Una lectura surrealista sobre el ir al cine

Una lectura surrealista sobre ir al cine

por Alejandro Galván

¿El cine? Bravo por las salas oscuras.

-André Breton

Abro los ojos y descubro que me encuentro sentado en un asiento de vinipiel, con una amiga —o quizá sea mi pareja— sentada a mi lado con la mirada adherida hacia lo que tiene enfrente. ¿Qué la hipnotiza? Trato de darle sentido al lugar donde me encuentro, pero me hallo en una semioscuridad que solo se ve interrumpida por un breve destello de luz que irradia desde lo alto de la habitación. No. Me doy cuenta de que no es una habitación sino un salón, con filas que se deslizan de extremo a extremo, de arriba abajo llenándola a profundidad. ¿Quiénes son ellos? La ligereza del aire me indica que no estoy en un ambiente natural sino en un mundo construido, confeccionado con la sola intención de convencerme de suspender mi incredulidad, de reconfortarme y aceptar que la pared blanca que tengo  enfrente y que es receptora del único haz de luz en este salón es un portal hacia otro mundo. ¿Qué clase de mundo? Un mundo onírico y fantástico pero que por intercesión del medio en el que me encuentro puedo experimentarlo con alguien más.

Ahora pregunto: ¿constituye esto una experiencia surrealista? Si se lo preguntáramos a Breton, nos contestaría un tremendo . Al hablar de surrealismo prefigura la noción de lo extraño, de lo incómodo o de lo incomprensible; por ello tendemos a caricaturizarlo, pero para Breton significaba algo más que solo lo extravagante. En su trabajo Surrealismo y pintura, Breton asegura que para que un trabajo sea surrealista, éste debe luchar para “abarcar todo el campo psicológico”, que está constituido por “profundidades incómodas [en las que] reina la ausencia de la contradicción, de la relajación de las tensiones emocionales debido a la represión, una pérdida de la orientación del tiempo y un reemplazo de la realidad externa por una realidad psíquica obedeciendo el principio del placer”.

Si pensamos en la experiencia de ir al cine encontraremos esa desorientación, esa relajación de las tensiones y ese reemplazo de la realidad por una realidad catártica y entretenida.  Y si tomamos en cuenta que, como señala Michael Richardson, el interés de los surrealistas es el de explorar los puntos de combinación o de contacto “entre diferentes planos de existencia”, no podremos sino seguir relacionando el ir al cine con los sueños.

No por nada los sueños —o la lógica que siguen éstos— son lugares comunes en los trabajos de los surrealistas. Los sueños son los espacios donde los deseos del inconsciente se vuelven reales.  Pero habría que aclarar aquí que, a pesar de esa afinidad compartida, no hay estilo alguno que se pueda llamar surreal, puesto que no es algo que sea generalizado en los trabajos de Magritte y de Dalí, o los de Buñuel y David Lynch. Lo que los une son sus intereses surrealistas. En ese orden de ideas los temas que interesan a los surrealistas son claros: la libertad, la imaginación como medio asociación de opuestos y como conductora de la vida del hombre, la represión cultural y la irracionalidad como expresión del inconsciente.

Piénsese en Un chien andalou (1929), L’age d’or (1930) o Ensayo de un crimen (1955) de Buñuel, filmes que hablan de lo que Roman Gubern ya señalaba: lo fundamental del surrealismo es el abismo entre el deseo y la realidad. O tomemos a El topo (1970) de Alejandro Jodorowsky, un filme que parece ser más bien una fantasía solo realizable en sueños (y que se desarrolla como uno). Lo excepcional de estos filmes debió haber sido poderlos disfrutar en la pantalla grande, en la época en la que fueron trasgresores. Es sin duda una pena que esa experiencia se encuentre ya tan lejos puesto que el acto surrealista no es solo vivirlas sino compartirlas con otros que también suspenden su incredulidad para poder entrar en un estado de trance, donde un haz de luz se convierte en imágenes que cambian veinticuatro veces por segundo en esta sala en donde reírse de una representación de algo que en realidad no está ahí (ceci n’est pas une pipe) es la norma.

En este espacio, abandonamos nuestro plano de existencia cotidiana para transformarnos en espectadores. De esta manera, todos juntos somos partícipes de un sueño compartido que para algunos será liberador y para otros será escapista. Ambos son suficientes para que el ir al cine constituya un acto surrealista. Pero no nos engañemos: decir que todo el cine es surrealista solo por el hecho de verlo en estos espacios es equívoco. Ya lo advierte Richardson: el surrealismo es un punto magnético sobre el que giran una serie de actividades colectivas, no es una cosa en sí, sino una actitud que tiene como corolario liberar la complejidad que nos hace humanos.

Por esa razón el surrealismo ha podido sobrevivir a lo largo del siglo —y aún más allá. Twin Peaks (1990-1991) donde David Lynch mezcló la búsqueda del verdadero yo con las exigencias narrativas de la televisión estadounidense. Ello le permitió ser una serie (no tan) convencional con algunas escenas definitivamente surrealistas. Mientras que Paprika (2006) de Satoshi Kon es un filme dinámico e inventivo con una trama que combina elementos que se desarrollan en una lógica común y en otra del imperio de lo onírico sin rendirse a los requerimientos de nadie.

En sume, ir al cine constituye un acto surrealista precisamente porque nos permite entrar en contacto con todo lo oculto dentro en el id —a saber: nuestras fantasías, odios, filias, fobias, pasiones, lujurias o represiones, pero solo en la medida en la que suspendemos nuestra incredulidad. A través del uso de artificios retóricos para alcanzar esto en la experiencia individual, asistir a una sala de cine es una suerte de sueño colectivo que logra que la catarsis sea compartida, ya sea con alguien en específico o con el público entero. Sin embargo, no por ello es lícito afirmar que todo el cine es surrealista puesto que no existe tal cosa como cine surrealista; en este caso solo existe cine hecho por poetas que hayan llegado a escuchar el susurro de la voz surrealista —como lo afirma Bretón. Ir al cine y compartir ese sueño es una manera de alcanzar ese susurro que se desliza a través de la sala y nos rodea para tratar de llegar a lo más profundo de nuestra consciencia.