Murmuró, durmió, murió: pequeña reflexión sobre el elogio al suicidio.

Nota periodística del suicidio de Pedro Armendáriz

Por Humberto Ruiz Reynaga

“Ay, esta muerte insultante,
procaz, que nos asesina
a distancia, desde el gusto
que tomamos en morirla,
por una taza de té,
por una apenas caricia”

-José Gorostiza

Alguna vez en una entrevista radiofónica, un arqueólogo del INAH comentó: “Siempre que doy alguna conferencia sobre la muerte la pregunta es una ‘¿por qué los mexicanos nos reímos de la muerte?’. Yo suelo responder, ‘no nos reímos, ¿acaso tú te reirías en el funeral de tu madre?”

Hemos vuelto héroes a los suicidas. Algunos idealizan a poetas y poetizas que han metido la cabeza en la estufa, que han escrito “vendrá la muerte y tendrá tus ojos”[1]. Y es que estos escritores han terminado su vida de una manera que algunos consideran poética.

En México, Manuel Acuña escribió su “Nocturno a Rosario” que tal vez hemos escuchado con voz de Chalino Sánchez: “Mi bien yo necesito decirte que te quiero/Decirte que te adoro con todo el corazón”[2]. Aunque tal vez el verso más famoso de este poema, leído por psicólogos y declamado por Pedro Sola, es: “los dos, un alma sola/los dos, un solo pecho/ y en medio de nosotros, mi madre como un Dios”.

Acuña también se suicidó, pero utilizó un método más eficaz: ingesta de cianuro. El cubano José Martí lloró su pérdida aún sin conocerlo: “Hoy lamento su muerte: no escribo su vida; hoy leo su nocturno a Rosario, página última de su existencia verdadera, y lloro sobre él, y no leo nada.[3]

También tenemos nuestros héroes no poetas y suicidas en el imaginario mexicano, como el joven Juan Escutia que se aventó de lo alto del castillo de Chapultepec. O como Jaime Torres Bodet, cuyo acto no opacó su prestigio de patriota, ¿quién pensaría que algunas escuelas llevarían el nombre de un suicida? La iglesia no. Hubo actores que lograron mitificar obras de teatro como “La dama de negro” tras intentar suicidarse, y Pedro Armendáriz, quien al igual que Torres Bodet tenía cáncer, se pegó un tiro con una Magnum Colt, en el Hospital de la Universidad de California.

La forma en que solemos mencionar el fin de las personas antes dichas es con eufemismos, es decir, Manuel Acuña no se suicidó, murió por desamor, Alejandra Pizarnik murió por depresión, Juan Escutia murió por la patria. Y es que resulta reconfortante para nosotros alejarnos, no pensar en el poder que tenemos de acabar con nuestras vidas. Así también resulta lógico que el Estado no ahonde en el suicidio en biografías oficiales como la de Bodet, pues de lo contrario parecería alentar a los ciudadanos a emular al biografiado. Estas parecen ser formas consientes de evitar el pensamiento y la acción del suicidio.

Durkheim analiza el tema de quitarse la vida desde un punto de vista sociológico, y su conclusión es que la acción no procede de las dificultades que el hombre puede encontrar en la vida[4]. Como ejemplo está la próspera población japonesa y los kamikazes, aviadores militares de la segunda guerra mundial que se estrellaban premeditadamente en sus objetivos; o los samuráis y su cultura del suicidio ritual o harakiri.

Otros personajes históricos que tomaban con honor el suicidio y con desdén la vejez, son los antiguos celtas, cuyas acciones también son descritas por Durkheim. Éstos, cansados de esperar su muerte en la decrepitud, y viendo que cada vez les costaba más trabajo sobrevivir, terminaban por quitarse la vida venerablemente.

Hoy, en gran parte gracias al internet, se le ha quitado ese matiz de venerable al acto de quitarse la vida. Ahora pululan bromas acerca de la muerte, gente que quiere morirse, depresiones de mentis, gente que promete no llegar a la vejez. Borges escribió que la promesa solo la pueden hacer los dioses porque son inmortales, aunque en la promesa haya algo mortal[5].

También hay personas que alaban la muerte como un ente mitológico, a manera de divinidad, como nuestros antepasados que tenían un dios de la muerte, Mictlantecuhtli, quien tenía pareja, Mictecacíhuatl. Una vez al año se hacían sacrificios en su honor.

Ahora, en cambio, dejamos de ofrecernos con honor a la mortalidad, como lo hacían nuestros antepasados. No nos reímos de la muerte de nuestra madre, pero hablamos con gracia del deseo de la muerte propia. Este tono burlesco acerca del deseo de inmolarse, parecería ser una forma inconsciente de protegernos del suicidio: lo ridiculizamos porque sabemos que dicho deseo es una farsa, que ya no somos como las civilizaciones antiguas, y entonces le damos la razón a Marx: “La historia se repite dos veces, la primera como una tragedia, y la segunda como una farsa”.

 

[1] Cesar Pavese, poeta italiano

[2] Chalino Sánchez, versión cantada de Nocturno a Rosario.

[3]José Martí. Manuel Acuña en El Federalista. 6 de diciembre 1876

[4] Émile Durkheim, El suicidio. 1897

[5] Jorge Luis Borges, The Unending gift, en Nueva antología personal. 1995