Madre solo hay una: Capítulo 7

Parte del duelo estaba completado, listo y empacado. Eso no quería decir que la depresión hubiera abandonado a Felícitas por completo, pero ya dormía un poco más y era más funcional.

Y dentro de esa funcionalidad estaba el presionar, si es que se podía más, a Ramón, para no dejar que se le olvidara que tenía que encontrar a un asesino.  Al ver que Ramón seguramente tenía bloqueado su número, el paso lógico siguiente fue apersonarse frente a él y no dejarlo en paz hasta que tuviera resultados tangibles, sin importar estar todo el día sentada esperando a que se apareciera.

Y así lo hizo, al día siguiente de que sacara las ultimas cosas del cuarto de Ernesto y de la casa en general (que si el champú, que si su tasa favorita, que si cosas por el estilo. Todo lo que en un momento dado Ernesto hubiera usado o simplemente agarrado). Eso no significaba que dejara de pensar o recordar a su hijo, simplemente quería seguir con su vida, sin aferrarse a un pasado que la tenía hundida en una de las peores depresiones de su vida. Felícitas se levantó temprano, se bañó, se vistió y desayunó como todos los días, como era su rutina diaria y así, salió de la casa. Fue a la comandancia de policía y se presentó ante el poli de la entrada, el mismo de la vez anterior y seguramente el mismo de siempre. Felícitas sospechaba que lo vería muy seguido en los días por venir.

También se presentó con la doña calenturienta que la vez anterior había cachado viendo pizarrines ajenos, sin invitar.

Empezó la espera.

Obviamente la doña, el poli de la entrada o alguien más le avisó a Ramón que Felícitas estaba esperándolo, así que no se presentó en todo el día.

Pasó el primer día, ocho horas felicitas estuvo sentada.

El segundo día, llegó más temprano y fueron diez horas.

El tercer día, alcanzó las doce horas, y Ramón seguía sin presentarse. Felicitas se estaba aplanando las nachas más que en cualquier otro momento de su vida. No importaba si le salían almorranas del tamaño de una pelota de beisbol en la cola o si se le formaban coágulos en las piernas y estos se le subían al cerebro, provocándole, como mínimo, una pinche embolia que la dejara idiota toda la vida. Ella no se movería de ahí hasta que Ramón apareciera y le exigiría resultados.

– ¡Me lleva la chingada! – dijo Ramón al ver a Felícitas correr hacia él. Se le había olvidado por completo que la vieja loca esa que lo había estado hostigando el último par de semanas estaba esperándolo en la entrada principal.

– Detective Ramón Galindo – gritó Felícitas, caminando a paso redoblado, señalándolo con el dedo índice de forma amenazadora. Ramón intentó huir, queriendo entrar con prisas al edificio – ¡No corra, no sea puto! – dijo Felícitas.

A Ramón le podían decir cualquier cosa, es más, ya estaba acostumbrado a que de Pendejo no lo bajaran, pero que le dijeran puto, eso sí que ofendía su hombría, sin importar que fuera macho calado. (Historia para otra novela, ahorita no hay tiempo, esto de las novelas por entrega sí es matado, nomás les puedo decir que fue por accidente y nunca lo olvidaría y nadie lo sabia). Se detuvo en seco, volteando a ver a Felícitas directo a la cara. Ella se detuvo a pocos centímetros de su rostro.

– Yo pensé que ya lo habían corrido de la policía – dijo ella, con calma pero exigente al mismo tiempo

– No señora, no es así, sigo cumpliendo con mi deber – respondió el de la misma manera.

– Pues así pareciera, ya que se niega a contestar mis llamadas, a pesar de que usted se comprometió a contestarlas – no quitaba el dedo del renglón, cualquiera que fuera este.

– Se lo que dije, pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa y usted abusa de mi confianza y paciencia – respondió él, con la misma intención – No sé cuantas veces tengo que explicarle como está la situación – dijo ya fastidiado, no encontraba la manera para que Felícitas lo dejara en paz.

– Cabrón huevón, si hiciera su trabajo y no estuviera poniendo pretextos, desde cuándo ya habría atrapado al hijo de la chingada que mató a mi hijo – dijo ella, levantando la voz a cada palabra dicha, con berridos a todo pulmón.

– Chingao señora, entienda, con un carajo – hizo lo mismo Ramón, tratando de acabar con la discusión. Aunque hubiera sido más fácil darle la vuelta a la mujer que tenía enfrente, que fácilmente tenía cinco centímetros más de altura y menos kilos de peso.

– A mí no me venga a insultar, policía de mierda – gritó Felícitas, dándole un empujón a Ramón, quien dio un par de pasos hacia atrás, hasta chocar contra la pared.

– Con una chingada – dijo, arrojando las cosas al piso, dispuesto a ponérsele al brinco a la mujer que lo había empujado y humillado, ya que todos los metiches de los alrededores corrieron a ver qué era lo que estaba sucediendo cuando Felícitas empezó a gritar como una loca.

Fue ella quien se le adelantó, no solo lo empujó, también aprovechó el momento en que Ramón tiraba todo, para meterle un chingadazo en medias jetas, que por suerte para él, fue con la mano abierta. Aun así fue un putazo doloroso, y Ramón volvió a retroceder, a chocar con la pared y casi caer al piso.

– Ah chingá, qué pedo, ¿Qué acaba de pasar? – se preguntó a sí mismo, tratando de mantener el equilibrio, usando cuanto recurso tenía en sus manos para evitar visitar besar el piso. Logró recuperar la vertical. Ya estaba encabronado, la etiqueta y buenos modales que siempre tenía con las víctimas de los crímenes que le tocaba investigar, todo lo aprendido en talleres y cursos de empatía y derechos humanos y todo eso que lo obligaron a llevar, se fué al caño, lo único que quería era poner en su lugar a la pinche insolente igualada esa.

Cerró los puños con fuerza, levantó la mano mostrando toda la intención de lo que pensaba hacer a Felícitas y a todos los que estaban a su alrededor. Pero, pero… vio precisamente a todos los que los rodeaban, que no solo veían, sino que grababan todo con sus celulares, incluso lo transmitían en vivo por internet en diferentes redes sociales.

Eso hizo que Ramón se detuviera en pleno movimiento. Se quedó quieto por un par de segundos, mientras tenía una cantidad barbará de pensamientos dentro de su cabeza, un número superior a lo que había pensado nunca, 2, sí, 2 pensamientos se hicieron presentes. Las consecuencias de arrimarle un madrazo a Felícitas. El 1ero fue darle el Madrazo, tirarla al suelo y darle un par de patadas, para que ya se callara, se sentiría mucho mejor, aunque claro que todo el mundo lo vería, y se irían en contra de él. Si a un pobre tipo corredor de maratones que pateó un perro casi lo linchan en la alameda central, qué no le harían a él. Su carrera estaría terminada en un tris, y tenía un chingo de deudas que saldar, no podía darse ese lujo. Mejor optó por la segunda opción, ese otro pensamiento: detenerse, contenerse, para arrestarla usando el mínimo de fuerza bruta y levantarle cargos. Seguramente ella terminaría con un hashtag como #ladycachetadas o alguna mamada que se inventaran en el internet.

– Está usted arrestada por agredir a un oficial – dijo Ramón, bajando el puño, buscando las esposas que siempre traía en la parte trasera de su pantalón, para obligar a Felícitas a ponerse de espaldas, sujetándola del brazo y poniéndole las esposas.

– Chale, creo que sí me pasé – pensó Felícitas al ver la reacción de Ramón, que estuvo a punto de madrearla. Fue un momento de furia ciega lo que la había orillado a golpearlo. No se arrepentía, pero sabía que se había pasado de lanza y por mucho. Había muchas maneras de actuar, de exigir, y esa no era una de esas. Cuando Ramón la arrestó, ella no opuso resistencia.

Felícitas fue llevada a los separos, donde estuvo encerrada durante toda la noche. Cuando se le dio la chance de hacer una llamada, ella no la hizo.

Un par de horas Felícitas fue llevada a su celda, nadie le dijo nada, el miedo se hizo presente. Muchos rumores y mitos le habían contado durante su vida, sobre los amables y sutiles interrogatorios que las fuerzas del orden llegaban a realizarle a las que metían ahí. No fue así, la metieron en un cuarto, más parecido a un closet por lo diminuto del tamaño, y la obligaron a sentarse en una pequeña silla, frente a una pequeña mesa de metal.

Ahí permaneció otro par de horas. Hasta que apareció Ramón, todavía con cara de encabronado, no muy diferente a la cara que portaba todos los días. Dejó caer una carpeta medio gorda sobre la mesa, Felícitas conocía esa carpeta. Ramón salió inmediatamente y regresó con una caja de cartón, de esas para archivo, rellena de carpetas con el mismo formato que la que estaba sobre la mesa, pero con diferentes grosores. Ramón la levantó para dejarla caer sobre la mesa, todo sin decir palabra, volvió a salir, otra vez por unos pocos segundos, para regresar con una taza de café comprada en minisúper, esos cafés que están ardiendo como miados del diablo, y que saben a lo mismo.

Ramón se sentó en la otra silla y soltó un resoplido de alivio al hacerlo. Luego le dio un trago al café, todo sin voltear a ver a Felícitas. Por ultimo dejó el café sobre la mesa y ahora sí, miró a la mujer fijamente a los ojos.

– Está bien señora – dijo él, con voz calmada, al menos haciendo el esfuerzo – vamos a hacer esto una vez más y que sea la última, ¿entiende? – preguntó. Felícitas movió la cabeza en forma afirmativa – Le voy a decir lo mismo a su hijo que está afuera esperando para llevársela, ¿entiende? – volvió a preguntar, obteniendo la misma respuesta por parte de la mujer – espero que sí. Supongo que esa carpeta sí la reconoce – dijo, señalando el expediente de la investigación del asesinato de Ernesto. Felícitas seguía sin decir palabra, solo moviendo la cabeza – y espero – dijo con énfasis – que recuerde como era al principio: solo unas pocas páginas, ¿me equivoco? – Ahora Felícitas movió la cabeza de un lado al otro, negando – ya vio que ha aumentado el grosor de las hojas – Ramón tomó la carpeta para pasar el dedo por todas las hojas. Felícitas solo veía – pues eso quiere decir que he estado haciendo mi trabajo, son reportes de lo que he hecho, más interrogatorios, más pruebas de laboratorio, etc. Es decir, todo lo que he hecho al respecto de encontrar al asesino de su hijo – hizo una pausa, empezaba a sentir cómo el enojo se le empezaba a subir a la cabeza de nueva cuenta. Nunca en su vida se había sentido tan enojado y ofendido como en ese momento.  Tal vez no era el mejor policía del mundo, ni de México, es más, ni siquiera de la ciudad donde trabajaba, pero le caía que le echaba un chingo de ganas y trataba de cerrar todos sus casos de manera exitosa (en la medida de lo posible, ya saben, corrupción, tráfico de influencias y demás porquerías que no dejan hacer bien el trabajo no solo de los policías, si no te todos los funcionarios públicos) – y ¿ve esa caja? – preguntó, señalando la caja llena de carpetas similares. Felícitas volvió a afirmar con solo la cabeza – pues esos son todos los casos que estoy llevando al mismo tiempo que el suyo, mas de 15, 17 para ser exactos – hizo una pausa, sacando una hoja de papel del bolsillo trasero de su pantalón – y para que no queden dudas al respecto, aquí traigo una lista de todos los compañeros policías, mas de 50 y todos, señora, entienda esto, todos, tenemos la misma cantidad, si no es que más, casos abiertos en los que trabajamos todos los días – dejó la hoja sobre la mesa, Felícitas no se molestó en tomarla – espero que hayamos entendido señora, no es que no quiera resolver el asesinato de su hijo o alguno de todos los demás que están en esa caja, pero debe entender y quiero que por favor, lo entienda. No sabe el trabajo que me está costando controlarme, pero quiero que me deje hacer mi trabajo, para así poder entregarle al asesino, ¿estamos? – preguntó con cierta calma. Felícitas bajó la cabeza, no quería saber más del asunto – ¡¿entendió?! – Ramón golpeó la mesa con la mano abierta, asustando a Felícitas, quien levantó la vista.

– Sí, entendí – respondió ella con voz baja, susurrando.

– No escuché – parecía profesor regañando a un alumno desobediente.

– Que sí entendí – volvió a decir, hablando claramente.

– Perfecto, puede irse – dijo Ramón, señalando la puerta, al tiempo que tomaba su taza de café, para darle un trago masoquista.

Felícitas se puso de pie inmediatamente, salió de la pequeña habitación para irse por el pasillo de salida, en la también pequeña sala de espera. Apenas un par de sillas alejado estaba Edgardo, sentado, esperando a su madre.

– Vámonos – dijo ella, pasando a su lado y empujando la puerta de vidrio que daba a la salida…

Edgardo se apresuró a alcanzarla, para llevarla al carro y en este a la casa.

Durante buena parte del camino, ninguno de los dos dijo palabra alguna. Ambos estaban enojados, Felícitas por haber sido regañada por Ramón, y Edgardo por tener que haber ido a sacar a su madre del botellón, además de haber pagado una sustanciosa multa debido a la falta cometida por su progenitora.

– Tuve que pagar una multa – dijo Edgardo a punto de llegar a la casa de Felícitas.

Su madre no dijo nada.

– Yo sé que tú tienes tus motivos para hacer lo que estás haciendo, pero déjame decirte que debes pensar bien las cosas, que tus actos no están saliendo nada baratos y que pues serás mi madre, pero todo tiene un límite.

– No es necesario que me lleves hasta la casa – dijo Felícitas, que cuando Edgardo se detuvo en una esquina, a un par de cuadras de distancia de su casa, aprovechó y se bajó en chinga del carro. Edgardo trató de hablar con ella, de detenerla, pero nel, a Felícitas le valía sorbete lo que tenía que decir su hijo.

Este, por su parte, luego de intentar el dialogo y viendo que el trafico se acumulaba detrás de él, se dio por vencido y pisó el acelerador, alejándose.

Felícitas creyó que se lo toparía en la casa, y esperó a que llegara para seguir discutiendo, pero afortunadamente no fue así. Sintió alivio.

Felícitas estaba enojada, avergonzada y otras cosas, pero no podía dejar de pensar que Ramón no estaba haciendo su trabajo, y que todo el rollo mareador regañador que le dio rato atrás, había sido nomas eso, puro rollo, para alejarla de ahí y poder darle carpetazo al expediente de su hijo. Y eso no lo podía permitir. No le importaban las consecuencias de sus exigencias, a las que tenía derecho. Simplemente no se detendría.

Era terca la niña.