Después de Piglia, ¿quién?

Ricardo Piglia

Por Edén Ulises Martínez

 

Apenas hace cuatro años que leí por primera vez a Ricardo Piglia, autor de los Diarios de Emilio RenziLa Ciudad AusenteRespiración Artificial y El Último Lector. En ese entonces me sentía muy cercano a los cuentos y novelas de Carlos Onetti y a las Aguafuertes de Roberto Arlt. En este contexto romántico y desmedido encontré el paraíso en el sótano de la biblioteca pública de San Antonio: vendían libros usados a precios absurdos —el más caro, recuerdo, costaba 3 dólares, y estoy hablando de autores como Hemingway, Blake, y White—. Apunto de irme y cuando ya tenía las manos llenas de bultos estorbosos, en el anaquel de ediciones en español me encontré con dos ejemplares que me llamaron la atención —y que todavía podía cargar—, los cuales sigo apreciando bastante: “Cuentos completos” de Antonio Di Benedetto y “Cuentos con dos Rostros” de Ricardo Piglia.

De regreso a San Luis Potosí, en un camión turista semivacío, leí este último. Me pareció de una calidad insospechada, sorpresiva de hecho, porque daba la impresión —aquí mis prejuicios hablan por mí—de que, en Argentina, después de Borges, de Bioy Casares, de Sábato, de Pizarnik y Cortázar, todo lo demás podría ser prescindible, o por lo menos, de segunda división de liga.

Recuerdo de “Cuentos con dos Rostros”, más que a Emilio Renzi, al loco norteamericano de Steve Ratliff y a su obsesión con el relato perfecto. Nacido en la calle 79 West, frente al Central Park, en Nueva York, había llegado por movimientos azarosos al Mar de la Plata, en donde, muy al estilo pigliano, su historia se entrelazó con la del país que lo acogió, atrapada en un interminable eco narrativo.

Cuando conocí la figura estética de Ratliff le puse su sombra y disfraz a varios personajes de mi imaginación. Me maravillaba la idea del hombre solitario, en un país ajeno, sentado en bares y cafés escribiendo una novela interminable, borrando, anotando, perdido en el éxtasis del ideal. Porque los ideales del hombre no se pueden reducir a la utopía política o moral, sino que pueden encontrar su forma y su crisol en la dimensión de la ficción y la escritura, en donde los límites de lo falso y lo real son indefinidos. En el ámbito de la ficción, es legítima la existencia de nociones tan abstractas y abstrusas como la “trama perfecta”, otra quimera.

Eso es lo que más admiro de Ricardo Piglia: su capacidad para el engaño, su fineza en el artificio. En su literatura no se sabe si está transformando la realidad en ficción, o si está dándole a la ficción la ilusión de realidad; y no importa saberlo, porque deja de tener sentido la separación, lo que importa no es qué se cuenta, sino cómo se cuenta. ¿Qué acaso no hacemos lo mismo todos los días? ¿Qué no ficcionamos nuestro pasado? La escritura es ejercicio, práctica y terapia, traduce los traumas del espíritu y la sociedad en imágenes con dimensión estética, mitológica y cultural, imágenes que al fin y al cabo tiñen el devenir histórico de las sociedades. Ya lo dijo él mismo en su famosa conferencia sobre Borges: la literatura aborda los mismos temas que la realidad, pero con otros presupuestos.

Imaginemos entonces el día a día como una red de relatos, una telaraña de cosas que contar, en cada una de las cuales hay un enigma, algo que no se dice, algo oculto que espera su momento de revelarse pero que ya se sugiere por debajo de lo inteligible. Ese fluir de historias necesita un eje organizador, un narrador que circule entre ellasEmilio Renzi es Piglia, y éste su embajador en el mundo real. Hay algo de misterioso y místico —cabalístico diría Borges— en el acto de leer y escribir, algo que recuerda al acto cognoscible en la fenomenología: imagino visitar la tumba de Piglia, quién narró su paseo a la casa de Malcolm Lowry en Cuernavaca, quién hizo lo mismo con la tumba de Poe. Un juego de espejos y rituales infinitos.

Ricardo Piglia, como lo dijo Marco Antonio Campos, enlaza, entrelaza y superpone historia sobre historia. Es la manía incansable de pensar y de narrar lo pensado, genuina capacidad de imaginar y luego traducir lo imaginado con el arte del lenguaje. A través del río de historias que no puede parar de contar, su literatura es un paseo por la literatura: vivieron en él Macedonio Fernández, Borges, Faulkner, Philip K. Dick, Célin, Roberto Arlt, Onetti, y muchos más. Agradecidos estarían, creo, de haber encontrado una de las cosas que los escritores más desean, lo admitan o no, tener un lector que les haga justicia.

Un día después de la muerte del argentino, en el cumpleaños de un amigo poeta —se adivinará de qué se estaba hablando—, entre la botana, los cigarros y la cerveza, una pregunta se deslizaba por nosotros como niebla: después de Piglia, ¿quién?