La hora del 1-2-3: Una historia de radio

Por Eduardo L. Marceleño

Muchos años después de comprar su primer televisor Jorge trabajó en la televisión de cadena nacional, no sin antes, a los ocho años de edad y aún y cuando su mamá y su papá se dedicaban a la actuación, quiso ser policía de la Ciudad de México.

Lo pensó el día que escuchó en la radio el programa La policía siempre vigila, transmitido por la cadena XEW en los años cincuenta y que contaba historias de policías de la Ciudad de México. Cada caso era narrado por el Comandante Luis Pérez Cervantes. Todo lo que allí se decía, de acuerdo con el promocional del corte comercial, era rotundamente cierto. 

La policía siempre vigila duró dieciocho años al aire. Terminó entrados los años sesenta, cuando la industria televisiva en México comenzó a vender televisores a las familias de la clase media. Hasta entonces, el único medio de información y fuente de entretenimiento era la radio. Para 1955 tan sencillo era encender la radio y dedicarse a escuchar, como inmediato quedar informado durante los valiosos minutos de transmisión. Y en los grandes momentos de entretenimiento, donde la imaginación jugaba un papel definitivo, las voces ocultas en el receptor no eran más que el argumento central de su propio misticismo, donde  las buenas historias pertenecían a aquellos que las sabían contar. 

El programa comenzaba con la voz del Comandante Pérez Cervantes voceando: “Atención patrullas y casetas, atención patrullas y casetas, llamada general… llamada general”. Luego corría una  descripción -de peculiar tono dramático- del caso (uno desde luego real que gozaba de vigencia, pues no hacía más de dos meses que había acontecido según los registros de la emisora). En todos y cada uno de los episodios -sin exceptuar alguno-  la policía salía airosa, venerable y heroica, volviendo ídolos a los oficiales que patrullaban la ciudad. O tal vez reivindicándolos a un nivel de popularidad que, de no ser por todos los recursos radiofónicos que implementaban, en la realidad hubiese sido imposible de admitir. 

Jorge y su familia vivían en una vecindad de La Lagunilla, donde los inquilinos se comportaban como auténticos lunáticos. La alharaca comenzaba con alguien en el barrio sospechando de la presencia de un desconocido, para después echar a andar una especie de alarma, codificada en silenciosos murmullos, que viajaba de casa en casa a una velocidad tan rápida como una señal de radio. Confiaban en el sistema de la desconfianza colectiva, donde el mensaje de alerta de uno se volvía la amenaza para todos. Era usual escuchar: “¡agárrenlo que es ratero!” y enseguida mirar una obstinada persecución que con frecuencia terminaba en el sometimiento de un individuo. Luego determinaban por decisión unánime si el sujeto era en efecto culpable, pero eso era lo menos importante, mientras quedara claro que La Lagunilla era un vecindario organizado, difícil de atracar.

Jorge conocía de vista a los dos oficiales que patrullaban La Lagunilla. Siempre quiso acercarse a preguntarcualquier cosa que le sirviera de iniciación en el gremio,  pero sobre todo quería observar a detalle sus cinturones y camisolas colmadas de insignias, acaso para estimular sus propias ambiciones. Nunca se acercó a ellos más de diez metros, tal vez por la sencilla razón de mantenerse al margen de aquel trabajo que le resultaba grandioso. Tal vez intuyó que la fascinación es algo que debe moderarse pese a todo. Así que se conformó con mirarles de lejos, admirándolos a distancia como lo que eran,  héroes de la trama radiofónica La policía siempre vigila.

Las familias de La Lagunilla no estaban listas para despilfarrar el dinero, pero Jorge vivía cómodamente. Su familia mantenía sin problema a seis personas: su abuelo, sus dos padres, sus dos hermanos y él. En casa no hacía falta nada entonces, eran una familia que existía como era y ya, no se decían ser más ni ser menos, cubrían todos los gastos y no tenían deudas con ningún banco.

Por ese tiempo la televisión se promocionaba como uno de los grandes pasos a dar rumbo a la era moderna; como el poderoso artefacto que terminaría con la intangible sonoridad de la radio, si bien no de forma definitiva, si de un modo que nadie en ese tiempo hubiera imaginado. El poderoso artefacto para mirar y dejar de imaginar el mundo, con todo lo que eso conlleva.

En la cúspide del programa La policía siempre vigila la propuesta vanguardista del entretenimiento se asomaba a la vuelta de la esquina, venía en forma de caja de imágenes en movimiento. La gente se había enterado del aparato del porvenir escuchando la radio, y entonces el deseo de adquisición se robusteció con el tiempo hasta volverse una urgencia cada vez más latente, que se retrasaba en los angustiosos trámites para hacerse de un préstamo en el banco. Pero para los papás de Jorge, desde luego, el argumento de modernidad no significaba una inminencia. El aparato televisor era algo que llegaría con el tiempo, decían, quizá de la mano de Jorge (o de cualquier otro hijo), tal vez, cuando fuese adulto.

Pepe, el vecino de enfrente, era amigo de Jorge, carecía de parientes y gozaba de una comodidad económica definitivamente envidiable para sus vecinos. Su padre se había ido a los Estados Unidos y desde allí enviaba a su familia una importante cantidad de dinero cada mes. Su madre tenia un taller de costura y su hermana mayor trabajaba en una papelería en donde ya era posible hallar platillos voladores de plástico.

El primer televisor que se encendió en la vecindad de la Calle Honduras en La Lagunilla fue el de la familia de Pepe. Llegó por paquetería desde Massachussets. Llegó en una caja enorme y pesada, nueva e impecable. Los señores de Correos de México tuvieron que cargarla hasta la sala de la casa para hacerse de las monedas extra de todo ese día. Todos los vecinos asomaron la cabeza por las ventanas de sus departamentos para atestiguar la llegada del televisor a la vecindad. En el preciso instante en que vieron llegar el camión de los Correos fueron contagiados, como si se tratara de una plaga repentina que no excluyó a ninguno, de una entrelazada mezcla de sentimientos, donde el rencor y el entusiasmo confluían con la ilusión y el rechazo.   

A partir de ese día Pepe invitaba a sus amigos a mirar el programa infantil La hora del 1-2-3, donde el principal promotor era el Jabón 1-2-3. Algo completamente natural para la época era la promoción de productos de limpieza mediante programas de televisión. La marca 1-2-3 lograba el doble objetivo de distraer a los niños con su programa mientras sus madres lavaban la ropa con su jabón. Jorge nunca se perdía un solo episodio y siempre encontraba la manera de pasar la tarde en casa de Pepe.

Llegó el día en que Pepe y Jorge pelearon y las sesiones colectivas del 1-2-3 terminaron para siempre. En aquella ocasión, Jorge regresó a su casa sintiendo por vez primera la terrible sensación que deja el resquemor y que da paso a la ansiedad. Estaba tan desesperado por ver el episodio número 10 del 1-2-3 y tan enojado con Pepe que su mamá, al verlo de esa forma no evitó preocuparse, ofreciéndole llevarlo al Cine Isabel. Tras esperar el término de la última función, acudirían a la colocación de butacas y asientos en el lobby del cine, donde el dueño solía encender un televisor muy pequeñito y cobrar la sesión a 10 centavos. Con su madre y Roberto, el más chico de sus hermanos acompañándolo, Jorge calmaría su necesidad de televisión.

Justo en la espera de la colocación de butacas y asientos, dos hombres con sombrero de ala ancha y trajes cruzados entraron al Cine Isabel, uno de ellos traía lentes de sol, insólitos para las tenues luces del cine que no eran en absoluto molestas para los ojos de nadie. El otro usaba un bigote muy delgado, que apenas sombreaba la parte superior de sus labios. Jorge los vio a lo lejos, mientras permanecía sujetado del brazo de su mamá y miraba cómo iban acomodándose las butacas y los asientos a lo largo del lobby. En tanto, las personas salían de la sala comentando la película e ignorando el mini televisor que ya se encontraba encendido, transmitiendo el comercial de apertura del programa que anunciaba la eficacia contra las manchas del Jabón 1-2-3.

De pronto, Jorge sintió un fuerte tirón de su camiseta, se volvió para ver a uno de los hombres de sombrero de ala ancha, el de bigote sombreado, arrebatándole con definitiva violencia del brazo de su madre, quien yacía en el suelo adolorida, tomándose con intensidad de la espinilla de la pierna izquierda. Fue tan fuerte la patada que le dieron (el golpe le había quebrado parte del hueso), que el esfuerzo que hizo por retener a su hijo no fue suficiente. Lo miró alejarse, gritando y moviendo los brazos para intentar zafarse de quien era, sin lugar a la menor de las dudas, la personificación innegable de un robachicos. 

Mientras los hombres se llevaban a Jorge rumbo a una camioneta estacionada frente al Cine Isabel, ningún policía acudió a rescatarlo. Ninguno aparecía a la redonda, listo para entrar en acción como él hubiera esperado que sucediera en otra narración del programa La policía siempre vigila.

Y entonces miró por todos lados, escudriñó en desesperadas milésimas de segundo los rincones del cine y así lo hizo también con los rincones de la calle, cuando las farolas descubrieron las frías banquetas de la Ciudad de México, las avenidas interminables por las que ningún policía patrullaba.

Fueron un vendedor de tamales que viajaba en su triciclo, un carnicero que cerraba su carnicería (con la venta en los bolsillos), una señora gorda de sombrero andando de paseo y el guardia del cine (que en ese preciso momento se fumaba un cigarrillo) quienes acudieron al rescate de Jorge, vapuleando al par de robachicos que tenían listo el viaje a Estados Unidos, donde probablemente le esperaba una nueva familia y donde quizá no hubiera tenido que volver pagar para ver el programa La Hora del 1-2-3. Ni mucho menos soportar la pedantería de un vecino fanfarrón. El destino que le esperaba tendría un enorme y vanguardista televisor a su disposición; el nuevo mundo y la modernización en plenitud a su alcance. Aquel lugar donde todo era posible se le escapaba entre los porrazos que le rescataban de sus secuestradores, alterando el curso de su provenir.

La cadencia de la Ciudad se impuso a la determinación de los hombres de sombrero de ala ancha y traje cruzado que traficaban niños a Estados Unidos. Al lugar nunca llegó el policía vigilante que se presenta en cada emisión del programa La policía siempre vigila. Jorge regresó a casa con su madre y su hermano Roberto en un carro de sitio. Tras los sucesos del Cine Isabel, su padre se las arregló para comprar un televisor, aceptando una deuda cuyo pago total se prolongaría por los siguientes dos años, y cediendo al cambio de época, la misma que marcó la industria de la televisión en México.

Por lo demás, el aparato de radio fue enviado a una solitaria orilla del departamento, ahí le consideraban de vez en cuando con un florero sobre su superficie, donde el ramillete de tulipanes solo podía anunciar la entrada de la primavera.