Madre solo hay una: Capítulo 8

– Lo siento Felícitas – dijo el poli de la puerta principal; el mismo que la veía entrar y firmar el libro de visitas todos los días; el mismo que la saludaba afectuosamente e incluso llegó a contarle algunos detalles de su vida personal; el mismo que ahora le impedía la entrada, poniendo su obesa humanidad frente a la mujer que era mas o menos de la misma estatura.

– ¿Ora que te traís mijo? – dijo Felícitas sacada de onda.

– Lo siento, pero tengo órdenes de no dejarla pasar – respondió apenado, pero cumpliendo firmemente con su deber. No tendría muchas obligaciones y ni mucho cerebro para cumplirlas, pero las cumplía al pie de la letra.

– No puedes prohibirme entrar, es edificio público – dijo Felícitas, queriendo empujar la humanidad del pequeño bodoque que era el policía.

– Eso no lo sé, señora – levantó los brazos, evitando su paso y tocarla –. Pero yo tengo mis órdenes y no la puedo dejar pasar.

Mientras Felícitas era detenida un par de visitantes pasaron a su lado sin problema alguno.

– ¿Por qué a ellos si los dejaste pasar, cabrón? – preguntó ella, empezando a enojarse.

– Porque solo tengo órdenes de no dejarla pasar a usted y a nadie más.

– Hijo de la chingada, quítate, déjame pasar – empezó a empujarlo con todas sus fuerzas, que parecían muchas. Pero el peso del poli era mucho más fuerte. Apenas lo movía.

– No me diga de cosas señora, que le está faltando el respeto a la autoridad y se puede meter en problemas, diga que la aprecio y soy buena onda, que si fuera cualquier otro, ya la estarían esposando – contestó, soportando los embates de la humanidad de Felícitas.

– Respetos mis huevos, que soy una ciudadana, soy tu jefe, pedazo de pendejo – Felícitas dio un fuerte empujón, que logró mover al poli un par de pasos atrás.

– Le advierto que está llegando a mi límite. Una ofensa más y la tendré que detener – dijo el poli. Si el policía aguantaba vara, aunque cualquier otro ya le hubiera metido un par de zapes a la Felícitas para que se calmara, solo era porque le caía bien la señora y le recordaba a la abuela que nunca tuvo, pero le hubiera gustado tener.

– Pos toma tus ofensas – Felícitas le soltó un par de cachetadones en pleno rostro que resonaron en todo el pasillo.

– Ya estuvo – dijo el poli.

– Pos órale, pinche gordo, arrancateeeee…. – dijo Felícitas, queriendo ponérsele al brinco al poli, que poco gusto le duró, ya que el oficial la sorprendió con un rápido movimiento que, para los estándares de peso y velocidad demostrados por el oficial hasta el momento, fue en muy alta escala.

La tomó de un brazo con la mano izquierda, mientras que con la otra mano la abrazó, le metió el pie derecho del lado izquierdo y pal piso. El poli quedó de pie y Felícitas azotó duramente de espaldas. La verdad no supo ni que pasó, fueron instantes muy breves y rápidos, que cuando reaccionó, el poli ya estaba encima de ella, obligándola a ponerse boca abajo, sujetándola de ambos brazos para poder esposarla. Ella estaba inmovilizada.

Menos de un minuto después, Felícitas estaba siendo levantada por el poli, para luego ser escoltada y llevada a los separos, con los cargos de agresión a agentes de la ley y el orden.

Pasó toda la mañana y parte de la tarde encerrada, completamente sola, hasta que un par de prostitutas fueron llevadas ahí, para cumplir con el cliche de toda novela negra y la cuota de extorciones fallidas contra las sexoservidoras por parte de las autoridades.

Un celador apareció.

– Felícitas Castañón – gritó, como si hubiera montones de celdas y cientos de personas encerradas en ellas.

– Soy yo – dijo ella, sentada en la misma banca-cama de concreto que tenia la celda, donde había permanecido todo el tiempo que estuvo encerrada.

–Vamos, levántese que la están buscando – exigió el, sin bajar el volumen y tono de voz.

Durante las horas que transcurrieron a partir de su arresto, y después del madrazo que se había metido al haber sido derribada, le empezó a doler la espalda, tanto la parte baja como cerca de los hombros, donde recibió la mayor parte del impacto. Ponerse de pie requirió esfuerzo por parte de ella, para aguantarse el dolor y obedecer las órdenes.

El celador la sacó de ahí, para llevarla a la recepción, donde le entregaron sus cosas: su celular, monedero y llaves de la casa y vio a quien había pagado la multa por el delito cometido.

– ¿Pos que paso mamá? – preguntó Edgardo, mientras ambos salían de los separos.

– Nada, estos cabrones que dicen hacer su trabajo y nomas entorpecen el mío – dijo ella, enojada, apretando la quijada al hablar.

– ¿De qué hablas? – interrogó Edgardo, abriéndole la puerta del carro.

Felícitas, camino a la casa, le fue contando todos los pormenores de lo sucedido los últimos días, desde que fue a darle los nombres de los amigotes de Ernesto, hasta esa mañana, cuando el policía de la recepción no la dejó pasar, para terminar arrestada, según ella injustamente, pasando por la friega de estarle hablando al poli todos los días y a casi todas las horas, exigiéndole resultados al respecto del asesinato de Ernesto.

– Yo creo mamá – dijo Edgardo entrando a la casa luego de que Felícitas abriera la puerta principal – que deberías bajarle de intensidad a tus exigencias y dejar que la policía haga su trabajo – agregó, queriendo sentarse en el sillón de siempre. Quiso continuar explicando la idea que se le había surgido mientras escuchaba a su madre contar sus penurias.

– ¿Qué dijiste? – preguntó Felicitas encarando a Edgardo, poniendo inmediatamente, la cara de enojo, aquella que no les gustaba a sus hijos, ahora nada más a Edgardo, convertido en hijo único por fuerza de un crimen.

– Que dejes a la policía hacer su trabajo – dijo Edgardo, sintiéndose amenazado. Ora que dije, pensó al mismo tiempo.

– ¿Cómo te atreves a decirme que hacer y qué no hacer, si soy tu madre, cabrón? – gritó Felícitas.

Edgardo no sabía qué estaba sucediendo. Y ni tiempo le dio de pensar en alguna respuesta. Ni una solución a lo que seguramente hizo mal. Felícitas, por vez primera en su vida, levantó la mano para darle una cachetada a su hijo. Aunque supo lo que hizo y se arrepintió de inmediato de lo hecho, no lo expresó así. Siguió con la regañada tomando a Edgardo de la solapa del saco para jalarlo hasta la puerta de la casa, abriéndola con fuerza.

– A mi no me vengas con chingaderas, que soy tu madre, y te me largas ahora mismo de la casa. No vuelvas a aparecerte, ¿me entendiste? – empujó a Edgardo fuera de la casa, para cerrar la puerta de un azotón que hizo retumbar todos los vidrios.

A partir de ese momento en que el ruido del azotón de puerta seguía en el aire, que se puso raro exclusivamente dentro de la cabeza de Felicitas, ella supo que había hecho algo que nunca hizo cuando sus hijos fueron niños o adolescentes: pegarles. Todo fue muy rápido. Ella solo sentía una rabia sorda. Todo el día había sido un verdadero desmadre y a pesar de las horas, del tiempo pasado a solas dentro de la celda, pensando en lo sucedido, no tuvo efecto en su carácter. Seguía enojada. Entonces todo eso se convirtió en un mazacote de sentimientos, sensaciones y demás cosas que rondaban entre sus neuronas. Se sintió de la chingada. Se le ocurrió correr hacia su habitación para encerrarse en ella como había sucedido con anterioridad, dejando que la depresión se hiciera cargo de todo, mientras se hundía entre las cobijas, para sentir una tibieza que la adormeciera y le ayudara a superar todo. Pero pasó junto a la habitación de Ernesto, ya vacía, y la oleada de todo lo sentido fue pior, no peor, pior, que es más gacho todavía. El leve llanto que se había iniciado, fue cambiando por un berrido con moquera y lagrimeo en cantidades industriales. Se arrojó a la cama para seguir con la chilladera como adolecente que se peleó con la mamá porque no la dejó salir al cine con el novio mano larga.

Felícitas chilló y chilló, hasta que se durmió.

No durmió mucho, la costumbre de levantarse a determinada hora todos los días la hizo despertarse. Una nueva idea se había gestado en su mente durante la noche. Se apresuró a cumplir con su rutina, baño, desayuno y limpiar lo poco que había que limpiar, para salir con prisa a la papelería más cercana, comprando una cartulina y un marcador permanente. Con su mala letra escribió en ella: Justicia para Ernesto, policía inútil, con las letras más grandes que pudo. Armada con eso, salió a la calle, hacia la comandancia.

Al llegar, una vez más el poli de la puerta no la dejó pasar. No le importó. De pie ahí, empezó a gritar sus consignas

– Putos, putos todos los de este edificio, la policía no hace su trabajo – gritaba, mientras levantaba la cartulina en todo lo alto.

Durante horas continuó con sus gritos, mientras el sol subía, pegándole con todo su poder a Felícitas, quien sudaba a mares. Pero su determinación no la dejaba rendirse, les digo. Le gustaba hacerse pendeja a veces, ya que no se llevo ni una cachucha o sombrero o sombrilla, ni siquiera una botella de agua, y no quería detenerse de sus gritos para no verse derrotada, aunque fuera para ir por agua a la tienda que estaba en la esquina, a unos cuantos pasos de distancia.

Las horas pasaron y aunque Felícitas creía que su intensidad no disminuía, la realidad era otra. Cada vez se le notaba más cansada, más asoleada y más deshidratada. Los pocos que la veían se preguntaban hasta cuando aguantaría sin moverse. La respuesta llegó correctamente. Felícitas llegó a su límite, bajó la cartulina, algo medio alcanzó a decir, murmurar, balbucear, dio un par de pasos sin control y ¡mocos! Pal piso, azotando cual larga era. Ni las manos metió, como regla, ¡alguien que le aviente una toalla femenina!, gritó un mamón al ver a Felícitas caer desmayada.

Cuando despertó, se vio dentro de una ambulancia, rodeada de un par de paramédicos, un par de policías, el de la puerta entre ellos y un montón de curiosos que se asomaban al interior del vehículo pa´ver si Felícitas había muerto o no y poder contar el chisme a todos los que conocieran.

– ¿Qué pasó? – preguntó, mientras trataba de incorporarse.

– Se desmayó señora – respondió uno de los paramédicos, dándole de beber de una botella de agua, ayudándola a levantar la cabeza.

Luego de que Felícitas tomara agua, dándole tragotes, sintió cómo el alma le regresaba al cuerpo.

– Tranquila, poco a poco – le dijo el paramédico, cuando Felícitas quiso tomar más.

La ambulancia permaneció frente al edificio de seguridad durante algún rato mas, en lo que ella se reponía. La gente se empezó a ir poco a poco, solo quedando los paramédicos y el par de policías, al fin, ellos también se fueron.

– ¿Tiene alguien a quién llamar que venga por usted? – preguntó el paramédico, cuando Felícitas pudo por fin ponerse de pie, de manera torpe, casi cayéndose de nueva cuenta. Le dolía la cabeza y no solo por el chipote en la frente casi del tamaño de sus bubis, sino también por la joda que se puso con la deshidratada y la asoleada. Se sentía demasiado mal. No quería moverse ni caminar.

– No a nadie – dijo ella de inmediato. No quería que Edgardo se enterase de lo que había hecho.

– No la podemos llevar a un hospital, no lo requiere – dijo el paramédico –. Y no la veo todavía fuerte como para dejarla irse por su cuenta. ¿Quiere que la llevemos a su casa?

– Si, yo creo que sí – respondió tímidamente Felícitas. En alguna otra circunstancia le hubiera dicho que no, que ella podría irse a su casa, ya fuera en camión, taxi o caminando, pero no podía. No tenía las fuerzas para eso. Tenía mucho cansancio y dolor. Además de que le estaban dando ganas de llorar y no quería eso.

– No se hable más – dijo el paramédico sonriendo.

Felícitas fue llevada a casa, a pesar de sus protestas de querer seguir protestando. Uno de los paramédicos le ayudó a abrir la puerta, siguiendo las indicaciones de Felícitas que seguía dentro de la ambulancia.

– Tiene que descansar, tomar muchos líquidos, evitar exponerse al sol – dijo el paramédico, ayudando a Felícitas a sentarse en su lugar favorito –. No puede seguir con sus protestas o si lo va a hacer, llévese una sombrilla y mucha agua.

– Muchas gracias- dijo Felícitas.

Los paramédicos se retiraron dejándola sola.

Fue ahí, cuando ya se vio en casa y a salvo, que Felícitas empezó a pensar, a dejarse llevar por lo sucedido, como tantas veces. Pos ora era pior. Seguramente la tomaban como una débil, como alguien que no puede mantenerse en pie, que no tenía pantalones ni ovarios, o al menos no los suficientes para poder exigir lo mínimo siquiera. Pero no había sido debilidad. Estupidez sí, pero no debilidad. Volvería a la comandancia, volvería a ir con su cartulina y sus exigencias. Sería escuchada.

Neta, era bien terca la doña. Pero nada taruga.

Esa tarde, ya repuesta e hidratada, se fue a la tienda a comprar provisiones, una botellota de un galón de agua, suficiente para todo el día y algo de comida, una sombrilla y un banquito. Ya no se cansaría a lo güey. Su protesta duraría seguramente varios días, si no es que mas y no volvería a desmayarse de nueva cuenta.

Al día siguiente, a bordo de un taxi Felicitas llegó al frente del edifico de la comandancia, de este bajó una mochila donde traía el agua y su lonche, el banquito y una sobrilla de jardín, que le daría suficiente sombra para ella y un par de personas más con comodidad.

Durante todo el día estuvo gritando consignas, de pie o sentada, con la cartulina arriba o en el piso, pero no dejó de hacerlo. Así todo el día, sin detenerse, sin problemas de hambre y sed.

Varios días pasaron, y Felícitas seguía en lo suyo, sin que nadie le hiciera caso. La gente que entraba o salía solamente la veían como bicho raro, hasta que un día, una reportera que de casualidad iba a la comandancia de policía, se topó con singular protesta, procediendo a entrevistarla, y apareciendo en el noticiero de la noche. Felícitas, hasta ese momento, no tenía ni idea del impacto de tal protesta y de tal entrevista.

Como todos los días Felícitas llegó temprano, con su sombrilla, su silla, su lonchera y su pancarta, dándose cuenta de que no estaba sola. Una mujer la estaba esperando con un equipamiento parecido al de ella, con una pancarta donde exigía respuesta a la desaparición de su hijo. No fue la única. En el transcurso de la mañana, mas y mas gente se fue juntando, entre hombres y mujeres, todos exigiendo lo mismo: el saber qué había pasado con sus parientes desaparecidos y el que encontraran a los responsables de aquellos que habían sido encontrados sin vida y casos similares. Al final del día, una veintena de personas había armado un campamento frente a la comandancia de policía. Felícitas ya no regresó a casa. Se quedó acompañada por gente que sufría las mismas condiciones que ella.

Los videos grabados por los celulares de los presentes y de los medios de comunicación hicieron que la noticia y el movimiento bastante improvisado que Felícitas había armado provocaran que grupos iguales se manifestaran en comandancias alrededor del país, demostrando que la inseguridad estaba fuera del control y que las autoridades poco hacían para combatirla. Incluso más allá de las fronteras hubo muestras de apoyo.

Felícitas creía que con ese tipo de presión lograría algo, ya que hasta las autoridades superiores, diputados, senadores, incluso el gobernador mismo metieron su cuchara, alegando que crearían comités y demás cosas para investigar todos los casos que se reclamaban fuera de la comandancia. Pero, oh pobre Felícitas ingenua. No sabía que todo lo que los políticos decían era solo atole con el dedo. Pero ella estaba segura que eso solucionaría todo.