Identidad femenina en la narrativa negra

En metro de Nueva York en los 70. Fotografía de Camilo Jose Vergara.

Por Scarlett Ramírez

Cuando recién comencé mis estudios literarios pensaba y repensaba qué era la literatura y, principalmente, qué y a quiénes escribía la literatura. Imaginaba personajes grandes de la talla de Don Quijote o Sancho, Ulises, Gregorio Samsa, Dorian Gray, Hamlet, El Lazarillo de Tormes, Dante, El Principito, El Gran Gatsby, Meursault, Sherlock, que aunque no pertenecieran a la misma corriente, género o tradición destacaban por una característica en común: eran varones. Crecí leyendo Pedro Páramo de Juan Rulfo y Macario de B. Traven, después conocí a Edgar Allan Poe y a Lovecraft, leí a Joe Hill sin saber que era hijo de Stephen King y en medio de mi desarrollo y crecimiento literario (que no sólo se atribuyó a los autores y obras mencionadas) me pregunté, ¿y dónde estás las mujeres? Fue ahí cuando constaté que se me había privado o limitado de conocer personajes femeninos de la talla de Ana Karenina, Emma Bovary, Beatriz, Celestina, Lady Macbeth, Alicia, Julieta, Scherezade, Miss Marple, Lolita y que, de la misma forma, mi campo formativo había hecho a un lado a las autoras del gran despliegue de las obras literarias. Al menos así sucedió conmigo, mis profesores me habían mantenido en secreto el gran significado de la identidad femenina en el mundo literario.

Conforme pasaron los años fui alimentando mi creciente curiosidad sobre la identidad femenina, y eso que aún no estaba de moda el feminismo. Leí La vuelta de los muertos (1870) de Vicente Riva Palacio y desarrollé un análisis sobre la configuración del personaje femenino; Isabel de Paz, una india mexicana de 16 años situada en 1524. Seguido me encontré Desengaños amorosos (1647) de María de Zayas, en donde jovencitas de 14 años eran ya cortejadas por hombres mayores y obligadas a contraer matrimonio. Revisé Las mil y una noches y encontré a Scherezade contando historias cada que se ponía el sol para postergar su muerte y la muerte de otras mujeres a manos del Rey. Me dije, bueno, realmente quiero centrar mi interés en el personaje femenino, pero no quiero que lo que llegue al lector sea una imagen de una mujer sumisa que adolece, quiero que lo femenino represente, signifique y trascienda. Cuando caí en cuentas, ya me estaba preguntando, ¿quién escribe esa identidad femenina y por qué la escribe? Los más leídos eran autores varones que reconocían la importancia del papel femenino y, a su vez, llegaron a la difusión obras de grandes autoras que demostraban que el mundo femenino estaba lleno de significado y que quienes más podían entenderlo eran ellas. Destaco a Rebecca Miller, Simone de Beauvoir, Zora Neale Hurston, Margaret Mitchell, Virginia Woolf, Jane Austen, Helen Fielding, Rosario Castellanos, Cristina Rivera Garza, Amparo Dávila, Ana Clavel, Liliana Blum, etc.

Me percaté de que el personaje que estaba buscando no se había escrito en el siglo XIX y que probablemente no se había escrito aún, así que decidí acercarme a un género distinto, que seguramente sí había sentado las bases de una nueva visión de lo femenino: la novela negra o novela criminal. Ésta también tenía su historia con respecto al género y conforme los años pasaban el significado de sus personajes estaba también sujeto al cambio. Autoras importantes tomaron las riendas de la escritura del criminal y representaron personajes únicos y memorables, entre ellas: Agatha Christie con Miss Marple, Phillys Dorothy James con la investigadora Cordelia Gray, Ruth Ware con la periodista Laura Blacklock, Anne Perry con Charlotte y su esposo Pitt, Dolores Redondo con la policía Amaia Salazar, Alicia Giménez Barlett con la famosísima Petra Delicado, entre otras. Consecuentemente tomé como referente y decidí enfocarme en lo escrito en México y en Latinoamérica, principalmente porque los países latinoamericanos tenían una tendencia al machismo desde tiempos de la Conquista (Riva Palacio), e imaginar el contraste de los años representado en la literatura daría mucho a la reflexión y a la crítica. Sobre esto comenta Rosa Van-Grieken Gonzáles y Adriana Fonseca Bonilla en su artículo “Un recorrido por los arquetipos de mujer presentes en la literatura latinoamericana” que:

“lo femenino siempre ha tenido un rol importante no sólo en la familia o en las transformaciones sociales, sino que, siendo una parte importante de la realidad e inspiración para muchos escritores, los personajes femeninos han desempeñado papeles muy significativos en la cultura.[1]

 Con la obra Rafael Bernal, El Complot Mongol (1969), se escribió Martita, personaje sublime y sencillo con gran significado, que además rebelaba la cara de la esclavitud en un país desconocido, el soborno y con ello la sumisión. Sin embargo, ya en la literatura algo nuevo se estaba gestando, Jorge Ibargüengoitia dio la visión de un país grotesco y realista. En su obra Las muertas (1977) ve nacer a dos personajes femeninos crudos: las hermanas Balandro, dos proxenetas que desarrollan su negocio en Guanajuato y “sintetiza el terror que produjo una nota roja en la opinión pública nacional e internacional durante los años cincuenta y sesenta”. Paco Ignacio Taibo II escribe a la periodista Olga Lavanderos, quien rodeada de un espectáculo social corrupto e ineficiente se dedica a hacer justicia. Las letras estaban reformulando el ideal femenino plasmando una realidad que no estaba tan lejos de parecernos familiar. Élmer Mendoza mimetiza, en su saga sobre el Zurdo Mendieta, la figura de la mujer sinaloense de altas esferas del poder en la jefa del Cartel de narcotráfico más grande de México, Samantha Valdés. Bernardo Fernández Bef escribe en su saga que comienza con Hilo negro (2011) a Andrea Miganjos, una detective poco femenina, ruda y grandota. También, a su vez, escribe a su contra parte Lizzy Zubiaga, líder del Cártel de Constanza. Orfa Alarcón escribe a Fernanda, novia de un jefe de sicarios, en Monterrey. Juan José Rodríguez crea a Carolina Lady Metralla (2017) y afirma que “No es fácil ser mujer en México y más en un entorno tan agresivo como éste. Hay muchas cosas que hay que compartir y entender más allá del lugar común y el juicio que hacemos a quienes les tocó ese crispante laso de la vida”[2].

En este punto es evidente que los estereotipos de la mujer sencilla y sumisa se han roto y la ideología de la sociedad mexicana reconoce que todo está en constante cambio. Sin embargo, comenta Luis Felipe Lomelí en su artículo “Los personajes femeninos: crónica de una igualdad inacabada” que “la literatura adolece de personajes femeninos memorables. Mejor dicho, la literatura en español. Más aún, no sólo están ausentes los personajes memorables sino que incluso nuestra literatura falla a la hora de intentar relatar nuestra realidad femenina a través de la historia”[3]. Todo lector reconocerá a estos dos personajes femeninos icónicos de la narrativa criminal: Rosario Tijeras de Jorge Franco y Teresa Mendoza “La Reina del Sur” de Arturo Pérez Reverte, e identificará en ellos elementos básicos de su estructura, como por ejemplo la caracterización física, psicológica, espacio-temporal y discursiva. De esta construcción se han ayudado las interpretaciones televisivas de estos dos personajes y a la par han creado los arquetipos perfectos para dejar legado al resto de los autores que se inserten en el género criminal y que siguen escribiendo al personaje femenino. Entonces, ¿quién le dará realce a la construcción de los personajes femeninos y cómo?

Dentro de esta postura, logré discernir y reconocer la autenticidad de la obra específicamente de Élmer Mendoza, gran amigo de Pérez Reverte y, a su vez, considerado el padre de un subgénero que aún está por determinarse: la “narcoliteratura”. Dicha temática está en realce debido a la gran problemática actual del narcotráfico en México y como legado de la narrativa del Norte. Reconocí en el discurso del autor una particularidad muy marcada en las cinco novelas que corresponden al detective Edgar “El Zurdo” Mendieta, su interés y predilección por los personajes femeninos. Mendoza es testigo fiel de su región y deja en claro su cercanía con las mujeres. El Zurdo, policía ministerial, es acompañado a lo largo de la saga que comprende Balas de plata (2008), La prueba del ácido (2010), Nombre de perro (2012), Besar al detective (2015) y Asesinato en el parque Sinaloa (2017) por su cocinera personal, Ger; se involucra en el amor con Susana, la madre de su hijo Jason; se enfrenta constantemente con Samantha Valdés, su antagonista y tiene como mano derecha a Gris Toledo.

Alrededor de sus obras giran personajes femeninos que representan y significan desde el contexto: Paola Rodríguez y Mariana Kelly fungen como punto culminante del desarrollo de la capisa Samantha Valdés; Mayra Cabral de Melo, subordina la historia de amoríos que representa la vida de Mendieta y Daniela Ka logra entrever la relación del poder entre el narco y el periodismo. Uno de los personajes claves y de mi interés especial para lograr identificar el referente en torno a la identidad femenina es Samantha Valdés, quien a lo largo de la saga crece como personaje y se define por medio de otros personajes, quienes la describen y referencian como una mujer que lucha por reconocerse en un ambiente masculino y patriarcal a través de su atractivo corporal y su carácter único y rebelde. Samantha es una mujer líder, auténtica, madre, quien vive el duelo y es capaz de lidiar con él. A pesar de no ser protagonista, porque bien podría serlo, este personaje retoma el arquetipo de mujeres como Teresa Mendoza, Camelia la Texana y Rosario Tijeras y se define en un espacio de violencia y crimen. Estas interpretaciones de la mujer a lo largo del género en la literatura han construido los estereotipos actuales que encontramos principalmente de la mujer norteña: “esta mujer que asume poder y control dentro del narco no es sino la continuidad del poder y control que tradicionalmente ha tenido la mujer norteña por medio del matriarcado.[4]

El personaje femenino es un medio de significación del empoderamiento femenino, es la representación de una época de modernidad. A través del personaje femenino las mujeres redefinen su identidad, su cuerpo deja de ser visto meramente como un objeto sexual y se escribe una nueva historia del género. Cada autor ha logrado construir la realidad por medio de las letras y mimetizar los rasgos femeninos de la manera más certera. Samantha es uno de los claros ejemplos de cómo se ha dejado atrás la imagen de las mujeres artificiales para dar paso al vigor del surgimiento de imágenes basadas en la propia realidad, en las que la construcción psicológica y discursiva deja entrever características humanas en los personajes representados.

 

[1] Van-Grieken González, Rosa y Adriana Fonseca Bonilla, “Un recorrido por los arquetipos de mujer presentes en la literatura latinoamericana”, I Simposio de literatura estudiantil del instituto educativo María Montessori.

[2] https://www.sinembargo.mx/26-08-2017/3289590

[3] https://ladobe.com.mx/2013/10/los-personajes-femeninos-cronica-de-una-igualdad-inacabada/

[4] Olvera, Ramón Gerónimo, “Tres elementos que sustentan el prefijo del narco”, Solo las cruces quedaron, México: Ficticia, 2013, pp. 145.