No mato con mi pistola, mato con el corazón: Stephen King y el lado claro de la oscuridad

Foto de un sonriente Stephen King tomada por el equipo de The Fiction Review en su más reciente viaje en el tiempo.

Por J. Chessil Dohvehnain

El 19 de junio de 1999 yo tenía siete años y como todos los niños de mi edad, seguramente estaba viendo la televisión. Ese mismo día, en Maine, el escritor Stephen King fue atropellado por una Dodge Caravan 1985, conducida por Bryan Smith. Fue un accidente. Pero ese coqueteo con la muerte que al Rey del Terror le dejó varias secuelas dolorosas, bien pudo haber impedido que recibiera en 2003 el National Book Award, por su contribución literaria a las letras norteamericanas. Decisión que para Harold Bloom, el famoso teórico de la literatura en Yale, fue “un terrible error”.

Para Bloom —quien, en una entrevista para La Jornada en septiembre de 2003, declaró que la obra de King era basura— la literatura occidental se encuentra en crisis. Una crisis que viene defendiendo y criticando desde una postura que, para muchos, es la propia de la mal llamada alta cultura; aquella visión elitista y conservadora de las humanidades por la que incluso géneros como la ciencia ficción o el suspenso y el terror siguen considerados como menores o de poca estima. A pesar de su crítica, King recibió la medalla considerada uno de los honores literarios más importantes de los Estados Unidos.

Considerado por muchos uno de los más grandes escritores vivos de nuestro tiempo, y por otros un vulgar vendedor de fantasías cuya obra no merece aprecio alguno, sin duda los hechos alrededor de su obra —económicos, mediáticos y psicológicos generacionales— han marcado la vida de un hombre cuyo prolífico esfuerzo ha sido galardonado en muchas ocasiones y que aún sigue dejando grandes sumas de billetes. Parece que ningún esfuerzo emulador podrá superar lo que Stephen King le ha hecho a las mentes de jóvenes, adultos y ancianos quienes en gran medida son los responsables de mantener viva su leyenda. ¿Por qué?

El miedo en un puñado de polvo

Nacido en Portland, Maine, en 1947, el Rey ha escrito a lo largo de su carrera más de 50 obras que comprenden tanto antologías narrativas y libros de no ficción como novelas, muchas de las cuales han sido adaptadas al cine y televisión. Desde la icónica Carrie hasta la reciente (y multimillonaria) adaptación de Eso, por Andrés Muschieti. ¿Pero cómo es que un hombre como éste, descrito en sus propias palabras como un escritor que escribe para su público, crea una enorme gloria a su alrededor mediante el suspenso, la fantasía y el horror?

Quizá es por el miedo. Sin duda, uno de los fenómenos que más nos intriga como especie. Porque el miedo nos doblega y somete, pero también atrae; nos seduce y trastorna. Probablemente sea el sentimiento más experimentado a lo largo de nuestras cortas vidas; el primero que sentimos al nacer y el último que sentiremos al exhalar por última vez. Los teóricos de la evolución y los científicos cognitivos están casi seguros de que fue el miedo, y no la alegría ni la curiosidad, la emoción principal que nos guió a través del camino de la supervivencia.

Tal vez ahí resida el secreto de Stephen King: apelar a una emoción que despierta, como el deseo de sexo, las fibras más primitivas y arcaicas de nuestra memoria biológica; un mecanismo de defensa contra los horrores que se grabaron en nuestros genes desde los días en que vivíamos en cavernas y le temíamos a la oscuridad.

En cuanto al género, cuando se le preguntó a King si lo que activó su sensibilidad para describir el horror detrás de las vidas cotidianas fue el hecho de haber visto morir a uno de sus amigos de la infancia debajo de un tren, él dijo que no. Incluso, prefiere abstenerse de las etiquetas que lo encasillan dentro de un género u otro. Y es que en sus obras no solo encontramos el terror del abuso infantil, sino también la fantasía, el suspenso y el thriller, así como la diversión enlazada con reflexiones profundas sobre el amor verdadero, el matrimonio y la pasión.

Buscando en su escritura, es notorio que su estilo informal es un sello característico que atrapa a legiones de fans y defensores, mientras que para muchos otros, críticos literarios algunos, es precisamente un motivo para detestarlo. En su obra Mientras escribo, el autor nos revela secretos y consejos para todo aquel que busca convertirse en un escritor medianamente bueno y decente. Entre ellos, la advertencia contra el uso de adverbios innecesarios, y la instancia a la disciplina diaria.

“Intento escribir de seis a nueve páginas por día”, dijo alguna vez, e incluso en las ediciones recientes de Mientras escribo, se encuentran borradores de sus trabajos que ejemplifican cómo el escritor estructura su proceso creativo, revelando consejos que nos vienen bien a muchos. Aunque tal vez no para George R. R. Martin, quien en una open talk con Stephen King, aquel le preguntó cómo era posible que escribiera tantos libros en tan poco tiempo. El autor simplemente le respondió que lo ha logrado con disciplina y siguiendo el consejo citado al principio de éste párrafo; uno que al viejo californiano le vendría bien en seguir.

Pero en varias ocasiones, Stephen King también se ha descrito como el humilde instrumento de una fuerza creativa, poderosa e ignota que no controla y que fluye de su interior. Una fuerza que lo mantiene y mantuvo escribiendo, incluso en el hospital donde se encontraba internado después del accidente de 1999. Como cualquier humano, reflexionó al respecto, y vertió su imprevisto encuentro con la muerte en uno de los libros de su saga épica La Torre Oscura, como un hilo argumental.

Para él, hacerlo fue divertido y sanador. Pero al Lector Constante siempre nos quedará esa idea, sembrada por él mismo, de que su accidente también pudo ser un atentado contra su vida orquestado por las fuerzas oscuras del Hombre de Negro y del Rey Carmesí, en un esfuerzo por destruir la Torre y acabar con nuestro mundo tal y como lo conocemos. Esperemos que solo sea una idea.

Somos Ka-Tet, de muchos uno

Como dijera Roland Deschain, el último pistolero y personaje principal de la magnus opus de Stephen, la rueda del Ka (el destino, la fuerza vital) se mueve. Esto implica que todo sucede como debe ser, y que todas las cosas sirven al Haz: ese puente cósmico que conecta todos los universos, y que marca el camino hacia los infinitos campos escarlata de Can´ca No Rey, donde se encuentra La Torre Oscura, eje y soporte no solo de todo lo que existe, sino también de toda la obra de King.

Para el escritor, la historia importa tanto como los personajes, pero sobre todo éstos. Si los personajes no funcionan, la historia tampoco lo hará. Y es por ello que concibe la creación de una historia con la metáfora de la semilla sembrada. Un proceso creativo que implica tiempo y crecimiento; una visión particular que quizá explique, junto con su auto descripción como vehículo de una fuerza imaginativa misteriosa, el por qué comienza muchas historias sin saber cómo o cuándo terminarán.

Es precisamente ésta creación de personajes la que ha permitido que muchos de sus trabajos narrativos enganchen no solo por la promesa de enfrentar a tal personaje con una experiencia horripilante, sino que, sus buenas creaciones, son personajes muy comunes y tan humanos con los cuales uno puede identificarse. Durante sus años de escritor, muchos de sus personajes han variado de clase o categoría. Ninguno es un héroe autoproclamado. La mayoría son personas normales, con miedos y angustias sobre el porvenir; otros se encuentran atormentados por sus errores pasados y otras al borde la locura.

Desde diferentes posiciones sociales y profesiones de las clases trabajadoras y medias-bajas, el autor ha posicionado su visión personal del mundo con un vasto universo mitológico cristalizado en la romántica búsqueda de Roland por la Torre Oscura. Además ha tejido un multiverso narrativo en el que sus personajes se encuentran no solo peleando por su vida en contra de fuerzas terribles, sino que también, sus obras reflejan muchas de sus ideas personales sobre la vida y sobre lo que significa ser humano. Muchas de las cuales se observan en trabajos como Eso, La historia de Lisey o Corazones en Atlantis, donde incluso aborda su pensar político con respecto a la guerra de Vietnam, durante la cual fue activista en sus años en la Universidad de Maine.

Es quizá en este punto donde converge su pensar a lo largo de su obra: en sus concepciones sobre la mortalidad humana y nuestra imposibilidad para escapar de ella; en nuestra habilidad para decidir qué hacer cuando las cosas se van a la mierda o en la decadencia social de una civilización en la cual, de vez en cuando, brillan chispas de una voluntad que puede vencer al peor de los males. Ideas como la creencia en el poder de la infancia y la pureza, así como el valor de la amistad y la unidad humana para la supervivencia, son elementos centrales en su narrativa. Sin olvidar su creencia en las consecuencias perniciosas de la religión organizada, la existencia del mal detrás de lo cotidiano y el poder de la decisión.

Lo que importa es el viaje, no el final

Cuando leía las últimas páginas de Eso, estaba llorando. Lo hacía por la gran nostalgia que me daba terminar un viaje narrativo tan sorprendente, aterrador y hermoso. Y es que, más allá de las exigencias críticas de aquellos amantes del horror gore y abusivo con el que Hollywood nos ha violado, el recibir un trago de los viejos recuerdos —de esas historias legendarias que no necesitan más que personajes creíbles, una mezcla de géneros narrativos profana y un poco de rebelión imaginativa— lo arregla todo.

Con razón, y como él lo dijera en 2006 en una entrevista para el diario La Nación, su objetivo es “asaltar sus emociones y atraparlo [al lector]…y para eso usaré todas las herramientas que tenga a mano. Tal vez lo logre asustándolo, pero también puede ser de una manera más subversiva, haciendo que se sienta triste. Si logro que usted se sienta triste, eso es bueno. Si puedo hacerlo reír, eso es bueno. Gritar, llorar, reír. No me importa qué, cualquier cosa para que a usted lo involucre; para que cuando deje ese libro en el anaquel no diga “bueno, ya está, otro más”, sin ninguna reacción. Aborrezco eso. Quiero que usted se dé cuenta de que yo estuve allí.”

Incluso, cuando me encontraba en una parte siniestra de mi adolescencia, fue precisamente la lectura del mantra del pistolero lo que en alguna medida me cautivó; me capturó en una vorágine de fantasía y terror a la que se me pedía confrontar a cada página. Y legiones de fans también testifican. No serán lectores, tal vez, de los grandes clásicos de los que Harold Bloom definió como el canon occidental, pero sí son  una fuerza que mantiene, en el mercado y en diferentes industrias, vivo al maestro del terror.

Si bien sus recientes adaptaciones han recibido opiniones encontradas (tal es el caso de sus recientes producciones como The Mist y La Torre Oscura, o como El juego de Gerald e It, despreciadas u halagadas respectivamente), la promesa de fortuna no parece terminar (el año que viene se estrena Castle Rock, una visión conjunta e innovadora entre King y J. J. Abrams que intentará conectar historias distintas de su multiverso narrativo). No mientras siga existiendo el deseo de la búsqueda y la fantasía por lo desconocido y lo desafiante.

El pasado mes de septiembre, Stephen King cumplió setenta años de edad. Es un hombre viejo. Y sigue escribiendo para convencer. La crítica literaria pudo haberlo atacado duramente en 2003 al recibir el National Book Award. Pero ni eso pudo evitar que su fama siguiera creciendo, o que nuevas generaciones aprecien su obra en dimensiones paralelas a los clásicos. A fin de cuentas, Charles Dickens fue igualmente criticado en su momento. Un contexto histórico diferente, claro, pero hoy también se le considera un referente obligado en los estudios de filología inglesa.

Tal vez algún día también se enseñe en las aulas sobre King, y sobre lo mucho que logró subvirtiendo su trabajo en favor de sus lectores, más que a los caprichos de la alta cultura. Probablemente, el escuchar al público antes que a las élites sea el futuro de las letras y las humanidades, sin dejar de cultivar la técnica del arte, por supuesto. Es plausible que en esto resida mejor el éxito de su trabajo: en aprender a sensibilizarse con los miedos y las crisis de su tiempo, escuchando a sus lectores y estableciendo un verdadero proceso comunicativo entre autor y un lector cualquiera. Un lector don nadie, quizá, pero a final de cuentas, un lector fiel.