Madre solo hay una: Capítulo II

Capítulo II

Su nombre era Felicitas Castañón, y había días en que odiaba su vida. Odiaba que estuviera cansada desde el despertar. Este era uno de esos días. En cuanto abrió los ojos le dolió el ojo derecho. Lo tocó con cuidado, dándose cuenta de que todavía estaba hinchado. No era la primera vez que sucedía. Ya sabía que lo hinchado duraría un par de días más y el subsecuente moretón tardaría al menos un par de semanas en desaparecer por completo.

Cuando se sentó en la cama, la espalda le dio otro recordatorio de que ya había cumplido sesenta años, ya nada era igual. Lentamente, soportando la punzada de dolor en la zona lumbar, se puso de pie. Felicitas medía 1.80 metros de altura, en su juventud un par de centímetros más, y pesaba poquito más de 100 kilos. El doctor le decía que tenía que bajar al menos diez, para evitar esos dolores que le aquejaban en las articulaciones. Ella insistía que no estaba gorda. A veces le gustaba hacerte pendeja a sí misma.

En el camino al baño se detuvo brevemente en la habitación de su hijo, el primogénito, Ernesto, hombre de 40 años, más o menos su misma estatura y unos 30 kilos menos de diferencia, muy parecido a su difunto esposo Ernesto padre. La cama estaba vacía, sin destender, justo como ella la había dejado dos días atrás. El mismo día en que terminó con el ojo en las condiciones en las que estaba, además de un par de moretones en el cuello y el hombro cuando Ernesto perdió el control y se le fue encima. Cosa que sucedía comúnmente cuando él regresaba a la casa luego de un par (o más) de días de borrachera.

– Que jodida me veo – se dijo, acercando el rostro al espejo, viendo detenidamente el ojo y las consecuencias del puñetazo de su hijo, además del moretón que provocaron los dedos de Ernesto en el cuello y por último el moretón en el brazo, del puñetazo que le dio con mala puntería, para su buena suerte–, cabrón – le dijo a un ausente Ernesto.

Luego de abrir la llave de agua caliente de la regadera y mientras salía con la temperatura deseada, se desnudo con calma, soportando los malestares del cuerpo viejo y golpeado. Volvió a observarse al espejo, sus senos, antes turgentes y copa D, ahora caídos, desgastados luego de haber tenido dos hijos; su vientre un tanto hinchado, lleno de estrías que nunca desaparecieron; en el borde del peluche púbico, la cicatriz que tampoco desapareció de la cesárea de Edgardo, el hijo menor, que se había salido de la casa apenas cumplió los 18 años y que veía un par de veces al año. Hombre inteligente y honesto, que nunca había probado gota de alcohol, padre responsable de dos hijos. El sueño de toda madre.

Soltó un suspiro de decepción al darse cuenta que la gravedad había hecho efecto y que no había nada que pudiera hacer para tener el cuerpo y condición física que llegó a tener en su juventud.

Se metió a bañar, tallándose con insistencia, como si así se quitara de encima el alcoholismo de Ernesto. Como si así pudiera resolver los problemas que aquejaban su vida y la de su hijo. Como si así lo ayudara por fin, a convertirse en un ser de bien, y no en el pinche borrachín abusivo que era. Felicitas salió más deprimida de la regadera de lo que entró.

Se vistió poniéndose la camisa de fuerza que era el sostén, que contenía a sus niñotas doble D, para usar el mismo pantalón de mezclilla que le gustaba y una camisa con bordado hecho a mano que había comprado en el puesto de unas inditas. Se recogió el pelo, sujetándolo con una liga gruesa color naranja. Se puso desodorante en las axilas y un poco de perfume en el cuello.

Se vio al espejo de nueva cuenta. Lucía mucho mejor que como cuando despertó, se sentía limpia, pero los recuerditos que le había dejado su hijo no ayudaron para hacerla sentir mejor. Prefirió ya no esforzarse y seguir con lo siguiente.

Se preparó el desayuno, tratando de seguir la dieta que le había puesto el médico, reduciendo grasas, sales, picantes, irritantes y demás cosas que para ella eran esenciales en su comida, ya que sin ellos sabía regacho. Más insípida que su propia vida.

Estaba terminándolo cuando escuchó las campanas de la capilla de la colonia llamando a misa.

– Hace mucho que no voy, tal vez sirva de algo – se dijo, mientras se ponía de pie para poner el plato y vaso en el fregadero junto con los demás trastes usados – cuando regrese me pongo a lavarlos – agregó, apagando la televisión que había encendido para hacerle compañía con algo de ruido dentro de la casa, y así no sentirse tan sola.

La capilla estaba en eterna construcción, como lo había estado desde que llegaron a la colonia un par de décadas atrás luego de la trágica muerte de Ernesto padre, buscando un lugar más pequeño donde vivir, donde no fuera muy cara la vida y pudieran sobrevivir con la pensión que ella recibía. La capilla se había establecido en un baldío donado por el gobierno y con la poca cooperación que obtenían de los colonos, se comenzado a construir. Solo que parecía que nunca la terminarían. Apenas un par de años atrás lograron comprar la campana con la que se anunciaban las misas.

Cuando Felicitas llegó a misa de la hora del ángelus, vio muy poca gente, amas de casa, madres y abuelas principalmente, que no tenían trabajo fuera de sus casas. Felicitas se sentó hasta la fila de atrás, lo más alejada de todos que se pudiera. No quería que la vieran en esa profunda depresión que la estaba consumiendo.

Al término de la misa Felicitas se acercó al cura, un hombre joven, de unos treinta años más o menos, según cálculos suyos.

– Hola padre – dijo Felicitas sonriendo lo mejor que podía, que no era mucho.

– Hola hija, ¿en qué puedo ayudarte? – preguntó el cura sonriendo de oreja a oreja.

– Necesito confesarme – dijo Felicitas con urgencia, empezando a jugar con sus uñas, a quitarse la mugre inexistente debajo de ellas, maña que tenia siempre que se ponía nerviosa por algo. Por algún motivo, sentía vergüenza al respecto de lo sucedido con Ernesto y el quería hablarlo por primera vez con alguien ajeno. Algo que nunca había hecho desde que Ernesto se convirtió en un alcohólico mala copa con ella.

– Híjole, no tengo confesionario, pero vente, vamos a mi oficina – dijo el cura, señalando la parte trasera del podio donde estaba la mesa de madera, donde se llevaba la mayor parte de la misa.

Felicitas lo siguió.

La oficina no era más que una mesa de plástico con unas pocas cosas encima. El cura se sentó en una silla, invitando a Felicitas a sentarse en la otra.

– Ahora sí, dime que sucede – dijo él – pero primero, dime tu nombre – interrumpió, justo cuando Felicitas se disponía a contar su historia.

– Felicitas Castañón – respondió ella, de forma un tanto tímida, muy contraria a su manera de ser.

– Felicitas. Bonito nombre – dijo el cura en actitud paternalista, tratando de hacer entrar en confianza a la mujer que tenía enfrente, más alta que él, y sin poder evitar verle el chicharrón doble D lo más discretamente posible. Afortunadamente para él, Felicitas mantenía la mirada baja. Definitivamente algo malo le pasaba – dime, ¿qué te acongoja?

– Pues verá padre… – dijo dispuesta, una vez más, a contar su historia.

– Dime Jacinto – volvió a interrumpir –. Nunca he sido fan de los títulos formales. Prefiero que me digan por mi nombre para así poder entenderlos. Estar al mismo nivel – dijo el mamilas del padre en un gesto de egolatría pura.

– Está bien, Jacinto – dijo sintiéndose un tanto rara al respecto pero respetando al cura.

Felicitas empezó a contar su pesar con pelos y señas. No se calló nada en absoluto. Que si Ernesto era un borrachín de cuarta; que estaba de zángano viviendo todavía a sus cuarenta años con ella, quesque pa cuidarla y que nada le faltara. Nomás le faltaba paz mental y tranquilidad, ya que hasta eso Ernesto no le había quitado un solo peso de su pensión. Pero ella no sabía dónde conseguía el dinero para sus pedas porque nunca había tenido un solo trabajo estable en toda su vida. Siempre brincaba de un lado al otro. También le contó que no lo había visto desde hacía tres días, luego de haberse ausentado por otros tres días, solo para aparecerse en la casa completamente borracho, acompañado por los mismos amigos borrachales como él, uno chaparro y otro alto, cuyos nombres no recordaba y que siempre lo seguían.

Cuando terminó de hablar Felicitas no pudo evitar que un par de lagrimas corrieran por su rostro, y las limpió rápidamente en cuanto sintió cómo bajaban por la mejilla. No se sintió mejor, como hubiera esperado. Es más, se sintió peor. No peor, sino pior, que es más gacho. Hubo un momento de silencio. En lo que todo se calmaba, el cura había puesto los codos sobre la mesa, apoyando la cara sobre las manos. Meditando o haciéndose el que meditaba, pensando en qué decirle a la acongojada y deprimida Felicitas.

– Los caminos de Dios son misteriosos – soltó el cliché–. Él tiene un plan para todos nosotros y no nos queda más que aceptar su decisión, eso nos llevará a la gloria, al paraíso y a la vida eterna a su lado – agregó, empezando el rollo mareador teológico, demostrando que no tenía ni idea de cómo proceder o qué decir, que no tenía experiencia alguna fuera de su sotana y su pequeña capilla –. Tal parece ser que Ernesto es tu cruz, como la cruz que cargó Dios Hijo por las calles de Jerusalén, y así, con ese peso en tus espaldas, al final de tus días serás liberada de tus pecados por Dios Padre, junto con Ernesto – terminó su diatriba comeflores religiosa, esperando tal vez un aleluya como mínimo. No recibió nada.

Felicitas estaba confundida, ella esperaba que el cura le dijera cómo darle unos zapes a Ernesto para que por fin captara cómo estaba la onda con la vida y que se empezara a comportar como la gente decente, consiguiera trabajo, novia y se largara por fin de su casa, dejándola sola y en paz. O que tal vez le dijera que le mandara a Ernesto para que le diera él unos zapes. Lo último que esperaba era que le soltaran ese rollo mareador sadomasoquista, pidiéndole que aguantara que su hijo primogénito le diera de madrazos cada que quisiera y no dijera ni pío.

– Está bien – dijo todavía confundida, poniéndose de pie –. Gracias.

Sin más, se fue de la oficina y de la iglesia. Mientras caminaba de regreso a casa, no muy lejos de la capilla, seguía pensando, sin tratar de sacar un mensaje oculto dentro del choro que le soltó el cura, sino más bien dándose cuenta que el haber ido con él no había sido tan buena idea después de todo. Cuando dio la vuelta a la manzana, de frente a su casa, vio que no estaba sola, que una patrulla de la policía federal estaba estacionada enfrente,  cosa que llamó su atención y que la hizo olvidar todo lo que pensaba. No sabía qué estaba pasando y  es que al ver a la policía en este país, cualquiera se asusta. Trataba de calmarse pensando que tal vez vendrían por alguno de los vecinos, que resultaron ser unas lacras o pior. Nunca se le ocurrió pensar que la estaban esperando a ella.

Respirando hondo en un par de ocasiones, siguió caminando, evitando voltear hacia el interior de la patrulla, a pesar de sentir la mirar de los oficiales que estaban dentro de esta.

Se detuvo frente a su puerta, sacando las llaves del pequeño monedero que siempre traía. Allí también tenía un par de billetes y morralla, además de su credencial para votar y tarjeta de débito, donde le depositaban la pensión mes con mes, y por último otra tarjeta donde estaba la figura de San Judas Tadeo, con una oración en la parte trasera.

Mientras intentaba abrir la cerradura,  que se atoraba a cada rato y uno tenía que darle de patadas a la puerta para que se destrabara, los oficiales, ambos dos, bajaron de la patrulla. Felicitas los vio de reojo y sintió ñáñaras en el occipucio y las falangetas. Eso la hizo ponerse nerviosa, batallando todavía más con la pinche cerradura que no se dejaba abrir.

– Disculpe – dijo uno de los policías, con las manos sobre el cinturón donde portaba las esposas, el gas pimienta y su pistola.

Felicitas se detuvo en seco, empezó a sudar frío por todos lados: la frente, las axilas, debajo de las bubis y en la raja del culo. Se giró lentamente para enfrentarlos. Era más alta que ambos policías. Aun así, temblaba como perro chihuahueño.

– Dígame – respondió ella, teniendo que aclarar su garganta ya que la respuesta salió con gallo incluido.

– ¿Usted es la señora Felicitas Castañón? – preguntó el mismo policía, mientras que el otro se paraba a su lado, con la misma actitud, ambos serios mirándose entre ellos en más de una ocasión. Sabían algo que Felicitas desconocía por completo.

– Sí, a sus órdenes – respondió ella, empezando a sentir las rodillas de hule y que los calzones se le deslizaban lentamente hasta los tobillos y de regreso a sus nalgas.

– Este… – dijo el policía, sacando su celular, leyendo algo en la pantalla, luego de quitarle la contraseña y abrir una app – ¿Usted conoce al señor Ernesto Castañón? – preguntó.

Cuando escuchó por parte de los policías el nombre de su hijo, sintió un inmediato dolor de estómago. Las ganas de descargar todo lo comido en los últimos años le llegaron de repente además de una punzada en la cabeza, del lado de la oreja derecha, que la hizo parpadear en varias ocasiones y escuchar un intenso silbido en ese oído. Eso no significaba buenas noticias. Todo indicaba que sería una pinche tragedia griega. Casi. Ella no se lo cogía.

– Si, es mi hijo mayor.

No se atrevió a decir más. Simplemente no pudo. Las palabras se le quedaron atoradas en la garganta, causándole una cuasi asfixia. No podía respirar debido a ellas.

Hubo una pausa, un silencio casi total, como si todos en la cuadra, en la colonia, en la ciudad esperaran lo que los policías tenían que decir a continuación. Y estos, por lo mismo, no querían decir nada. Hasta que al fin tuvieron las fuerzas necesarias. Fue de boca del mismo policía que había estado hablando todo ese tiempo.

– Lamentamos decirle que hemos encontrado un cuerpo sin vida que se ajusta a la identidad de Ernesto Castañón, y requerimos de su presencia para identificarlo – dijo el policía, para inmediatamente voltear a ver a su compañero con cara de ¿no la cagué, si lo dije bien?, para luego volver la mirada a la mujer.

Felicitas cayó de rodillas al piso.