Madre solo hay una: Capítulo I

Madre solo hay una: capítulo I

Por Sr. Violencia

20 de Octubre 2018

I

Su nombre era Ernesto Castañón y sabía que moriría en los próximos minutos.

Su cuerpo era dolor.

De sobrevivir, pasaría varios días en el hospital, recuperándose de las lesiones internas y externas que tenía, quedaría tuerto de un ojo, tendrían que ponerle dientes nuevos, reconstruirle el rostro y tendría daño permanente en hígado y riñones. No sería una buena vida.

Estaba amarrado a una silla roja y de metal, con publicidad de la refresquera, que estaba sujeta al piso. Las muñecas le dolían. Se las había lastimado al intentar liberarse del alambre recocido con el que lo habían inmovilizado, siendo imposible. Se las lastimó aún más cuando empezaron a golpearlo con saña. Le metieron una reverenda madriza por un par de horas, sin parar. La boca le sabía a sangre, ya ni tenía fuerzas para escupir, la sangre fluía libremente, resbalando por la barbilla y goteando por su pecho.

Todo él era dolor.

Los hombres que lo habían estado golpeado estaban tomando un descanso. Ernesto no sabía cuánto más duraría toda esa tortura, solo esperaba que terminara pronto.

La puerta por donde lo metieron a rastras, antes de amarrarlo a la silla, se abrió una vez más. Uno de los golpes recibidos en el rostro, le había dado en la oreja, reventándole el tímpano, era por eso que apenas pudo escuchar las pisadas. No necesitaba adivinar quién era, ya lo sabía a la perfección.

—Pero no te pudiste estar quieto, —dijo la voz, caminando hacia él— tenías que cagarla, como siempre, como durante toda tu vida —agregó, parándose detrás de Ernesto. Quien, aunque quisiera, no podía girar la cabeza— te di chance, te di trabajo, pero como siempre, te ofrecen la mano y tu agarraste pie y todo lo que puedes, echando a perder cualquier oportunidad, es por eso que no dejaras de ser un pobre pendejo —hubo una pausa —, es por eso que te va a cargar la chingada —la voz amartilló la pistola que había sacado de su saco en la pausa anterior, para ponerla sobre la cabeza de Ernesto con fuerza.

Ernesto cerró los ojos, aceptando su destino, admitiendo, sin decirlo, que sí, la había cagado, había visto abundancia y no pudo contenerse al disfrutar de ella al máximo. Tal vez su error había sido…

La voz apretó el gatillo, la bala salió impulsada por la explosión de la pólvora contenida en el casquillo, atravesando el cráneo de Ernesto, interrumpiendo su último pensamiento.

El diámetro de la salida del proyectil, que se había fragmentado cuando golpeó el hueso del cráneo, no fue mayor a los cinco centímetros. Más que suficiente para que Ernesto dejara de respirar de inmediato. Quedándose inmóvil, amarrado a la silla.

—Ya saben donde dejarlo —dijo la voz a los hombres que no habían perdido detalle a todo lo sucedido mientras que se guardaba la pistola en el lugar de siempre.

Los hombres desamarraron al bulto, que cayó cual costal de papas sobre la lona a un costado de la silla.

Así fue como acabó la miserable vida de Ernesto.

 

 

Información y blog del autor: https://srviolenciablog.wordpress.com/sr-violencia/