De familias femeninas: “Como agua para chocolate” de Laura Esquivel

Laura Esquivel

Por Valeria Bocanegra

Crecí en una familia de puras mujeres. Mi mamá, mi abuelita que es como una segunda madre y casi media docena de tías con las que pasé y he pasado la mayor parte de mi vida. Al igual que Tita, protagonista de la novela Como agua para chocolate de Laura Esquivel, lo femenino me rodeó desde una edad muy temprana. Y siempre es más cómoda una familia de puras mujeres, como la de Tita (excepto para Tita, claro). Recuerdo que, a veces, cuando íbamos a visitar a mi abuela los domingos por la tarde, era casi un ritual que mi mamá y mis tías ayudaran con la preparación de la comida mientras el televisor estaba encendido, en el canal de la Estrellas. Recuerdo también que nunca pasaban nada bueno, nada que llamara mi atención, excepto una película que emocionaba a todo el gremio femenino en ese hogar: la adaptación cinematográfica hecha por Alfonso Arau de Como agua para chocolate; ¿por qué? Esa es una pregunta que no pretendo contestar en este texto, al menos no de manera tajante.

Y es que Laura Esquivel supo muy bien cómo construir a sus personajes femeninos en Como agua para chocolate. La familia que es protagonista de esta novela, es una familia en la que la figura masculina está completamente ausente: el padre de Tita murió poco después de que ella naciera, punto clave para la configuración de su personaje, pero también de Rosaura y Gertrudis, e incluso de la propia Mamá Elena.

Es quizás por esto que tenemos a una Mamá Elena tan reacia, de carácter fuerte e inamovible en sus decisiones y forma de pensar: recordemos que esta firmeza en sus decisiones es la que provoca tanta desdicha en su hija menor. Sin embargo, y a pesar de ser una mujer tan fuerte, no deja de ser una mujer educada a la antigua, que se emociona con las bodas y pasa tiempo con sus hijas realizando labores muy femeninas. Por otro lado, Rosaura es un personaje que está más de fondo, pero que causa desdicha también en la protagonista; podemos aquí observar uno de los elementos más estereotípicos de la mujer: el anhelo por complacer a su marido.  Tanto es ese deseo que tiene por complacerlo, que inclusive decide hacer una tregua con su hermana menor para que le enseñe a cocinar, la cocina es un elemento importantísimo para garantizar el éxito de un matrimonio; nos recuerda que las mujeres “sólo podían ser educadas como complemento del hombre”[1]. Cosa aparte es Gertrudis, que parece ser una representación de todo aquello que no es femenino, razón por la que es rechazada, no encaja, es una mujer que decidió meterse a la Revolución e ir en contra de todo lo que su madre le había enseñado que debía ser una mujer.

Finalmente está Tita, otra mujer fuerte, que luchó contra todo y esperó muchos años hasta que por fin pudo estar con Pedro Muzquiz ―suceso que nos puede recordar a otro exponente del realismo mágico, Gabriel García Márquez, con la relación de Fermina Daza y Florentino Ariza. Nuestra protagonista nada en contra corriente en la laguna de la tradición y las buenas costumbres, marca un antes y un después dentro de su pequeño núcleo familiar. Otra mujer fuerte en su manera apasionada de amar, de cocinar impregnando de sus emociones cada platillo. Tita representa, quizás, un equilibrio entre Rosaura y Gertrudis.

De modo que Como agua para chocolate está llena de mujeres. Inclusive, de forma burda y arbitraria, podríamos clasificarla como una novela rosa: una novela de amor que termina en final feliz. Las lectoras (y algunos lectores) sufren con la protagonista, queremos saber qué sigue, con quién se va a quedar Pedro y le agarramos un coraje tremendo a Mamá Elena.

La cocina sirve de marco para el desarrollo de nuestra novela, es escenario y público, quizás por eso en la casa de mi abuela les gustaba tanto ver la película: porque se identificaban. Empero, no hay que leer Como agua para chocolate como una novela machista, muy por el contrario, Laura Esquivel nos enseña que hay distintos tipos de mujeres inclusive en una misma familia; que se puede ser femenina sin dejar de ser feminista. No es revolucionaria su idea, lo importante, lo curioso y lo que llamó mi atención fue la forma en que Esquivel construyó su relato. Me sentí cómo quien veía una adaptación televisiva de una novela de Caridad Bravo Adams, sentimental, picada, como se dice vulgarmente. Vale la pena darle una oportunidad a Laura Esquivel y recordar que “el amor no se piensa, se siente, o no se siente”.

[1] García Gayego, Rosa. “Mujeres, arte y literatura: Imágenes de lo Femenino y Feminismo”. Sin fecha. Disponible en https://www.ucm.es/data/cont/media/www/pag-44805/1Cuadernos-Mujeres,%20arte%20y%20literatura.pdf