George A (fucking genius) Romero: In Memoriam

George A. Romero, Ilustración de Hafter Seyer

Por Chessil Dohvehnain

Preludio a un maldito genio

Quentin Tarantino, durante la entrega de los premios Spike TV Scream Awards de 2011, dijo durante su discurso que la “A” en el nombre de George A. Romero era por George “A fucking genius” Romero. En realidad, la “A” es por Andrew. Pero cuánta certeza había en sus palabras. Nacido en el Bronx, Nueva York, en 1940, Romero se consolidó a lo largo de su trayectoria profesional como el Dios de los Zombies.

Si bien no fueron creación suya, sí fue él quien le dio una vuelta de tuerca al género asentando la ontología del zombie. Como dijera Eli Roth una vez, fue Romero quien creó las reglas del juego: disparos a la cabeza como la única forma de eliminarlos y la mordida letal como igual a una infección y conversión seguras. Fue Romero quien sentó las bases de ello y no solo eso. Sino que afianzó los cimientos creativos de un universo que influenció el género del horror postapocalíptico en cine, cómics y en videojuegos.

Resident Evil es un ejemplo contundente. Y es que Romero fue quien dirigió el promocional de 1998 para el lanzamiento de Resident Evil 2. Y aunque no se conoció fuera de Japón, la poderosa empresa quedó cautivada por su trabajo al grado de ofrecerle dirigir la versión cinematográfica del juego, hecho que solo quedó en un guion no aprobado y en el desastre de Paul W.S. Anderson, para quien debe haber un lugar reservado en el infierno. Seguro que sí.

Aunque ver Resident Evil adaptado de la mano de Romero pudo ser una promesa brillante que jamás conoceremos en esta versión del universo en la que corremos, el mundo sí pudo tener el privilegio de explotar la infección de su talento. Los títulos Empire of the Dead, o Toe Tags de DC comics, así como la colaboración con Marvel bajo el sello Marvel of the Dead, fueron buenas apuestas que Romero incluso reconoció como espacios en los que pudo concretar narrativas que en el cine le hubieran sido complicadas de llevar a cabo.

Y es que no es sino hasta hace pocos años que el género del horror zombie ha tenido reconocimiento por parte de la elite esnobista del séptimo arte, que según John Carpenter, llegó a considerar este género como un bastardo mal parido apenas muy por encima de la pornografía. No es de sorprender que Romero optara por aprovechar las oportunidades de expansión que se le ofrecían, como buen profesional. Así, su huella no solo marcó el mundo del cómic, sino también de la televisión, Tales from the Darkside en la década de 1980 es un ejemplo de esto.

Sus adaptaciones fílmicas fueron otro éxito, como el fantástico trabajo realizado en Creepshow de 1982, así como de The Dark Half, en la que inició una amistad larga y duradera con el Maestro del Terror, Stephen King. En su vida cinematográfico no todo fueron zombies y triunfo, hubo fracasos, claro, como en la vida de todo genio. Tal es el caso de la obra de comedia There´s always Vanilla de 1971 o Bruiser, exhibida en el año 2000, filmes que corrieron con menos suerte que The Crazies (1973), película que, sin ser considerada un éxito cabal, fue redimida por un remake bastante decente.  Sin embargo, su opus magnum, el arco de los muertos vivientes por el cual es mejor conocido, ha sido el trabajo más icónico de su vida, y el que más ha impactado a generaciones en los últimos 40 años.

Zombie slap!

¿Qué fue lo que hizo de los arquetipos de Romero algo tan famoso? ¿El miedo? ¿La sangre y la amenaza constante de la muerte? ¿La crítica social y política abiertamente reconocida por su creador? ¿Los resultados obtenidos con poco presupuesto? ¿La creación de un género de culto que se oponía a la hegemonía del cine occidental comercial mediante el terror? Si bien no fueron obras que generaron millones de dólares en taquilla, sí fueron piezas clave en la estructuración de un imaginario colectivo que no solo genera dinero, sino que moldea pesadillas televisivas rentables y productos literarios e interactivos con mucha demanda en el mercado global. ¿Por qué?

Quizás valga recordar las premisas fundamentales de la filosofía zombie implícita que Romero plantea en sus obras. Para el lector que no lo sepa, y en honor de aquel que sí, resaltemos que Night of the Living Dead es la primera de una tetralogía de cintas que pertenecen a un mismo universo narrativo, que según declaraciones del propio Romero, forman un capítulo propio que quiso continuar con un segundo, compuesto por otros cuatro filmes, que cerrarían el arco argumental de lo que él tenía que decir sobre nuestro mundo convulso por medio de los zombies.

Este universo narrativo inicia en 1968, y escala a lo largo de los años en una pandemia zombie que poco a poco estruje con su puño imparable la estructura de la civilización occidental. Entre 1978 y 1985 (Dawn of the Dead y Day of the Dead respectivamente), es que nos encontramos en el punto más álgido del caos social que implica el derrumbe del mundo conocido iniciado en 1968 con Night of the Living Dead, para ofrecernos panoramas desoladores, donde la raza humana se encamina a la extinción a través de los ojos de personajes que viven situaciones en donde la ciencia y el poder se entrelazan en un adulterio aberrante, donde la ética y la moral se desmoronan y donde todo por lo que la humanidad vive de manera banal e irrisoria, deja de valer la pena (Land of the Dead de 2005).

Como si fueran fotografías de su tiempo, cada filme sin duda enmarca metáforas sobre tres premisas fundamentales: la naturaleza humana, la debilidad de nuestras fantasías de progreso occidental, y la amenaza de nosotros mismos. Estos son, sin duda, elementos que obras como Resident Evil o The Walking Dead exploran en formas propias, casi poéticas, o que son satirizadas de forma tan acertada y cruel en filmes como Shaun of the Dead (2004), Juan de los Muertos (2012), o Zombieland (2009), donde Bill Murray, al interpretarse a sí mismo, no hace más que sintetizar estas premisas Romerianas en un personaje perfectamente estúpido y sin embargo coherente.

El asunto de la naturaleza humana es tan cuestionado como un aspecto al que se le quitan las ropas de divinidad religiosa y moral. Romero sin duda lo hizo bien al colocar personas normales en situaciones extremas ante un peligro conocido, familiar y aterrador. Y lo acertado no es la situación en sí, sino las reacciones “humanas comunes” al horror. Reacciones a veces razonables e intelectualizadas, y otras veces bastante estúpidas. Sin embargo, el matar a tu pariente infectado sigue siendo un problema ético plausible, si esa infección implica la muerte propia o de otros congéneres cercanos a manos de un zombie.

¿Puede uno juzgar a esos personajes que titubean al jalar el gatillo contra sus congéneres zombies, o a aquellos que para salvar su pellejo y el de sus amores/familia/amigos abandonan a otros en las persecuciones o en favor de alguna medida de supervivencia limitada, como, por ejemplo, el acceso a comida o a un vehículo de escape o refugio? Aquí volteamos al asunto de nuestras fantasías occidentales de progreso, e incluyamos en estas a nuestros conceptos culturales de cooperación, humanidad compartida, género y clase social, así como la ética y la moral o el privilegio social. Todos conceptos que son desprovistos de valor ante el embate de una amenaza tan irracional que al aparecer, nos hace contemplar lo banal de nuestra existencia material, inmersa en ideologías de consumismo hedonista, de medios de comunicación masiva manipulables por los intereses de los poderosos, de construcciones sociales basadas en relaciones de poder desigual y de las mentiras generales de la prosperidad del capitalismo global.

Sin duda, el que nosotros somos nuestra propia amenaza es la mejor de las premisas que Romero estableció para el universo zombie. Y es que ningún emprendedor de la muerte puede incursionar en éste género sin olvidar eso. Nosotros somos los fabricantes de nuestras peores pesadillas. Y en sus filmes es esto precisamente lo mejor planteado, que puede sintetizarse en una pregunta epistemológica concreta: ¿En quién podemos confiar? La respuesta es oscura, por supuesto, provista de un sentido macabro y que no deja de tener cierto sentido revolucionario.

Si nos encontramos en constante amenaza a causa de la modernidad fallida y del capitalismo que domina con su hegemonía ideológica todos los campos del saber y actuar humanos, ¿qué nos queda para movernos y ser en libertad? Nuestra dependencia tecnológica nos limita, a la vez que nuestras adicciones emocionales a lo material y a los significados nos arrebatan la posibilidad de enfrentarnos a los muertos vivientes con éxito, solo para encontrarnos con que éstos no tienen la culpa. El zombie es solo un zombie. Solo hace lo que mejor sabe hacer: ser.

Y aunque Heidegger podría estar revolcándose en su tumba por lo anterior, cierto es que la amenaza real es el humano. La traición, la ambición, la avaricia, la violencia, y principalmente el deseo, son dimensiones que moldean de forma arquetípica el escenario caótico de la postmodernidad en la cual existimos, y que podemos combatir para intentar escapar, o simplemente resignarnos para convertirnos en muertos vivientes. Sin duda, profundas reflexiones que Romero posibilitó al alcance del pueblo al que todos pertenecemos y que logra gracias a mezclas clásicas de sangre, miedo y close-ups de mujeres y hombres gritando histéricos mientras contemplan su absurdo final.

1 Corintios 15:52

Mi novia está enamorada de los zombies, es éste gusto peculiar suyo uno de los que más atraen de su persona. Porque además es un gusto compartido. Antes, éste se remitía solo a Resident Evil, The Wlaking Dead, y algunas películas que había visto a lo largo de su vida. Fue hasta un ciclo de cine de horror auspiciado por la universidad que asistimos a ver, bajo mi necedad personal, Night of the Living Dead de 1968. Y fue ahí donde, tomados de la mano y a veces entre risas nostálgicas, contemplamos una obra maestra del género, quizá la ópera prima de un movimiento que marcaría una tendencia global: el ser muertos vivientes.

La primera carta del apóstol Pablo a los creyentes cristianos primitivos de Corinto, en su capítulo 15, verso 52, dice “…en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados”. “Aún sigo esperando a que pase eso, junto con la lluvia de fuego”, me dijo mi novia una vez. No pude más que reír. Y sin embargo, la contribución cultural que supone la obra magna de George A. Romero nos obliga a retomar estas reflexiones en tiempos que pueden parecer “normales”.

Porque son esos tiempos de calma, de conformismos extremos y de distanciamiento ante el prójimo, los días perfectos para que los muertos vivientes caminen entre nosotros. Y es que alguna vez me plantee con seriedad, ¿su existencia es posible? Los avances de la ciencia cada vez me dejan más asombrado, y como científico –social- en mi actitud abierta a las posibilidades no me suena descabellada la idea en lo absoluto. Después de todo, hoy casi todo es posible.

En meses recientes la Organización Mundial de la Salud ha declarado un estado global de emergencia ante el surgimiento de superbacterias resistentes a los medicamentos, así como a los brotes recientes de viejas bacterias y virus con nuevas mutaciones que los están volviendo altamente difíciles de combatir, y que suponen una gran amenaza para el segundo cuarto del siglo XXI. Y qué decir del potencial desarrollo de armas biológicas a nivel global de las que Oriente Medio solo nos ha dejado ver una pequeña cucharada. O de las drogas que “zombifican” a la gente, las cuales protagonizaron algunas noticias amarillistas años atrás. Sin mencionar los tratamientos genéticos de vanguardia que ya en desarrollo, se ofrecen para mejorar la calidad de vida de las generaciones futuras, siempre y cuando tengas el poder adquisitivo suficiente.

Después de todo, hace tan solo unos días la Universidad de Harvard hizo público el éxito de la codificación e inserción de un GIF a una bacteria, que al reproducirse y tener descendientes, reprodujo en su código genético el GIF implantado en la bacteria original. Solo digo que un zombie no suena tan imposible ahora como lo era para el público que vio Night of the Living Dead por vez primera en 1968. Probablemente deba ser la menor de nuestras preocupaciones, por supuesto, pero creo que Romero bien pudo estar al tanto de muchas de estas cosas.

A fin de cuentas, fue él quien introdujo grandes problemas de fondo en sus filmes, derivados de situaciones apocalípticas en donde la lucha de clases sociales, la desigualdad social, los prejuicios y la intolerancia se vuelven visibles desde su escondrijo inmundo. Así como el racismo y la hegemonía de las lógicas capitalistas que exaltan al individuo por sobre la comunidad, tan asimiladas por las culturas de masas de nuestros días, en donde un like and share reemplazan poco a poco nuestro involucramiento interpersonal, asilándonos unos a otros.

¿Será que ese es el motor principal del miedo a los zombies? ¿El perder nuestra individualidad frente a la masa bestial, la horda común en la que no hay más “un yo”? ¿Es acaso ese sentir de pérdida de lo que nos hace “únicas, únicos y especiales” lo que nos aterra del zombie? ¿O tal vez es el miedo a reconocer que vivimos una mentira que tantos beneficios individualistas nos ha traído desde las pantallas y los grandes discursos políticos y capitalistas? El lector es responsable de formular potenciales respuestas.

Por ahora, no dejo de pensar en las mentiras que, como en The Crazies o en Night of the Living Dead, pueden estar esparciéndose en los medios de comunicación para “amansar a la población”. O en los riesgos genéticos del agua que bebemos y en los medicamentos que nos administramos, o en la comida que consumimos. No puedo evitar sentir angustia o miedo ante el horror que Romero planteó con genialidad. Y eso es excitante a la vez, porque, como Robert Krikman dedujo bien, es éste escenario zombie, post civilizatorio, post capitalista y post comodidades y conformismos, el que nos obliga a vivir de nuevo el mundo con ojos que valoren lo que tenemos y en dónde estamos, y sobre todo, nos muestra lo que aún estamos a tiempo de hacer por nosotros mismos y por los demás.

George A. Romero murió el pasado 16 de Julio, mientras dormía al lado de su segunda esposa, Suzanne, y su hija, Tina, mientras escuchaba la música de su película favorita, The Quiet Man, a causa de lo que los medios describen como una “breve pero intensa batalla” contra el cáncer de pulmón. Desde Stephen King hasta Guillermo del Toro, Eli Roth y Joss Whedon, toda una generación de creativos del terror le ha hecho sentir su respeto. El mundo ha perdido parte de su brillo.

Nos queda el recuerdo del legado de un genio que supo ver el mundo con ojos diferentes, que contemplaron el horror verdadero de nuestros tiempos, dándonos lo mejor de sí mismo manteniéndose siempre fiel a lo que quiso plasmar y comunicar. Sin duda, sería terrible para el mundo que lo que Romero concibió sucediera en realidad, pero si sucediera…no, mejor descansa en paz, George. Desde The Fiction Review así lo deseamos, y si los muertos se levantan, por favor, no nos vengas a buscar.