Madre solo hay una: Capítulo 5

Capítulo 4

Felícitas seguía sin dormir bien. 2, 3, 4 horas por noche en caso de que ocurriera un milagro. El resto del tiempo lo pasaba encendiendo la televisión sin verla, solo buscando el ruido que emitía, mientras seguía rumiando sus pensamientos y recuerdos de infelicidad, de muerte, de dolor, de angustia. Todos esos.

Pero ese momento de lucidez que tuvo, recordando a los amigotes de Ernesto, le ayudó a aclarar su mente. Ahora tenía un propósito, y aunque pareciera poca cosa, para ella significaba mucho. Ese objetivo era el compartir con Ramón, el policía encargado de encontrar al asesino de su hijo, la información de que Juan Manuel e Israel, los únicos amigos que tuvo Ernesto y que no tuvieron la decencia de aparecerse en el funeral, por algo seguramente, podrían saber algo al respecto de lo sucedido esa noche.

Apenas el sol daba sus primeros destellos sobre las montañas que rodeaban la ciudad, Felícitas se puso de pie, con la energía e intensidad que la caracterizaban y los dolores que la aquejaban. Se metió al baño, desnudándose, tirando al bote la ropa sucia que había estado usando durante la última semana. Ropa que ya se paraba sola, los calcetines incluso dieron un par de pasos antes de terminar en el suelo, despidiendo un aroma nada agradable. Ya lavaría y limpiaría todo cuando regresara.

Antes de meterse a bañar, levantó los brazos para darle un toque al olor que emanaba de sus axilas. Casi cae de espaldas.

– No mames – se dijo mientras respiraba, tratando de sacar ese olor de su cuerpo – cómo es posible que llegara a tal extremo – regañándose.

Ya no quiso tocar ninguna otra parte de su cuerpo, prefirió meterse al agua. Tomó una generosa cantidad de champú, la suficiente para bañar a un perro San Bernardo, para tallar con fuerza su cabello, queriendo quitar toda la grasa acumulada. Después siguió con el cuerpo, talló con fuerza toda su extensión, en especial aquellos rincones donde la mugre se acumulaba en cantidades groseras, que eran las que provocaban el mal olor. Se tallaba como si quisiera quitarse la piel de encima, tal vez meterla a la lavadora y dejarla secar al sol. Cuando terminó su piel estaba enrojecida y el jabón se había adelgazado un par de milímetros, pero, ya se sentía completamente limpia, más de lo que había estado en al menos el último par de meses.

Salió de la regadera sintiéndose mucho mejor consigo misma. Sabía que la depresión seguía muy bien estacionada en su cuerpo, mente y espíritu, pero con el baño y su nuevo propósito veía las cosas ya no tan negras como la pantalla de televisión cuando estaba apagada, las veía un poco grises, con ciertos tonos de color. La ropa limpia y con olor a suavizante ayudo un poquito más. Ya no traía ese olor agrio combinado con residuos corporales, es decir, ya no olía a pasuco.

Salió del baño a medio vestir, según su costumbre, para terminar de arreglarse en el cuarto.

Ya limpia y arreglada, viéndose como persona decente y oliendo a vainilla y jazmín, fue a la cocina. En el camino se dio cuenta de lo sucio y descuidado que se encontraba todo. Volvió a repetirse que en cuanto regresará se pondría a limpiar, dejándolo como siempre.

En la cocina, recogió un poco el tiradero, lo suficiente para poder cocinar, y se preparó un sustancioso y engordador desayuno, que devoró con ganas.

Satisfecha, por fin salió de casa. Subió a un camión y fue a la comandancia de policía, edificio que se encontraba por el centro de la ciudad, donde seguramente encontraría al policía Ramón, quien se encargaba de la investigación.

Llegó al edificio. En la entrada principal había un puesto de control y un policía detenía a todo aquel que quisiera pasar.

– ¿A qué viene señora? – preguntó el policía, sin moverse de la silla donde estaba sentado, junto a una mesa de madera y metal, mobiliario típico de dependencia de gobierno, donde había un libro de visitas y unas cosas más.

– Vengo buscando a Ramón Galindo – respondió Felícitas, sacando la tarjeta que Ramón le había dado en el SEMEFO una semana atrás.

– ¿Tiene cita con él? – agregó el policía, apuntando algo en una libreta.

– Este… seee claro, ya le hablé por teléfono, me citó aquí – mintió Felícitas, imaginándose que diciendo eso se le harían mas fáciles las cosas y el acceso al lugar.

– Está bien, ¿si sabe donde es?

– Si, no, la verdad no lo sé – dijo, para corregirse de inmediato.

– Es en el 4to piso, departamento de homicidios – señaló hacia el final del pasillo – suba por el elevador y ahí pregunte por su escritorio – agregó, regresando a su lugar.

Felícitas hizo caso, caminando por el pasillo, hasta llegar al elevador. El edificio tenía cinco pisos de alto. El elevador era ruidoso y viejo, pero cumplió con su trabajo fácilmente. Al salir de este, se topó con un pasillo igual de largo que por que el que caminó al entrar al edificio.

En medio de estas dos puertas, cercadas por un pequeño mostrador que servía como recepción, había una mujer de pelo rubio mal pintado que veía fijamente la pantalla de su celular, y que movía esporádicamente el dedo, avanzando en lo que estuviera viendo.

– Buenas – dijo Felícitas al llegar al mostrador, llamando la atención de la mujer que tardó un par de segundos en reaccionar. Parecía que lo que veía en el celular era de vital importancia para ella. Felicita estuvo a punto de asomarse, cuando la mujer levantó la vista.

– ¿En qué puedo ayudarla? – dijo la mujer, viendo con mala cara a quien había osado interrumpir su concentración.

– Estoy buscando al señor Ramón Galindo – dijo ella, tomando la misma actitud.

– Ramón no se encuentra en este momento – dijo la señorita que tenía más o menos la misma edad de Felícitas, con el mismo peso, pero menos estatura – ¿quiere dejarle un mensaje? – agregó, quién sabe si estaba enojada o amargada por siempre, pero ni se molesto en levantar la vista de su celular. Ahora sí, Felícitas se asomó a ver qué era lo que estaba viendo tanto, y notó que estaba navegando en quién sabe qué red social, donde solo veía imágenes de penes humanos. Muchos pitos y vergas y chiles y macanas y riatas y demás cosas. A Felícitas le dieron ganas de preguntarle qué página era esa y cómo contactaba a los dueños de esas cuartas de carne cruda jugosa.

– Mejor lo espero – dijo Felícitas, todavía viendo el celular de la mujer.

– Ramón no tiene hora de llegada, puede tardar todo el día– contestó ella, levantando la cara, topándose de frente con Felícitas que estaba a pocos centímetros de su frente. Ambas retrocedieron con vergüenza en el rostro. La mujer se apresuró a apagar el celular.

– No me importa esperar – dijo Felícitas, volteando, para irse a sentar a la fila de asientos, ya saben de aluminio, que estaban a un par de metros de distancia de donde estaba el escritorio de la mujer.

Felícitas se sentó, y empezó la espera.

Las horas se fueron acumulando, Felícitas seguía sentada en el mismo asiento.

– De haber sabido, me hubiera traído una revista, periódico o algo similar, o de jodido le pongo saldo al celular – pensaba, mientras se aburría como ostra, viendo la gente pasar, ir y venir.

Llegó un momento en que la mujer del mostrador agarró sus chivas y puso pies en polvorosa, ni adiós le dijo a Felícitas, a quien vio con cierta cara de vergüenza, todavía recordando el episodio de las fotos de los pizarrines.

Poco a poco el lugar se fue quedando vacio. Y Felícitas no se movió, excepto por un par de veces que se levantó y preguntó por el baño. Hasta que, luego de que el día se convirtiera en noche y las luces del edificio fueran encendidas, Ramón apareció, con su traje todo arrugado y la camisa mal fajada. Se le veía cansado y fastidiado, caminaba como si lo obligaran a hacerlo, traía un montón de carpetas bajo el brazo y unas jetotas en la cara. Pasó junto a Felícitas sin verla.

– Disculpe – dijo Felícitas al verlo pasar a su lado, poniéndose de pie. Lo dijo en voz baja, Ramón no la escuchó. Se apresuró a entrar al lugar, queriendo alcanzar a Ramón – Disculpe – volvió a decir, levantando la voz, logrando llamar la atención de Ramón. – No puede estar aquí dentro – fue lo primero que dijo el hombre al ver a Felícitas dentro de los límites de homicidios.

– Soy Felícitas Castañón – le valió sorbete la orden de Ramón – Usted me dio esto – dijo ella, sacando la tarjeta, mostrándola a Ramón, quien de inmediato puso cara de fastidio, más de lo que ya traía – me dijo que me comunicara con usted para cualquier cosa y para eso he venido – agregó Felícitas, volviendo a guardar la tarjeta en su monedero.

– Pudo haberme hablado por teléfono, evitando así el estar aquí tanto tiempo sentada – dijo Ramón, como que ya era costumbre que él estuviera fuera de la comandancia y solo regresara por las tardes/noches a rendir cuentas, haciendo esperar a más de uno por más de una hora.

– Me gusta hacer las cosas en persona, no me gusta hablar por teléfono – dijo Felícitas, lo cual era verdad, sus llamadas telefónicas no pasaban de cinco minutos, ni siquiera cuando Edgardo le hablaba una vez al mes para saber cómo se encontraba.

– Está bien, acompáñeme – dijo Ramón, luego de soltar un resoplido de fastidio. Cómo se le antojaba un cigarro y una coca bien fría, cómo odiaba que no lo dejaran echarse ninguno de los dos. Se dio la media vuelta, empezando a caminar por entre los escritorios casi todos vacios. Hasta llegar a una pequeña sala de juntas que tenia la puerta abierta y las luces apagadas – Pásele, siéntese – dijo Ramón, encendiendo las luces y señalándole una silla a Felícitas – espéreme un momento, no tardo – no dio más explicaciones y salió de la sala. Primero pensó en emprender el camino hacia su escritorio, donde estaba la carpeta de la investigación del asesinato de Ernesto, pero la vejiga le ordenó algo diferente, cambio de rumbo, y se fue al baño. Si Felícitas ya había esperado tantas horas, bien podría aguantarse unos minutos mas

En el baño Ramón vació la vejiga en un acto por demás placentero, y mientras se la sacudía, para eliminar esa gotita traicionera, pensó en que un nuevo gusto se le había antojado aparte del cigarro y la cocacola. Podría hacerlo ahí mismo, pero prefería esperar a llegar a casa, al menos ahí lo podría hacer con calma, frente al televisor. Regresó a su escritorio sin lavarse las manos, rebuscó entre el montón de carpetas de todos los casos que tenía a su cargo y que permanecían abiertos, algunos con una antigüedad de un par de meses como menos, encontró la que estaba buscando y fue hacia la sala de juntas, donde Felícitas esperaba pacientemente.

– ¿Cómo me dijo que se llamaba? – preguntó al entrar a la sala.

– Felícitas Castañón – respondió ella.

– Cierto – sí, no lo había memorizado cuando se lo dijo la primera vez y seguramente no lo recordaría luego de que ella se fuera – usted es… la madre del occiso – agregó, sentándose del otro lado de la mesa, frente a Felícitas, dejando caer la capeta, que apenas tenía unas pocas hojas y que según avanzara la investigación aumentaría, tal vez muchas, tal vez pocas.

– Sí, lo soy – lo dijo con orgullo.

– ¿En qué puedo ayudarla señora? – preguntó Ramón, viendo fijamente a Felícitas.

– Usted me dijo que lo buscara para cualquier cosa relacionada sobre el caso – dijo Felícitas en primera instancia – y creo poseer información sobre la búsqueda del asesino de mi hijo.

– Dígame – dijo seriamente Ramón.

– Pues resulta que hay dos amigos de Ernesto que siempre andaban juntos, siempre en las borracheras. No se aparecieron en el funeral, tal vez sepan algo de lo que pasó con Ernesto – dijo ella con entusiasmo y calma al mismo tiempo.

Ramón no cambio su expresión, aunque por dentro se podía escuchar una mentada de madre sonando. Siempre sucedía lo mismo, gente que se creían detectives, que creían que se las sabían de todas todas, que hasta se ponían a escribir malas novelas criminales. No podía decirles nada, ni burlase, luego se metería en problemas, como ya había sucedido en algún momento en el pasado. Simplemente hizo una pausa, mientras dejaba de gritar y contaba hasta el diez millones.

– Está bien, veamos – Ramón abrió la carpeta, clavando la mirada. Ya le hacía falta ir a ver a un oculista para que le recetaran unos lentes, ya que parecía que se iba a aventar dentro de la carpeta, estaba reciego – Ernesto Castañón… – dijo, murmurando – hasta el momento, se le hizo la autopsia de ley, donde se descubrió que en el momento de su muerte estaba intoxicado, también se encontraron rastros de un par de drogas ilícitas, además de mucho alcohol, si no lo mataban de un tiro, seguro que hubiera muerto o de una sobredosis o de una intoxicación alcohólica.

– ¿Cómo? – dijo Felícitas con sorpresa – ¿drogas? Mi hijo nunca tomó drogas, admito que sí era un alcohólico, pero nunca se metió nada más que eso.

– Señora, yo no miento, esto es lo que me dice el reporte – tomó la carpeta, para girarla y aventársela a Felícitas del otro lado de la mesa, quien pudo leer el reporte. No entendió mucho, pero sí vio una lista de sustancias encontradas en la sangre.

– ¿En qué chingados andaba metido este cabrón? – pensó Felícitas, leyendo y releyendo lo que tenía enfrente. Hasta que Ramón se estiró y recuperó la carpeta – ¿qué más han averiguado? – preguntó haciéndose la pregunta una y otra vez.

Ramón esperaba esa pregunta y soltó un resoplido antes de contestar.

– Actualmente el estado vive una ola de violencia que mantiene bastante ocupado a todo el personal de esta institución – era una excusa que había empezado a decir desde hacía un par de meses atrás, que era totalmente real – además de que los recortes de personal por falta de presupuesto han sobresaturado a los que trabajamos – agregó –, no quiere decir que no hacemos nuestro trabajo, pero no lo hacemos tan rápido como nos gustaría, pero, si gusta decirme los nombres de las personas a las que se refería para agregarlos a la lista de gentes que hay que interrogar – terminó por decir.

– Eso quiere decir que no han hecho nada – dijo Felícitas luego de un breve silencio.

– No, no es cierto – reaccionó de inmediato Ramón, no le gustaba que atacaran su trabajo, mucho o poco, pero lo hacía – ve esto, es el expediente de la investigación, es todo lo que se ha hecho esta semana – levantó la carpeta, moviéndola, para que Felícitas viera que no eran hojas en blanco o estaba diciendo estupideces – además de esta carpeta, tengo otras veinte más en mi escritorio, todas en proceso, con las mismas características que esta. Trabajo que tengo que hacer durante todo el día, todos los días – agregó empezando a enojarse, dejando caer la carpeta de golpe sobre la mesa.

– Se llaman Israel y Juan Manuel – dijo Felícitas luego de otra breve pausa, sintiéndose mal por la regañada que le acababan de poner.

Ramón apuntó los nombres en la orilla de la carpeta de Ernesto, apenas un par de nombres a quien visitar en futuras fechas. Algo era algo y un avance. La verdad era que no tenía muchas pistas. Ya había ido a preguntarles a todos los contactos en el bajo mundo, que ya no estaba tan bajo, si es que sabían algo: puros resultados negativos. Eso de pocas pistas y pocos testigos era algo común en ese tipo de casos, los relacionados con el crimen organizado, que tenían un modus operandi muy típico y que eran los casos que más abundaban en esos momentos en todo el país.

– ¿Algo más en lo que pueda ayudarla? – preguntó, recuperando la compostura.

– Me siento mal por lo dicho antes – dijo, bajando la cabeza. Ramón no dijo nada – me disculpo – agregó sinceramente.

Felícitas se puso de pie, tomó rumbo hacia la salida, seguida de cerca por Ramón, que había tomado la carpeta. Así siguieron hasta llegar al pasillo, donde estaba el escritorio de la recepcionista calenturienta.

– Por favor – dijo Felícitas girándose hacia Ramón – manténgame informada de cualquier novedad.

– Por supuesto – mintió Ramón.

Felícitas fue a casa, con la esperanza de que Ramón se comunicara en poco tiempo, que lo que le dijo sobre los amigotes de Ernesto sirviera de algo, que las noticias fueran buenas y toda la pesadilla llegara a su fin.