Roma: la celebración del espacio y el tiempo cinematográficos.

"Roma"

Por José M. Delgadillo.

Roma es la octava cinta del realizador Alfonso Cuarón y sin duda la mejor lograda tanto en forma como en contenido. Es una ficción inspirada en la infancia del director que trata sobre una familia de clase media que vive en la colonia Roma en la ciudad de México, durante la década de los 70 del siglo pasado —esto lo recrea de una manera maravillosa el director de arte, Eugenio Caballero—. La fotografía blanco y negro es impecable, y fue realizada por el mismo Cuarón como recurso narrativo vital-actual y no tanto como recurso nostálgico.  La historia parece girar alrededor de una ruptura familiar, pero en realidad el punto central es Cleo, una joven mujer indígena que trabaja como su sirvienta, y que además tiene un rol esencial en sus vidas. La película tiene muchos niveles de lectura, tanto sociales, políticos, personales, como cinematográficos, y estos últimos son en los que me voy a enfocar.

Con una historia impecable, el director retrata una realidad en México en la que encuadra un tema siempre presente en este país: las muy marcadas castas y las diferencias entre clases sociales. La película nunca cae en el dramatismo complaciente pero sí se adentra en el sentir de las mujeres que forjaron la vida del director, su madre Sofía (María De Tavira), su abuela Teresa (Verónica García) y por supuesto Cleo (Yalitza Aparicio). Las tres mujeres se enfrentan a la vida, cada una de manera muy particular. Su madre afronta la evidente separación de su esposo, la abuela siempre está presente en el desarrollo de los niños y por supuesto la protagonista Cleo, que muestra un gran cariño por esta familia, pero que también deja vislumbrar sus ganas no solo de servir a alguien más, sino de vivir su propia vida por más que las circunstancias no se lo permitan, y aunque habla poco, sus sueños y sus anhelos e inocencia están presentes siempre en su mirada.

Con una historia impecable, el director retrata una realidad en México en la que encuadra un tema siempre presente en este país: las muy marcadas castas y las diferencias entre clases sociales.

Este trabajo se presenta como la cúspide cinematográfica de Cuarón, dando muestras de todo el musculo narrativo que ha desarrollado durante su carrera, ya que por primera vez se alejó de la opresión que impone un guion y dejó que fluyan las interpretaciones frente a la cámara. Con esto logró llevar el montaje escénico al nivel más alto dentro de su filmografía, y nos mostró que en su cine ya no se trata de interpretar sino de vivir, y registrar el fluir del tiempo y con esto la existencia. Cuarón celebra y honra la noción de tiempo y espacio: el tiempo que fluye y que no se trata de controlar, sino que se rinde ante los momentos de la vida, tal y como lo mencionó Andrei Tarkovsky en Esculpir en el tiempo:

“La imagen fílmica está completamente dominada por el ritmo, que reproduce el flujo del tiempo en una toma. El hecho de que en la imagen también se observe el flujo del tiempo en los personajes sólo es un factor concomitante, pero no esencial, de hecho, la película sin personajes no se vería minada en su esencia cinematográfica”.

Esto lo podemos ver desde la primera secuencia en donde el tiempo transcurre reflejado en un espejo de agua en la que se muestra el pasar de un avión. Pero sobre todo en los desplazamientos de la cámara en los que el director entiende que el primer plano y el fondo tienen el mismo peso. Podemos ver el fluir de la vida cotidiana de estos personajes mientras la cámara hace desplazamientos que nos muestran que la vida sigue su curso, cómo en otras azoteas también hay personas trabajando, cómo por las calles deambulan los vendedores, los automóviles, una banda músicos y hasta las aves. Con esto Cuarón nos enseña que el montaje cinematográfico no es plano sino que tiene diversos espacios de profundidad que enriquecen el lenguaje de las imágenes. Esto se ha presentado en mucho del cine mexicano contemporáneo de una manera magistral en trabajos de directores como Julián Hernández, Nicolás Pereda, José Luis Valle, Amat Escalante y por supuesto Carlos Reygadas, siendo el trabajo de este último un antecedente de Roma y esta forma de celebrar el lenguaje cinematográfico: “Yo veo ahora ‘Japón’ de Carlos Reygadas y veo una película en la que de entrada él ya había entendido lo que es el lenguaje. Yo no lo había entendido, lo digo con un poco de vergüenza”.

Con esto Cuarón nos enseña que el montaje cinematográfico no es plano sino que tiene diversos espacios de profundidad que enriquecen el lenguaje de las imágenes.

Este entendimiento lo presenta durante toda la película, sobre todo los emplazamientos de cámara que hace dentro de la casa, de izquierda a derecha y viceversa, muchas veces no siguiendo el andar de los personajes sino mostrando los distintos espacios que hay dentro del lugar. Por ejemplo, hay una escena dividida en tres habitaciones, en una están los niños jugando, en otra Cleo hace el aseo y en el otro el papá y la mamá están discutiendo, todo esto al mismo tiempo, en el mismo encuadre pero en diferentes espacios. Con esto logra impregnar un sentimiento de  libertad visual que muy pocos directores logran presentar en sus trabajos.

Cuarón en Roma entiende que los niveles de profundidad en la imagen tienen un ritmo que no necesita grandilocuencias visuales, sino que tiende hacia la sencillez que supone entender la profundidad de la vida reproducida. Y con esto encuentra un camino más breve entre lo que se quiere decir y expresar y lo realmente reproducido en la imagen, que es finita.

Roma presenta escenas en las que se evoca a los recuerdos del director en niveles oníricos sublimes, que probablemente no ocurrieron de la manera en la que Cuarón nos las muestra, pero que le agregan un poder visual inigualable. Por ejemplo la escena del incendio en la que el montaje escénico pareciera desarrollarse de una manera tan libre que da una noción de realidad directa, aunada al maravilloso diseño de audio que contrasta con la aparición de un hombre disfrazado que declama unas palabras frente a la cámara enfrentando con esto la visión de un niño con la del recuerdo de un adulto.

Con Roma, Cuarón nos deja la impresión de que en una toma, el tiempo pasa de manera independiente y con dignidad propia, y que nadie, ni él mismo, lo puede detener

Y aunque la escena en el mar es de una manufactura suprema y de un simbolismo asombroso al presentar a una mujer enfrentándose sola a la naturaleza, no me quiero enfocar en ella sino en la escena final, que por un lado y de manera sublime es un homenaje de Cuarón a Cleo (Libo en la vida real),  mostrándole su cariño y respeto colocándola en la cúspide de toda la película, y que por otro presenta la conclusión de la tesis principal de Roma en cuestiones cinematográficas: la comprensión del tiempo y el espacio. Esto lo demuestra con la aparición, otra vez, de un avión que atraviesa el cielo mostrando que la vida sigue y que lo que está ocurriendo en ese momento se convertirá en memorias y en recuerdos para muchos, tal y como lo menciona el escritor Rubem Fonseca: “y si uno de estos buenos recuerdos permanece en nuestro corazón, tal vez se convierta, un día, en el instrumento de nuestra salvación”.

Con Roma, Cuarón nos deja la impresión de que en una toma, el tiempo pasa de manera independiente y con dignidad propia, y que nadie, ni él mismo, lo puede detener. Todas las ideas e imágenes que presenta se reúnen en el fluir del tiempo, y podemos sentir en la sensibilidad del cine, en su ritmo y en su espacio, una manera de trascender.