Madre solo hay una: Capítulo 4

Capítulo 4

Edgardo tomó a Felicitas y acompañado por Marisela, se fueron a la funeraria donde velarían el cuerpo de Ernesto, todo organizado por Edgardo, ya que la condición de Felicitas ‘taba pal perro, casi estado catatónico. Antes de llegar, hicieron escala en un restaurante donde sólo Edgardo y Marisela comieron algo, cosa que no habían hecho en todo el día, desde que salieron de su casa en la mañana. Felicitas no quiso ni bajarse del carro, quedándose ahí, lamiéndose las heridas, remordiendo el dolor de su alma, abrazando su depresión con toda la intensión de no dejarla ir; aprovechando el estar solos, Marisela le reclamó a su marido.

– No sé para qué nos estamos quedando si ya está todo solucionado – dijo ella, haciendo jetas, bastante molesta, en verdad que le incomodaba la presencia de Felicitas, aumentando la bilis derramada a cantidades industriales con la actitud amargada de su querida suegra.

– Es un asunto de familia y es algo que tiene que hacerse – dijo él con calma, ya acostumbrado a los berrinches de ambas mujeres que se sucedían cada que se veían, una de las principales razones del por qué se habían cambiado de ciudad – aguántate hasta mañana en la mañana y nos vamos en cuanto Ernesto esté en la tumba – agregó, con la esperanza de que esa explicación fuera suficiente.

– Yo sigo insistiendo en que no debimos venir – volvió a quejarse.

– Es algo que tiene que hacerse – volvió a decir, con la intención de dar punto final a la discusión – ¿ya le hablaste a tu hermana para ver cómo están los niños? – preguntó, cambiando de tema.

La plática se desvió hacia el estado en que se encontraban los dos hijos, un niño, el mayor, y una niña, la menor, que se habían quedado bajo el cuidado de una de las hermanas de Marisela. Todo bien hasta el momento.

Al llegar a la funeraria, el cuerpo de Ernesto acababa de llegar, se había reservado una de las salas pequeñas donde todo estaba dispuesto para la velación. Unas pocas sillas y servicio de café estaban esperándolo.

Sentaron a Felicitas en la primera silla, la que quedaría frente al ataúd.

Media hora después de que Ernesto llegara, al igual que los demás, apareció vestido con su traje de madera, uno muy modesto, no merecía más, en palabras de su hermano, quien había pagado por todo.

Ernesto estaba en la caja rodeado por cuatro cirios que despedían una pequeña y delgada flama, casi imperceptible columna de humo, ayudando a manchar de hollín el techo blanco de la sala. Felicitas al verlo volvió al llanto lastimero, que se alargó durante varias horas, siendo consolada en un par de ocasiones por Edgardo y Marisela, obligada por el marido.

Fue en palabras del encargado de la funeraria, el velorio más depresivo que le hubiera tocado en toda su vida. Sólo unas pocas personas se aparecieron en el transcurso de la noche, en especial al principio y final de ésta, los familiares fueron los únicos que estuvieron ahí todo el tiempo. Ernesto no tenía muchos amigos y los pocos no se aparecieron, como tampoco era querido por mucha gente, misma que ni se enteró de su muerte. A tal grado de abandono se llegó que ni una jarra de café se acabó en toda la noche.

A la mañana siguiente, en cuanto el sol apareció, un sacerdote llegó para darle la última despedida a un Ernesto que aparte del bautizo, nunca se había parado en una iglesia.

Subieron el ataúd a una carroza fúnebre y acompañados sólo por el carro de Edgardo y el del sacerdote, que estaba estrenando carro ese año, gracias a las generosas aportaciones de los feligreses de su capilla, que dieron puntualmente su diezmo, llevaron a Ernesto al cementerio municipal, donde también estaba su padre.

Un puñado de tierra y una flor fue lo único que Felicitas lanzó al ver el ataúd con Ernesto dentro al bajar a tierra.

Todavía ayudada por Edgardo, Felicitas fue finalmente llevada a su casa, donde por fin pudo descansar.

– Será mejor quedarnos un rato – dijo Edgardo, ayudando a su madre a sentarse en el mismo lugar de siempre – para ver que no te pase nada – agregó. Ninguno de los dos pudo ver la expresión que Marisela puso al escuchar las palabras dichas por el amor de su vida.

– No, estoy bien – dijo Felicitas con voz baja, pero firme.

– No mamá, no estás bien – dijo Edgardo, frente a ella – necesitas estar acompañada al menos unos días, en lo que todo esto pasa – agregó.

– ¡Estoy bien! – el volumen de voz aumentó – ¡no soy una niña chiquita que necesite de cuidados especiales! – levantando la cabeza, viendo a su hijo con esos ojos vidriosos y rojos llenos de dolor y angustia.

– Pero mamá… – intentó refutar.

– Pero nada – Felicitas se puso de pie, en un movimiento que siempre había asustado a Edgardo, ya que su madre le sacaba al menos diez centímetros en la altura y era un movimiento amenazador que ella siempre hacía cuando estaba molesta y los madrazos y chanclazos aparecían, era el momento de retractarse de cualquier pecado y poner los pies en polvorosa – ¡ya te dije que no soy una niña chiquita, que puedo valerme perfectamente por mi misma! – dijo estando ya de pie. Nomás le faltó decir Fee–fi–fo–fum o algo por el estilo.

– Está bien mamá, como digas – dijo Edgardo dando un paso atrás, aumentando el espacio que los separaba – entonces nos vamos ya – agregó, dando la media vuelta viendo a Marisela, quien no necesitó que le dijeran dos veces lo mismo para darse la vuelta y correr al carro con una sonrisa en el rostro y sin el peso en los hombros.

Edgardo volteando lentamente a ver a su madre en un par de ocasiones, como perro regañado que es sacado de la casa, caminó a la salida seguido de cerca por su madre, quien no quitaba la mala cara, conocedora de sus efectos.

– Entonces – dijo, esperando que su madre diera marcha atrás respecto a quedarse en casa unos días, como no hubo cambio, no le quedó más remedio que seguir hablando – nos vamos, cualquier cosa que necesites me hablas, no importa la hora, ¿estamos? – agregó.

– Está bien.

– Te quiero ma… – no terminó la frase porque Felicitas le cerró la puerta de un chingadazo. Edgardo se dio la vuelta para caminar hacia el carro. No estaba enojado, sabía lo que hacía.

– ¿Por qué te ofreciste a que nos quedáramos? – preguntó fúrica Marisela al subir al carro.

– Porque sabía que se iba a poner de malas, quiere estar sola y que nadie le dé lata – respondió con seguridad Edgardo, poniendo punto final a la discusión. Iban de regreso a casa, ya no había necesidad de hacer berrinches – no te preocupes, sé exactamente lo que hago – pisó el acelerador.

Felicitas vio partir a su hijo menor, ahora estaba sola, completamente sola.

Regresó a sentarse en el mismo lugar de siempre, de frente a la televisión. Por momentos se quedó viendo fijamente el aparato apagado, la pantalla negra, completamente negra. Así se sentía ella, que nada salía de su mente, de su corazón, la razón para vivir se había ido, Ernesto, la viva imagen de su padre, del amor de su vida, el único hombre que amó y amaba y al que le entregó hasta el anillo de bodas (no sean mal pensados) había sido brutalmente asesinado.

Se quedó sentada en el mismo lugar, con míninos movimientos por largas horas, que para ella le parecieron unos minutos, el hambre nunca apareció, al igual que la sed.

El tren de su pensamiento la llevó lejos, tan lejos que se le mostraron imágenes e ideas de lo más pior que su mente pudo construir, imágenes de cómo pudieron haber asesinado a Ernesto, de todas las torturas a las que pudieron haberlo sometido y de cuáles fueron sus posibles pensamientos en su último momento. Pensamientos que hicieron sufrir a Felicitas todo ese tiempo que exprimió sus lagrimales cuantas veces pudo. En algún momento del día se dio cuenta que tenía más de 24 horas despierta, lo único que se le ocurrió fue ir a dormir, intentarlo al menos.

Al despertar se puso de pie, sintiendo las piernas entumidas, fue primeramente a la cocina, donde se sirvió agua en un vaso para beberla con desesperación, como náufrago a punto de la deshidratación absoluta. Fueron 2, 3, 4 vasos los que bebió, hasta considerar que estaba satisfecha, del hambre ni lo pensó, no tenía.

Emprendió el camino hacia su recámara. Pasando inevitablemente frente a la habitación de Ernesto, no resistió la tentación y entró para sentarse en la orilla de la cama, viendo alrededor recordó que Ernesto vivió en esa habitación la mayor parte de su vida, habiendo sufrido ésta muchas remodelaciones, como cambios de color entre otras cosas.

Durante algunos años Ernesto vivió acompañado de Edgardo, días de muchos juegos, peleas y secretos, éste último cubrió sus pecados no diciendo nada, dejando que el vicio llegara para establecerse, como cuando salía con ese par de amigotes que tenía, los de toda la vida, los que le enseñaron a beber, los que seguían visitándolo para llevárselo y regresarlo en estado inconveniente. En ese primer momento Felicitas sí pensó en ellos, pero ese pensamiento no pasó más allá, ya que fue cambiado por otros más, como el hecho de haber quedado embarazada, Ernesto de bebé, Ernesto de niño, y varios más por el estilo.

Con cuidado se acostó en la cama, apoyando la cabeza en la almohada que se sumió debido al peso de la cabeza. Un olor conocido llegó a la nariz de Felicitas, era el olor de Ernesto, de su loción, desodorante, champú, su propio sudor, entre otras cosas. Hundió la nariz en la almohada, no sólo un olor más concentrado entró a ella, sino que también se vio inundada por un montón de recuerdos que surgieron de lo más profundo de su mente, provocando una vez más el llanto. Continuó así mientras un nuevo tren de pensamientos partió, con un centenar de ellos, de recuerdos, principalmente de todos los muchos o pocos momentos felices que tuvo con su hijo, el primogénito, su luz más bella, aquel que debió convertirse en el orgullo de la familia. Las lágrimas volvieron a correr hasta que el cansancio fue demasiado, sumergiendo a Felicitas en un profundo sueño en cosa de unos cuantos instantes.

La dormidera no duró mucho tiempo, malos sueños, pesadillas, imágenes de Ernesto se hicieron presentes casi de inmediato, además de que la depresión la despertó diciéndole: No mija, yo requiero de muchas horas de insomnio, de mal dormir, de cansancio, entre otras cosas. Orale, pa’arriba.

No se levantaba, simplemente se quedaba acostada dando vueltas y vueltas, buscando aquél que no volvería a aparecer, que era el sueño, la tranquilidad, la alegría en su vida.

Tardó al menos un par de horas en levantarse, quedando sentada a la orilla de la cama, con la almohada entre sus brazos, volviendo a repasar la recámara una y otra vez, haciendo que el tren del pensamiento del día anterior volviera, a donde ella era feliz con su hijo, con su matrimonio, donde nada de lo sucedido los últimos veinte años había pasado, donde ella estaba rodeada de una familia feliz. Se la pasaba vagabundeando por la casa a oscuras y en silencio, encendiendo la televisión, buscando al menos un sonido conocido que no escuchaba.

Eso se convirtió en rutina, quedarse dormida en la cama de Ernesto, abrazando su almohada, la cual todavía tenía su olor, el mismo olor a champú que había usado en la última década, el único que le gustaba y controlaba el eterno problema de caspa que tenía.

Las ganas de todo desaparecieron, apenas comía, apenas tomaba agua, igual el baño y aseo personal. Así como el de la casa, que poco a poco se fue llenando de malos olores, pinchi descuidada que se estaba poniendo Felicitas, nomás le faltaba empezar a adoptar gatos pa’ tener el cuadro decadente completo.

Pero fue en un momento cuando ese tren se detuvo en una pequeña estación, donde los únicos pasajeros eran Juan Manuel e Israel, los amigos que Ernesto tuvo en vida y que fueron los mismos que lo indujeron al vicio del alcohol y de ahí pal real, los cuales echaron a perder su vida por completo, además de los que lo rodeaban, Felicitas incluida.

Fue un momento de lucidez, momento en que su mente adormilada y deprimida despertó. Y eso requería entrar en acción.