Relato de un asesino en Brasil: el género negro en manos de Rubem Fonseca

Por José M. Delgadillo

A finales del siglo XX, como en la actualidad,  las imágenes de la violencia en todas las formas de los medios de comunicación se volvieron tan comunes que el potencial destructivo de la raza humana parecía un hecho. En el año de 1975 esto se confirmó, al aparecer en algunos medios la misteriosa historia de un padre de familia, burgués, que salía todas las noches en su automóvil buscando transeúntes solitarios para atropellarlos, pasando sobre ellos una y otra vez hasta que reventara cada órgano de sus cuerpos.

El nombre del verdugo es un misterio y el único vínculo que existió entre el homicida y los medios de comunicación fue un abogado —experto en derecho penal— que tenía como rasgo de comportamiento el ser una persona recluida que adoraba el anonimato. Es normal deducir que se rehusaba a dar entrevistas.

El caso fue de tal impacto y conmoción para la sociedad que se tuvieron que sacar a la luz algunos relatos, producto de los interrogatorios que hubo entre el abogado —de apellido Fonseca— y el asesino. Aunque nunca se supo el número exacto de víctimas, se llegó a decir que fueron cientos de personas las que dejaron su sangre entre la carrocería de aquel automóvil.

El número de cuerpos encontrados con las mismas características no es consistente con la información que se dio a conocer en aquel tiempo. De lo sucedido solo conservamos dos narraciones donde el asesino nos cuenta, con morboso detalle, el placer que surgía en él al escuchar el crujido de los huesos de los transeúntes.

En una de las entrevistas entre Fonseca y el asesino , el abogado le pidió que narrara los hechos tal como ocurrían noche a noche cuando salía de casa a recorrer la ciudad en su automóvil, una especie de crónica de trabajo. Esto fue lo que dijo:

Llegué a una calle mal iluminada, llena de árboles oscuros, el lugar ideal. ¿Hombre o mujer?, realmente no había gran diferencia. (….)  Apagué las luces del auto y aceleré. Ella solo se dio cuenta de que yo iba encima de ella cuando escuchó el sonido del caucho de los neumáticos pegando en la cuneta.

Aquel hombre, sin resentimiento alguno y sin perder detalle  afirmó lo siguiente:

Le di a la mujer arriba de las rodillas, bien al medio de las dos piernas, un poco más sobre la izquierda, un golpe perfecto, escuché el ruido del impacto partiendo los dos huesos, desvié rápido a la izquierda, un golpe perfecto, pasé como un cohete cerca de un árbol y me deslicé con los neumáticos cantando, de vuelta al asfalto (…) Incluso pude ver el cuerpo todo descoyuntado de la mujer que había ido a parar, rojizo, encima de un muro, de esos bajitos de casa de suburbio.

Fonseca describe que su relato lo finalizó con actitud arrogante, diciendo;

Examiné el auto en el garaje. Con orgullo pasé la mano suavemente por el guardabarros, los parachoques sin marca. Pocas personas, en el mundo entero, igualaban mi habilidad en el uso de esas máquinas.

En el segundo relato que nos entregó el litigante encontramos que el asesino tuvo contacto con una de sus víctimas y esta pudo ver su rostro, cosa que le causó gran malestar. Así lo deja ver en la descripción de los hechos;

Apagué las luces y aceleré el carro. Tenía que golpearla y pasar por encima. No podía correr el riesgo de dejarla viva. Ella sabía mucho respecto de mí, era la única persona que había visto mi rostro, entre todas las otras. Y conocía también mi carro. Pero, ¿cuál era el problema? Nadie había escapado.

Golpeé a Ángela con el lado izquierdo de la salpicadera, arrojando su cuerpo un poco adelante, y pasé, primero con la rueda delantera —y sentí el sordo sonido de la frágil estructura del cuerpo despedazándose— y luego atropellé con la rueda trasera, un golpe de misericordia, porque ya estaba liquidada, sólo que tal vez aun sintiera un distante resto de dolor y perplejidad.

Viene lo más extraño, algo que le añade curiosidad y fascinación al caso: el asesino conducía un Ferrari, un auto que llamaría la atención de cualquier autoridad. ¿El estatus social del conductor hizo poco visible su culpa?

 

Lo anterior ocurrió en Brasil y cualquier cosa relacionada con el tema estuvo prohibida durante largos años. El ministro de Justicia, Armando Falcao, ordenó a la Policía que se retirara de todo el territorio cualquier noticia relacionada con estos asesinatos. “Leí muy poco, tal vez unas seis palabras, y eso bastó”, dijo el ministro al explicar su decisión.

Quizá ésta censura se debió a que el crimenun hombre atropellando gente en un Ferrarise convirtió en un retrato brutal de la violencia urbana, de las sentinas del poder y de la corrupción, o simplemente porque exhibió rasgos que no se quieren ver de frente, aunque estén ahí: los síntomas de la gangrena del tejido social, que los sociópatas no solo nacen en los Estados Unidos.

 

Nota:
Estos relatos provienen de Feliz año nuevo, obra del reconocido escritor y ex abogado brasileño Rubem Fonseca, publicado en el año de 1975, donde aparecen junto a otros cuentos: Paseo nocturno I y Paseo nocturno II. Este trabajo fue víctima de censura por más de diez años,  por su violencia explícita y su crítica a la sociedad de su época. En su literatura, Fonseca denuncia todas las experiencias a las que estuvo expuesto a lo largo de su vida. No en vano trabajó como comisario en una agencia de policía. Las brutales favelas brasileñas y la corrupción se manifiestan proverbialmente en su obra.