Patria

Buenos Aires, Buenos Aires, mala voz.

Por Manuel Álvarez

La primera vez que salimos a caminar por Madrid Luciana se quedó impresionada con las fachadas de los edificios. Con las fachadas y con la elegancia de las terminaciones. Mirá esas terminaciones, dijo señalando a casi todos los edificios que dan al Paseo del Prado. Me acuerdo que salimos desde Atocha hasta Puerta del Sol. Cruzamos el parque del Retiro, pasamos por la puerta de Alcalá y fuimos al Joyce, un bar irlandés que está a metros de la puerta. Todo bajo una lluvia leve que le daba un color más intenso a las cosas. Medio difícil olvidarse de eso.

Hace unos meses que ya no estamos en Madrid. Cuatro meses, llevamos la cuenta. Extrañamos las calles, el metro, ¡hasta las terminaciones de los edificios! Pero bueno, la vida en euros se hacía imposible y nos tuvimos que volver a Buenos Aires. No nos queríamos volver pero nos tuvimos que volver. Del departamento alquilado en Palos de la Frontera al departamento alquilado en Larrea. Pasa.

De hecho, escribo desde Buenos Aires. Por lo que ahora sí esto vendría a ser una aguafuerte porteña, aunque me sienta un poco extranjero. Cuando las aguafuertes eran madrileñas me gustaba más porque sentía que era un juego y el fantasma de Arlt se reía desde lejos. Ahora que estoy en su ciudad, en sus calles, no sé si le hace tanta gracia. Escribo en presente. Arlt es como Elvis y todo el mundo sabe que el rey está vivo.

Lo bueno es que no hay una Kodama que me pueda denunciar por plagio por estas, no sé, aguafuertes porteñas engordadas. Así que ahí vamos:

El viernes 9 de febrero salimos con Luciana del departamento de Larrea a la biblioteca nacional en Agüero. Fuimos porque a las siete de la tarde daba una conferencia Aramburu que venía a presentar Patria al país. No sé bien cuál fue el enganche entre la Guerra y Paz vasca y nuestro país, pero fue un boom y Aramburu pasó a ser algo así como el Cercas de años atrás: escritores españoles literarios que triunfan en la patria hija.

Hacía un calor infernal. Caminamos por la sombra de la calle Larrea hasta la avenida Las Heras, ahí subimos hasta la placita-rotonda de Gell y Obes, delante de la embajada británica, y cruzamos por Guido hasta la biblioteca con pinta de torre de control.

Faltaba más de una hora y ya había una cola enorme de gente esperando afuera, había gente hasta en la rampa de la entrada. Entonces decidimos entrar a la biblioteca a dar una vuelta y ver más sobre la hora si había lugar para entrar a la sala del primer piso donde daría la charla Aramburu. Entramos y fuimos directo a una muestra con fotos, audios y escritos de Viñas sobre Mansilla. “Viñas escribe Mansilla”, se llamaba. Era chiquita, cero estridente. En realidad era una muestra sobre Viñas, sobre el trabajo que hizo para un libro que nunca escribió: Mansilla, entre Rosas y París. Un libro que pretendía mostrar la tensión que había entre lo popular y lo aristócrata en el coronel Mansilla, el gran narrador argentino del siglo XIX. La muestra parecía inacabada, como el libro, del que solo hay apuntes, anotaciones desordenadas a color. Quizá ahí estaba el secreto de su encanto.

Hago una pausa acá. Mansilla escribió Las Causeries que fueron algo así como las primeras aguafuertes. Así que le pido perdón también a Lucio. Espero que no se enoje.

Sigamos:

Al lado de la muestra de Viñas había otra, también chiquita, sobre “El Che lector”. Tenía varios libros detrás de compartimentos separados por un vidrio y en la pared una frase de Piglia. Dimos una vueltita rápida y vimos algo de la bibliografía del Che, que iba de Trostsky a Jack London. También vimos una perlita. Detrás de uno de los vidrios, había un ejemplar de Tackle, una revista de rugby que tenía un artículo firmado por Chang-Cho. Nuestro Che.

Después subimos por el ascensor al sexto piso, donde está la sala de lectura grande y no se puede hacer ruido.

¿Sabés las veces que vine acá? Salía de la facultad y me encerraba horas dijo Luciana apenas bajamos del ascensor.

Cuando quise entrar una señora de seguridad me dijo que no podía pasar con el bolso, que lo tenía que dejar en los lockers. Luciana pasó, yo fui a dejar el bolso y entré. Estaba lleno de estudiantes con sus papeles y termos de mate en mesas enormes. Caminé hasta el fondo y desde el ventanal vi el resplandor de la ciudad desde arriba, imponente. Me di vuelta a la izquierda y la vi a Luciana sentada, recostada, bah, en uno de los sillones individuales que están en los pasillos de las puntas.

Hay que sacarle una foto dijo señalando con la cabeza el ventanal.

Me pidió el celular porque el suyo estaba sin batería, se paró y sacó un par de fotos del cuadro: ciudad y cielo. Cuando sacaba las fotos, de la nada, apareció un avión. Ella me miró y yo me reí. Nos reímos.

Enseguida le dije que fuéramos al primer piso a ver si conseguíamos entrar a la conferencia de Aramburu que ya estaba por empezar. Salimos de la sala y preferimos bajar por las escaleras.

Creo que este edificio me parece uno de los más lindos de la ciudad dijo mientras bajábamos.

En el primer piso entramos en Macondo. Aclaro: en el mismo piso donde era la conferencia de Aramburu había una muestra por los cincuenta años de Cien años de soledad. Todo el piso estaba empapelado con reproducciones del libro en varios idiomas y una decoración selvática. Había un par de extranjeros y en la puerta de la sala donde se presentaría Aramburu una chica elegante y rígida no paraba de hablar por un handy. Qué todavía no llegó X, qué están viniendo las señoras de parte de Z, decía en un tono nervioso mientras nosotros pasábamos por al lado. Todavía quedaban diez minutos para que empezara la charla, entonces esperé a que la señora dejara de hablar y le pregunté si había alguna posibilidad de entrar.

En principio está todo ocupado, pero si no se llena, los hago pasar. La idea es que no queden lugares… Esperen allá dijo y señalo un asiento en un costado donde esperaban dos viejitas. Si hay lugar los llamó.

El asiento estaba a metros de una mesa que tenía ejemplares de Patria para vender. Las dos viejitas nos hicieron un lugar y siguieron mirando una revista. Desde ahí vimos como la señora del handy repetía nuestra secuencia y mandaba a donde estábamos nosotros a una chica de unos veintipocos, que venía con una mochila, el libro en la mano y la cara desencajada.

Me dijeron que espere acá, ¿ustedes sabían que era con entrada? no esperó a que nadie respondiera y siguió: Me fijé en internet mil veces y no decía nada.

Una de las viejitas le dio la razón y la chica se indignó todavía más.

No puede ser, si me quedo afuera me muero.

Al rato se acercó la señora del handy, hizo pasar a las viejitas y dijo que podía pasar uno más, que el resto tenía que esperar. Le dijimos a la chica que pasara y se levantó con una sonrisa extra large. Y entró y nosotros nos quedamos esperando.

Habrán pasado cinco minutos y Luciana, con cara de cansada, me dijo que se iba a otra muestra que estaba en el mismo piso. Una sobre la revolución rusa. Se fue y yo me quedé esperando. Pero no quería esperar sentado, entonces me puse a dar vueltas por Macondo. En una pared de vidrio había frases de distintos escritores sobre el libro de García Marquez. Estaba leyendo unas palabras de Coetzee cuando vi que se acercaban dos mujeres y un señor detrás. Las dos mujeres se adelantaron y me di cuenta que el señor era Aramburu. Venía caminando en mi dirección como si estuviera silbando, con los brazos siguiéndole el ritmo. Llevaba un jean, saco y unas zapatillas negras Adidas. Hizo un paneo del lugar y asintió un par de veces. Lo miré fijo, pensé en decirle algo, pero me quedé callado. Él pasó al lado mío, me miró un segundo y saludó con la cabeza. Le devolví el gesto y no hice más.

Vi como entró a la sala y fui a buscar a Luciana. Le dijeque me había cruzado a Aramburu, que ya había entrado y que quizá teníamos suerte y pasábamos. Me acompañó sin muchas ganas y en la puerta nos dijeron que esperáramos en el asiento un poquito más.

Volvimos al puto asiento. De repente empezó a llegar más gente, parecía una comitiva. Una mujer de unos cuarenta años, muy bien vestida, habló gritando y pidió a uno del grupo que le sacara una foto. Se puso a posar. Ahora, dijo, y sacó los labios para afuera. Giré para verla a Luciana y no hizo falta que dijera nada.

¿Vos viste esa boluda? Vámonos de acá.

Me reí y le dije que sí.

Cuando estaba saliendo por planta baja el seguridad de la biblioteca me pidió ver el bolso de mano.

Solo tengo Patria —dije y le mostré el interior del bolso con mi ejemplar algo gastado.

La próxima vez tenés que avisar que llevas un libro antes de entrardijo.

Salimos y bajamos por la rampa que da al café Macedonio, el café del lector que está al lado de la plaza del lector. Vi la gente sentada en los bancos al sol de la tarde, a punto de irse, y pensé en Macedonio y en el Museo de la Novela de la Eterna, el libro que nunca termina, el libro incompleto por naturaleza. Y entonces sentí que quería ir con el Presidente a conquistar Buenos Aires por la belleza, darle el misterio que nunca tuvo.

Otra pausa. Yo también, como Macedonio, busco distraer al lector por momentos. Esto hay que decirlo. Te dedico este texto, lector salteado, me vas a agradecer una sensación nueva: leer de corrido.

Terminemos:

Bajamos por Agüero a Las Heras y caminamos despacio hasta Pueyrredón. En la esquina me señaló el edificio de la facultad de ingeniería, un edificio gótico, hermoso, que quedó a medio hacer ya que le falta la parte de arriba, como una iglesia sin torre.

Me mata que sea el edificio de la facultad de ingeniería y no esté terminado, ¡qué país!dijo.

Otra vez me reí. Me impresiona que camine mirando para arriba. Lo hacía en España, lo hace acá. Por ella me di cuenta que mirando para adelante, a la altura de mis ojos, me perdía mil cosas. Creo que mirando para arriba se conoce otro mundo.

Enseguida me agarró del brazo, giró la cabeza y apuntó hacia el edificio que teníamos atrás, en la esquina de Las Heras y Agote.

Mirá esa terminación, ese edificio sí se parece a Madrid dijo.