Madre solo hay una: Capítulo 6

Capítulo 4

Los días empezaron a acumularse luego de la visita de Felícitas a la comandancia de policía, cuando visitó a Ramón Galindo, el detective que se encargaría de encontrar al culpable del asesinato de su hijo mayor Ernesto.

Al ver que los días se convertían en semanas, Felícitas empezó a hablarle al detective cada vez con mayor frecuencia, que si una vez a la quincena, y luego a la semana, hasta terminar haciéndolo varias veces al día, cada que la nostalgia y la depresión la golpeaba, cada que Ernesto se aparecía en su mente, en sus sueños, porque sí, la señora empezó a hablarle a Ramón incluso entrada la madrugada. En pocas palabras, lo traía jodido.

Ramón, por su parte, en un principio, cuando las llamadas no eran tan seguido, se tomaba el tiempo de contestarle, dándole la misma respuesta que tal parecía que daría por el resto de su vida: Se está trabajando en ello, los avances son lentos, no se le ha dado carpetazo. Conforme la frecuencia de las llamadas aumentó, Ramón optó por no contestar, dejando que sonara el celular hasta mandarla al buzón de voz, donde obvio, Felícitas le dejaba recado o simplemente cancelaba la llamada.

Mientras todo eso sucedía, Felícitas tomaba acciones para poder salir adelante y no dejarse vencer por todo ese peso que estaba sus hombros y que le provocaba dolor en el alma y el cuerpo. La depresión no la abandonaba, al igual que el miedo, coraje e impotencia por todo lo sucedido. Nuevos dolores se sumaron a los ya acostumbrados, todo por el mal dormir, por pensar demasiado, por no comer bien, por todo eso que significa la depresión crónica.

Una de las cosas que empezó a hacer aparte de retomar su rutina acostumbrada de años y años, fue el resignarse a que Ernesto no volvería a casa, que no volvería a acostarse en la misma cama donde había dormido durante toda su vida.

Así que tomó toda su ropa para lavarla cuidadosamente, cosa que le llevó un par de días, para luego también con cuidado meterla en bolsas de basura, y llevarlas con una vecina que vendía ropa de segunda en tianguis sobre ruedas, de esos que andan paseándose por toda la ciudad, principalmente en colonias populares. La vecina le aceptó unas cosas y rechazó otras, sobre todo los calzones con rajita de canela ya percudida, que ni la propia Felícitas, ama y señora de remedios caseros para quitar manchas difíciles en la ropa, pudo quitar. No le quedó más remedio que tirarlos a la basura, nadie se atrevería a usar esa ropa,  sin importar lo limpia que estuviera.

Algo parecido hizo con todo lo que Ernesto tenía en su habitación, incluyendo los muebles y la cama, todo lo regaló o simplemente lo dejó en la banqueta, para que aquel que quisiera se lo llevara.

Todo ese proceso a cualquier otra persona le llevaría un par de días, tres como mucho, pero Felícitas se chutó más de una semana, porque cada cosa que tomaba era un recuerdo de Ernesto, una punzada de dolor en el pecho, en la cabeza, en todo su ser. Incontable la cantidad de lágrimas derramó. En muchas ocasiones tuvo que dejar todo para poder controlarse. En otras ocasiones, donde el recuerdo estaba bañado, ahogado en alcohol, Felícitas no podía contener el coraje y arrojaba las cosas contra la pared, rompiendo muchas de ellas. Cuando se trataba de ropa o algo semejante, pos no sucedía gran cosa.

Uno de los recuerdos que más le dolieron a Felícitas, fue el haber encontrado en el fondo del closet una caja de juguetes con los que Ernesto había jugado durante su infancia, que él mismo había guardado y que seguían en buen estado. Entre todos los juguetes estaba una locomotora de metal, de tracción, de esas que las jala uno pa’tras y sale hacia delante impulsado a toda velocidad. Esa locomotora, con los logos de los antiguos Trenes Nacionales de México, había sido un regalo de su padre. Felícitas recordaba perfectamente ese día, era el cumpleaños número seis de Ernesto y su padre llegó con el juguete. Un par de días después, Ernesto padre moriría aplastado por una locomotora igual a la que le había regalado a su hijo, solo que de tamaño normal.

Al final de la semana la habitación de Ernesto estaba vacía y limpia. Felícitas cerró lentamente la puerta, no sabía por cuánto tiempo permanecería así.