El horror científico, o cómo el sueño de la razón engendra híbridos

Event Horizon

Por Carlos Reyes Velasco

Los géneros de la ciencia ficción y el terror se aparean constantemente, a pesar de los puristas y detractores. Sus retoños suelen ser monstruosamente bellos y dejan huellas profundas en la literatura y las artes. Si bien el horror y el terror se identifican como emociones, cuya ambigüedad las separaría de la concreción de la ciencia y la tecnología, no debemos olvidar que la llamada literatura de ciencia ficción (CF) se enfoca constantemente en los efectos de dicho desarrollo que sustenta el avance material de las sociedades, el cual no siempre es paralelo a su impacto espiritual o de calidad humana.

Sin profundizar en dilemas teóricos que seguramente ya abordaron estudiosos y académicos, la intención de este texto es comentar los vasos comunicantes entre ambos espectros de la imaginación que forman parte de la ficción especulativa, los cuales no son tan distantes como parecería a primera vista; parto de la premisa de que primero fue el miedo y después el desarrollo técnico para enfrentarlo desde que el hombre tuvo conciencia de su papel en el mundo.

Hay consenso en que el parteaguas fue la novela Frankenstein o el moderno Prometeo (1818, pero iniciada en 1816) de la inglesa Mary W. Shelley, como el referente obligado de la CF, aunque existen otras narraciones previas. Lo importante es que se identifica el inicio de la modernidad con los horrores que acarreaba su expansión en el mundo; dicho texto no se identifica como el inicio de la literatura de horror, pero sí el primer encuentro amoroso entre el gótico y la ciencia, engendrando la primera creación de una camada que inundaría las páginas y las pantallas en las décadas siguientes.

Además de esta obra seminal, considero que la novela El extraño caso del doctor Jekyll y el Sr. Hyde (1886, del británico Robert Louis Stevenson) es otro libro indispensable, ya que el artefacto científico en este caso es un elíxir producto de la medicina y la alquimia, el cual desatará el monstruo interno que anida en cualquier persona, y que a diferencia de la criatura de Shelley, nace en sí mismo como encarnación del mal, sin necesidades de causas sobrenaturales como el hombre lobo o los vampiros.

Otro vínculo necesario es la obra del británico Herbert George Wells, quien impregnó de pavor futurista a muchos de sus cuentos y novelas más conocidas: La máquina del tiempo (1895), La isla del doctor Moreau (1896) y sobre todo la seminal La guerra de los mundos (1898), además de Los primeros hombres en la luna (1901), la cual tuvo antecedentes en dos obras francesas: El otro mundo: historia cómica de los imperios y estados de la luna (1657) del narizón Cyrano de Bergerac, y De la tierra a la luna (1895) del genial Jules Verne, las cuales despertarán la inquietud por la vida en otros mundos y su posible amenaza al nuestro.

La incertidumbre del futuro que transmuta en presente y pasado alimenta la creatividad de quienes escriben cuentos y novelas, ya que el temor a lo desconocido parece inherente al ser humano, lo que es aplicable a un amplio espectro de productos literarios, desde 1984 (1949, George Orwell, Inglaterra), La noche de los trífidos (1951, John Wyndham, Inglaterra), El horror cósmico del norteamericano Howard Phillip Lovecraft (quien publicó desde 1917 a 1936 en revistas pulp como weird tales), hasta la trilogía Southern Reach de Jeff Vandermeer (Aniquilación, Autoridad y Aceptación, todas de 2014, Estados Unidos).

El temor que conllevan los cambios tecnológicos en cualquier sociedad se hacen patentes en la producción literaria de todas las naciones; no obstante, considero que se ha limitado a la cuestión de tecnología y vanguardia científica en las ramas de las ciencias “duras” (física, matemáticas, biología, ingeniería, informática), dejando en gran medida de lado las llamadas “blandas” (humanidades, sociología, psicología, demografía). Esto parece lógico en países del primer mundo, donde los avances y miedos que conllevan son distintos de los que experimentamos en el tercer mundo, por muy cosmopolitas y globales que nos podamos sentir con nuestros gadgets y mercados globales a la orden de un click.

Quizá donde se hace más evidente la intersección entre horror y ciencia ficción sea en medios audiovisuales como el cine y la televisión, sobre todo en las décadas después de la segunda guerra mundial, donde los miedos de la guerra fría entre los bloques de EUA y la URSS encubaron las películas de terror atómico, donde la premisa casi siempre es la misma: una explosión o efecto contaminante/radioactivo engendra mutantes de gran tamaño que arrasan con modernas ciudades como sucede en Godzilla (1953, Hishiro Honda, Japón), The Beast From 20,000 Fathoms (1953, Eugène Lourié, adaptación del cuento The Fog Horn De Ray Bradbury), Them! (1954, Gordon Douglas) O Tarantula! (1955, Jack Arnold), las cuales son una expansión de los monstruos gigantes iniciada con The Lost World (1922, Harry O. Hoyt) Y King Kong (1933, Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack).

Esto evolucionará después al reducir el tamaño físico de las amenazas a la escala humana, haciéndolas más íntimas y por tanto difíciles de identificar (tal era la concepción americana de la amenaza comunista), lo que dará joyas como The thing from another world (1951, Christian Nyby, basada en el cuento Who goes there? De John W. Campbell) y Village of the damned (1960, Wolf Rilla, a partir de la novela homónima de John Wyndham).

Así el temor a la otredad y la diferencia serán una constante en la producción cinematográfica y televisiva en las siguientes décadas: Clouse encounters of the third kind (1977, Steven Spielberg) y Alien (1979, Ridley Scott), hasta series como The X files (1993-2018). Dichas temáticas permearán las narrativas orales a través de leyendas urbanas (avistamientos de ovnis, abducciones, criaturas multidimensionales), contagiando la paranoia por la amenaza extraterrestre de los visitantes a la industria editorial: las investigaciones pseudocientificas del suizo Erich Von Däniken (Recuerdos del futuro, 1968), y otros “ufólogos” como John Keel (The mothman prophecies) y Whitley Strieber (Comunión, 1987).

Sin querer ser reduccionistas, podemos dividir las amenazas comentadas al inicio en dos bloques: las internas y más concretas (producto de los propios temores de sus creadores, que son una continuación de la criatura concebida por Victor Frankenstein en la novela de Mary Shelley), y las externas de naturaleza algo más ambigua (extraterrestres o amenazas ajenas a nuestra dimensión, propias del horror cósmico de Lovecraft). De ahí se derivan casi todas las narrativas donde el terror/horror y la CF se intercalan.

La aportación de Howard Phillips es sustancial, ya que su racionalismo lo lleva a vincular el temor abismal de nimiedad de la humanidad frente a las fuerzas del universo, encarnadas en los llamados Mitos de Cthulhu y otras entidades cercanas a dioses que rompen las leyes de la realidad como la concebimos (geometría, astronomía, matemáticas, física, sustentos todos del orden que nos da seguridad en el mundo moderno). Al respecto, retomo el concepto de la ciencia y la magia, donde la segunda puede ser la primera según nuestro nivel de apreciación a partir de nuestro desarrollo tecnológico, y donde lo que permanece constante es el miedo a lo imprevisible y lo desconocido, donde la naturaleza deja de parecernos familiar y muestra su lado siniestro.

Quizá el aspecto más común entre ambos géneros sean las posibilidades y los alcances peligrosos de las distopías (el lado oscuro de las utopías, sean clásicas, ciberpunk, steampunk, etécera), donde se llevan a las últimas consecuencias los peores temores de cualquier organización de seres supuestamente racionales en sociedades aparentemente perfectas que devoran el espíritu humano, trátese de Un Mundo Feliz (1932, Aldous Huxley, Inglaterra), Fahrenheit 451 (1953, Ray Bradbury), El Planeta De Los Simios (1963, Pierre Boulle, Francia), Rascacielos (1975, J. G. Ballard, Inglaterra), El Cuento De La Criada (1985, Margaret Atwood, Canadá) O Battle Royale(1999, Koushun Takami, Japón).

A su vez, los escenarios apocalípticos planteados desde El Último Hombre (1826, M. Shelley, Inglaterra), Soy Leyenda (1954, Richard Matherson, EUA) y La Danza De La Muerte (1978, Stephen King, EUA) son ya un lugar común, sobre todo a partir de su zombificación de las narrativas tomadas de las películas de George A. Romero y de los cómics de Robert Kirkman. Y el sueño de la razón sigue pariendo monstruos que reflejan nuestras propias inseguridades ante el desarrollo y la certeza de un futuro mejor.

Cuadro

A continuación, enlisto algunas narraciones que ofrecen un panorama muy general del mashup en ambos géneros; como siempre, falta espacio para incluir tal o cual de las preferidas por los lectores en su canon personal.

  • Mary W. Shelley: Frankenstein O El moderno Prometeo (1918), El último hombre (1826).
  • Robert Louis Stevenson: El extraño caso del doctor Jekyll Y El Sr. Hyde (1886).
  • G. Wells: La isla del doctor Moreau (1896, H. G. Wells), La guerra de los mundos, (1897), El alimento de los dioses y cómo llegó a la Tierra (1904).
  • P. Lovecraft: El color que cayó del espacio (1927), Aire frío (1928), en las montañas de la locura (1931), Desde el más allá (1934), La sombra fuera del tiempo (1936).
  • Robert Heinlein: Amos de títeres (1951), Tropas del espacio (1959).
  • Jack Finney: Los secuestradores de cuerpos (1955).
  • George Orwell: 1984 (1949).
  • Richard Matherson: Soy leyenda (1954).
  • Phillip K. Dick: La segunda variedad (1955), Ojo en el cielo (1957), Ubik (1966), Un laberinto de muerte (1970), Una mirada a la oscuridad (1977).
  • Robert Bloch: Suyo afectísimo, Jack el destripador (1962).
  • Harlan Ellison: No tengo boca y debo gritar (1967), Un chico y su perro (1969).
  • Harry Harrison: ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio (1966).
  • Colin Wilson: Los vampiros del espacio (1976).
  • Michael Crichton: El síndrome de Andrómeda (1979), Esfera (1987), Parque jurásico (1990).
  • Stephen King: La larga marcha (1979), El fugitivo (1982), La niebla (1980), Los Tommyknockers (1987), Cazador de sueños (2001), Cell (2006), Revival (2014).
  • Dean R. Koontz: La Semilla del demonio (1973), Fantasmas (1983), Watchers (1987).
  • George R. R. Martin: Muerte de la luz (1977), Los reyes de la arena (1979).
  • Margaret Atwood: El cuento de la criada (1985).
  • Dan Simmons: El deleite del carroñero (1986).
  • Max Brooks: Guerra Mundial Z (2006).
  • Cherie Priest: Boneshaker (2009).
  • Gerardo Horacio Porcayo: Plasma exprés (2017).