Aguafuertes Madrileñas: La señora del cigarro

"I dont want realism"

Por Manuel Álvarez

Me gusta salir a correr unas dos o tres veces por semana. Es la manera que encontré de evadirme, de despejar la mirada después de tener la vista fija frente al ordenador en horas de escritura atemporales, es como si corriendo viera las cosas en movimiento. No yo, las cosas. Una vez viendo una puesta de sol en la playa mi vieja me dijo que podía estar horas viendo el mar porque siempre está en movimiento. Me gustó la simpleza poética de la frase y lo vi clarito: nosotros somos como el mar.

La cuestión es que salgo a correr desde que me mudé al barrio de Arganzuela a fines de mayo. Lo hago de noche, a eso de las diez, para no sufrir el calor de esta época. Son unos cuarenta minutos de correr alrededor del parque Madrid Río. Salgo por el paseo de las Yeserías, cruzo el río Manzanares, paso el Calderón, hago dos kilómetros para arriba y ya bajo otra vez. Me sacudo el parque de encima y vuelvo a casa caminando despacio. Esa es la rutina.

Desde mi piso son unos quince minutos andando por Santa María de la Cabeza hasta llegar al parque. Hago siempre el mismo camino porque me gusta pasar por la esquina de Peñuelas que es una calle perdida en el barrio. Esa calle tiene un olor especial que viene de los árboles que la rodean, son árboles que según lo que pude averiguar se conocen como Olmos de Siberia. Esa esquina por dónde paso se llena de semillas planeadoras que impregnan a la cuadra de un olor a pimienta blanca que me lleva a la entrada del campo que mi familia tenía en Trenque Lauquen. Creo que por eso me gusta pasar por ahí, porque pasar por ahí es volver al campo. Es raro, no sé, la última vez que fui debería tener unos diez años. «Nada fuerza a los recuerdos como los olores», decía Céline. Touché, digo yo.

Cada vez que bajo por Santa María de la Cabeza y hago el camino habitual hasta Madrid Río, me cruzo con una señora que está sentada en un banco de madera de la misma calle, entre Peñuelas y Arquitectura. Es una señora ya entrada en sus setenta, tiene una expresión seria, el pelo grisáceo y arrugas que le cruzan la cara como cicatrices, arrugas hasta en la mirada. Sentada ahí parece una especie de Miss Daisy madrileña y el banco de madera el asiento de atrás de un coche que no llega.

Desde hace meses, siempre a la misma hora, la señora aparece sentada en el banco. Cada noche que la vi, me pregunté lo mismo: ¿qué es lo que espera?

Hace un par de semanas venía por ahí cuando, de repente, la señora, sentada desde su banco de la calle, me hizo gestos con la mano como si estuviera llamando a un perro. Yo estaba con auriculares por lo que en un principio no la escuché. Me saqué los auriculares y me acerqué a ella.

—Un cigarro, si tienes un cigarro —dijo.

Le expliqué que no tenía. Hizo una mueca de disgusto, aceleré el paso y automáticamente doblé por la esquina y me esfumé.

A la vuelta no la vi.

A los días volví a salir a correr y ahí estaba, esperándome en su lugar. Nuevamente me llamó con su mano, abanicándola con la palma mirando hacia abajo. Aunque esta vez no frené. Me saqué solo un auricular y le dije que no tenía sin escuchar que me había preguntado. Me volví a poner el auricular y seguí caminando a cierta velocidad.

A la vuelta tampoco la vi.

Dos días después, un miércoles, sí la vi. Pero esta vez fue distinto. No la vi a la ida, de hecho, cuando salí camino al parque el banco estaba vacío. Fue a la vuelta cuando la vi. Serían las once de la noche y, si bien corría un poco de viento, harían unos treinta grados. Yo estaba sin auriculares y caminaba despacio, recuperando el aire. La señora me llamó de vuelta. Cuando estuve a punto de abrir la boca para decirle que no tenía cigarro ella se apuró y me ganó de mano.

—Ya sé qué no tienes cigarro —dijo a cierta distancia.

Me acerqué y esperé que hablara.

—¿Cuándo es veintiséis? —preguntó.

—Hoy es veintitrés, el sábado es veintiséis —respondí.

—Ahh el sábado, es que estoy esperando que abran —dijo y señaló enfrente suyo una tienda de iluminación cerrada, oscura— Me dijeron que el veintiséis abren y estoy esperando que me entreguen la lámpara.

No supe que responderle, asentí y me alejé despacio. Desde la esquina de la calle Peñuelas, enfrente del Bankia, me di la vuelta y la vi mirando la vidriera de la tienda mientras detrás suyo los autos seguían circulando. A metros, una farmacia con una cruz de neón verde indicaba el horario. Del otro lado de la calle se escuchaban las voces que salían de un bar con sala de billar. Y ahí estaba la señora, inmutable, esperando a que pasen los días para tener su lámpara.

Doblé por la esquina y ya no la vi.

Al lunes siguiente pasé y no estaba en su banco. El miércoles y el viernes siguientes tampoco. Pasaron dos semanas y nada. Es como si hubiera desaparecido. Quizá esperaba su lámpara y ahora que ya la tiene se olvidó de su banco. No lo sé. Hoy escribo sin saber si la voy a volver a ver y pienso en lo que decía Vila Matas sobre la inteligencia cotidiana del barrio, su asombrosa realidad. Para él el barrio era un prodigio de la relojería universal, uno tiene que ser muy estúpido para negar la inteligencia y la ficción de las cosas que recorre.

Ahora intento pensar en todas las caras que me crucé en las calles habituales de mis barrios y el sentimiento de pérdida que tuve cuando dejé de verlas. Es un sentimiento de pena leve, del tamaño de una semilla planeadora, y creo que viene de la angustia por el avance de la aguja del reloj universal, por la intuición del cambio del recorrido, del movimiento perpetuo. La culpa es de la señora del cigarro, me digo. Formó parte de mi vida en estos meses y ahora se borró. ¿A dónde se fue? ¿Por qué ya no espera?

Como decía Pessoa en ese fragmento hermoso del Libro del desasosiego: «También yo desapareceré de la Rua da Prata, de Rua dos Douradores, de la Rua dos Fanqueiros. Mañana, también yo -el alma que siente y piensa, el universo que soy-, sí, también yo seré mañana el que ha dejado de pasar por estas calles, el que otros evocarán vagamente con un qué habrá sido de él. Y todo cuanto hago, todo cuanto siento, todo cuanto vivo, no será más que un transeúnte menos en la cotidianidad de las calles de una ciudad cualquiera». Touché, digo yo.

Nosotros somos como el mar, sí, pero cada mar tiene otra orilla.