Lo mejor del 2016: Música nueva para el fin del año viejo

Mi selección de albumes de este año sangriento

Por Miguel Ángel Díaz

Estamos en tiempos radicales, con gente radical y con una estética de extremos casi irreconciliables. Uno de los mejores críticos y analistas de la modernidad, Walter Benjamin, mencionaba sobre el devenir de la historia filosófica moderna que su  origen se basa en “los extremos opuestos, de los aparentes excesos de la evolución, da nacimiento a la configuración de la idea como la totalidad caracterizada por la posibilidad de una yuxtaposición plena de sentido de tales contrarios”[1]. Nótese que habla de “yuxtaposición”, de poner una cosa junta a otra sin interposición, sin nexo, sin relación aparente ni mezcla, pero que están en convivencia y que dan razón epistemológica a un estado de cosas. Th. W. Adorno, usó esta idea de su amigo Benjamin para hablar de la música en la introducción a su Filosofía de la nueva música, donde dice que “únicamente en los extremos se encuentra impresa la esencia de esta música; sólo ellos permiten el reconocimiento de su contenido de verdad”[2], una estética donde la alta y la baja cultura se juntan sin unirse, de forma kitsch y radical. Adorno veía que en los compositores contemporáneos (Schönberg, Stravinski, Hindemith, Milhaud y el delicioso Béla Bartók) y la música moderna en sí, se perfilaba “un tipo de música que, pese a la impávida pretensión de lo moderno y lo serio, se asimila a la cultura de masas en virtud de una calculada imbecilidad”[3], donde sus extremos entorpecen la relación de sus extremos, que ya no tolera “la yuxtaposición plena de sentido de los contrarios”, dice citando a Benjamin.

La música y las estéticas actuales ya han atravesado, rebasado y deshecho tales extremos, para hacerlos más lejanos, para yuxtaponerlos haciendo más ridículas sus conexiones, kitsch y naif a la vez. Este 2016 es un año de dolorosa transición hacia algo que aún no atisbamos y que nos ha dejado perplejos por el montón de pérdidas en el mundo de la música, pero también ha dejado algunas obras que aportan a la historia de la música un tamiz de renovación, de ganancia, por decirlo así. La estética es extremista y casi díscola, pero aun así sobrevive.

No quiero hacer de este artículo un obituario y enumerar las pérdidas, prefiero hablar de lo que me parece rescatable. Jalar aún de los márgenes de esos extremos para yuxtaponerlos otra vez, de forma más o menos descriptiva y analítica. Para ello escogí diez álbumes de diez artistas distintos entre sí para ver que nos aportó este terrible año. Vuelvo a repetir esa vieja justificación casi cliché: no todo lo que es, está, ni todo lo que está, es. La siguiente lista obedece a mi retorcido gusto personal y sólo es una pequeña muestra de lo que ha sucedido. Traté de poner algunas obras que, creo y supongo, no fueron tan oídas en la radio, y otras que eran obligatorias, de perdido, mencionarlas. La lista está ordena alfabéticamente y no obedecen a ninguna jerarquía ni nivel cualitativo.

 

Angel Olsen:  My Woman, Jagjaguwar. Sept, 6/Rock

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Angel Olsen , My Woman

Cantante folk que se revela al género para entregar un gran álbum de rock, a veces melódico y, a ratos, rudo. Un disco para la introspección inquieta. Olsen tiene una voz agridulce, temblorosa, media nasal, que se arrastra sobre letras de una profundidad emocional y de autonomía personal que la ha llevado a ser comparada con Fiona Apple. A mí me recuerda más a la PJ Harvey de 4–Track Demos; el estilo de Olsen es guitarrero, duro de roer y muy físico. Su melódica, pero desolada voz dice cosas dolorosamente honestas como: “Hate to have to watch you go/ Though I’d been through this/ Lord, I’m still trying/ You’ll never be mine” en “Never Be Mine”. Pero también tiene un buen sentido del humor, cuando en “Shut Up Kiss Me”, una canción que parece empezar como otra balada amarga declara: “Stop pretending I’m not there/When it’s clear that I’m not going anywhere,” y antes del minuto grita exigiendo “shut up, kiss me, hold me tight” acompañada de una guitarra sucia y una sección rítmica machacante.  A lo largo del álbum hay un sonido cercano a la tradición country, próximo al estilo de Dolly Parton y Loretta Lynn, que en ratos se parte a guitarrazos, por ejemplo en “Sister”, una melodía country-folk se vuleve un jam acid-rock al minuto 6, más parecido a Television o a Crazy Horse que a cualquier sonido de guitarra de algún sombrerudo texano. Es un disco que funciona a la primera escucha, pero mejora exponencialmente a la segunda o tercera oída.

 

Anohni: Hopelessness, Secretly Canadian ,Rough Trade. Mayo, 5/pop/r&b/experimental

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Anohni, Hopelessness

Cuando uno escucha el mote de música de protesta, rápidamente piensa en un tipo con una guitarra acústica y armónica que canta desafinado y jamás mueve un pie. Anohni viene a re-redefinir este viejo término. ¿Pero quién es Anohni? Es una cantautora trans inglesa que canta como afroamericana, más conocida por ser la líder de Anthony and the Johnson. Ella, junto con los productores Hudson Mohawk y OPN, crearon este álbum que retrata el ambiente político y social actual, pero sin dejar de ser una colección de himnos electro-dance. Esto es pop radical, más radical que M.I.A. y cía. En “Drone Bomb Me” Anohni es una niña afgana o siria de siete años  que dolorosamente nos canta: “Blow my head off/Explode my crystal guts,” y describe como se rompe la inocencia y el amor con explosivos que paradójicamente nos quieren hacer bailar. Otra pieza genial es “4 Degrees”, un himno ecofeminista que nos alarma de la próxima extinción de fauna y flora, y de nosotros junto con el planeta, con tan solo el aumento de grados de la temperatura global: “I want to see this world/I want to see it boil,” declara. Los temas importantes dentro de la agenda global aquí están: violencia de género (“Violent Men”), guerra (“Hopelessness”, “Drone Bomb Me”), intervencionismo armado (“Crisis”), política ominosa (“Obama”) y problemas ecológicos y nucleares (“4 Degrees”, “Why Did You Separate Me From The Earth”); pero nunca es aburrido ni pobre, es rico y ultramoderno sonoramente. ¿Qué haces oyendo más a RATM o a Coldplay buscando una consciencia política? Vente con Anohni a protestar bailando.

 

Bon Iver: 22, A Million, Jagjaguwar. Sept, 30, rock/experimetal

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Bon Iver, 22, A Million

Justin Vernon se quedó sólo en este álbum, los demás miembros de Bon Iver renunciaron, y él decidió esconderse en una cabina rural de Wisconsin a emborracharse y componer esta maravilla. Siendo esta época de saltos mortales, Vernon dio el suyo con esta obra, al alejarse del sonido folkie de sus trabajos anteriores. Esto es totalmente experimental, desde los títulos y el sonido, pero si te acercas a observar la composición base, sigue siendo un cantautor sólido y tradicional. Suena como si Dylan en lugar de una transición rock, hubiera sido electro, algo así como Radiohead en Kid A, pero más íntimo y personal. Hay piezas magistrales, donde se arriesga mucho sin arruinar la composición en lo más mínimo, por ejemplo “715- CRΣΣKS” lleno de distorsión en la voz, melodía de Auto-Tune; o en “33 “GOD”” donde cajas de ruidos se mezclan con banjos. La genialidad melódica de “29 #Strafford APTS” donde la voz le hace el amor sublimemente al oído. En “8 (circle)” que es una baladita de esas que se meten a la piel como droga cutánea, cuando dice: “Say nothing of my fable, no/What on earth is left to come?/Who’s agonized and gnawed through it all/I’m underneath your tongue,” y luego las vocecitas burbujeantes. También ese jam mix de sax, órganos y banjos en ____4____. Señores y señoritas, aquí está el futuro del pop, aquí está el futuro rebasándonos.

 

David Bowie: Blackstar, Columbia/RCA/ISO. Enero, 7. Rock/jazz fusión

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David Bowie, Blackstar

David Bowie está y estará vivo por un buen tiempo. Algo que siempre he pensado de este camaleón es que siempre fue fiel a su consigna de ser diferente en cada obra. Blackstar no es la continuación de The Next Day ni de nada. ¿A dónde iba Bowie? No lo sabemos, pero este álbum apunta hacia la estratosfera. Con sonidos jazz tipo John Coltrane y Erich Dolphy, nos introduce al drama, la alienación, la melancolía, y al vacío de vivir en el fin de todos los tiempos, con un saxofón que guía la narración de todo el disco, sin dejar de lado la experimentación casi electrónica que recuerda a Aphex Twin y a los samplers y ritmos tipo Kendrick Lamar, que el mismo Bowie reconoció como influencia. Canciones como “Blackstar”, “Lazarus”, “Dollar Days” y “I Can’t Give Everything Away”, muestran a un artista completo hasta el final. Hace meses cuando salió el álbum su sonido progresivo y de fusión era difícil de procesar. Requiere un par de oídas atentas para encontrarle su lugar, hasta entonces es cuando reconoces que ¡claro es Bowie resucitando como Lázaro, saliendo de su tumba por enésima vez! Creo que me he equivocado otra vez, Bowie no estará vivo por un buen tiempo, porque alguien que muere más de una vez ya no puede morir nunca. Bowie es eterno. Blackstar es su última prueba.

 

Elza Soares: A Mulher do Fim do Mundo, Mais Um Disco. Junio, 29. Bossa/samba/noise-rock

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Elza Soares, A Mulher do Fim do Mundo

Hija de las favelas de Rio, su padre la casó a la fuerza a los 12 con un tipo que la golpeaba y violaba, madre a los 13 de un niño que murió de desnutrición, viuda a los 21, amante y luego esposa de un Garrincha famoso y borracho. Elza Soares llegó a la música tradicional brasileña con influencias del blues gringo y una bizarrería afro única. Ella no venía de las favelas, venía de Venus o de Plutón, quizá. Este álbum reafirma su leyenda de mujer negra y empoderada. Ahora tiene 79 años y saca uno de los mejores discos de la historia moderna de Brasil y del maldito mundo. Su dirty-samba es como si Bassie Smith cantara samba acompañada por el Radiohead de Amnesiac. A Mulher do Fim do Mundo, es un disco fuerte y divertido, mezcla de música fusión afrobrasileira, punk y noise. La obra abre con “Coração do Mar”, un a capela de un poema de Oswald de Andrade. La canción homónima es la perla del disco, con sus requinteo y sus gruñidos cuando Elza pide, exige: “Eu vou cantar, me deixem cantar até o fim”. Y nadie se lo puede impedir. “Pra Fuder” la corporeidad, la lujuria y la samba se juntan para declarar las prioridades de la vida: el sexo y el baile. “Benedita” es la historia de un transexual adicto al crack que no se dejará de los policías. “Dança” es sobre el cuerpo y el baile, un tango pero al estilo de Tom Waits, raspocita. En “Comigo” le canta a su madre muerta, el peso de sus palabras nos conmueven hasta los huesos. Este álbum refleja muy bien a su creadora, en una ocasión Elza Soares dijo: “Siempre canto para recordarte que los negros existen, y los gays y las prostitutas, también”. Surrealista, poético, desolador, esperanzador, espiritual y carnal. No habrá otro así en la historia de la música. Lo puedo firmar.

 

Frank Ocean: Blond, Self-Released. Agosto, 25. Pop/r&b

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Frank Ocean, Blond

El 26 de febrero del 2012, en Orlando, Florida, Trayvon Martin, joven afroamericano de 17 años fue muerto a balazos por George Zimmerman, que fue absuelto de cargos. Esto causó protestas en algunas ciudades de Estados Unidos. En Blond, el último álbum de Frank Ocean,“Nikes”, el primer track, dice: “RIP Trayvon, that nigga look just like me” y en el video aparece Ocean sosteniendo una fotografía de Martin. Blond es un álbum que habla con ironía y realismo de la muerte, de la nostalgia y la familia. Más que ser un disco de protesta, es un manifiesto personal de vida y experiencia de ser afro en Estados Unidos. Frank Ocean juega con su voz, canta, rapea, recita, habla y, sobre todo, cuenta historias en su peculiar narrativa surreal. Voz de helio. Loops.  Guiños a Steve Woonder, a Brian Eno, otro a Drake. Este no es un disco de rap, este es pop nivel Marvin Gaye, en la era del twitter. Sonidos ambient, ritmos dumb, y guitarras eléctricas. “Solo” va antecedido de un discurso anti drogas (“Be Yourself”), que la canción ironiza, desmediatiza, para poder hablar de la soledad. “Self Control” es intimidad y guitarra solamente. “Nights” es la mejor canción del álbum, directa, tempo medio, autonomía. “Solo (Riprise)” es André 3000 rapeando sobre pianos y videojuegos la nostalgia de Ocean. “Pretty Sweet” pasa del riff noise al beat electrónico para hablar de la amistad y la muerte.  Blond es confesión y es el oscuro brillo de la realidad.

 

Jenny Hval: Blood Bitch, Sacred Bones. Oct, 4. Experimental

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Jenny Hval, Blood Witch

En “La bella durmiente”, el cuento de los hermanos Grimm, hay una referencia inconsciente sobre la menstruación, también en “Caperucita Roja”, de Perrault. Desde la antigüedad la sangre menstrual es símbolo de fertilidad y de potencialidad genésica. La compositora avant-gard noruega, Jenny Hval, no es la primera artista en utilizar el tema menstrual para hablar de feminidad y feminismo, pero en la música pop sí es pionera al hacer “una investigación de […] el sangrado natural, de la más pura y poderosa, y aún trivial y aterradora sangre”, como menciona ella misma. Habla de mujeres vampiro como símbolo de empoderamiento en “Female Vampire”; en “In The Red” la fantasmagórica respiración de una mujer corriendo tiene un ritmo envolvente. “Conceptual Romance” es una canción de amor y autoerotismo directo: “Stuck in erotic self-oscillation/ This landmine of a heart/ The only one/ I am a heart,” mientras la voz se mece entre olas de ruido blanco. La vulnerabilidad se siente sonoramente en “Untamed Ragion” y “Period Piece”, pero en lugar de lamentarse, se ve como un estado filosófico. Hval suena a Björk produciendo soundtrack para los filmes más oscuros de Ingmar Bergman en temas ominosos como “The Plague” o dulces como “Lorna”. Le damos totalmente la razón cuando en “The Great Undressing” declara:  “I’m self-sufficient, mad, endlessly producing.”

Nick Cave & The Bad Seeds: Skeleton Tree, Bad Seed Ltd. Sept, 14. Rock

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Nick Cave & The Bad Seeds, Skeleton Tree

La pérdida ha dado al arte varias de sus obras maestras. La muerte ha rebosado en este 2016. La muerte es un tema sobreexplotado por Nick Cave a lo largo de su carrera, pero en este año, los cadáveres son más pesados y menos retóricos o poéticos. Cave tuvo que afrontar a la muerte de uno de sus hijos gemelos, Arthur, de 15 años, que se accidentó al caer de un acantilado cerca de su casa en Brighton, Inglaterra. El dolor y el duelo recorren esta obra maestra de The Bad Seeds. Aun así Skeleton Tree no dista de la oscuridad de sus obras anteriores. En “Jesus Alone” hace una poética lista de seres perdidos: “You’re a young man waking/ Covered in blood that is not yours/ You’re a woman in a yellow dress/ Surrounded by a charm of hummingbirds // You’re a drug addict lying on your back/ In a Tijuana hotel room” y los llama dulcemente: “With my voice/ I am calling you.” “Ring of Saturn” es un poema donde los coros aúllan soledad y miedo. La resilencia en “I Need You” es tanto pesimismo como aceptación, cuando repite con voz temblorosa que ya nada importa, seguirá necesitando y extrañando al ausente.  “Distant Sky” es más oscura que una noche sin estrellas, es sublime diría Kant, y la voz de Else Torp, bañada en un órgano celestial nos arroja al abismo cuando dice: “They told us our gods would outlive us/ But they lied.” Aquí no hay esperanzas, el consuelo debe encontrarse fuera del Cielo, en la aceptación de todo, de lo bueno y lo malo por igual. En la canción que cierra el álbum, “Skeleton Tree”, hay una especie de resignación: “I called out, I call out/ That nothing is for free/ And it’s alright now”.

 

Radiohead: A Moon Shaped Pool, XL. Mayo, 11. Rock

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Radiohead, A Moon Shaped Pool

Con más de 30 años en activo y 9 álbumes en su historia, Radiohead no sólo es un grupo maduro, sino que está más allá de la pretensión básica de las bandas de rock. Siempre esquivos a los parámetros y cánones del pop, su más reciente trabajo los aleja de sus contemporáneos y los acerca a cierta idea abstracta de lo clásico. A Moon Shaped Pool contiene composiciones inteligentes sin salidas fáciles ni armonías forzadas. La experimentación propia de Radiohead está a la par de su capacidad de introspección, apuntalada por los arreglos orquestales compuestos por Jonny Greenwood; recuerdan la solidez melódica de R.E.M. en Automatic For The People con los arreglos de John Paul Jones. Varias de estas canciones ya tenían años en el haber de la banda, pero hasta ahora cuadraron en un álbum completo. “Burn The Witch”, canción inédita pero no nueva, son 3 minutos 40 segundos de éxtasis y paranoia, recuerda al Hail to the Thief y a “Climbing Up The Walls” del OK Computer, pero aquí no es necesaria ni siquiera la letra para sentir la ansiedad perturbadora del tema, el arreglo de cuerdas vuelve loco a cualquiera. “Deaydreaming” tiene una profundidad muy parecida a la sabiduría y a la paz de la ensoñación. La angustia existencial común en ellos, en este disco se vuelve el reconocimiento de un status quo de vacío iluminado, sobre todo en canciones como “Ful Stop” o “Identikit” que termina con una guitarra jingle pop genial, también presente en “Present Tense”. “True Love Waits” también es el rescate de una melodía ya antigua, pero embona y cierra perfecto el álbum. Podría decirse que A Moon Shaped Pool es ejemplo de como una buena obra de arte puede tardar años en lograrse, a pesar de ya estar en la mente y el tintero del artista, sólo es necesario paciencia, experiencia y maestría.

 

Solange: A Seat at the Table, Saint / Columbia. Oct, 5. Pop / r&b

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Solange, A Seat at the Table

Un buen artista vale mucho para su sociedad, un buen artista concientizado socialmente es indispensable, invaluable, más cuando su arte pasa de lo panfletario a lo expositivo y analítico sin perder calidad y atractivo. Solange Knowles en A Seat at the Table radiografía a la mujer negra y su entramado social, sus problemas, retos personales, desafíos y pasiones, sin jamás renunciar a su libertad creativa. Este álbum está lleno de joyitas bailables y juguetonas, pero también enuncia directamente y con fuerza la situación de su pueblo. Son 21 tracks, que entre las canción hay testimonios de miembros de la comunidad negra que hablan directamente de los derechos civiles que nunca estorban la escucha del álbum, sino que dan pautas reflexivas a las canciones. Abre en “Rise” con dulces sonidos de jazz que desembocan en el documental eufórico de “Weary”. “Cranes in the Sky”, conducida por orquestación y pianos nos habla de la bebida, el sexo y su esfuerzo de ser libre. Su huida del dolor y la locura sigue en “Mad”, con su ritmo pegajoso. “Don’t touch my hair” es puro chilling, pero sin dejar de ser una advertencia y hasta una amenaza si alguien intenta dañarla a ella y su pueblo. Y uno le cree, sino pregúntenle a Jay Z, a quien le propinó unos madrazos en el famoso video del elevador. En el mundo se necesitan muchos más artistas con  valor y talento; Solange es uno de esos artistas y A Seat at the Table es su ejemplo a seguir.


 

En este año de reveses y pérdidas, se puede decir que hay cosas interesantes que escuchar. Los enlistados aquí no son los únicos, también sacaron álbumes dignos de ser oídos artistas como: Leonard Cohen, PJ Harvey, Nicolas Jaar, Mitski, Kings of Leon, A Tribe Called Quest, Red Hot Chili Peppers, The Last Shadow Puppets, Porches, Weyes Blood, The 1975, Sunflower Bean, Rihanna, Kendrick Lamar, Christine and the Queens, Twenty One Pilots, Beyoncé, Blood Orange, Anderson.Paak, y un corto etcétera. Hay que decir, además, que los más vendidos son pocos los de esta lista que aparecen (con excepción del ANTI de Rihanna y Lemonade de Beyoncé), sin pensar en la inmensa cantidad de música en los charts que, si bien hay lugar para todos, no ofrecen nada a la cultura ni al arte en general, son simples productos de consumo desechables, lamentablemente.

Las obras aquí expuestas tienen algo en común, y la idea  de los extremos y su yuxtaposición la engloban, es la búsqueda de una identidad plural y la defensa de esa identidad. Hay en la lírica de esta música una necesidad de reafirmación, de protesta y resistencia al poder, sin llegar a ser absolutamente panfletaria o aburrida. Cada obra es un espejo personal del artista que busca introyectar y proyectar la realidad social, racial, sexual y económica que le pertenece y regresarnos una imagen fragmentaria e íntima de esa realidad. Musicalmente estas obras contienen sonidos muy heterogéneos, contrastantes, a veces disimiles, pero que logran mantenerse unidos y tener sentido. Es cierto, no estamos ante obras capitales, no intentan hacer declaraciones contundentes ni filosóficas, pero se esmeran por retratar la condición humana en sus puntos particulares, con sus detalles múltiples y complejos. Cada uno de nosotros puede tener la música que necesita, es cuestión de encontrarla y que exista. Existe, y esta es la prueba.

Feliz año nuevo y aquí les dejo mi playlist de Spotify:

[1] Walter BENJAMN, El origen del drama barroco alemán, Madrid, Taurus, 1990, p. 30.

[2] Theodor W. ADORNO, Filosofía de la nueva música, Madrid, Akal, 2011, p. 13.

[3] Ibíd. p. 15.