Madre solo hay una: Capítulo 3

Capítulo 4

Un par de horas después de que Felicitas regresara de misa y se topara con un par de policías afuera de su casa que la esperaban para darle la segunda peor noticia que había recibido en sus sesenta años de existencia en este mundanal mundo mundial (por si se lo preguntan, la peor noticia fue cuando quedó viuda, luego de que Ernesto padre muriera al ser aplastado por una locomotora, cuando esta cayó al foso donde estaba el puente giratorio de locomotoras en el taller de trenes donde trabajaba). Felicitas entraba a las oficinas del SEMEFO, donde fue llevada para reconocer y, de ser él, reclamar el cuerpo de su hijo, quien llevaba el nombre del papá, Ernesto, en una tradición que persistía en el país y que a veces perjudicaba en vez de ayudar.

Se requirió ese par de horas para calmar a Felicitas luego de escuchar la noticia. El mundo se derrumbó dentro de ella, como dijera la vieja y ya desconocida canción. Cayó al piso, la vista se nubló, la garganta se cerró, el corazón aceleró y el dolor aumentó en general. No sabía qué pasaba con ella, tampoco los policías que la veían completamente sacados de onda. No lloraba, no decía nada, solo estaba en el piso de rodillas, apoyándose con las manos, como si quisiera hacer algo, pero no hacía nada. Los policías se vieron entre ellos, como tantas y tantas veces habían hecho en todo el tiempo en que habían trabajado juntos y luego como pareja, sin saber qué hacer o decir.

La ayudaron, con algo de esfuerzo de su parte, a ponerse de pie, logrando abrir la puerta de la casa y entrar, para llevarla a sentarse en el sillón de la sala, junto a la televisión, que le servía de compañía cuando Ernesto se ausentaba, que era muy seguido. Le sirvieron agua en un vaso, para que se recuperara. Fue como una tormenta de verano, una ráfaga de aire, cuando Felicitas empezó a respirar agitadamente, hiperventilándose, mareándose, para luego llegar al llanto, que subió y subió de intensidad. Los policías entendieron y comprendieron lo que sucedía sin decir palabra, aunque en cualquier otra situación, ambos estarían de acuerdo en que era una pinche vieja dramática.

Cuando la tormenta pasó y la calma llegó, al menos a niveles tolerables y manejables, pudieron poner a Felicitas en la patrulla y llevarla al SEMEFO, donde la pusieron frente a una ventana de cristal. Del otro lado estaba una camilla de acero inoxidable con un cuerpo cubierto por una sabana, que en una esquina tenía el logo del Seguro Social, de donde se la habían robado.

Felicitas estaba custodiada por los dos policías que fueron a su casa, además del doctor encargado de atender a los dolientes que iban a buscar a sus parientes. Del otro lado del cristal, un enfermero dispuesto a quitar la sabana para que pudieran ver el rostro del occiso que ya falleció.

El doctor le dio una señal al enfermero, que con toda calma y ceremonia, le quitó la sabana a Ernesto mostrando su rostro. Ahí estaba él, sin vida, ya pálido y frío. Del otro lado del cristal, en el pasillo, estaba Felicitas, que lo vio fijamente. El rostro golpeado, con los parpados cerrados; no se le veía que le faltara el ojo izquierdo o los dientes en la boca, Estaba muy limpio, con la barba un poco crecida. La parte superior de la cabeza estaba cubierta con una toalla, tapándole el pequeño agujerito de cinco centímetros de diámetro por donde salió la bala, partes de cráneo y la mayor parte del cerebro de Ernesto.

Felicitas se apoyó en el vidrio, como queriendo traspasarlo cual fantasma, para poder estar cerca de Ernesto, que a pesar de ser un borrachín mala copa golpeador de madres, seguía siendo su hijo. Felicitas le estaba llorando como magdalena. Los policías se vieron entre ellos al notar que felicitas empezaba a llorar de nuevo, y pensaron en sus adentros: Aquí vamos otra vez, chale.

Una vez más, Felicitas terminó en el piso, con un llanto lastimero, llorando como nunca lo había hecho. La depresión que, si de por sí ya la tenía sintiéndose de la chingada, ayudó a que no solo llorara, sino que berreara inconsolablemente, y las lágrimas rodaban por el rostro, combinándose con los mocos que también fluían. Tanto el doctor como los policías dejaron que Felicitas se desahogara por unos minutos, antes de volver a levantarla y llevarla a la sala de espera, que estaba con casa llena. Todos los voltearon a ver mientras la sentaban en una de las bancas de múltiples asientos y de aluminio brillante, compradas a un sobre costo en una tranza hecha entre el director de compras con su primo y su empresa fantasma. Esperaron a que se calmara para poder continuar con los trámites de reclamo del cuerpo. Que si necesita original y 2 copias, que si hay un representante de una funeraria privada y otra de gobierno, que si la policía, que si burocracia. Sería una tarde pesada y cansada y dolorosa y demás etcéteras relacionados para Felicitas.

Afortunadamente para Felicitas, Edgardo, el hijo menor, el orgullo de la familia, apareció en escena, acompañado su fiel y amante esposa, Marisela, siempre pegado a él como si fuera una garrapata o una sanguijuela. Felicitas la odiaba a muerte, el sentimiento era mutuo. No había una explicación a ciencia cierta de por qué se odiaban ambas mujeres —tal vez por el simple hecho de ser mujeres—, solo ellas lo sabían y tal vez ni ellas. Los presentes sintieron la tensión que sucedía entre ambas.

Cuando Felicitas vio a Marisela dejó de llorar, santo remedio que ni el doctor o los policías habían logrado en sus malos intentos de consolarla. Amarrose los ovarios y los lagrimales, Felicitas se enderezó, lanzándose a los brazos de Eduardo, su hijo, quien, más bajo de estatura que ella, tuvo que pararse de puntitas para poder abrazar a su madre.

– ¿Qué pasó? – preguntó Eduardo, con los ojos vidriosos, luego del abrazo inicial que se extendió por un par de minutos.

– Tu hermano – dijo con angustia, con sufrimiento y dolor en el alma, que dolía más que los madrazos que Ernesto le daba al calor de la borrachera – lo mataron.

– No mames – fue la reacción de Eduardo – ¿Cómo, cuándo, dónde? – nomas le faltó preguntar quién y con qué.

– No sé – respondió entre sollozos – la policía nomás fue por mí a la casa y me trajeron para que viera el cuerpo – agregó ignorando por completo a una Marisela que sujetaba del brazo a su esposo, en un acto de puros celos.

– ¿Dónde está? – volteando a ver para todos lados.

– Por allá – señalando el pasillo por donde la habían llevado a la ventana de la sala donde estaban los restos de Ernesto.

Eduardo fijó la vista en el doctor que había estado junto a su madre cuando llegó, para acercarse a él. Intercambiaron algunas palabras, Eduardo siguió al doctor, dejando a Felicitas con los policías y Marisela, que de haber tenido se hubiera mordido un huevo, para tomar el valor necesario para acercarse a su suegra y abrazarla, como si realmente la quisiera y significara algo para ella.

– Lo siento mucho – dijo Marisela, todavía abrazando lo que alcanzaba a abarcar de la gran humanidad de Felicitas. Su cabeza le llegaba a la altura de las bubis de su suegra, sintiéndose, ambas, incomodas al respecto.

– Muchas gracias – dijo Felicitas.

Ambas mujeres ya no volvieron a cruzar palabra, se sentaron una al lado de la otra. Marisela solo esperaba el momento en que regresaran a casa, nada más que ese momento tardaría en llegar, y tendrían que pasar a lo mejor un par de noches en la casa de Felicitas —el horror, la pesadilla— si por ella fuera, pagaba habitación en hotel, aunque obvio Eduardo no la dejaría. Mientras, Felicitas se hundía más y más en la depresión. Sentía como si se estuviera encogiendo, haciéndose pequeña, pequeña, perdiendo todo lo que la hacía ser ella misma, perdiendo hasta las ganas de vivir. Se sentía de la chingada.

Eduardo regresó, aún acompañado por el doctor.

– No te preocupes mamá – dijo él, hincándose momentáneamente, frente a una Felicitas que veía el suelo – yo me encargo de todo.

Eduardo y el doctor volvieron a desaparecer, empezando todo el proceso burocrático y moche de mordidas incluido para apresurar el proceso de entrega del cuerpo de Ernesto.

Habrían pasado veinte minutos, cuando un hombre de traje barato y cansancio sobre los hombros por el exceso de trabajo y poco descanso entró a la sala de espera, se acercó a Felicitas, que seguía en la misma actitud que duraría varios días, si no es que empeoraba. El hombre, moreno, estatura mediana, un poco pasado de peso y con aliento a cigarro y garnacha callejera tenía el nombre de Ramón Galindo y pertenecía al honorable puerco de polecia.

– Buenas tardes – dijo en un ritmo robótico. Dicho tantas veces que ya le fastidiaba, era por eso que luego a todos les parecía que él siempre estaba enojado y no quería tratar con ellos. Era la parte fastidiosa del trabajo – ¿usted es la señora Felicitas Castañón?

Felicitas, con calma, totalmente desinteresada, levantó la vista, ante la mirada de desesperación de Marisela y de Ramón por igual ante la actitud.

– Sí – contestó ella, con un tono tan bajo que nadie la alcanzó a escuchar. Todos se acercaron, entre los policías, Marisela y Ramón, queriendo captar lo dicho como si se hubiera colgado en el aire.

– ¿Qué? – Dijo Ramón, levantando la voz – no la escuché – con ese único tono de voz que tenía.

– Sí, lo soy – volvió a decir, al menos ahora haciéndose escuchar.

Justo en esos momentos, volvía a aparecer Edgardo, los trámites, aunque no terminados, seguían un paso firme y sin tropiezos.

– Hola – dijo él, viendo con curiosidad al nuevo.

– Buenas noches – respondió, estoy buscando a la señora Felicitas Castañón – agregó.

– Es mi madre, ¿en qué puedo ayudarlo? – dijo, tomando el control de la situación, cosa que agradeció Felicitas de manera silenciosa.

– Soy el agente Ramón Galindo. Me acaban de asignar la investigación del asesinato de Ernesto Castañón. Me informaron que su madre había sido traída para la identificación del cuerpo. ¿Ya hizo eso? – preguntó, pasando sobre Edgardo, viendo hacia felicitas que ya había regresado a su estado depresivo.

– Si, ya hizo eso, yo también, ahora estamos en los trámites para reclamar el cuerpo y poder darle cristiana sepultura – dio un paso lateral, encarando a Ramón de nueva cuenta. Ambos eran de la misma estatura, con un par de centímetros de diferencia, dependiendo del calzado que estuvieran usando. En ese momento, Edgardo era más alto por sus botas.

– ¿Usted quién es? – preguntó, sonando mas a ofensa que a pregunta legitima.

– Soy Edgardo Castañón, hermano del occiso e hijo menor de Felicitas – respondió con autoridad, tratando de tener el mismo tono que Ramón.

– Necesito que ustedes dos se presenten en el ministerio público para rendir sus declaraciones, para deslindar posibles responsabilidades.

– ¿Esta insinuando que nosotros matamos a Ernesto? – preguntó, haciéndose el ofendido.

– No estoy insinuando nada. Es para que rindan su declaración y dejar de ser considerados sospechosos – respondió del mismo modo, mintiendo un poco.  Eso de dejar de ser sospechosos era hasta el momento en que se atrapaba al culpable, sin importar que luego se diera el clásico carpetazo.

Parecía competencia de ver quien tenía la pistola mas grande, típico juego de poder entre hombres.

– ¿Tiene que ser ahorita? ¿No podría ser algún otro día? – preguntó, volteando a ver el estado de Felicitas, que seguía sumida en su lugar, completamente perdida de lo que sucedía a su alrededor. – digo, nomás vea como esta mi madre, no está en condiciones para poder contestar preguntas.

– Sé que es un momento difícil, pero es algo que se tiene que hacer, no son mis reglas – dijo Ramón, sin dejar muchas opciones a Eduardo – y entre más pronto se realice mejor, si no, no podemos empezar a trabajar – una mentira más, porque lo que quería él, era ya terminar con esa orden del día, llevarlos a que se presentaran y poder largarse a descansar. Había sido una semana muy pesada, no solo por el trabajo, y parecía que no quería terminar. El mal humor se le notaba a flor de piel.

– Está bien, solo permítame unos momentos para lograr convencerla – dijo Edgardo volviendo a señalar a Felicitas.

– Los que necesite – dijo él, dando un paso atrás, respirando profundamente, esperando que los momentos fueran en singular y en una medida mínima de tiempo.

Varios minutos después —en los que Ramón vio como es que hablaba con Felicitas, que no daba su brazo a torcer, ante la atenta mirada de fastidio de los policías y de odio de Marisela— Felicitas se paró, y arrastrando los pies, empezó a caminar, seguida por todos los demás, excepto el doctor, que se había ido a seguir con sus obligaciones.

Afortunadamente para Felicitas y los demás, el ministerio publico había tenido el buen tino de poner una pequeña oficina anexa dentro de las instalaciones del SEMEFO, donde uno podía rendir su declaración y no tener que perder tiempo en ir a las oficinas que estaban bastante retiradas.

Ahí Felicitas pasó un par de horas, hablando en voz baja y con nada de ganas, fastidiando a todos. Sí, había sido una tragedia familiar, aunque quienes conocían a Ernesto hubieran dicho que no se merecía tanto llanto y desganas de vivir, ósea, deprimirse tanto por alguien que no valía la pena y que más que otra cosa, había sido una carga etílica en la vida de Felicitas.

Ella contó una vez más toda la experiencia: las borracheras, las golpizas, el abandono, etc. Toda una tragedia griega. No sabía donde había estado Ernesto los últimos cuatro días, excepto por un par de horas en que él se pasó de lanza una vez más, poniéndole un ojo morado y provocándole varios moretones.

Y ya encarrilado el gato, pos aprovecharon y Marisela y Edgardo también dieron sus declaraciones, que requirieron menos tiempo, ya que ellos no vivían en la misma ciudad que Felicitas y Ernesto.

Ya entrada la tarde, Felicitas salió del SEMEFO, acompañada por su hijo Eduardo, Marisela, los policías que no se habían despegado de ella en todo momento, además de Ramón.

– Como ya les había dicho – dijo el policía, a modo de despedida – yo estaré a cargo de la investigación, les dejo mis datos por cualquier cosa relacionada al caso – aclaró, no quería confusiones y llamadas estúpidas en medio de la noche. Les dejó una tarjeta donde aparecía su nombre, un par de teléfonos y un correo electrónico.

Se despidió de Marisela y de Eduardo, y se llevó a los policías con ellos.