Códigos nocturnos

"3 Girls at Bar", una pintura de Fabián Pérez

Por Luis Moreno Flores

 

De camino para dejarme en casa, Martha se saltó varias luces rojas. No le di importancia hasta la tercera ocasión, entonces pregunté por qué lo hacía. Ella explicó que según el reglamento de tránsito, después de la una aeme las mujeres tienen permitido desobedecer el régimen de los semáforos.

Aunque nunca lo he verificado, dudo que algún documento oficial tenga tales consideraciones, sin embargo, es muy posible que la regla sí se aplique, ya que en la noche las normas parecen transfigurarse: las líneas amarillas dejan de marcar espacios para no estacionarse y se copan de vehículos de dueños sedientos; los límites de velocidad aumentan y las distancias se acortan, sin que nadie sepa el porqué.

No son solo las cuestiones viales. Cuando el mundo se obscurece, situaciones inverosímiles se vuelven cotidianas: un sábado cerca de medianoche, sentados en La Rueda (una enorme maceta de concreto cerca de mi calle que utilizamos como banca) fumaba y charlaba con un amigo, de pronto en la esquina siguiente giró una mujer de unos 20 años de edad, nada en ella parecía extraño, salvo que montaba un caballo.

El equino avanzó hasta donde estábamos. La chica sonrió, dio la vuelta y volvió sobre sus pasos. A ninguno de los dos nos pareció anormal. Meses después, al contarle la historia, un taxista me preguntó “¿Y si no estaba viva?”. El cuestionamiento del chofer me desconcertó, pues hasta entonces reflexioné en ¿qué tendría que hacer alguien a caballo en la zona más urbana de la ciudad? ¿Por qué se detuvo frente a nosotros, solo para luego regresar?

Las aventuras nocturnas pueden ser tan fugaces que ni la mañana es digna de conocerlas: mi amigo Pedro extravió su automóvil y nunca supo cómo ocurrió, lo único que recuerda es que se encontraba bebiendo en un bar, decidió ir a casa. Pedro salió por su vehículo pero al percatarse que no estaba en condiciones para conducir prefirió caminar. Una hora después, ya cerca de su destino, se descubrió a sí mismo mientras intentaba abrir un auto que no era el suyo. No recordaba qué había pasado durante la última hora. Ya sobrio buscó su auto por horas, no lo encontró.

El Chevy azulmarino tenía algunas semanas extraviado. Una mañana, al dirigirme a trabajar, volteé en la esquina que forman las calles Calderón de la Barca y Francisco Peña, por la que a diario pasaba pero a la que nunca había prestado atención. ¡Ahí estaba! No había duda que era el automóvil de mi amigo, con todo y su calcomanía de Charlie Sheen en la defensa. Las puertas no tenían seguros y la cámara fotográfica de Pedro intacta.

Al revisar el coche, descubrimos que lo único que faltaba era la gasolina que mi amigo le habían puesto previo a su desaparición. ¿Cómo gastar un tanque de combustible en una hora?

Hasta hoy no hemos podido dar con una respuesta totalmente convincente de qué hacía ahí ese auto que la policía tenía reportado como perdido. De igual forma, no entiendo por qué una chica viajaría a caballo desde quiénsabedónde solo para verme unos segundos, ni tampoco cómo Martha se enteró de sus privilegios viales. La verdad no me importa. Es mejor guardar algunos misterios y simplemente culpar a la noche.

 

@LuisMorenoF_/luismorenoflores@gmail.com