Del Surrealismo y la necesidad del arte

Editorial

El movimiento surrealista surge, como las grandes movilizaciones del espíritu, a partir de un cisma: el colapso de la civilización europea durante la primera guerra mundial. ¿A dónde habían llevado a Europa las ideas ilustradas, la igualdad, la fraternidad, la república, los campeones del pensamiento y la modernidad industrial? Después de que la barbarie de los llamados hombres libres desencadenara la guerra más destructiva hasta el momento, el arte, al igual que el mundo, ya no podría volver a ser el mismo.

Los precedentes del surrealismo son tantos como la curiosidad histórica pueda encontrar, desde siempre ha existido una clase de arte que se desdobla en las áreas ocultas del ser humano y que encuentra solo allí la materia de su inspiración. El Marqués de Sade, Charles Fourier, Lautréamont, e incluso el pintor flamenco Hieronymus Bosch, son considerados como los abuelos intelectuales y creativos del surrealismo, y dotaron a sus predecesores con la tarea dialéctica, aparentemente imposible, de destruir y crear mundos simultáneamente.

Pero si ellos son los abuelos, el movimiento Dadá es el padre de los surrealistas, Tristán Tzara y Hugo Ball fueron los primeros que observaron la necesidad de un “antiarte” que despreciara las tradiciones y el estilo de vida burgués. Ellos y otros hombres insatisfechos refugiados en Zúrich fundaron en el Cabaret Voltaire lo que después se convertiría en un movimiento artístico y cultural, iconoclasta y avant-garde[1]. Muchos de los iniciadores del surrealismo comenzaron dentro del seno dadaísta —la famosa rueda de bicicleta de Marcel Duchamp fue exhibida como parte del movimiento Dadá—, tanto que no se sabe en qué momento exacto termina uno y comienza el otro —aunque una respuesta fácil a la pregunta anterior podría ser la siguiente: el surrealismo comienza cuando Bretón se deslinda de Tzara y publica el primer Manifiesto Surrealista en 1924, definiendo el significado de la palabra —“de una vez y para siempre”— como sustantivo y como filosofía:

Surrealismo: “sustantivo, masculino. Automatismo psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral.”

Filosofía: “El surrealismo se basa en la creencia de una realidad superior de ciertas formas de asociación desdeñadas hasta la aparición del mismo, y en el libre ejercicio del pensamiento. Tiende a destruir definitivamente todos los restantes mecanismos psíquicos, y a sustituirlos por la resolución de los principales problemas de la vida.

Basándose en gran parte en las teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud, Bretón observó en el inconsciente la fuente de la imaginación e inspiración artística. El genio surrealista podía desarrollarse en cualquier rama creativa, los poetas, los pintores y los locos pertenecían al mismo grupo. Este es uno de los méritos que se le tienen que reconocer al surrealismo, haber reunido bajo una sola idea a artistas tan distintos como Artaud, Magritte, Dalí y Paul Éluard.

Cuando se publicó el segundo Manifiesto Surrealista, en 1929, el movimiento estaba ya bastante desintegrado por las distintas riñas políticas en el interior del grupo. Europa era un caldo en ebullición de ideologías y los ánimos estaban tensos al observar el levantamiento del fascismo en Alemania e Italia: el mundo no había aprendido nada, el arte no pudo evitar que el infierno volviera a cocinarse.

Sin embargo, podríamos decir que el espíritu surrealista sigue aquí con nosotros y que cambió de una vez y para siempre la manera en que vemos, consumimos y creamos arte. La mayoría de los integrantes del movimiento se exiliaron en Estados Unidos e Inglaterra —algunos de ellos lo hicieron en México, como Leonora Carrington— y desde Londres y Nueva York, rodeados de nuevos mecenas, moldearon las nuevas tendencias y terminaron de aniquilar lo que llamaban la gran tradición conservadora,[2]proponiendo como únicas fuentes legitimas de inspiración al inconsciente y lo primitivo.

No podemos medir con una regla numerada la cantidad de éxito que supuso esta empresa, lo que sí podemos decir, y sin temor a equivocarnos, es que encontramos la influencia de los trabajos surrealistas por donde volteemos en la escena cultural actual, y ésta sigue causando controversia.

Actualmente estamos en un punto coyuntural, por una parte el gran público pide cada vez más uniformidad, advierte que solo consumirá lo que entiende. Y por otra, ahora más que nunca existen los medios para descentralizar las artes, la imaginación ha demostrado ser difícil de matar. Es importante entonces rescatar del surrealismo la inconformidad, la rebeldía y la inmensa capacidad creativa que logró proyectar en uno de los momentos más difíciles de la historia. Ellos, como las margaritas en el adoquín de Praga, en contra de todo pronóstico, florecieron en momentos adversos.

[1] Muy a pesar de los dadaístas, quienes declararon alguna vez que “Dadá no es nada más que una burda imagen de un estado de la mente, el cual de ninguna manera ayudó a crear”. Los Dadá querían contrarrestar la predominancia de la lógica macabra del sistema burgués, desarticulando las artes, no fundando una nueva manera de hacer arte, lo que terminaron haciendo de todas formas.

[2] Habrá que observar que los Surrealistas de Bretón no estaban en contra de la burguesía, incluso aceptaban que esta clase era la única que producía artistas. Dicha situación causó problemas con otros surrealistas que decidieron unirse a la causa obrera, como el poeta francés Louis Aragón.