El malentendido del género policial

Claudia Piñeiro

Texto y transcripción por Francisco Velázquez

 

Claudia Piñeiro ofreció una conferencia magistral en la clausura de la tercera edición del Festival Internacional de Novela Negra Huellas del Crimen. La autora de novelas como Un ladrón entre nosotros, Tuya, Un comunista en calzoncillos y Las maldiciones, habló sobre los límites del género negro y sobre la forma en que se leen las novelas. Conoce las claves de su conferencia en esta edición especial de The Fiction Review, en la que incluimos el fragmento sobre el género negro que la escritora argentina incluyó en buena parte de su discurso.

 

La conferencia magistral ofrecida por Claudia Piñeiro en el Festival Internacional de Novela Negra Huellas del Crimen que se llevó a cabo en San Luis Potosí, dejó una reflexión en el aire: ¿quiénes determinan si una novela es policíaca o no? La escritora argentina confesó que ella escribió sus novelas sin pensar en el género policial, “las preguntas sobre el género llegaron después, cuando vino alguien, un editor, un agente, un periodista o un librero que decidió que ésta era una novela policial. (…) Me pregunto si encuadrarse dentro del género fue una decisión del editor o del sector del marketing de la editorial”.

Lo dicho por Piñeiro cobra sentido cuando uno investiga cuáles son las editoriales a las que pertenece buena parte de la obra de los principales escritores que participaron en el festival. Mientras que Tusquets Editores publica los libros de escritores como John Connolly y Evelio Rosero, Espasa-Calpe los de John Ajvide Lindqvist, que son editoriales pertenecientes al Grupo Planeta. Alfaguara publica los libros de Claudia Piñeiro, Kike Ferrari y Álvaro Bisama y Random House los de Juan Sebastián Gaviria, que son editoriales pertenecientes a Penguin Random House Grupo Editorial.

En un sentido puro y tradicional, por decirlo así, ninguno de los autores mencionados son considerados como escritores del género negro, lo que se relaciona con otro de los aspectos que Claudia Piñeiro mencionó en su discurso, en el sentido de que hoy en día, no todas las obras del género policial responden a la pregunta clásica quién lo mató y por qué.

Como ejemplo podemos citar la obra de John Connolly, donde si bien el ex policía Charlie Parker quiere descubrir al asesino de su mujer e hija, la trama de sus novelas bordea los límites del género negro con elementos sobrenaturales. Otro ejemplo es En el lejero, del colombiano Evelio Rosero, novela donde un septuagenario protagonista, Jeremías Andrade, se convierte en una especie de detective amateur que llega a un pueblo sombrío y desconcertante para buscar a su nieta perdida. Un ejemplo más puede ser Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist, una novela considerada como de vampiros y de terror. Un último ejemplo son las novelas de Claudia Piñeiro, en las que siempre hay, por lo menos, un muerto. Pero, “¿son realmente novelas policiales?, ¿alcanzan que tengan dramas secundarios con elementos del policial para dejarlas allí?”, se pregunta la escritora argentina en su discurso.

Estos aspectos sobre la clasificación de las obras en el género policial, según lo dicho por Claudia Piñeiro, se relacionan más con la forma en que los lectores leen las novelas, que con la forma en que fueron escritas, “no sería yo la que escribo novelas policiales, sino que son los lectores quienes las leen de esa manera, y un editor, un librero, un periodista o un curador de un festival son lectores, lectores que además indican cómo leer a otros lectores”.

En este sentido, ante el hecho de que el marketing editorial ha provocado que los lectores quieren que se les diga que determinada novela es histórica, de terror, de ciencia ficción o policíaca, al referirse al estilo literario que caracteriza la obra de Anne Carson, el escritor chileno Alejandro Zambra dice algo que podría tener relación con lo que Claudia Piñeiro se refiere en su discurso sobre el género policial: “los géneros literarios son como camisas que al principio te quedan mal y hay que usarlas un rato para que tomen la forma de tu cuerpo. En literatura el género es siempre fluido. Otra cosa es que se siga hablando de poemas, cuentos y novelas y ensayos, aunque nadie sepa a ciencia cierta qué es un poema o un cuento o una novela o un ensayo. El mito de la pureza es pegajoso y persistente y a veces genera discusiones divertidas, pero es un mito”.

Por ello en The Fiction Review te invitamos a leer el fragmento del discurso de Claudia Piñeiro sobre el género negro, el cual formó parte de la conferencia magistral en la clausura de la tercera edición del Tercer Festival Internacional de Novela Negra Huellas del Crimen:

 

“(…) El otro punto por el que corrijo muchas veces es porque mis novelas tienen elementos de suspenso característicos de la novela policial, y por lo tanto requieren la precisión de un instrumento de relojería: no dejar cabos sueltos, no sembrar falsas pistas, no forzar soluciones con elementos inexistentes a priori. La mención al género negro me lleva al segundo punto de esta conferencia y es la constante pregunta de si una novela entra en ese género o no: el malentendido del género negro policial. Para empezar con esta parte de la conferencia voy a citar una frase de Borges que dijo cuando dio una charla sobre el cuento policial en 1979, dijo: “En esta época nuestra, tan caótica, hay algo que humildemente ha mantenido las virtudes clásicas: el cuento policial; ya que no se entiende un cuento policial sin el principio, sin medio y sin fin”. Desde que he sido publicada, que no es lo mismo que decir desde que escribo, siento que estoy metida en medio de un gran mal entendido en el género policial, asumo mi responsabilidad en el asunto, en todas mis novelas hay al menos un muerto, y para nada me quejo de ello, sólo que me sorprendo o me sorprendía hasta hace un tiempo. Eso me hizo reflexionar mucho sobre lo que escribo y sobre lo que yo escribo en relación a ese género. Si quieren que escriba una novela policial, me dije, voy a escribir una novela policial. ¿Pero qué son entonces Las viudas de los jueves, Tuya, Elena sabe, Las grietas de Jara o Las maldiciones? ¿Son realmente novelas policiales? ¿Alcanzan que tengan dramas secundarios con elementos del policial para dejarlas allí? ¿Dónde ubicamos Un comunista en calzoncillos o Una suerte pequeña?

El primer indicio contundente de que mis novelas pertenecen al género policial fue cuando, luego de dos o tres novelas, empezaron a invitarme a festivales de novela negra. Muy en los inicios fui a Muerte en los rieles, que es un festival de novela de los más importantes del mundo sajón que se lleva a cabo en una zona oeste de Alemania, donde hubo muchas minas de carbón, hoy abandonadas. Si una escritora recién publicada le llega una invitación de Alemania para presentarse en un festival de literatura negra, no solo con vastos pagos sino con honorarios por cada lectura, difícilmente le acobarde el hecho de preguntarse si realmente lo que escribe es novela negra. Lo cierto es que al momento de quererme inscribir tampoco me hice esa pregunta; escribí novelas sin pensar en el género, de la forma en que describí en el punto, con la imagen disparadora, etcétera. A partir de esa imagen disparadora buscando la conciencia de los personajes en la trama, revisando permanentemente el tono, tratando de encontrar un final, las preguntas sobre el género llegaron después, cuando vino alguien, un editor, un agente, un periodista o un librero que decidió que ésta era una novela policial; la clasificación es a posteriori, en este caso, y muchas veces por motivos diferentes a la escritura, desde tener que ubicar una novela en una serie o en una colección editorial, elegir el estante de una librería donde será depositado el libro, o atraer más lectores. Todos aspectos que no tienen que ver con el escritor.

En una clase que Borges dio en una universidad, que es esa donde tomé el epígrafe, se preguntaba si verdaderamente existen o no los géneros literarios, y para ello citaba al inventor y filósofo Benedetto Croce, “afirmar que un libro es una novela o una alegoría o un tratado de estética, tiene masomenos el mismo valor que decir que tiene tapas amarillas y que podemos encontrar en el tercer anaquel a la izquierda”; luego de ahondar un poco en el tema, Borges llegaba a la conclusión de que los géneros literarios dependen, quizás, menos de los textos, que del modo en que esos textos son leídos, o sea, volviendo al malentendido en el que me siento felizmente involucrada, no sería yo la que escribo novelas policiales, sino que son los lectores quienes las leen de esa manera, y un editor, un librero, un periodista o un curador de un festival son lectores, lectores que además indican cómo leer a otros lectores. Borges le otorga a Edgar Allan Poe la formación de lectores del género policial, asegura que antes que Poe escribiera no existía, que él (Poe) los entrenó con sus textos para leer de esa manera; él (Borges) dice que en realidad Poe no inventa el género sino que inventa al lector de policiales. Si hay un detective, atención que ahí debe haber una novela policial; si hay un muerto, mayor atención aún, casi seguro que ahí debe haber una novela policial; si hay un enigma en la búsqueda de la verdad, con toda seguridad ahí hay una novela policial. Más allá de con qué intención haya sido escrito el texto, leemos que la hay.

Borges da un ejemplo que resulta interesante, propone darle a un lector cualquiera que no sabe quién es el Hidalgo caballero de la Mancha, un ejemplar del Quijote y decirle que es una novela policial; ese lector entrenado en el género, dirigido en su lectura por el género, no será virgen cuando lea “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo”; probablemente lleno de sorpresas, dice Borges, cuando lea de cuyo nombre no quiero acordarme, dirá: ¿Por qué ni quiere acordarse? ¿Porque es el asesino o porque ahí se cometió el asesinato del que fue testigo? Más cuando dice no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo, será traducido por nuestros lectores del policial como el hidalgo es el muerto; si no vive más allí es que lo mataron y así hasta el infinito.

El lector de policial opera armando sentido en el camino señalado por el enigma y búsqueda de la verdad, no espera que le cuenten, trata de anticiparse, lee por encima del hombro del escritor mientras el escritor escribe, quiere saber antes de que los personajes sepan, incluso, si se lo permite, antes de que el autor sepa. En ese sentido he escuchado a lectores de policial decir que Edipo Rey es el primer policial y que Hamlet es un policial y que la Biblia es un policial y que Crimen y Castigo es un policial, etcétera, etcétera, etcétera. Al festival de Muerte en los rieles le siguieron otros muchos festivales negros, Santiago Negro, Barcelona Negra, éste que me trae a Potosí; cabe destacar que los festivales negros son los festivales más divertidos y a los que concurre mayor cantidad de gente, pero entre tantas invitaciones yo sigo preguntándome por qué. No se trata sólo de festivales, en varias oportunidades estuvieron preguntándome ¿tenés algún cuento policial para una antología?, y la verdad no lo tenía pero me puse a buscar entre los que había escrito y encontré uno que con cierta reescritura podría incluirlo.

También me pidieron de distintos periódicos que vaya a juicios reales en Argentina donde hayan matado a alguien para ver cómo se movía el supuesto asesino; yo les decía: pero no puedo porque se van a dar cuenta de que soy yo; pero me dicen, le damos una peluca para que vaya y pueda escribir. Hay un problema con los periodistas, y es cuando llega un momento en que una noticia policial que tiene mucho interés para la gente, si no tiene certeza de lo que tiene para decir, ya no puede seguir escribiendo, en cambio el escritor va y sigue escribiendo y hace hipótesis sobre los posibles caminos que pueda haber tomado.

Cuando escucho entre determinado escritor que no es autor de novela policial y acaba de sacar una novela que lo es, me pregunto si encuadrarse dentro del género fue una decisión del editor o del sector del marketing de la editorial; alguno se lo he preguntado y se declararon igual que yo en este malentendido, de todos modos creo que el mundo de lo policial se amplió y que ya no todos los textos responden a la pregunta clásica: quién lo mató y por qué. Por ejemplo que para mí, es más que interesante decir que el ganador del Premio Dashiell Hammett de Novela Negra del Festival de la Semana de Guijón 2015, Carlos Zanón, y de su novela Yo fui Johnny Thunders, es una novela básicamente de personajes, fraccionada, cada capítulo cuenta a uno de esos personajes, y lo hace maravillosamente con escenas inolvidables, y ¿quién es el asesino en esta novela?, todos, ninguno, pero sobre todo Barcelona, la ciudad donde transcurre la acción. Hay un personaje que se llama Shanti que dice: qué hace esta ciudad con la gente. Un inmigrante tratando de sobrevivir en esa ciudad a pesar de que cree que lo mejor sería volver a casa y olvidar que existe algo como Barcelona en el mundo. Porque la función del género, como dice Daniel Link, un crítico argentino en El juego de los cautos, pasa, y de ahí su interés por las formas en que intenta resolver la contradicción de lo social. Y si de eso se trata pertenecer al género, yo entonces como Zanón, me siento adentro del género. Y vuelvo a sentirme dentro del género, cuando Link pregunta: “¿qué hay en el policial para llamar la atención de historiadores, sociólogos, psicoanalistas y semiólogos?” Nada, apenas una ficción, dice, pero una ficción que desnuda el carácter ficcional de la verdad.

También me siento muy incluida en el género cuando distintos autores lo definen a partir de la estructura. Borges habló del valor del policial al rescatarlo del caos para volver a la estructura clásica del principio, medio y fin; o Link que afirma que el policial es además el modelo de funcionamiento de todo relato, articula de manera espectacular las categorías de conflicto y enigma, sin las cuales ningún relato es posible. El hecho de que el policial se articule siempre a partir de una pregunta, es porque se espera que plantee consecuencias importantes, tanto en el aspecto de las opciones de lectura, como respecto de la verdad del discurso.

Pero cuando más dudas tengo es cuando la inclusión de mis novelas en el género policial es respecto al delito. Casi no hay delito en mis novelas en el sentido legal, jurídico o penal de la palabra. Según la RAE, delito es quebrantamiento de la ley, acción u omisión voluntaria o imprudente penada por la ley. En muchos de mis libros esto no aparece, pero mis personajes no son inocentes y creo que la clave es pensar qué ley quebrantan, ¿cuál es la ley no escrita, en un código, que tienen que atravesar en su camino de antihéroes? Sus crímenes no son de otro tipo, son cuestionamientos éticos o acciones vergonzantes o actitudes mal vistas por la sociedad pero no delitos. Pablo, de Las grietas de Jara, no cometió ningún delito pero oculta que sabe que Nelson Jara está enterrado debajo de uno de los edificios que construyó su estudio de arquitectura; Inés Pereyra, la protagonista de Tuya, no recurre necesariamente a algún delito al contar que su marido dejó que se hundiera el cuerpo de su secretaria en un lago después de que muriera accidentalmente. Ética, moral, delito, crimen, parecen separados por líneas muy endebles. En Una suerte pequeña, mi anteúltima novela, la mujer que accidentalmente mata a un chico al pasar las vías del tren, es juzgada por su entorno como si hubiera cometido un delito, cometió un error, pasó una vía del tren por las barreras bajas que hace tiempo no funcionaban y que todo el pueblo pasaba, se detuvo el auto y el tren los arrolló, ¿cometió un delito? Sus vecinos creen que sí, los padres del colegio a donde va su hijo creen que sí, su marido cree que sí y eso la lleva a tomar una decisión extrema: abandonar a su hijo; tal vez entonces sí comete un delito o no, ¿abandonar a un hijo es delito? Juzgar a alguien con una vara más exigente que la propia justicia hasta degradarla como persona ¿es delito? ¿Quiénes son buenos y quienes son malos en esa novela? Tal vez no todos los lectores responden de la misma manera, eso sería el mejor escenario, porque ciertos textos plantean más preguntas que respuestas, y sobre todo tratan de ponernos en el lugar de cualquiera de los juzgados, que podamos ser ellos.

Suspenso, relato de romance clásico o muerte, todo eso me surge dentro del género policial. No escribo voluntariamente novela policial, pero sé que es imposible alejarme de ella sobre todo cuando vuelvo a este párrafo de Chandler que él escribe en un libro que se llama El simple arte de matar: “el escritor de asesinatos realista describe un mundo en el que los gánsters pueden gobernar naciones y casi gobernar ciudades, en el que los propietarios de hoteles y restaurantes de moda han obtenido su dinero regenteando prostíbulos en el que una estrella de la pantalla puede trabajar para la mafia y el afable vecino de al lado ser el jefe una red de apuestas ilegales. Un mundo en el que un juez con la bodega repleta de bebidas de contrabando puede mandar a alguien a la cárcel por tener una botellita en el bolsillo; donde el alcalde de la ciudad puede haber perdonado asesinatos por dinero; donde nadie puede pasar por una calle oscura porque la ley y el orden son cosas de las que hablamos pero de las que nos abstenemos de platicar; un mundo en el que puedes presenciar un atraco a plena luz del día y ver a los atracadores para luego desaparecer rápidamente entre la multitud, en lugar de decírselo a nadie, porque a lo mejor los atracadores tienen amigos con largas pistolas o la policía no le guste tu testimonio y de todos modos los abogados de la defensa le permitirán denigrarte y difamarte en mitad del juicio ante un jurado de solemnes imbéciles y con las mínimas interferencias posibles por parte de un juez nombrado al lado de los políticos”. A esta cita de Chandler le quiero sumar una del argentino Marcelo Figueras: “a menudo siento como lector que casi todo el policial actual transcurre, a pesar se induce a tecnología contemporánea y se mencionen noticias frescas, en un mundo paralelo donde no se registró el impacto de Hiroshima, del genocidio nazi ni tampoco del perpetrado entre nosotros. Por supuesto hay muchos personajes con pasado de represor, pero se trata del esquema creado por los maestros del género; un mecanismo que ya no debería servirnos porque la perspectiva de Hammett, Chandler, y sus discípulos, sería hoy ingenua, ya no podemos alegar que vivimos en un sistema infectado por la corrupción; la corrupción más bien es el sistema. Nos tocó más suerte en el sitio exótico y poco privilegiado donde el occidente progresista ya no es verosímil; por eso mismo me pregunto, dado que habitamos en una avanzada de nuevo orden donde los poderosos del orden ya ni caretean ni exigen su despotismo con impudicia, ¿no habrá algo rutilante que podamos aportar al género negro?, quiero decir, ¿no deberíamos estar a la altura de la vanguardia en esto de contarle al planeta cómo se escriben policiales en el mundo del revés?”.

Mientras el mundo siga así, difícil que escriba otra cosa que novelas policiales por muy poco que me lo proponga. Mi última novela, Las maldiciones, no puede decirse que sea una novela policial en sentido estricto, pero hay un muerto; como transcurre en el mundo de la política a ningún personaje le importa quién lo mató ni por qué, sino si ese cadáver debe ser ocultado o traído a escena por el rédito que otorgue, y hay políticos corruptos y hay perversión y hay una ciudad maldita, yo creo que dirán que es policial y creo que es policial, a pesar de que no sea estrictamente respondiendo al quién lo mató y por qué (…)”.