El irlandés y el bibliotecario

"The Librarian", de Giuseppe Arcimboldo, 1566

Por Manuel Álvares

 

El viernes pasado fuimos con Luciana a escuchar a Banville que daba una charla por el festival de Getafe Negro en la Biblioteca Regional de Madrid, a pocas cuadras del Paseo de las Delicias. Salimos medio justos de tiempo entonces puse en una mochila unos libros que teníamos que devolver después de la charla en otra biblioteca. Afuera estaba lindo, harían unos diecinueve grados, veníamos de unas lluvias en Madrid que habían bajado la temperatura, pero esa noche estaba especialmente agradable.

Salimos por Palos de la Frontera, cruzamos Santa María de la Cabeza y llegamos hasta la estación de Renfe que tiene una placita con una especie de obelisco morado que parece traído de otro planeta. De ahí subimos dos cuadras y llegamos a la biblioteca donde era la charla. Nos reímos porque al llegar vimos un letrero sobre un edificio de ladrillo que decía: Fábrica de cerveza. Automáticamente chequeamos en Google y era así, la biblioteca se construyó sobre una fábrica de cerveza llamada “El Águila”. «Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca», dijo Borges. Quizá lo hayan tomado demasiado a pecho.

Banville apareció a las siete en punto. Canoso, bajito y muy poco parecido al cuerpo que en mi cabeza llevaba ese rostro provocador de las solapas de sus libros. Lo imaginaba alto, fuerte y seductor, digamos que solo acerté en esto último. Es muy loco ponerle cuerpo a las personas que admiramos. La conferencia fue genial, el irlandés empezó tímido, pero a los minutos se soltó. Habló de su famoso alter ego Benjamin Black, su otro yo, y de cómo lo usa para escribir género negro. Me gustó eso del alter ego para esconder el yo. Walter Benjamin (otro Benjamin) decía que había que guardarse el yo en una cajita hasta cumplir los treinta. Bueno, yo ya tengo treinta.

También remarcó que ya está todo escrito, que a él le gustan los clichés y lo que le queda a los escritores es improvisar sobre ellos, agudizar la mirada extraterrestre. «La vida es extraordinaria, es mucho más jugosa que la ficción, a mí en mis primeras novelas me decían que era poco creíble, pero lo único que hacía era escribir lo que veía», dijo.

Salimos de la charla y nos fuimos apurando el paso a la otra biblioteca, la de Pío Baroja, que cerraba a las nueve. Llegamos justo diez minutos antes de que cierre. Entramos y cuando lo hicimos busqué con la mirada a Mariano, el bibliotecario que me atiende siempre, pero no estaba. Había una mujer y un compañero suyo que había visto alguna vez. Dejamos los libros y nos fuimos rápido. Salí algo decepcionado porque me gusta hablar con Mariano, aunque sean dos minutos.

Conocí la biblioteca Pio Baroja medio por casualidad un día que caminaba por el parque de Madrid Río. Por Arganzuela, por Madrid bah, está lleno de bibliotecas municipales buenísimas que son un refugio para lectores voraces. Uno se asocia, le dan una tarjeta azul y va y puede retirar hasta cinco libros por mes.

Esta biblioteca en particular me gustó por su estilo nada ostentoso, con estantes de madera gastados que resaltan que lo que importa son los libros, pero, sobre todo, me gustó por la calidez de Mariano. Un tipo de unos cincuenta años, flaco, morocho y alto, con pinta de oficinista. Me acuerdo que la primera vez que lo vi estaba leyendo Sumisión de Houellebcq y nos quedamos hablando del carácter premonitorio de la novela y la insolencia del francés. Yo había agarrado Bajo el volcán de Lowry para llevarme y el tipo me dijo:

—Vas a flipar, este tío hace que termines tan embriagado como el cónsul.

Y siguió contándome las maravillas del libro y su parte autobiográfica. Lo hizo con tal entusiasmo que no veía la hora de volver a mi departamento para empezar a leerlo. Le dije que me impresionaba cuánto sabía.

—Es que soy un enfermo de literatura —dijo.

Desde ese día, desde esa primera recomendación, intento ir una o dos veces por mes a la biblioteca a retirar libros y siempre me quedo charlando un rato con Mariano, que es tan culto como agradable. No deja de sorprenderme su manera de hablar en libros, esa fascinación por las referencias y las citas, es como si sufriera de lo que Onetti llamaba literatosis. Gracias a él llegué a libros de Duras, Buzzati o Pavese (el oficio de vivir es saber morir, me dijo Mariano). Y sí, todos me encantaron.

La última vez que lo vi fue hará hace tres semanas. Antes de pasar a buscar libros lo saludé y le pregunté si tenía uno para recomendarme, Mariano me miró serio y me dijo: El Mar. El libro de Banville estaba justo en una mesa donde ponen los recomendados del mes. Lo agarré, leí la contratapa y fui directo al mostrador. Le pregunté si tenía algo para decirme del libro y vi que a su izquierda tenía Patria de Aramburu.

—Que te va a gustar, hombre —dijo y se quedó en silencio, frotándose la sien.

Vi que el libro de Aramburu estaba marcado y le pregunté si le estaba gustando, le dije que lo había leído en el verano y que lo había disfrutado.

—Pues hasta ahora sí —respondió.

Era claro que tenía un mal día así que quise dejarlo en paz. Antes de que me fuera, habló:

—Perdona, tío, no es contigo. Es que tengo a mi padre malo y no aguanto más la situación. Ya está viejo el pobre. Habla todo el día de su infancia y no recuerda lo que ha pasado ayer. Me está volviendo loco. Es como si fuera el padre de Roth. Una puta mierda —dijo y dio un suspiro largo.

Lo del padre de Roth era por Patrimonio el libro donde el norteamericano narra los últimos días con su padre, y cómo este, en su ancianidad, vive recordando, porque es la manera que encontró de saberse vivo, de reafirmarse vivo: no olvidando nada. Mariano me contó que su padre estaba viviendo con él y que tenía una enfermera a medio tiempo para ayudarlo con todo, aunque dijo que para él era cuestión de días. Habló de la obsesión que tenía por la infancia, de que cada vez que hablaba le recordaba historias vividas hace setenta años, como si no hubiera pasado el tiempo, como si estuviera ahí. Pensé en eso de que la infancia no es solamente la infancia vivida, sino la idea que nos hacemos de ella, por eso parece larguísima: porque es la más enriquecida por los pensamientos.

—Es demoledor verlo así, ver cómo se va, la persona que te protegió toda la vida no se puede defender. Un padre es como un doble de riesgo, si no está ¿quién se tira por nosotros?

Le palmeé el hombro sin saber qué decir y me despedí conmovido.

Hice el camino de regreso a Palos de la Frontera con su historia dándome vueltas. En una de las esquinas de la glorieta de Santa María de la Cabeza frené y me di cuenta de que me había olvidado el libro de Banville en la biblioteca. Me quedé un segundo quieto, vi el agua de la fuente levantarse hasta el cielo y caer en loop, cuando el agua subía su reflejo con el sol armaba un arcoíris que aparecía y desaparecía a metros de la fuente. Era hermoso. Lo miré por un rato y me pareció ficticio, como un tipo de efecto especial. En ese momento, pasó un camión de bomberos a toda velocidad con la sirena haciendo luces y ruido y a mi alrededor la gente caminaba como si todo siguiera su ritmo. ¿Es que nadie lo ve?, me pregunté.

El viernes pasado cuando Banville terminó de hablar me acerqué para que me firme El Intocable. En ese libro escribe: «Algo que no tiene pasado no está vivo todavía. La vida es recuerdo, la vida es el pasado».

Unos minutos antes había recordado varias anécdotas de cuando era pequeño en Wexford.  También hizo una analogía del escritor como alguien de otro planeta que baja a tierra y tiene que mirar, analizar, por semanas a los seres humanos, una vez que ya tiene un retrato formado y está a punto de partir ve a una persona bostezar y no entiende lo que pasa, ese grito silencioso, ¿qué es?