Mariquitas, machorras y otros cuerpos raros en el espacio: narrativa de ciencia ficción y diversidad sexual

Alice Hastings Bradley Sheldon

Por José Manuel Alvarado

Hace unos años presenté un texto para revisión en el Taller de Literatura Miguel Donoso Pareja, dirigido por David Ojeda. En el cuento desarrollaba una anécdota en una distopía postapocalíptica, protagonizada por una joven mujer lesbiana; en ese entonces, solo buscaba expandir mi obsesión monotemática por nuevos derroteros y lejos estaba de imaginar que el vínculo entre la ciencia ficción y la diversidad sexual obedecía a una larga tradición. A continuación procuro llegar a un análisis más focalizado, en el que revele algunas exquisiteces al respecto, centrándome solo en tres autores: Ray Bradbury perteneciente a la llamada Edad de Plata de la ciencia ficción (1951-1965), además de James Tiptree Jr., y Clifford D. Simak de la Nueva Ola (1965-1972).

En el cuento El viento frío y el viento caliente de Ray Bradbury se nos conduce a través de un cauce paródico de la estética de la ciencia ficción. Se trata de un breve relato en el que un grupo de seis homosexuales afeminados llegan de visita a Dublín ante el azoro y desconcierto de sus moradores varones. Uno de ellos, Garrity, compara el suceso con el argumento de una película de ciencia ficción, es decir, el conocido tópico de la sociedad terrícola que contempla la llegada de seres de otro planeta ante la expectativa de las intenciones de tal arribo.

A los homosexuales, aunque nunca sean llamados como tales, se les presenta siempre en un campo semántico que alude a un alejamiento de la masculinidad hegemónica: son sibaritas, se cimbran al hablar y caminar, parecieran ejecutantes de un ballet, caravana de circo, coro de pájaros, plumeros, gatos siameses, caniches, hombres que no han dejado de ser niños o hadas.

El arco dramático del texto pretende llevarnos de esa desazón inicial a un final en el que los dos polos del conflicto llegan a una convivencia armónica aunque pasajera. Sin duda, tal visión a muchos puede resultarles un claro ejemplo de cómo la literatura puede ayudar a sensibilizarnos en temas como la inclusión o la famosa cultura de paz; sin embargo, mi lectura no es optimista. Veo en este cuento de mediados del siglo pasado algo que ya en la década de los 70 algunos homosexuales resintieron: la creciente complacencia de la homosexualidad ante la regla heteronormativa.

En primer lugar, el narrador se esfuerza en delimitar a los personajes de ambos bandos (visitantes y lugareños) en polos de un binarismo que hace alusión a la masculinidad. A los homosexuales, aunque nunca sean llamados como tales, se les presenta siempre en un campo semántico que alude a un alejamiento de la masculinidad hegemónica: son sibaritas, se cimbran al hablar y caminar, parecieran ejecutantes de un ballet, caravana de circo, coro de pájaros, plumeros, gatos siameses, caniches, hombres que no han dejado de ser niños o hadas; delgados, cuidando su apariencia corporal; en fin, son auténticos seres de otro mundo: extraños, rococó y barrocos. El eje dicotómico del relato los etiqueta como calientes, tropicales e inestables, frente a los varones dublineses que serían fríos, apegados al terruño y presumiblemente masculinos a ultranza.

Justamente desde la posición de cada actante en su lugar el narrador configura la anécdota de cómo es que los nativos se dan cuenta de que esos seres ajenos resultan ser en realidad mucho más parecidos a ellos mismos. Una vez que el grupo de homosexuales ha conmocionado en breves encuentros a cada uno de los varones, éstos deciden espiarlos en su reunión en el parque local, después de que el cura los ha azuzado con profecías que anuncian tumultos y desgracias; se trata de una típica descripción de actos homofóbicos ante lo que no se quiere comprender.

Se trata más bien de un caso de tolerancia simulada en la que se acepta al otro siempre y cuando sea semejante a uno mismo.

De ahí que sea tan significativo que cuando el personaje de Timulty expone razonadamente lo que tienen en común ambos grupos de hombres, el desenlace llegue en un arrebato de camaradería en la taberna del lugar, a través de una fiesta sospechosamente cálida que incluye cantos, sonrisas y congratulaciones para posteriormente trasladarse al parque y contemplar el hallazgo que los afeminados han querido compartirles: el asombroso cambio de color de las hojas de los árboles con la llegada del otoño, en una escena que bien pudiera servir de corolario a alguno de los poemas viriles de Walt Whitman.

Mi propuesta de lectura es que lejos de representar una utópica realidad de inclusión y hermandad en donde la heterosexualidad le da amistosamente la mano a la disidencia sexual (como lo haría una comitiva diplomática del planeta Tierra con los venusinos llegados allende las estrellas), se trata más bien de un caso de tolerancia simulada en la que se acepta al otro siempre y cuando sea semejante a uno mismo; en donde no hay una efectiva valoración de la persona en su diferencia y unicidad, sino en lo que esa otredad refleja de lo que la cultura dominante pondera como valioso, correcto o respetable.

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“Fantasmas de lo nuevo” de Ray Bradbury

Según la argumentación del propio Timulty, otro de los personajes, ante sus compañeros, aquello que justifica la ‘rara semejanza’ en realidad no son más que actitudes y expresiones que los irlandeses aprecian en sí mismos: por un lado, el gusto por la poesía y la bebida y la confesión católica; y por otro, desgraciadamente, su acentuada misoginia y contacto homosocial equívoco. Sobre los dos primeros puntos, el que se piense que necesariamente los homosexuales son afectos a la poesía constituye una más de las caracterizaciones que los alejan de una masculinidad ortodoxa, sin soslayar que la asociación con la bebida viene de un prejuicio insultante, en tanto que para los dublineses estos elementos junto al catolicismo no son más que los rasgos de un sentimiento nacionalista.

El hecho de que algunos de los homosexuales pidan confesarse con el cura que momentos antes había instado una persecución en su contra, supone claramente lo que algunos investigadores contemporáneos le echan en cara al movimiento homosexual: su deseo inherente de encajar y pertenecer a una cultura dominante que en la práctica lo oprime y que sin embargo se vuelve en el motor aspiracional de su agenda. Los otros aspectos van de la mano con algo que hace común a cualquier tipo de machismo, ya sea el que practiquen los heterosexuales, los homosexuales o las mujeres; es decir, el odio irracional hacia lo femenino y la mujer.

En todo el texto las figuras más amenazantes son las mujeres, pese a sus breves apariciones: el acoso servil de las azafatas, las esposas que frustran los planes de vigilancia de los hombres o el horror que muestra la esposa del gerente del hotel, son referencias claves al mundo de las mujeres como seres hostiles que pretenden coartar las libertades de los varones, quienes solo pueden disfrutar en la compañía de otros hombres. Esa es la atadura más fuerte que haya Timulty entre los dos grupos: su profundo desprecio por la relación con las mujeres. Es más, él mismo las llama horrendas y agrias.

Creo que queda ahora más esclarecida mi interpretación: ¡Menudo halago nos haría el narrador!, asegurando que la convivencia ideal entre varones homosexuales y heterosexuales puede llegar a darse, si es que ésta se basa en el desprecio y el distanciamiento de la esfera de las mujeres, en tanto que el fin de lo femenino y mujeril pueda ser utilizado solamente para complacer a los hombres. No en balde Nolan, otro de los parroquianos, se refiere a uno de los amanerados en la francachela del desenlace, una vez que lo ha oído cantar, asegurando que como muchacho no sería gran cosa, pero sí como una chica; es decir, estima al homosexual en lo que éste posibilita el no estar cerca de una mujer aunque su mejor talento remita objetivamente al goce de una voz femenina.

Los dublineses parecieran decirle a estos pseudo extraterrestres que están dispuestos a aceptarlos solamente si se mimetizan con su cultura y son serviles a sus paradigmas, a lo que, en el colmo de la insensatez, David Snell-Orkney, el líder de los raritos, está dispuesto a aceptar. Es más, reafirma este pacto narrando la emblemática fábula de la Reina de las Nieves y el Rey del Invierno (un cuento seguramente sacado de la tradición irlandesa) en la que dos pueblos fantásticos borran sus diferencias étnicas en pro de una fraternidad que los iguala.

Esta premisa, por supuesto, está llevada al extremo de una Tierra futura postapocalíptica, en la que un virus ha modificado el genoma humano a grado tal que ya no se producen especímenes machos y los genotipos sobrevivientes son los de once mil mujeres que deben clonarse constantemente para perpetuar la especie.

El siguiente texto que quiero analizar es la novela corta Houston, Houston, ¿me recibe? de 1976, firmada por James Tiptree Jr., seudónimo de la escritora estadounidense Alice Hastings Bradley Sheldon, una obra en línea con las utopías feministas de Charlotte Perkins Gilman o Joanna Russ que recrean el mito de las amazonas en un futuro lejano, en planetas o sociedades formadas solo por mujeres.

La identidad sexual que aquí domina la narración es la de mujeres lesbianas, en un tipo de homosexualidad que los viejos manuales de psicología denominarían como ‘contingente’, es decir, la que puede ocurrir cuando conviven individuos de un mismo sexo, sin contacto directo con el otro. Esta premisa, por supuesto, está llevada al extremo de una Tierra futura postapocalíptica, en la que un virus ha modificado el genoma humano a grado tal que ya no se producen especímenes machos y los genotipos sobrevivientes son los de once mil mujeres que deben clonarse constantemente para perpetuar la especie, a la vez que desarrollan sujetos andróginos fenotípicos para suplir ciertas carencias de la antigua división sexual del trabajo.

A decir verdad, la narración está contada desde el punto de vista de tres varones del siglo XX que descubren que tras una misión espacial al sol, fueron absorbidos por micro agujeros negros que los han llevado trescientos años en el tiempo. Así, como náufragos a la deriva, son rescatados por una nave tripulada solo por mujeres, quienes les explican la situación, y tras convivir con ellas en órbita durante dos años, finalmente se enfrentan a un desenlace en el que sus presuntas salvadoras les hacen ver que no están dispuestas a permitir que ‘regresen’ a la Tierra, pues su misión es proteger a esa humanidad de la amenaza machista y violenta que representan los varones; esa es la valiosa lección que la sociedad de mujeres ha conservado durante tres siglos y no habrán de perder su placentera convivencia.

Para ello, fuerzan un incidente a través de una sesión de drogas que desinhiben las pulsiones más ocultas de los tres hombres: la cruel violencia misógina de Bud, el segundo al mando, que se traduce en la violación de una de las chicas y la golpiza brutal a un andrógino (aunque en realidad todo estaba planeado para obtener el semen de Bud y proseguir con sus experimentos genéticos); el delirio místico de Dave, el mayor al mando, que se expresa en un rapto religioso en el que se ve a sí mismo como un nuevo Paulo de Tarso, enviado por Dios para convertir a las gentiles y sujetarlas a una cabeza viril que supuestamente las guíe al progreso de una comunidad más avanzada.

Resulta del todo fascinante la burla que hace la autora al poner en boca de su personaje los pasajes más misóginos de las cartas paulinas, ridiculizando a este nuevo mesías que termina muerto por la astucia de Lady Blue, la mayor de todas; y desde luego, el resurgimiento de un temor atávico que sufre el doctor Lorimer, el protagonista de la novela, un sujeto apocado, alejado de la masculinidad hegemónica que siempre ha sentido un odio por las mujeres originado en su adolescencia y que lo ha llevado a ser retraído y falto de sentido común. Pese a todo, Lorimer es el único que puede comprender a cabalidad lo que ese mundo de mujeres supone, un planeta que prescinde de los hombres porque ya no hay necesidad alguna de ellos, las mujeres han logrado apañárselas sin su compañía, y no les va mal, tal como el mismo Lorimer reconoce.

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Clifford D. Simak

Con el tercer texto, Deserción de Clifford D. Simak, puedo afirmar mi gusto por aquella ciencia ficción que me deja especular a mis anchas en vericuetos ontológicos, que bien pueden desquiciar o expandir los horizontes de mi pensamiento, y si a eso le sumamos una mirada con anteojos queer, entendiendo por este concepto aquello que puede dislocar las categorías fijas, esta experiencia de lectura se vuelve todavía más rica.

El argumento del cuento es sencillo pero muy atrayente, se trata de una comitiva científica de colonización del planeta Júpiter, que establecida en cúpulas sobre la superficie joviana, se dedica a enviar periódicamente a hombres que sufren un proceso de transformación orgánica, que los convierte en galopadores, la forma de vida más desarrollada del gigante gaseoso; pero, una vez que son enviados a explorar jamás regresan. Finalmente, Fowler, el líder de la base, se interna en las tormentas del planeta acompañado de su perro Towser que también ha sufrido la metamorfosis.

Una vez fuera, el hombre y el perro, en sus nuevos cuerpos con base de hidrogeno y amoniaco, descubren que pueden desarrollar la total capacidad cerebral, lo que los abre a un mundo de conocimiento y belleza, que jamás hubieran podido reconocer con sus cuerpos terrícolas. De esta forma el amo y su mascota se descubren ahora en un mismo nivel de inteligencia pero además en contacto pleno con el medio que los rodea, sensibles a sus estímulos y anhelantes de no dar un paso atrás en su aventura.

Podría decirse que el cuento es una alegoría, por ejemplo, de aquellas mujeres cisexuales que comienzan a reasignar su sexo con base a procesos hormonales o quirúrgicos y que transitan hasta convertirse en varones plenos.

El cuento por sí mismo es ya un manifiesto antiespecista y ecológico por decir lo menos; pero también es una oportunidad para reflexionar sobre los procesos de comprensión que se dan en la diversidad sexual desde la idea de los cuerpos y las identidades. Podría decirse que el cuento es una alegoría, por ejemplo, de aquellas mujeres cisexuales que comienzan a reasignar su sexo con base a procesos hormonales o quirúrgicos y que transitan hasta convertirse en varones plenos.

O bien, pudiera ser la representación de los procesos identitarios que sufrimos los varones que nos acercamos al feminismo, cuando empezamos a cuestionar nuestros propios privilegios de género, y un buen día caemos en cuenta de que nuestra anterior condición heteropatriarcal era un estado primitivo que no nos permitía entrar en comunicación con el alma vivificante del mundo femenino, como Fowler y Towser, que maravillados por su nueva corporalidad y mentalidad, ya no desean volver a sus antiguos estados como homínido y cánido, respectivamente, por serles estos repulsivos. Toda esta interpretación del cuento puede ser reforzada por el hecho de que las investigadoras colombianas Diana Milena López López y Leidy Yolima Martínez Molina incluyeron el relato en una propuesta didáctica con la que se titularon como educadoras en 2016.

CUADRO ¡A leer, maricones del espacio!

Ahora bien, no quisiera despedirme sin recomendar escuetamente algunos autores y obras, además de los ya mencionados, que pudieran ser la guía para lectores que quieran seguir la conexión entre sexualidades diversas y ciencia ficción. Desde luego escritores y escritoras imprescindibles como: Anthony Burgess, Candy Von Bitter, Charles Beaumont, Eleanor Arnason, Frederik Pohl, Gregory Benford, Joe Haldeman, John Kessel, Karen Boye, Lois McMaster Bujold, Olaf Stapledon, Philip J. Farmer, Robert Heinlein, Robert Silverberg, Samuel R. Delany, Theodore Sturgeon, Thomas Disch y Ursula K. Le Guin. En el ámbito hispanoamericano pueden citarse las novelas: El congreso de literatura de César Aira,  Taksim de Juan Sardá o Tadeys de Osvaldo Lamborghini; y los relatos: “Más tequila” de Joaquín Revuelta, “Straight” de Jorge Enrique Lage o “Feliz advenimiento” de Olga Fresnillo.