Entrevista a Ronnie Medellín: Terror, magia y detectives

Ronnie Medellín por Nayeli Martínez

Entrevistamos a Ronnie Medellín con motivo de su nueva novela Dieciséis Toneladas; la conversación sin embargo creció y tomó aristas interesantes: el amor por la ciencia ficción y el horror, los cómics, el oficio de la escritura y la magia de contar.

Edén Martínez: ¿Cuál fue tu primer acercamiento a la literatura y el terror?

Ronnie Medellín: Fueron los cómics, pero yo también incluiría las caricaturas. Por ejemplo, yo considero que mi primer acercamiento al género policíaco fue gracias a las series animadas de Batman, del 92, 93, que yo incluyo siempre como parte de mi formación de escritura, y obviamente el cómic, todo lo de Marvel de ese tiempo. Ya después cambié de Marvel a DC, a Vértigo, cosas más de adultos. Y la relación con el terror, no sé, es muy curiosa, a mí siempre me ha gustado mucho, pero mucho, el terror, es algo que desde niño se me antojaba pero me daba mucho miedo, y ver una película era horrible, significaba no poder dormir, no poder vivir durante semanas, meses. Los recuerdos más antiguos que tengo del cine, por ejemplo, son de segundo de kínder: Halloween y Alien, que son películas que vi completas. Nunca se me va a olvidar el final de Alien, cuando le sale el “alien” por el estómago, y de Halloween, la música, el final cuando el agente, el psicólogo, dice: el boogeyman sí existe. Pero yo dejé de ver terror, de hecho, hice algo muy mal, dejé de ver terror pero me platicaban las historias, y eso era peor porque me platicaban solo una parte y yo veía un fragmento de la película o alguna imagen y tenía que inventarme lo que seguía. Siempre he considerado que ahí empieza mi labor de narrador, desde ese momento.

EM: ¿Con el fragmento de una historia imaginabas cómo continuaba ésta, y de alguna manera fue contraproducente porque te imaginabas cosas más horrorosas?

RM: Sí, porque ya después cuando realmente vi, por ejemplo, Chucky, dije: pues la verdad no es tan terrorífica. Lo mismo sucedió en Viernes 13, yo imaginaba, veía, más cosas de las que había en la película, entonces era mucho peor. Ya muchos años después retomé el terror y me hice fan, pero tanto la narrativa de terror como la policíaca fue algo que siempre me gustó desde niño. Entonces debo de aceptar que yo mucho rato de mi vida no vi terror, hasta que lo retomé a los 12 años, pero te puedo hablar esas películas, porque yo veía partes, de Viernes 13, de Freddy, y me imaginaba lo que seguía.

EM: Hiciste incluso un club de detectives paranormales ¿cierto?

RM: Eso ya lo hice más grande, ya no era un niño. O sí lo hice de niño pero como de broma, porque había visto este capítulo de Bugs Bunny en donde el pato Lucas recibe una herencia y pone una agencia de detectives, y ya como a los 16, 17 años, le dije a unos cuates: “pues vamos a buscar fantasmas”, ya de una forma más ambiciosa. En ese tiempo no había YouTube, nada de eso, si no pues estaría chido ¿no?, si no encontrábamos nada, al menos nos convertimos en estos youtubers de moda, Urban Hunters. Pero no, en esos tiempos a lo que más que aspirábamos era a tener una cámara, cámara de fotos, creo que nunca utilizamos una de vídeo. Siempre les he dicho (a esos amigos) “vamos a volvernos a juntar a buscar fantasmas”, y tengo otros amigos que sí se juntan, pero yo ya no los he acompañado.

EM: ¿Cuando eras niño tenías esa relación con el terror, pero tú ya pensabas en que querías escribir? ¿Te decías a ti mismo “quiero ser escritor”?

RM: Yo creo que tenía la idea, bueno, nunca me he dicho “yo soy escritor”, yo digo “yo escribo”. La historia es muy sencilla: yo no sabía dibujar así que le escribía los guiones a mi primo, y me lo tomaba en serio. De alguna manera creo que siempre me he tomado en serio escribir, desde niño fantaseaba con hacer cómic, que hasta ahora es uno de mis retos, y los intentos que hacía eran reales. Hacer cómic lo he intentado ya, estuve trabajando con artistas potosinos, ilustradores, y estamos en eso. Pero volviendo al tema, yo desde niño siempre me he tomado en serio las cosas, es algo que hasta la fecha sigo manteniendo, si me dicen “vamos a hacer cine” yo me lo tomo en serio. Es lo que te decía, más que decir “soy cineasta” o “soy escritor” digo “vamos a hacer cine”, “vamos a hacer un cómic”, “vamos a hacer una novela”, “vamos a hacer un cuento”, mis hobbies siempre han sido parte muy real de mí. Un ejemplo, en primaria nos ponían a utilizar el edit, el procesador de texto de MS-DOS, y nos dejaban horas escribiendo, entonces yo hacía mis guiones de Dragon Ball, sucedía lo mismo que con el terror. Era Dragon Ball, no era Dragon Ball Z, y cuando llegaban las revistas españolas yo veía que Goku ya estaba grande, que tenía un amigo verde y tenía hijos, entonces yo lo imaginaba y hacía mis propias historias de Goku a partir de eso. Siempre me lo tomé en serio, no puedo decir que pensaba en la escritura como literatura sino más bien como un guionista, guionista de cómic, guionista de series que nunca pensé en producir, una especie de fan fiction, el mismo trabajo que hacía de niño cuando no veía las películas de terror pero las imaginaba. Es raro que me tome a la ligera un proyecto.

EM: En la universidad, ¿por qué no estudiaste letras? ¿por qué alguien que quería ser guionista escogió antropología?

RM: Yo para ser sincero entré a antropología porque quería ser ensayista, mi idea era esa, yo quería escribir ensayos sobre cibercultura, sobre hacking, sobre ciencia ficción, no sabía qué era la antropología, fue algo como un rayo sobrenatural porque cuando entré a la carrera entendí que se podía hacer ensayo desde la perspectiva de las ciencias sociales, y era algo que yo no esperaba, pero pensaba que estaba ahí, no sé por qué. Mis primeras lecturas como comprador de libros no fueron de literatura, yo compraba filosofía, me chutaba Platón, Aristóteles, hasta a Marx lo leí —no lo entendía—. Los compraba porque eran los más baratos, los clásicos, costaban 50 pesos y pues era lo que había, yo los compraba y los leía. También leía sobre hackers, sobre cibercultura, recuerdo a Douglas Rushkoff, era un ensayista que me gustaba mucho y yo pensaba “yo quiero hacer eso, yo quiero escribir sobre cibercultura, sobre ciencia ficción, sobre la onda raver, etcétera”.  Para serte sincero en mi cabeza nunca estuvo la idea de estudiar letras, cuando supe que existía la antropología, al mes escogí carrera. Pero repito, no sé de qué se trataba, nunca llevé antropología en la escuela, no sabía qué era, pero funcionó, y no sé si fue una cuestión del destino o del inconsciente colectivo. Desde mi perspectiva estudiar letras no te hace ser escritor, te hace un investigador. Si alguien quiere escribir, quizá sería mejor que entrara a un taller, aunque yo en lo personal, en mi vida he entrado a un taller literario de creación. Siempre lo pensé pero por equis razones nunca entré a uno. Mi definición del que escribe, del escritor, es que es una cuestión de oficio. Te puedo decir muchas cosas bonitas, poéticas, pero la escritura, en principio debe cierto oficio. ¿Qué significa eso? Que todos los días te sientas y escribes. Y es un oficio muy bonito, es noble. Escribes lo que tú quieres, aunque te pidan escribir del amor, al fin de cuentas es tu historia y no la de otro. Me gusta pensar en la escritura como un oficio, y como un oficio que se desarrolla por leer mucho y escribir mucho, pero también por escuchar música, ver cine, leer cómic ¿y por qué no?, leer sobre los escritores que a ti te laten. Mi escritor favorito hasta la fecha es Philip K. Dick, en mi caso, cuando me atreví a escribir yo leía incansablemente todos los días sus ensayos. Me acuerdo con mucho cariño de uno larguísimo que se llama “Cómo crear un universo que no se caiga en dos días”, es una lección impresionante de creatividad al escribir, es una lección dada por alguien que es apasionado a la escritura al borde de la locura. Ahora por ejemplo me gusta mucho Alan Moore, y leo todo lo que sea suyo —que es guionista de cómics— y veo su documental, leo sus ensayos cuando habla de la magia, cuando habla de todo. Es bueno aprender de maestros que no tienes pero que puedes saborear en textos. Hay también una clave, leer al otro de otra forma, no solo en su literatura, en su dicción. A mucha gente no le gusta, a mucha gente no le gusta conocer a los autores, a mí me encanta, soy un morboso, no puedo contenerme.

EM: Has hablado de Alan Moore, de Douglas Rushkoff, supongo que estos autores tienen sus choques y comuniones con la teoría antropológica, ¿cómo haber estudiado antropología te ayuda a la hora de construir ficción?

RM: En mis influencias no solo hablaría de literatura, añadiría guionistas de cómics, pero también la antropología ayudó mucho, la teoría antropológica, sociológica, ha influido bastante en lo que yo escribo, pero vamos, si me leen tampoco van a encontrar cosas rebuscadas ni nada de eso. Pero soy muy fanático de Jung —escribí un guion de cómic sobre Jung que no ha podido salir ahí a la luz—, Strauss, George Frazer, Edmund Leach cuando habla de magia. Y de alguna manera lo intento plasmar, no dar lecciones ni nada, pero soy consciente de que cuando quiero escribir algo las referencias se cruzan: cuando quiero hablar de literatura hablo de sociólogos y antropólogos, cuando hablo de sociología/antropología, hablo de ciencia ficción, hablo de terror. Hay un escritor que me gusta mucho, no sé si sea mi amigo o no, me cae muy bien, Pepe Rojo, el escribe ciencia ficción y hace ensayo, tiene uno sobre el miedo, es algo que hasta hace poco influyó mucho. Cuando en su ensayo habla sobre el miedo, habla sobre Burroughs, sobre Stephen King, pero al igual habla de Baudrillard, habla sobre el lenguaje, es súper rico leer eso, y no tienes que ser un experto para entenderlo. Está utilizando miles de referencias, entonces cuando escribo yo también soy consciente de qué miedo estoy hablando, qué tipo de miedos hay. Es diferente el miedo de Blackwood, al de Lovecraft, al de Stephen King; los escritores, los literatos, también son teóricos, obviamente ellos lo demuestran con ficción, entonces yo intento de alguna manera dejar una pizquita de eso en lo que escribo. No soy tan clavado como Philip K. Dick, que es mucho más explícito en esas cuestiones, cita a Aristóteles, a Platón. Yo no doy ese tipo de lecciones, mis personajes son más cotidianos, pero soy consciente de que tiro pizcas de eso, de que me gusta ese bagaje. Hay teoría sociológica, lingüística, marxista, que si la leyera la gente se daría cuenta de que también son relatos, que también es ciencia ficción, pero con otro enfoque. Soy fan de Lévi-Strauss por ejemplo, si yo lo agarro es como leer un cuento, en la eficacia simbólica, en la antropología estructural, me gusta mucho.

EM: Todo esto, de alguna manera u otra, te llevó a escribir tu primer libro de relatos, Asesinos Accidentes, en el 2013, ¿cómo fue tu experiencia con tu primera publicación?

RM: Voy a platicar rápidamente la historia. Se publicó en 2013, gracias a una convocatoria que abrió la editorial, que es Pictografía, y es una colección de 14 autores. Antes de hacerlo con Asesinos Accidentes yo publiqué por primera vez en una revista que de alguna manera auspiciaba la facultad de psicología de la UNAM, se llamaba Vengadores o Los Avengers y también en Julio Jaramillo a-go-go. Era una onda beat, alocada, me gustaba mucho y me daban espacio, tenía muchos errores ortográficos pero me tenían paciencia. También tengo suerte, he conocido gente bien chida y si bien no tengo profesores de talleres tengo buenos amigos, buenos contactos, y como te digo, gente que me tenía mucha paciencia, yo tenía como dieciséis-diecisiete años, y de alguna manera creo que vieron algo en mí. Yo lo agradezco mucho, por ejemplo a Juan Beat, que me gusta mucho cómo escribe. Cuando lo conocí no conocía el movimiento beatnik, sabía algo, pero cuando lo leí dije ¿esto qué es? Y me gustó mucho pero yo no sabía qué era, ahora por ejemplo ves en Facebook frasecitas de Bukowski o de Kerouac y tienes una referencia, pero antes no estaban esas referencias, no entrabas a internet y encontrabas un libro de Bukowski. También en ese tiempo conocí el Jazz y el Blues, son sonidos que de alguna manera ya estaban ahí, que quizá los habías escuchado con tus papás, pero de repente les pones nombres como Coltrane, y dices “orale, me gusta”, de una manera muy infantil, juvenil. Entonces publiqué en estos fanzines, mi primer cuento fue “Nostalgia de un Ciberpunk”, lo escribí sin ninguna pretensión y curiosamente —no sé cómo, porque es terrible el cuento— en 2007 llegó a Tierra Adentro en un especial de ciencia ficción, que quieras o no, es una revista pesada, conocida, con distribución nacional. No sé cómo llego ahí, igual y dijeron “mira, no tenemos ciencia ficción, lo ponemos”, y en ese momento ahí publicaba Zarate, Sifuentes, era el boom de la ciencia ficción. Ahí estuvo mi primer cuento, un cuento muy feo, muy sencillo. Y ya de ahí pues publiqué en varios lados: seguí publicando cosas en el DF, tenía un blog en el 2002- 2003, publiqué en varias revistas potosinas como Blasfemia y La Partera. Ya después decayó mi escritura, ya no quería escribir, tenía otras ondas de volver a mi adolescencia que me fue robada, cambiando de prepa en prepa, llegado de Veracruz, sin amigos. Pero en el 2012 dije “quiero publicar ahora sí un libro” y para el 2013 ya estaba publicando.

EM: Tu segundo libro fue Instantes de Muerte, publicado por Editorial Torbellino, que son relatos de ciencia ficción y horror, para mí es muy emocionante que se escriba de esos temas en San Luis Potosí, así que cuando lo vi me llamó mucho la atención y tu nombre se me grabó, ¿qué se siente escribir ciencia ficción y horror en México?

RM: Mis dos primeros libros, Asesinos Accidentes e Instantes de Muerte, nacieron a la par pero divididos al nacer, de Instantes de Muerte sí escribí cuentos nuevos, pero son ideas que rehíce que había pensado ya más chavo, son ideas que tengo desde siempre, y que hasta esos años pude escribir. Yo siempre he pensado en la ciencia ficción, en el horror, en la novela de detectives, policíaca, pero también, no voy a mentir, me influenció la onda beat, no tanto la onda de las drogas sino la sinceridad; yo quería escribir algo sincero, y eso es un problema para escribir ciencia ficción, no por el género ni por los escritores, sino por vivir en México, dónde la tecnología no es algo como por ejemplo lo sería en Estados Unidos. Cuando la ciencia ficción se empezó a escribir, había una promesa, una idea de desarrollo muy diferente a la de ahora, y a mí siempre me ha costado mucho trabajo escribir éste género, terror no tanto, porque el mexicano está muy familiarizado con lo sobrenatural, con lo mítico; de hecho yo creo que a veces el relato de terror no funciona tanto como en otros países, porque aquí es muy normal que hablemos de brujería como si nada, la Mano Peluda sale todos los días, dos horas, de lunes a viernes —yo la sigo escuchando– , la gente habla y cree en eso, cuenta vivencias, y está bien perrón eso. Ahora por ejemplo nos ha bombardeado la idea de las creepypastas y todo esto, porque ya los chavos no salen tanto a la calle como antes, pero antes de las creepypastas tenías leyendas urbanas para atascarte. Yo quería hacer algo así. Y quería escribir ciencia ficción pero no me atrevía tampoco, de hecho es tema para un ensayo, —ojalá me atreva algún día— preguntarnos ¿qué pasa con la ciencia ficción en México? ¿Por qué ya no hay? Hay chavos que quieren escribir pero tienen un perfil muy gringo, como yo, que quería escribir como los escritores de la nueva ola, del new wave, de los 60 y 70, como Philip. K Dick, Theodore Sturgeon, Roger Zelazny, Ray Bradbury, pero yo decía: hablar de cohetes, hablar de naves, cómo qué no, no me sentía sincero, entonces me costó mucho trabajo y opté más bien por la realidad ficcionada — no sé cómo llamarla—, la realidad ciencia-ficcionada, y a veces no sé ni qué escribo, y cuando me lo preguntan yo digo “relato fantástico”. Combino los detectives con fantasmas, con tecnología de ciencia ficción, y teorizo, me gusta teorizar. Yo creo que Asesinos Accidentes a la gente siempre le gustó más que Instantes de Muerte, siempre me dicen y me hablan de ese libro, siempre me platican algo, y de Instantes de Muerte no tuve comentarios ni positivos ni negativos, a la gente no le gustó tanto, siento que piensan que el “chido” es Asesinos e Instantes no, porque creo que Instantes de Muerte está mucho más clavado en la ciencia ficción, en la novela policíaca y en el terror. Por ejemplo, en un cuento de Instantes hay un policía que está en el presente pero con unas máquinas que colocan a personas que pueden ver el futuro y pueden imprimir una especie de radiografía de lo que sucedió en el lugar, pueden ver el futuro y pueden ver el pasado, y a mí me emocionó mucho, me emocionó mucho escribirlo, me emocionó mucho hacerlo, me gustaría volver a leerlo, corregirlo y volver a publicar esos relatos, es mi libro favorito, me gusta más que Asesinos Accidentes, pero no ha pegado igual.

EM: En el 2016 ganaste el Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas con tu último libro y primera novela Dieciséis Toneladas, digamos que puede ser tu boom, y al mismo tiempo parece que te alejas un poco de la ciencia ficción y usas más elementos de novela negra policíaca y de magia, ¿qué es para ti Dieciséis Toneladas? ¿Cómo nace la idea de la novela?

RM: Dieciséis Toneladas es la primera novela que escribo, y te digo, tengo algo de suerte, lo primero que hago es lo primero que está publicándose. Dieciséis Toneladas es un proceso que inició —más o menos la plantee— como en 2010-2009, son cuatro personajes, de esos dos no existían, dos sí. A uno le hice su cuento, y al otro le iba a hacer su novela, fue un copiar y pegar del uno y del otro, le metí ambos, hice personajes principales para hablar de los secundarios. Entonces Dieciséis Toneladas fue un proceso de diferentes relatos que se cruzaron, y todo empezó con la idea del desamor, de dos desamores, uno sí lo recuperé y el otro no. Quería plantear mi idea del amor, yo Ronnie Medellín qué creo acerca del amor, nunca me había preguntado cómo amaba, cómo era amar, qué era el amor. Y por esas fechas me clavé mucho en la filosofía de Alesteir Crowley, un mago negro británico, y pues él practicaba estas cosas de magia, me gustaba, me gusta mucho, de eso no voy a hablar pero me gusta mucho. Él tenía la frase de “amor es la ley, amor bajo voluntad”, era una frase que campaneaba sobre mi cabeza, hasta creí que me iba a volver loco porque empecé a clavarme mucho en la magia del thelema y me di cuenta de que se podía plantear el amor de diferentes formas. Pero lo más banal fue que pues me cortaron y yo tenía que resolver eso, tenía que escribir algo sobre eso, pero no sabía, no entendía qué era el desamor hasta ese momento que me pegó duro. Ahora ando con Mónica, pero ella me cortó en esos momentos y dije “ahora sí voy a escribir del amor”. Después regresamos y todo pero yo ya estaba escribiendo Dieciséis Toneladas, ya me estaba planteando mis primeras ideas sobre el amor. Todo comenzó por una pregunta, salida de una borrachera: ¿por el amor hasta dónde estás dispuesto a ir? ¿hasta vender tu alma? Y yo hice la broma de “nombre, pues aunque vendas el alma ella te va a dejar otra vez, y ya no vas a tener otra alma para recuperarla”, y así empezó, desarrollé estos dos personajes que ya tenía antes, que son un boxeador y un músico de blues, y añadí un ministerial y un agente de la SEMEFO. Yo quería con ellos plantear diferentes puntos de vista del amor, la novela habla mucho de las mujeres, habla mucho del amar, o del odiar, pero no hay mujeres en la novela, o aparecen como personajes que van y vienen, lo hice adrede, porque quería encerrarme en mi burbuja, decir “quiero plantear con estos personajes que tengo en la novela qué es el amor, y no quiero que venga una mujer a desbaratarme mi concepto”, no es para nada misógino, sino más bien era un capricho, querer explicármelo a mí, y junté todo lo que hablábamos. También las historias de mis cuates —al final les doy un agradecimiento a mis amigos potosinos—, me gustaba escuchar lo que decían del amor, me gustaba oír desde el más descarado, el más depresivo, hasta al más sensible, y pues todo eso se juntó para hacer Dieciséis Toneladas, es el background. En resumen es una novela policíaca, novela negra con corte fantástico, una contradicción, pero me atreví a entrarle a esa contradicción, porque la novela negra no debe de tener fantasía, si alguien me dijera “oye eso no es novela negra, es novela fantástica”, no me molestaría, los entendería perfectamente si son ortodoxos a la hora de hablar de la novela.

EM: Decía Ricardo Piglia en una conferencia que hay dos clases de lectores, el lector Kafkiano que se encierra en un pasillo y que solo desea que por un hueco le den comida y agua para no ser interrumpido, y el lector Borgeano que está en una biblioteca llena de libros, pasando de uno a otro indiscriminadamente, incluso sin terminarlos, ¿cómo es el Ronnie lector? ¿qué lees, por qué lees lo que lees?

RM: Escribo como leo, me apasiona demasiado, realmente sí les creo, me apasiona igual que el cine, que lo ves y te emocionas, hay un soundtrack, hay un dolly o una cámara en mano, está allí la imagen de lo que estoy leyendo. Y en el cómic ya tengo la imagen, así que le pongo música. Soy un lector emocionado, todo lo que leo lo leo con emoción, tengo la expectativa, tengo la esperanza de salir divertido, y si no es muy divertido continúo leyendo por terquedad, decía Borges que si un libro no te gusta pues lo dejas, yo digo “bueno, ya gasté, ya lo leo”, son muy pocos los libros que he dejado. En los últimos años ya he hecho mucho más orden de mis lecturas, como fui un lector desordenado que solo quería divertirse, comencé por buen camino, como ya lo dije, por la ciencia ficción, y después por el terror. El que me inició en el terror fue Stephen King, pero yo digo: le voy más a Lovecraft. Cuando yo leí a Lovecraft por primera vez fue uno de mis cuentos favoritos, se llama “Abismo en el Tiempo”, había muchos truenos, me dio mucho miedo, sentí al tipo que le habían cambiado la mente de la tierra al pasado, estaba en una biblioteca ahí con los Antiguos, —u otros, la verdad no me acuerdo—,  y en mi ventana llovía mucho y había truenos, y yo sentí esa sensación, no del miedo clásico del cine sino la sensación de “esto puede ser real”. Ahora que se pusieron de moda los alienígenas ancestrales, y las abducciones, si lo pensamos bien, Lovecraft es el primero en proponer una tesis de abducción, no había abducciones hasta que Lovecraft lo propone, tanto en “Abismo en el Tiempo” como en las “Montañas de la Locura”. Así como me emociono ahorita al decir esto, así me emociono cuando leo, soy ese tipo de lector, soy un niño chiquito que busca sensaciones fuertes constantemente, que sigue imaginando. Yo creo que estoy llenando ese vacío de ese niño que nunca pudo leer, porque no tenía libros a la mano, siempre estaban en los anaqueles pero no eran productos de primera necesidad. Eso sí, mi papá siempre me compró muchos cómics, revistas y cómics, lo que quisiéramos hasta el 94, a la salida de Salinas todo se fue al demonio, ya no hubo cómics, no hubo nada, y no volví a leer hasta el 99, hubo un tiempo en que no leí nada. Ya los X-Men eran muy malos, Walt Disney dejó de publicar las Patoaventuras —sigo considerando que es un cómic primerizo en mi vida y que es bueno—, entonces yo lo que creo es que soy un lector que intenta alimentar a ese niño que no leyó en la infancia. Nunca me he sentido un lector adulto, aunque sí tengo más orden. Curiosamente he dejado de leer cómic, novela gráfica y cómic, lo encuentro más pesado de leer, ahorita la cultura gráfica está haciendo estragos en mi lectura. Y al contrario, la literatura la estoy leyendo muy muy rápido, de dos a tres libros por semana —lo que antes leía de cómics— soy un niño que visualiza, que escucha, que siente mucho. Soy un lector morboso, también.

EM: Una de las tesis más aceptadas de por qué sucedió la revolución cognitiva en el Homo Sapiens hace miles de años, es que éste desarrollo el lenguaje del chismorreo y de la ficción, había hombres contándose cuentos antes que domesticando las plantas. La pregunta de la noche, entonces, es ¿por qué narrar? ¿qué es lo que hace a Ronnnie Medellín escribir?

RM: La tarea de narrar es primigenia en el hombre, pero voy tratar de dar una respuesta sencilla, sobre lo que yo pienso. Yo soy un chismoso nato, porque aparte soy antropólogo, me gusta escuchar y meterme a las conversaciones, a mí me sigue pareciendo grandioso, una gran aventura, por ejemplo, andar en camión aunque tengo vehículo —que lo compré hace poco y lo dejé hace poco—, escuchar las conversaciones en camiones y pensar qué tuvo que pasar antes para llegar a ese punto, o qué va a pasar después. Aunque escribas ciencia ficción, aunque escribas horror, aunque escribas lo más fantabuloso del mundo, tu única referencia es la humanidad, es la vida, es la calle, es todo. Orwell por ejemplo, no se basó en nada más que en la realidad, y la literatura fantástica no está para nada alejada de la realidad, se ha hecho ensayo sobre esto, ellos lo único que hacen es retratar con elementos que ayuden a realzar estas problemáticas. Otro ejemplo, Bradbury en “El peatón”, esta alarmante idea de qué va a pasar cuando nadie salga de su casa porque se la pasan viendo la televisión, donde estás frente a un monitor todo el día, y el que camina está loco porque caminar es inútil en un futuro así, él se basó en su realidad para hacer esto. La idea de narrar, fuera de cualquier teórico, es básica en la humanidad, un principio hasta chamánico ¿no?, y ahí sí me voy a ir a lo que dice Alan Moore: es un acto, un acto de creación, como cuando la gente se reunía alrededor del chamán para escuchar el mito. Y si nos ponemos más científicos, es el rito y el mito de Strauss, el uno no puede vivir sin el otro, porque uno recrea y el otro transmite. ¿Por qué narrar? Yo creo que se ha vuelto una necesidad, también una adicción, pero no es algo nuevo, es algo que yo tengo desde pequeño. Yo intenté pintar, intenté dibujar, intenté tocar el piano —y todas estas son otras formas de narrar—pero yo la única narración que supe hacer fue la de escribir —porque he intentado dirigir—. Mi encuentro con la escritura es mucho más rico y me gusta. Philip K. Dick decía que él no inventaba —muy platónico él—, que la idea salía y él la atrapaba y la escribía, decía “yo no invento nada”. Desde su perspectiva todas las ideas ya estaban, simplemente él las sacaba a la luz, las tomaba, las hacía conscientes. También por el otro lado soy adicto a que me cuenten historias, no me importa si la están inventando o no, yo las creo, yo le diría a Crowley: “yo te creo” todo lo que me estás diciendo. Es una necesidad tanto de escuchar como de contar, a veces ves tan buenas historias que te preguntas ¿por qué no está escrita? La escritura tiene esa magia, las ideas toman las palabras y las retienen, las colocan, es una cuestión más fetichista, esperar que dure toda la posteridad, si no, al menos va a durar un par de años y va a rolar ahí, alguien lo va a leer y va a decir “wow, esto es increíble”, como yo lo pensé cuando lo escribí. Porque sí invento cosas, pero muchas otras las retomo de lo que la gente dice en la calle, desde testimonios de gente que ha sido abducida por extraterrestres hasta nimiedades. Es la necesidad de preservar lo maravilloso, lo fantástico, lo triste, y a mí me gustaría retomar a los clásicos como Blackwood, retratar estas ideas de lo fantástico y lo macabro en su literatura, retener eso. Hay que contar, lo básico es que hay una necesidad de contar, pero hay una parte más metafísica, hay una idea chamánica del relato y de la reproducción del relato, yo creo eso de la narración, creo que es un acto natural y también creo que es un acto mágico, completamente.