Aguafuertes Madrileñas: Detrás de los ojos azules

Gran Via-Alcalá, por José Redondo

Por Manuel Álvarez

Hace ya casi diez meses que estoy en Madrid y todavía no encontré la fórmula para dormir bien de corrido. Probé con las dormidinas que son unas pastillas españolas, con vasos de leche, con vino, yoga, porro, nada. Tampoco quiero echarle la culpa a Madrid porque en Buenos Aires me pasaba lo mismo. Borges le da mil vueltas al insomnio y, sobre todo, al tiempo. Tiene un poema buenísimo que se llama dos formas del insomnio y en un momento dice que el insomnio es el horror de ser y seguir siendo, le da culpa que le pesen los párpados, querer hundirse en el sueño y no poder hundirse en el sueño, porque cuando dormimos somos otra cosa, estamos creando, estamos haciendo literatura, somos autor, narrador y héroe, todo en uno. Entonces los insomnes nos sentimos culpables por enfrentarnos a la inmensidad de la noche y seguir siendo nosotros, sin la ilusión que nos da el sueño.

En fin, creo que me gusta escribir de noche justamente por eso, porque escribir es lo más cercano que puedo estar al sueño con los ojos bien abiertos. No siempre lo hago, la mayoría de veces empiezo con una línea y me quedo ahí. O escribo frases inconexas. Cuando bajo definitivamente los brazos me voy a Netflix y veo alguna de sus recomendaciones. Paréntesis: no sé bien qué algoritmo usa Netflix pero sí sé que me conoce como si fuera un hermano. Cierro paréntesis.

Hará un mes más o menos me recomendó una película de Paul Newman y, desde entonces, vi una y después vi otra y otra, vi como diez y sigo sin saber bien por qué. Me digo que las tenía que ver y chau. Hay algo en la profundidad de su mirada, te dan ganas de saber que hay detrás de esos ojos azules, como esa canción de los Who. Son ojos claros y vulnerables. En El buscavidas, que es su mejor película, se ve bien. En la última escena sus ojos no solo hablan, gritan, el levanta la voz y el monólogo es tremendo, pero lo que se escucha por arriba de su voz son sus ojos.

Justo esta semana me llegó por twitter una foto de Paul con Joanne, su mujer. En realidad, eran dos fotos en una, de un lado ellos jóvenes y, del otro, ancianos. Entre cada foto hay cuarenta años. La posición es casi la misma, están los dos sentados y sonrientes. Van elegantes, de traje y moño él, de vestido negro ella. En la primera se la ve a ella mirando a cámara, riéndose y con un Oscar en la mano. Él la mira a ella, hay admiración en su mirada. En la segunda él la sigue mirando, ahora canoso, pero en esta foto la diferencia es que ella le devuelve la mirada, los dos sonríen sujetándose las manos, mirándose a los ojos. La suya es una mirada limpia y creo que alguien con la mirada limpia puede hacer lo que quiere.

 

A principio de año viajaba por la madrugada en bondi a Barcelona para encontrarme con Martín, un amigo de titanio. Mario Conde dice que los amigos están para acordarse unos de los otros y esa frase, ahora a la distancia, cobra todo sentido. El asiento del bus no se podía reclinar y las posibilidades de dormir quedaron afuera de la lista, entonces me puse a ver videos en youtube. No sé bien cómo llegué a ver entrevistas de Fogwill. Todas con él ya mayor, hechas hace un par de años. Vi una de Encuentro, una de Telefe y una buenísima que le hacen en la librería del pasaje, que es la que más me gusta, no por lo que dice, sino por lo que muestra. Está sentado en una mesita en el entrepiso de la librería. La mesa es un quilombo, mi quilombo, dice. Está su compu, libros, celular, cuadernos, anteojos, cenicero, cigarrillos, todo a punto de caerse. Habla y fuma, fuma y habla. Está disperso, suelta el humo, habla por celular, hace muecas, saca la lengua, canta. Y mira, mira todo en todo momento, mira para abajo, mira para arriba, para los costados, como buscando encontrar algo, sus ojos celestes, saltones, bien abiertos. Ese era Fogwill, el que se detenía a mirar lo que otros no ven. Después va a decir que lo que importa en una novela es lo que hacen las palabras, no la historia, y que el tipo que no sueña no puede escribir. Al terminar su sentencia levanta las cejas para que no lo tomemos tan en serio. En un momento se pone a caminar. La cámara lo sigue, baja las escaleras y sale al patio externo de la librería donde hay más mesas. Ve de reojo una mesa con gente, camina un paso, se frena y dice «¡uy, dios!» Sonríe, abre la boca y se acerca al camarógrafo para buscar complicidad. «¿Viste el color de sus ojos?», le pregunta. La cámara muestra una mujer sentada en la mesa contra la pared, tiene unos ojazos azules. Él se da vuelta, camina, pasa por la mesa, la mira y sigue caminando.

Después lee un poema suyo hermoso: se necesitan malos poetas. Lo lee despacio, maneja el ritmo y la entonación a la perfección, les da fuerza a las palabras acentuando con énfasis. Mueve las manos, mueve los hombros. Termina de leer, cierra el libro, mira un segundo para el costado y después baja la mirada, suspira y dice: cabe.

Hace unos años, seis años ya, leí los Pichiciegos en una habitación de un hostal de mala muerte en Iruya, paraíso salteño con montañas de colores que te abrazan. Fui por recomendación de mi hermana que también me recomendó el libro. Estábamos con Martín en el arranque de un viaje por Sudamérica. Me acuerdo que el cuarto se caía a pedazos. Yo de a ratos cambiaba la posición para leer más cómodo. Las paredes despellejadas me miraban moverme. No podía dejar el libro, lo tenía que terminar ahí, en ese lugar, en esa noche. Emilio Renzi (¿o era Piglia?) dice que, si te acordás de las circunstancias en las que estabas con un libro, eso es la prueba de que fue decisivo, no necesariamente son los mejores ni los que más influyeron, pero son lo que dejaron una marca. A mí me pasa que muchas veces no me acuerdo bien la trama de un libro, o de los nombres de sus personajes, pero, si un libro me gusta mucho, generalmente me acuerdo de un concepto o una frase, probablemente algo deformada. Los Pichiciegos me dejó una marca, como esas que hacemos de chicos contra la pared para ver cómo vamos creciendo, me quedó la frase del miedo al miedo, el miedo doble, que dice que uno tiene su miedo y espera que venga el otro, el del momento, para aliviarse cuando pase ese miedo chico, porque esos siempre pasan, pero el otro no, nunca pasa, se queda. El libro lo terminé ahí, en ese lugar, en esa noche. Apagué la luz y miré para arriba.