Pokhlyobka de Literatura Rusa

Por Edén Ulises Martínez

“¡Rusia, Rusia! ¡Él te vio! ¡Te vio!
¡Has sido tú la que ha desatado todos esos vientos y tempestades, todas esas nevadas, lluvias y heladas! ¡Tú la que provocaste el llanto de millones de vidas y suplicantes voces!”
-Andréi Biely, Petersburgo.
 

Escribir una introducción para un número de literatura rusa es equivalente a escribir la receta de algún platillo francés con solo haberlo probado algunas veces, doble miedo a la elegancia y a la sencillez, aunado —ahumado, para seguir con la jerga culinaria— además a la sensación de sentirse extremadamente incompetente en maniobrar con ingredientes tan fuertes. Dostoievski, Tolstoi, Chéjov, Turguéniev, todos estos son nombres que nos saltan a la cabeza cuando escuchamos hablar de Literatura Rusa —con “L” y “R” mayúsculas—, y como si no nos fuera suficiente, la receta sigue requiriendo de algún Gógol, Pushkin, Gorki, Biely, Nabokov, Bulgakov, Solzhenitsyn, Pasternak…

Si lo anterior suena ya a tarea titánica, no menos difícil es hablar de la literatura rusa contemporánea, paradójica situación de admirar a los decimonónicos, reconocer a los de la era soviética, e ignorar casi por completo a los que aún respiran, caminan y escriben. A Nikolai Lilin, Dmitry Glukhovsky, Mariam Petrosyan, Vladimir Sorokin, Anna Starobinets, Zakhar Prilepin y Dmitri Bykov, hay que ponerles el nombre de pila para preguntar por ellos en las librerías.

¿Pero cómo comienza este recorrido? La literatura rusa tiene sus raíces en el folklore de los diferentes pueblos y regiones que la constituían, pero no es hasta el siglo XIX cuando aparece en el mapa, a partir de su formación en las tradiciones literarias occidentales de la poesía, el cuento y la novela. Esto se puede más o menos explicar si revisamos brevemente la historia de Rusia, y el primer paso que podemos dar es entender que el país de Tolstoi y Vladimir Putin no había llevado antes un camino paralelo al europeo.

Cuando Rusia se cristianizó, no se acercó primero a Europa Occidental, sino a Bizancio, esto la mantuvo relativamente alejada de las tendencias y cambios de la Iglesia Católico Romana de Occidente y del llamado Renacimiento Italiano. También, por ser una “nación” muy fragmentada, constituida por una unión heterogénea de tribus eslavas, su nobleza no compartía los rasgos e intereses con sus iguales europeos. Esto cambió a principios del siglo XIX, cuando ocurrió un distintivo “afrancesamiento” en las clases altas, ahora lo francés era lo civilizado, lo educado, las artes tenían que refinarse, había llegado el momento de volverse europeos. Pero Rusia no era Inglaterra o Francia, la gran mayoría de su población vivía en condiciones casi medievales, no había desarrollo industrial y el 80% de los rusos eran siervos, que técnicamente es lo mismo que esclavos. Fue en estas condiciones contradictorias en las que escribieron un puñado de narradores y poetas, los cuales sin embargo desarrollaron una de las tradiciones literarias más importantes del mundo.

Siglo XIX

El siglo de oro de la literatura rusa comienza con Alexander Sergeyevich Pushkin (1799-1837), en las décadas de 1820 y 1830. Autor de Ruslán y Ludmila, La gavriliada, Yevgueni Oniéguin y Mozart y Salieri, Pushkin es un poeta intraducible según Nabokov, quien sugiere que si no se aprende ruso mejor no hay que leerlo —cosa curiosa pues él mismo realizó sus traducciones, las que recomendaba—. Personaje extraordinario hasta en su muerte, el poeta más famoso de Rusia murió por mala atención médica después de un duelo contra el alsaciano Georges D’Anthés. Algunos años después de esto Nikolai Gógol (1809-1852) escribe Almas Muertas y El Abrigo (ambos publicados en 1842) y se convierte en el primer narrador ruso en ser exaltado por una literatura implacable y grotesca. Para Nabovok, Gógol era un genio extraño, porque el genio es extraño siempre.[i] Diez años antes de que éste falleciera, en 1852, Iván Turguéniev (1818-1883) estudiaba en la Universidad de Berlín, en donde se tiñó de las ideas de la filosofía idealista alemana y de la Novela Burguesa (fue amigo de Flaubert). Autor de Memorias de un cazador (1847), Rudin (1855) y Padres e Hijos (1862), Tuguéniev fue considerado el más europeo de los narradores rusos. Superada ya la mitad del siglo, Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (1821-1881), hijo de un médico pobre y tiránico, publicaba Memorias de la casa muerta (1864), Crimen y castigo (1866), El idiota (1868) y Los hermanos Karamázov, para convertirse en un clásico de la literatura universal y precursor del pensamiento freudiano sobre la locura y el dolor[ii]. Casi al mismo tiempo que Crimen y Castigo se publica Guerra y Paz (1869), del conde Liov Tolstoi (1828-1910), quien después publicaría Ana Karénina (1877) y La muerte de Iván Ilich (1886), tres obras que son mundialmente reconocidas como máximas piezas de arte, ejemplos de la capacidad de la literatura como expresión de lo sublime, lo hermoso y lo trágico. Algunos de los ya referidos en esta lista, además de novela, cuento y poesía, también escribieron teatro, pero quizá no fue hasta la llegada de La gaviota (1896), Las tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos (1904) de Antón Pavlóvich Chéjov (1860-1904) que éste llegó al elevado nivel de la prosa y el verso decimonónicos rusos.  De todos estos, solo Chéjov —que además era un enorme cuentista— y Tolstoi alcanzaron a ver nacer el siglo xx, respiraron el viento nuevo y el hundimiento de la vieja tradición zarista. No tenían idea de lo que venía.

Las dos primeras décadas del nuevo siglo, sin embargo, fueron testigo de una generación de escritores que alcanzaron a desarrollarse entre el ocaso de la Rusia Zarista y la llegada del régimen soviético. Andréi Bieli (1880-1934) es uno de ellos, su novela Petersburgo es considerada antecedente del Ulysses de James Joyce. Maksim Gorki (1868-1936) también vivió durante este periodo intermedio; Los bajos fondos (1902) y La madre (1907) se encuentran entre sus obras más conocidas. Las diferencias y similitudes entre Bieli y Gorki nos pueden hablar del caleidoscopio que era la Rusia de la transición: el primero venía de una familia de renombre intelectual, y aunque creía en la revolución bolchevique nunca fue panfletario, su mejor literatura explora lo interno del hombre. El segundo provenía de la meshchánie, el escalón más bajo de la clase media rusa[iii], y escaló a lo más alto del círculo intelectual soviético, fundador del realismo socialista, amigo de Lenin y apreciado por Stalin. [iv]

 

Siglo XX

El inicio del siglo XX fue caótico en casi todo el mundo, pero en Rusia parece haber ocurrido con especial complejidad. La guerra perdida contra Japón (1904), la Revolución de 1905, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y una ola de levantamientos sociales diversos culminarían con la abdicación de los Romanov (1917), la toma de San Petersburgo (1917) y la llegada al poder de los bolcheviques (1917-1921)[v]. La revolución rusa significó un enorme cambio de estructura social, económica y política, y esto tuvo implicaciones directas en la cultura y sus distintas expresiones. La Unión Soviética fue, con todos sus claroscuros, un estado autoritario, gobernado desde arriba y profundamente antiliberal en sus ideales profesados[vi]. En 1927 cerraron las editoriales privadas y comenzaron los primeros consejos nacionales de escritores del partido, también durante esos años una gran cantidad de artistas e intelectuales rusos emigraron hacia Estados Unidos o Europa Occidental.

Entonces, la literatura rusa del siglo xx se puede dividir en dos: la escrita dentro de la URSS y la escrita por los emigrantes y exiliados en otras latitudes. Ante esto vale la pena avisar que no se puede generalizar que ni toda la literatura soviética fue mala o manipulada, ni toda la escrita por los exiliados fue brillante y original. El siguiente es un listado —limitado y abierto a la crítica— de algunos de los mejores escritores rusos del siglo XX: Mikhail Afanasyevich Bulgakov (1891-1940), escritor y guionista, autor de la serie de relatos cortos conocida como Los diarios de un joven doctor (1975) y de la novela El maestro y Margarita (1967), aclamada por la crítica como una de las obras maestras del siglo XX. Boris Leonidovich Pasternak (1890-1960), poeta, narrador y traductor de Goethe, Schiller y Shakespeare, conocido por su novela Doctor Zhivago (1957), forzado a rechazar el Premio Nobel de Literatura de 1958 por el gobierno ruso. Anna Akhmatova (1889-1966), a quien The Poetry Foundation nombró una de las mejores poetas rusas, fue además ensayista y académica especialista en Pushkin; en 1998 Zephyr Press editó una edición en inglés de toda su poesía. Alexander Solzhenitsyn (1918-2008), autor de Un día en la vida de Iván Denisovich (1962) y Archipiélago Gulag (1973), fue historiador, novelista y cuentista, otro ganador del Premio Nobel de Literatura —ahora en 1970—, el cual no recogió por miedo a ser expulsado de la URSS. Vladimir Nabokov (1899-1977), catedrático de literatura rusa que vivió la mayor parte de su vida en los Estados Unidos, alcanzó la fama con su festejada novela Lolita (1955) escrita en inglés. Sus Clases de Literatura Rusa y Clases de Literatura Europea se publicaron en español en el 2016 por Maxi Editorial. Iosif Aleksandrovich Brodsky (1940-1996), conocido por sus colecciones de ensayo y poesía, estuvo recluido en una institución mental soviética y cinco años en Arkhagelsk, un campo de labores forzadas en el ártico. Pasó sus últimos años en Estados Unidos y recibió el Nobel en 1987. Actualmente se pueden conseguir sus trabajos reunidos Less than one: Selected Essays (1986) y On Grief and Reason (1995) en Pinguin Modern Classics, además de su poesía reunida en Collected Poems in English (2002), publicada por Farrar, Straus and Giroux Editorial.

 

Siglo XXI

Hasta ahora la mayoría de los autores mencionados en este pokhlyobka[vii] ruso son públicamente reconocidos, fácilmente encontrados en sitios de internet y en libros de historia de la literatura rusa. Si el lector quisiera introducirse en el tema de una manera más amplia y detallada —además de leer los libros listados, claro está— sería una buena opción comenzar con The Cambridge Introduction to Russian Literature (2008), o con Russian Literature: A Very Short introduction (2001) de Oxford University Press. Las Clases de Literatura Rusa (2016) de Nabokov también son una opción si ya se cuenta con cierto repertorio, pero yo recomiendo que sean esquivadas hasta entonces, además de que se lean con suspicacia para evitar hacerse de ideas prejuiciosas.

¿Pero qué hay de los autores rusos que vivieron el final de la URSS y que atravesaron el milenio, nuestros contemporáneos, los que ahora escriben en tiempos de Vladimir Putin? En 1987, treintaicuatro años después de la muerte de Stalin, comienza la Glasnost y la Perestroika bajo la presidencia de Mikhail Gorbachev, cae el muro de Berlín en 1989 y finalmente se disuelve la Unión Soviética en 1991[viii]. Acaba la Guerra Fría y comienza, lentamente, a volver la crítica y a disolverse la censura.

Actualmente, Grigory Ryzhakov, autor de The Readers Mini Guide to New Russian Books, nos sugiere una lista de los 20 autores “modernos” más importantes[ix], y el documental Russia’s Open Book: Writing in the Age of Putin nos trata de dibujar las condiciones y el escenario literario actual de este lejano país frío. En las sugerencias de Ryzhakov y de Russia´s Open Book podemos encontrar a Dmitri Bykov (1967), periodista, activista político, poeta y narrador, es biógrafo de Pasternak, y sus novelas más conocidas son Ortografía (2003), Ostrómov (2011) y Almas Vivas (2006). Zakhar Prilepin (1975), comparado con Tolstoi (ingenuamente, opino yo), veterano de la guerra de Chechenia y sabido nostálgico del régimen soviético, una de sus novelas más conocidas es Patologías (2004). Mariam Petrosyan (1969), autora de misterio y thrillers, nacida en Armenia cuando era parte de la Unión Soviética, conocida por la novela The Gray House (2009) traducida como La Casa de los Otros y publicada en español por Edhasa Editorial en el 2015. Vladimir Sorokin (1955), el Tarantino de la literatura rusa moderna, dicen. Uno de los escritores más escandalosos de su país, su literatura contiene escenas explícitas de violencia y sexo, aderezadas con una fina crítica política. Además es dramaturgo y guionista, entre sus libros más conocidos están Hielo (2002) y El Día del Oprichnik (2006). Anna Starobinets (1978), escritora de cuentos cortos, su narrativa es una mezcla entre horror tradicional, fantasía y distopía, su primer libro de relatos, Una Edad Difícil (2005), sigue siendo ampliamente vendido y fue traducido al español en el 2012 por Nevsky Prospects. Ludmila Ulitskaya (1943), ex genetista, guionista y autora de bestsellers basados en la historia reciente de la Unión Soviética, reconocida por sus novelas Medea y sus hijos (1996) y Sóniechka (1992), publicada al español por Anagrama en el 2007. Para rematar esta sopa condimentada y comprimida, yo agregaría a Dmitry Glukhovsky, quien escribió Metro 2033 en el 2002[x], distopía que le valió el Encouragement Award de la Sociedad Europea de Ciencia Ficción en el 2007.

¿Qué tan lejos han quedado el paisaje, el campo, la nieve que pisó Tolstoi? ¿Cuántos pasos o edificios o carreteras han borrado la sangre del duelo de Pushkin en el suelo? ¿Qué queda de la avenida Nevsky de Bieli en Petersburgo o del campo yermo y frío de los relatos de Bulgakov? El arte solemne, la poesía incrustada en la prosa y los poemas indescifrables para el que no comparte su lenguaje; la locura, la redención, el amor pasional, los valores morales, la corte, Tchaikovsky y los palacios; la ciudad, el nuevo siglo, la revolución, el obrero, el campesino, la mancha de sangre en los cuarteles de invierno, el futuro… Rusia es grande en extensión e historia y oscura y profunda en su relación con el arte. Traerla a San Luis Potosí metida en algunos cuantos textos es un pecado que nos tuvimos que permitir. Cuando Robert Frost dijo que la poesía es aquello que se pierde en la traducción, alguien —no recuerdo quién— le contestó que se perdía más en no hacer absolutamente nada. Así, con nuestras increíbles limitantes, The Fiction Review presenta su edición temática de Rusia. Ojalá que este pokhlyobka no les cause indigestión. Bon appétit.

[i] Nabokov, Vladimir, Curso de Literatura Rusa, Maxi Editorial, 2016.
[ii] Esta cuestión es altamente discutida, pero por mucho tiempo se tomó muy en serio, véase por ejemplo el trabajo que utiliza Nabokov para demeritarlo: “The Abnormal From Within: Dostoyevski”, The Psychoanalytic Review, XXII, 1939.
[iii] “[…] un ambiente social que había perdido la saludable relación con la tierra sin adquirir nada que llenase el vacío consiguiente, y donde, por lo tanto, campeaban los peores vicios de las clases medias sin ninguna de sus virtudes.” Nabokov, Vladimir, ibid.
[iv] En este periodo se puede agregar a Issac Babel (CONACULTA publicó su novela Caballería Roja) y a Boris Pilniak (tiene un cuento fabuloso llamado “Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos), por motivos de tiempo no fueron integrados al texto.
[v] Emerson, Caryl, “Symbolist and Modernist world-building: three cities, three novels, and the Devil”, en The Cambridge introduction to Russian Literature, Cambridge University Press, 2008, 166-190.
[vi] Emerson, Caryl, “The Stalin years: socialist realism, anti-fascist fairy tales, wilderness”, en The Cambridge introduction to Russian Literature, Cambridge University Press, 2008, 191-219.
[vii] Pokhlyobka es una sopa rusa hecha de harina, granos, papas u otros vegetales. Es similar al pottage inglés. Hace mucho tiempo era una comida común en la dieta de los estratos más pobres de la sociedad rusa. La mayoría del tiempo los aldeanos y campesinos cocinaban este tipo de sopas que solo tenían vegetales debido a lo caro que era comprar ingredientes como la carne de puerco, res o pescado.
[viii] Service, Robert, A History of Modern Russia: From Nicholas II to Vladimir Putin, Harvard University Press, 2005, pp 659.
[ix] http://www.ryzhakov.co.uk/modern-russian-literature-raising-the-ignorance-curtain/
[x] La subió completamente gratis en su página web y después se convirtió en un fenómeno peleado por las editoriales por los derechos de imprimirla en papel.