Vila-Matas: encontrar autores, perder lectores

Enrique Vila Matas por Vasco Szinetar

Por Eduardo L. Marceleño

“La ironía es la forma más alta de la sinceridad”, escribió Enrique Vila-Matas a propósito de dos inolvidables líneas sobre esta figura retórica, escritas por dos de sus autores favoritos, Rainer Rilke y Jules Renard, y sobre las cuales aseguraba que la suya se anteponía como la mejor de todas.

El primer acercamiento que tuve con las lecturas de Vila-Matas ocurrió en el año 2010, mientras buscaba cualquier otra cosa en la biblioteca de la facultad. Mirando sobre las repisas, hallé Suicidios ejemplares, libro de relatos cortos que explora las distintas posibilidades del individuo que es ajeno a la realidad que le persigue.

Recuerdo muy bien aquel prólogo del vagabundo de Fez, quien perdido en una ciudad que no era la suya, dibujó pintas en las calles para poder enterarse de cuál era su condición de extranjero; es la historia del personaje campesino que entendió las calles como símbolos indescifrables pero que las hizo suyas a partir de la alegoría personal, dentro del exultante entorno urbano. Sus dibujos sirvieron como “mapas de la realidad”, pensé en un intento ininteligible por digerir esas primeras palabras y la idea en sí misma me pareció un espléndido escaparate, acaso un punto de partida para entender las escasas percepciones que tenía en esos días de universidad.

Mi amigo Carlos Sergio motivó la idea. Llevaba él muchos años por delante leyendo a Vila-Matas, por lo que al verme con el librito de Suicidios ejemplares no dudó en señalarme la gran importancia de lo que traía conmigo. Por aquel tiempo nuestra amistad apenas y comenzaba a arrancar, así que su intervención fue el pretexto perfecto para adquirir más información sobre el autor y demás referencias literarias, aprovechándome de su insólita capacidad para devorar literatura.

Vila-Matas me pareció un autor de prosa formidable, aunque por un tiempo le dejé de lado, pues andaba yo entretenido con la ola de propuestas literarias que llegaban con el andar de los semestres. Así permanecí hasta que años más tarde, durante mis días de extranjero en España, y sintiéndome perdido en una ciudad que no terminaba por comprender, me encontré Café con Shandy. El dvd se hallaba sobre una estantería de perroflautas que se habían asentado en la parte trasera de mi departamento. Les compré el video por 3 euros y regresé a casa para verlo de inmediato.

Café con Shandy es una producción de TV UNAM que retrata los diálogos que mantuvieron Vila-Matas y el mexicano Juan Villoro en el emblemático Café Bauma de Barcelona. Ambos escritores dialogan de literatura y de crítica literaria. En la narrativa del encuentro el escritor catalán funge como una especie de mecenas; Villoro se muestra atento todo el tiempo, pregunta, indaga en el talante de su interlocutor. Se trata de una especie de entretenida cátedra escenificada.

Entonces aparecían de pronto, frente a frente, dos autores importantes para mí: el último día que pasé en México antes de irme a España mi amigo Luis me regaló Arrecife, para aquel tiempo la más reciente novela de Villoro, por lo que me pareció un adagio estupendo encontrar el accidentado video. Esa clarividencia cobró más fuerza al estar a unos cuantos días de viajar a Barcelona. Entonces tomaría un café en el Bauma, con todo conocimiento de causa.

La ironía tiene como eje rector la gracia que hace encontrarse con situaciones ajenas a uno mismo. Muchos años después de conocer el Bauma conocí a Jesús, un bibliotecario que no tardó en hacerme saber su gusto por Vila-Matas. Leyó Aire de Dylan y me platicó, con entrañable ternura, lo mucho que le había marcado esa novela. Yo quería entender de dónde venía tanta entrega, pero no hice más que interpretar su devoción como una expresión natural de quien le ha gustado un texto, y no más. Más tarde supe que, así como la casualidad, las amistades y el tiempo –bastante tiempo– habían venido formando mi gusto por el escritor, a Jesús únicamente le bastó conocer a una chica para convencerse.

Una ex novia le contagió el gusto por los libros de Vila-Matas. Pocas veces en la vida, por no decir casi nunca, ocurre algo tan trascendente. Motivado por los afanes del amor, el joven bibliotecario decidió adoptar un autor y esa voluntad terminó en el hito de un padre divorciado que se hace responsable de su hijo adoptivo. La convicción llevó a Jesús a buscar en los gestos del escritor palabras esquivas, cifras o códigos que lo llevasen a entender la forma oculta en la mente de esa novia que se fue. Pero la búsqueda no tuvo éxito.

La última vez que vi a Jesús me comentó que, al dejarlo, Ana (el nombre de aquella mujer) le regaló un ejemplar de Paris no se acaba nunca; “edición Seix Barral, -brandnew-”. Como si se tratara de un obsesivo coleccionista, con voz de bibliotecario, me aseguró que era un libro que no pensaba leer, ni siquiera, incluso, había considerado quitar el celofán. Una magnánima forma de la ironía. Si bien París no se iba a acabar nunca para él, Vila-Matas se había terminado para siempre.