La psicología del sicario en la narco-narrativa

El sicario en la narconarrativa

Por Marcos David González Fernández

No sería ninguna hipérbole aseverar que la realidad siempre supera a la ficción. En lo que a la literatura se refiere, también es innegable que el género negro en países de habla hispana como México, ha venido ganando adeptos desde los tumultuosos tiempos de Rafael Bernal y su novela El complot mongol de los años sesenta, lo que significa que se ha vuelto un género de suma importancia no sólo para representar la realidad en la que estamos inmersos, sino para tratar de entenderla también

Esta representación de la violencia a través de las distintas manifestaciones y reproducciones culturales como la literatura, el cine o la música ha dejado al descubierto la disección de una figura central e imprescindible para la narco-narrativa: el capo de la mafia, pero sobre todo de esa oscura figura que se ha convertido en su brazo ejecutorio: el sicario, un personaje a través del cual se entretejen las historias más encarnizadas de crimen.

Desde el punto de vista de la psicología, el sicario es un personaje arrojado con violencia al escenario en el que se desarrolla la funesta naturaleza de su trabajo, pues a través de los distintos instrumentos para recolectar información, se muestra como un sujeto que ha sido arrancado de su entorno social desde una temprana edad, y que ha renunciado a su infancia de manera abrupta para llevar a cabo tareas que distan mucho de ser inocentes.

Por lo regular, dicho entorno social está limitado por las carencias que caracterizan la falta de elección en este tipo de sujetos, pues no siempre está en sus manos la posibilidad de cambiar su realidad. De estas carencias deriva el inminente resquebrajamiento de la base de valores en los que se debería cimentar la convivencia social, ya que por lo regular se trata de escenarios en los que la autoridad encargada del orden público está, si no ausente, prácticamente suprimida por la hostilidad que representa el crimen organizado.

Así, este niño es sistemáticamente adiestrado no sólo para ser despojado hasta del último vestigio de humanidad que pudiera llegar a albergar, sino que también es iniciado en el manejo de las armas de fuego con fines tan particulares como mezquinos y manipulado para combatir en las disputas territoriales de su patrón, quien lo ha reclutado de manera obligatoria recluyéndolo en una prisión de ciega obediencia.

Al desarrollarse en un ambiente completamente delictivo en donde la violencia, el delito, la infracción, el crimen y el asesinato son el común denominador, el sicario se va convirtiendo en una figura emergente en las sociedades como la nuestra, presa de una constante guerra no sólo con las autoridades del orden sino con sus rivales dentro del crimen organizado, con quienes pelean encarnizadamente, ya no al margen de la sociedad sino dentro de sus límites.

A grosso modo, la figura del sicario nos va arrojando distintos matices de su personalidad, sumamente sociopática, pero tan necesaria para llevar a cabo su tarea, su menester cuya naturaleza es tan difícil de concebir para el grueso de la sociedad. Como esta figura emergente va ganando cada vez más importancia, es necesario explicar las razones por las que esto es posible.

El género noir, tan en boga en países de todo el mundo independientemente de su condición social, ofrece al lector una especie de “estetización” de la violencia como una alternativa que funcione como catarsis. El lector se acerca a este tipo de historias con el fin de tratar de sublimar la violencia que actualmente vive la sociedad y que lo bombardea constante e incesablemente a través de los distintos canales informativos veinticuatro horas al día. En este caso la novela negra, más que presentar la realidad en la que está inmersa, la representa, invitando al lector a ponerse en la piel del lobo y a contemplar la problemática desde otros puntos de vista.

El sicario, además, en el ejercicio de su ominoso oficio, ha llegado a suprimir todo atisbo de la culpa que debería dejarle el hecho de ejecutar una orden, y, sobre todo, a una persona. Sin embargo, esta inmunidad ante la compasión y la empatía con el resto de la humanidad resulta también necesaria dentro de su abyecta profesión, ya que de lo contrario sería tal vez incapaz de sostener la naturaleza de su oficio.

Más no es únicamente el dinero lo que impulsa al sicario, sino que también cabría pensar en la ramificación de una serie de emociones primordiales, tan básicas como el miedo en su más puro estado: el miedo a su patrón, corporizado en el castigo psicológico y físico que implicaría echar a perder un trabajo. Y por otro lado, cabría analizar también la ira con la que ejecuta sus órdenes. Una ira que bien podría explicarse a través del mecanismo de defensa conocido como desplazamiento que no es otra cosa que la redirección de un impulso agresivo hacia una persona o cosa, y que pudiera estar relacionado con la ansiedad que le genera el hecho de no tener ningún tipo de control sobre sus decisiones, como si de un mero artefacto se tratase.

En la literatura noir es el escritor quien nos ofrece una ruta hacia el abismo que implica la figura del sicario como un instrumento de violencia, de dominación, y por supuesto, de destrucción del tejido social como el que vivimos actualmente, es él quien tiene que desenredar sus características psicológicas. La tropelía con la que actúa, el escarnio que lo caracteriza, la impunidad con la que se sale con la suya lo convierte en una figura sombría pero también central para el desarrollo de la novela negra, que invita al lector a sumergirse en un mundo oscuro con una brújula moral resquebrajada.

La novela negra y la narco-narrativa resultan entonces un género de inestimable importancia para reflejar la realidad que nos rodea, al situarnos en un contexto social determinado, pero al mismo tiempo inacabado: un ensayo de la realidad que nos envuelve y en cuyas vicisitudes estamos innegablemente inmersos. Quedamos, pues, acechados por esta figura tan emergente como prolífica, que parece reunir la maldad y el desasosiego en su forma más cruenta: el sicario.