Realidad absoluta: lo irracional no existe.

Las ventanas, siempre las ventanas.

Por José M. Delgadillo

Ahora solo importan los sueños, los deseos, los impulsos, medir el tiempo ha quedado atrás, la realidad solo le ha dado un olor fétido a la vida. La razón abraza entes de carne que caminan por las calles con la mirada baja hacia el mismo destino, hacia ninguna parte.

No hay control, no me preocupa la estética ni la moral, no hay vida ni hay muerte, ni lo real ni lo imaginario, ni pasado ni futuro, no hay contradicciones. Desde ahora trabajaré dormido y solo mi quimera tiene organización y estructura. Ya no me interesa caminar sobre babas calientes por la izquierda cuando voy, ni resbalar por un tubo gástrico al regresar.

Por mis oídos no entran las arañas que escupen sus bocas al dirigirse a mí, sus métodos son un montón de astillas en forma de reja electrificada que escandalizan mis ganas de saltar hacia el vacío para visualizar el caballo galopante encima del tomate.

Las palabras expresan absolutamente nada y el hombre con la manzana verde y el traje negro no me quita la mirada de encima. En cambio el enorme ojo que está a punto de ser lacerado por la mitad no deja de gritarme. Camino entre péndulos derretidos mientras llueven hombres vestidos de frac y la estrella de Desnos me escupe que no estoy soñando.

El hombre crucificado observa  aburrido a los amantes cubiertos y yo sigo transitando por encima de los elefantes hasta llegar al palacio donde todos están dormidos. Converso con el maniquí que tiene una jaula en la cabeza y en la pared cuelga sin ninguna conciencia una fotografía donde aparecen las máscaras que vociferan “Tengo que decir algo que decir me digo”.

Estiro mis brazos para ver mis ojos y los cuerpos se fragmentan en sonidos rampantes que no me dejan dormir mientras el público golpea sus manos para sacudirse las hormigas y agradecer la hazaña que acaba de realizar el peluquero. La pintura gotea por una rendija que tiene el marco que detiene el sonido que hay en el oro del tiempo.

Los enormes paréntesis se relegan al igual que la noche queda postergada como el sueño. Se levita el placer de alucinar que es tan bello como el encuentro de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección donde reposa una luz fría e irreal que invade las sombras negras inquietantes de un gran masturbador.

Hasta que el cerebro bombea automatismo y emergen las formas más profundas del ser. La figura fluye incongruente en la que finalmente, lo oculto, lo prohibido, lo impúdico inspiran la belleza del caos que mastica la realidad absoluta.