J.R.R Tolkien y la Fantasía Épica

Mapa de la Tierra Media con los nombres de los colaboradores de The Fiction Review

Nota del Editor

Hace cuatro meses inauguramos el primer número de esta revista haciéndole un homenaje a uno de los escritores más extravagantes del siglo XX, H.P Lovecraft, lo que nos permitió entrar en el mundo de las publicaciones independientes a través de la relectura y análisis de la obra de un solo autor. Este ejercicio nos pareció la manera más sencilla, y a la vez más enérgica, de comenzar nuestro proyecto editorial, apostamos a que en la sencillez monotemática podríamos encontrar profundidad.

Este diciembre volvemos a escoger la profundidad en lugar de la amplitud temática, y nos sentimos obligados a declarar que nuestra nostalgia, además de una profunda admiración intelectual y literaria, fueron en gran medida las razones por las que escogimos a J.R.R. Tolkien (Bloemfontein, 1892, Bournemouth, 1973) como el centro narrativo de nuestra edición “navideña”.

Dicho esto, sería propicio aclarar que la literatura de Tolkien no necesita de sentimentalismos y remembranzas (estos son anexos culposos) que la sostengan, sino que se mantiene por sí sola gracias a su calidad intrínseca. La trilogía del señor de los anillos no es (por más que ésta atraviese los filtros de la maquinaria cultural actual) fácil de masticar, como tampoco lo es El Silmarillion y mucho menos sus trabajos como filólogo o sus reconstrucciones de poemas nórdicos, como La leyenda de Sigurd & Gudrún. Estamos más bien ante un escritor académicamente preciso, acompasado, certero, cuyas descripciones detalladas de páginas y páginas pueden hacer que más de uno abandone la aventura, abandono que no se deberá nunca a la falta de aptitud literaria, sino a su intrincado estilo, y al escenario temático en el que desarrolló su narrativa: el género que el gremio literario nombra como High Fantasy.                 

La “Alta Fantasía”, como todas las etiquetas arbitrarias inventadas para organizar los conceptos del hombre, no es un género literario que esté completamente definido (incluso deriva del “género fantástico”, otro exhaustivamente ancho), y es tan discutido que con frecuencia le tienen que añadir otras mini etiquetas para que tenga coherencia con lo que intenta representar (Political High Fantasy, Heoric Fantasy, Medieval Fantasy, Epic Fantasy, Sword and Sorcery Fantasy…y la lista continúa ad infinitum).

Este tipo de literatura ha sido por mucho tiempo relegada a los suburbios, adscribiéndole un falso  infantilismo considerado como poco relevante para las Letras con L mayúscula (¿Quién escribe sobre dragones? ¡Bah, niños!), y aunque esto sigue sucediendo, la obra de Tolkien ayudó considerablemente a que se replanteara esta supuesta inferioridad genérica: en los noventa las librerías inglesas Waterstone`s y la cadena de televisión Channel 4 del mismo país hicieron una macroencuesta y se eligió la trilogía del señor de los anillos como libro del siglo; en un ejercicio similar, en The Daily Telegraph la trilogía volvió a ganar ahora a la par de su autor. Si esto les parece desmesurado, esperen a lo siguiente: El señor de los anillos fue votado como el mejor libro de todos los siglos en Gran Bretaña por la Folio Society, y los participantes de otra encuesta de Amazon.com en 1999 lo escogieron no el mejor del siglo, sino del milenio.

De cualquier forma, hay que tener cuidado de este tipo de ejercicios (no hay tal cosa como mejor libro del milenio), los sondeos son pocas veces (incluso llegan a ser completamente lo opuesto) un signo confiable de calidad. En este caso lo interesante, lo que sorprendió incluso a los miembros de la academia y de la lengua inglesa, fue que el protagonista de estas hiperbólicas declaraciones fuera un libro que precisamente no es nada sencillo, escrito de una manera extremadamente formal, por un filólogo al que poco o nada le importaba encajar con el mundo moderno. Algo hay de sugestivo y peculiar en que una obra tan abstrusa y complicada fuera al mismo tiempo, como pocas veces sucede, tan leída y apreciada (¡sobre todo una obra que habla de señores oscuros, anillos de poder, magos, elfos, y creaturas de la estatura de un niño de 10 años con los pies muy velludos!).

¿Qué lo hace tan interesante? ¿Qué es eso que tiene de cautivador? Tolkien no es un personaje llamativo como lo pudo ser por ejemplo Faulkner, Cortázar o Palahniuk, que antes de escribir el Club de la pelea lavaba platos, ni siquiera tiene un número considerable de publicaciones. Tolkien fue de hecho una figura poco aventurezca, un académico respetable, un profesor de lingüística y filología que vivió una vida familiar y escolar aparentemente distanciada de los problemas que tendenciosamente encajan con el arquetipo de escritor de la literatura moderna, aunque lo antes dicho podría ser solo una imagen exterior posteriormente construida: John Ronald Reuel Tolkien estuvo en el frente francés en la primera Guerra Mundial y vivió muy de cerca los horrores de la batalla de Somme.

Aun así, sus complicaciones como personaje son de otro tono: detractor de la democracia y vigoroso seguidor de la monarquía, acusado de misógino y de extender una teoría racial por medio de su cosmogonía, J.R.R. Tolkien es una figura que se sigue debatiendo. También la discusión sobre su obra es basta y se extiende a lo largo de una gran variedad de ámbitos (en los años sesenta estudiantes estadounidenses salieron a la calle con botones con la frase Gandalf for President!, como protesta a la actividad bélica y los atentados contra los derechos humanos) que han superado los límites de su producción literaria.

Queda decir que The Fiction Review se honra en sumergirlos en la literatura fantástica de Tolkien, pero también en aquella que creció y se desarrolló gracias a la influencia que tuvo su obra (¿les suena Game of Thrones?), esperando que más y más gente se atreva a leer, y si quiere, a darse un paseo por la Tierra Media con los artículos y textos que les estaremos presentando durante diciembre. Felices fiestas, ¡Namárië!