranja mecánica nos cuenta la historia de Alex y sus drugos, un cuarteto de delincuentes juveniles, cuyo líder es, evidentemente, Alex Delarge. La historia está narrada en primera persona, por el mismo Alex y basada en la novela homónima, no tan prolífica, de Anthony Burgess. Conforme la película va avanzando sus drugos deciden traicionarlo y éste es condenado a varios años en prisión. Tiempo después, y como consecuencia de la sobrepoblación dentro de las cárceles, las autoridades desarrollan el tratamiento Ludovico, cuyo fin es inhibir la capacidad de elección de los individuos a los que se les somete. Alex, so pretexto de ser una mejor persona ─y para disminuir su condena─, se somete a dicho tratamiento; éste consiste en crear una respuesta negativa a la violencia en el individuo mediante el uso de fármacos y proyecciones de escenas agresivas. Nuestro protagonista, al acabar el tratamiento, se ve vulnerable pues ha perdido la capacidad de ser violento inclusive en defensa propia. Sin embargo, La naranja mecánica tiene una trama circular, por lo que Alex, al final de la película, regresa a ser el mismo joven que disfrutaba de la ultraviolencia y la música de Beethoven. Recuerde el lector la última escena:“Sí, estaba curado.”

Es curioso cómo el tratamiento Ludovico es desarrollado precisamente por autoridades gubernamentales. El hecho de que el experimento no deje ningún matiz en el individuo es la prueba fehaciente de que, el mundo en que vive Alex, es un mundo vigilado por una fuerza autoritaria mayor. Algo como el Gran Hermano, que Orwell nos presentó en 1984. Como en muchas otras distopías, la autoridad ve como una amenaza a todo aquel que tenga más información de la que es necesaria. Según lo propuesto por Van Dijk, una forma de ejercer el poder es a través de “el control de los contextos” (41), en los que se incluye la perspectiva. De esta manera, podemos observar que, después de que Alex se somete al tratamiento Ludovico, su perspectiva ya está controlada por algo que es más fuerte que él. Se trata, quizás, de un acto de deshumanización, en ese afán de mejorar “la naturaleza lobesca del hombre” (Kuchenbuch, 239).

No podemos olvidar que Alex es presentado como la contraparte “culta” en La naranja mecánica. Aunque este rasgo no es muy fiable, puesto que es el mismo Alex el que nos narra la historia (Pimentel, 71), hay indicios por los cuales es imposible negar cierta predilección por la “alta cultura”. Lo más relevante, sin duda, es el fanatismo a la música de Beethoven. Recordemos que, como sucede con la violencia, involuntariamente Alex también es condicionado de manera negativa a la Novena del compositor alemán. Un acto de crueldad, completamente, por parte de la autoridad.

Cuando el Alex reformado sale al mundo, se encuentra con aquellos a los que alguna vez hizo daño. Lo que a veces llamamos karma, se las cobra a nuestro drugo, y éste no tiene ni siquiera la posibilidad de defenderse. El vagabundo, sus antiguos amigos, el escritor, etcétera son, por la posibilidad de elegir, más malos que Alex. El hecho de inhibir por completo la capacidad de elegir entre el bien y el mal ─algo sobre lo que ni siquiera Dios tiene control─, nos habla de un abuso de poder característico de cualquier distopía. De esta manera, La naranja mecánica, gira los engranajes alrededor de la siguiente cuestión: ¿Qué es peor: ser malo por convicción o bueno por inducción?