El peso de las cosas que corren

Por Miguel Ángel Díaz

we let the weirdness in

Kate Bush

De forma general se acepta que las palabras son el puente entre las cosas y el pensamiento, que la figuración va de la figura a lo figurado en una correlación idéntica entre el lenguaje y el mundo, posibilitando así el significado. Pero ¿a qué nos referimos cuando hablamos de la descripción física de objetos que no existen?

Diana Garza Islas se hace precisamente esa pregunta al inicio de Catálogo razonado de alambremaderitas para hembra con monóculo y posible calavera (CONARTE, 2017), libro de poemas basado en los ensamblajes del artista plástico Carlos Ballester Franzoni, que a su vez mantiene un dialogo con las cajas parlantes de carácter religioso y taumatúrgico del municipio de Soyaló, Chiapas. En el caso del libro, más que un acto de traducción verbal o écfrasis, podríamos hablar de lo que Manfred Pfister llama “dialogicidad”, cuando entre dos obras hay una tensión semántica e ideológica, no solamente un traslado referencial[1]. Diana Garza Islas hace una lectura de las cajas desde la aproximación material, en primer término, para construir sus propias cajas parlantes con esos materiales sugeridos por la obra visual y por el asombroso contenido de un imaginario personal (“Mira, la cabeza que no me está viendo a mí, soy yo”). La invitación que se nos hace a ver la obra de otro artista es, de igual forma, una invitación a asomarnos a la subjetividad de una poeta, sus recuerdos (reales o ficcionados) y de los sueños “zigzag afilando los ojos”. Los objetos de las cajas son reales en tanto palabras, son los significados los que han sido puestos de tal forma que pueden ser desplazados hacia adentro del ojo del espectador en un territorio constantemente inestable.

El texto establece un diálogo con el ensamblaje, pero también con un posible lector. Es a este a quien se dirige regularmente (“Yo sólo puedo decir que hay una costilla en algún lugar, in­cluso para ti que hoy lees esto.”) y es ese un yo que siempre está fuera y dentro del objeto textual (“es como si viéramos todo desde adentro”, “mi voz es también la tuya”). Las obras (las cajas parlantes y el libro de poemas) siempre están en movimiento, en un peregrinaje de imágenes y personajes que coherentemente se desbordan de la lógica racional (“Puedes leer esto como una recapitulación de los ritos y rutas sobre el tránsito de algo que habría de derribarse o a lo que se habría finalmente de arribar”) y hasta se puede leer “como una bitácora de las fe­chas no acaecidas en este viaje.” La plasticidad de las palabras como artefactos orgánicos y artificiales parece estar registrado de manera muy literal. “No hago más que reescribir lo que va enfrente”, confiesa en un verso, pero los objetos descritos no son reales, son sinónimos para describir sus “cositas”, en el espacio fuera del tiempo histórico.

Digo que los textos se desbordan de la lógica racional, pero no con ello digo que sean caóticos o herméticos. Más bien podríamos usar el término de “texto abierto”, en el sentido de la oposición al “texto cerrado” donde todos sus elementos están dirigidos a una sola lectura univoca; en el caso de este poema sus elementos están agitados rechazando la autoridad del autor sobre el lector.[2] Los poemas no son caóticos, sino que obedecen a una lógica imaginativa, a la asociación conceptual y libre de imágenes y sus sonidos (“Lo que el azar ha unido, no lo separe el hombre” y “Lo que sea un nido, nadie lo racione” “Aquí el caos es simétrico). Estos poemas tampoco son herméticos; con ello requerirían de un aparato interpretativo, de un mecanismo que desarticule algún aparente sinsentido con el fin de extraer una revelación ordinaria, y sospecho que es innecesaria alguna interpretación: “porque esto no representa nada, porque esto básicamente es así”. La voz está enunciada desde “el sueño raíz, en la lengua que olvidé”, dice uno de los poemas.

Los versos del libro, a pesar del acomodo en forma de párrafos o bloques textuales, a veces se separan en versículos, otras veces en verso blanco; siempre cuidados y medidos rítmicamente. Su desarticulación está cimentado, generalmente, en la sintaxis conscientemente dislocada, habilitando reconexiones semánticas. En algunas ocasiones las oraciones se quedan suspendidas, como un pensamiento interrumpido, como una caja parlante abierta a los ojos desconcertados o curiosos del lector. La melodía de los textos es más evidente en los poemas cortados en versos o en las aliteraciones y pies rítmicos. Los desplazamientos sintácticos y espaciales son grietas de donde salen distintas voces tiernas o terribles: “Aquí algo rojo autoimpulsado”, “No hay manera de verlo sin meter la cabeza a esta caja como a una tina con agua y sal”.

El libro más allá de la evocación a la invocación, hace casi un uso secreto del lenguaje. Las palabras no siempre son puentes hacia los objetos y los objetos (palabras) no corresponden al significado que en el lector genera. Crea constantemente un enrarecimiento lógico, diagonal, esquivo a veces, pero agradable estéticamente que su lectura en voz alta habilita otros vértices al texto, sólo es necesario dejar entrar lo extraño.

 

[1] Véase. Robillard, Valerie. “En busca de la ecfrasis (un acercamiento intertextual)”, en Entre artes: entre actos: ecfrasis e intermedialidad, México, UNAM, 2011. p.36.

[2] Véase. Lyn Hejinian, “The rejection of closure” en The language of inquiry, University of California Press, 2000, pp. 40-58.