Madre solo hay una: Capítulo 9

Felícitas había pasado una semana durmiendo en la intemperie, en una bolsa de dormir en el piso donde el frió le llegaba a calar, provocándole dolores en todo el cuerpo. Necesitaba urgentemente descansar de todo eso. Fue por ello que le había pedido permiso para ausentarse aquella noche, a las compañeras que seguían en pie de guerra a su lado, exigiendo resultados, muchos muertos, muchos desaparecidos y todas las madres esperaban su regreso a casa o que fueran vengados a través de la justicia. Tenía que ir a casa, al menos por una noche para poder descansar, tomar un largo baño, cambiarse de ropa y al menos hacer popó en su baño y poder limpiarse la coliflor con sus toallitas húmedas y no con el periódico que usaban en la farmacia que estaba frente a la comandancia donde todos iban al baño. Aparte de eso, necesitaba un baño limpio que no oliera a orines concentrados. Y por último, creía que tenía una infección vaginal y en vías urinarias, con eso de que esta junto con pegado, traía comezón en el sótano, obviamente por el baño y el no lavarse en tanto tiempo.

Había pedido un taxi desde donde se encontraba hasta su casa. No quería perder el tiempo en el camión. Tampoco que la vieran feo o se hicieran a un lado por aquello del olor que despedía y que no era nada agradable. Eso sí que sería vergonzoso para ella. El taxista la vio feo al subirse al carro al sentir el hedor llegar a él.

Al bajar del carro,  Felícitas sintió los dolores que ya había sentido, pero que en ese momento se intensificaron. Le molestó la espalda y los costados de la cadera, donde se apoyaba cuando dormía de costado, además del cuello y los hombros. Aquello era una colección de puntos de color, además de otras incomodidades que se concentraban en la zona media y trasera de su cuerpo. Por eso, lo primero que haría seria bañarse larga y lentamente.

Pagó al taxista y procedió a abrir la puerta. Ya estaba oscuro y no veía bien, además de que esa chapa ya necesitaba arreglo. Se trababa mucho y era difícil abrirla al primer intento. En cuanto acabara y se resolviera, le hablaría a un cerrajero. Las cosas por hacer después de todo se iban acumulando poco a poco. Al menos tendría algo que hacer; retomar su vida, su rutina, su nueva vida, porque nada volvería a ser como antes.

La estaban esperando, eso fue en definitiva. Sabían donde vivía y la habían estado esperando desde quien sabe cuándo. Se acercaron a ella con prisa y sin dudas. La camioneta dio la vuelta a la manzana. Felícitas logró verla de reojo, pero no le hizo caso. Estaba concentrada en lo suyo, pateando la puerta al tiempo que le mentaba la madre. No quería pasar otro día fuera de su casa, lejos de su cama. Eso no lo permitirían los dos tipos que se bajaron en chinga de la camioneta, tomándola por sorpresa, dejando las llaves pegadas en la cerradura.

– ¿Qué pedo? – alcanzó a decir, cuando sintió cómo uno de los tipos le hacia una llave china, sujetándola por el cuello, inmovilizándola.

-Ora putos – agregó, pero la última parte de la palabra putos, se escuchó como un globo desinflándose, así como pfffftttttt, debido al putazo en la panza que le acomodó el otro hombre, dejándola fuera de combate. Le sacaron todo el aire y apenas si podía respirar. Lo halaba con esfuerzo mientras era arrastrada hacia el interior de la camioneta

– Te pasaste de lanza – dijo el hombre que le había hecho la llave china, al ver como Felícitas batallaba para respirar, poniéndose roja cual tomate bola.

– Nel, va a estar bien, nomas deja que se reponga – agregó el tipo, subiendo a la camioneta.

– Pos sí, pero nomas era subirla, no madrearla.

– Pos subió ¿no? Y ni protesto, así que no me estés chingando. Yo solo cumplo órdenes.

El chofer piso el acelerador a fondo y la camioneta salió volando mientras por el tablero encendía la torreta de luces y la sirena. ¡Era una pinche patrulla!

Felicitas logró recuperar el aliento así como la conciencia de lo que sucedía a su alrededor. Al ver y escuchar que iba en una patrulla, rodeada de policías vestidos de civil le dio más mello que si la hubieran levantado un montón de sicarios.

El vehículo cruzó la ciudad, alejándose de la civilización entrando en un par de caminos de terracería, llevando a Felícitas a la parte trasera de una presa, la que proveía de agua a gran parte de la ciudad. Una presa que también servía como atractivo turístico. La camioneta no se detuvo en la cortina, sino que siguió avanzando, internándose más en el monte, siguiendo la orilla del agua, hasta donde ya la estaban esperando estaba media docena de policías, todos vestidos de civil. Felícitas solo reconoció a uno. Ramón Galindo, quien había organizado todo ese numerito.

Bajaron a Felicitas a punta de madrazos, para aventarla al piso, a los pies de Ramón, que había cargado el nerviosismo y el enojo todo el día, siguiendo el consejo, que mas bien pareció orden, de su superior de darle una calentada a la que le estaba cagando el palo y así lo dejaría en paz. Nunca había hecho algo similar pero se tenía que hacer.

– Le dije que le bajara de huevos – dijo Ramón, agachándose, para estar cerca de Felícitas, quien seguía tirada en el piso boca abajo –. Le dije que dejara de estar chingando, ¿qué no? – dijo sintiéndose más nervioso – ¿No le dije que me dejara trabajar? Ya ve lo que va a pasarle – terminó diciendo, pasando saliva, apretando el puño, para que no se viera lo asustado que estaba.

Felícitas no dijo nada. Se medio acomodó en el piso, para terminar sentada, con las piernas cruzadas volteando a ver a todos. Se vio rodeada por diez policías, todos con unas ganas de agarrarla a patadas. Sonrió, lo hizo como nunca en su vida. Lo hizo como si ya no tuviera nada que perder, porque no lo tenía.

-Putos –dijo, sin dejar de sonreír–. Todos ustedes, putos –agregó, señalándolos, no a todos, pero sí a la mayora–. Solo en bola son muy machitos, ¿verdad?

Cada palabra que decía provocaba que los presentes se enojaran más, sobre todo Ramón, a quien eran dirigidas.

–Háganme lo que quieran. Eso no les quitara que sean una bola de putitos, hijos de su pinche madre– terminó diciendo subiendo la voz.

– ¡Ya cállese señora! –gritó Ramón con todas sus fuerza, mientras a la distancia entre las montañas que rodeaban la presa se escuchaba el eco de sus palabras– ¿Qué no ve que por eso mismo le van a partir su madre? Porque no sabe callarse, con una chingada, ¡pinche vieja loca! – volvió a gritar

-Chinguen… a… su… ¡puta! madre –dijo, remarcando el oficio de las progenitoras de todos ellos.

La primera patada vino del propio Ramón, quien ya enchilado como pito de perro, todo inflamado y rojo, no aguantó más las insolencias de Felícitas. La patada fue directo a su rostro, agarrándola descuidada. No vio venir el madrazo y como siempre, no es lo mismo verlo venir que sentirlo llegar y lo sintió gacho, mandándola de espaldas contra el piso. Una piedra se le encajó en la espalda, provocándole punzadas de dolor. Eso empezó a ser confuso para ella y su cuerpo, que no sabía cómo reaccionar.

– Chínguensela – ordenó Ramón.

Los polis no dudaron. No tardaron en obedecer. Así empezó la putiza contra Felícitas.

Un par de minutos después se detuvieron.

Felícitas estaba adolorida de todo el cuerpo.

En cualquier otra circunstancia hubiera guardado silencio, a sabiendas que cualquier cosa que pudiera decir le repercutiría en otra tanda de patadas. Pero no se pudo quedar callada.

-Putos –dijo, tirada en el piso, sintiendo cómo se le salía el mole por la nariz y la boca–. Ni en bola pueden, pendejos –agregó, crispando más los ánimos ya caldeados–. Mi hijo era un pinche borracho. Aun así, más hombre que todos ustedes, ¡bola de jotos! –gritó lo más fuerte que pudo, para luego cubrirse la cabeza lo mejor que pudo esperando la putiza.

Nada sucedió.

Curiosa, descubrió la cabeza solo para ver a Ramón que se abalanzaba en contra de ella, con pistola en mano. No alcanzó a cubrirse. Ramón le dio un par de cachazos con la pistola.

-Que se calle, ¡pinche vieja loca! –gritó con todas sus fuerzas de nueva cuenta mientras le daba el repazón de madrazos.

Felícitas cayó al piso de nueva cuenta. La cara sangraba. Respiraba con dificultad. Ramón se puso de pie, apuntándole a la mujer que estaba malherida a sus pies. Estaba dispuesto a dispararle.

-No la mate con su pistola de servicio –dijo un poli, conocedor de lo que decía. No era la primera que vez que estaba en una situación similar.

Los segundos pasaron y Ramón mantenía su postura. Felícitas se recuperó poco para respirar mejor luego de escupir un coágulo de sangre que se le estaba formando en el fondo de la garganta.

Ramón finalmente hizo su movimiento. Volvió a acercarse a Felícitas para golpearla de nuevo en el rostro con todas sus fuerzas logrando noquearla. Quedó boca arriba.

-Vámonos –ordenó Ramón.

Todos obedecieron, y emprendieron el camino hacia sus vehículos. Nadie dijo nada. Nadie cuestionó la orden. Uno de ellos, el mismo que le había hecho la llave china y que no le había gustado como la habían tratado, se quedó mirando como Felícitas tenía dificultades para respirar. Se compadeció de ella. No la ayudaría sacándola de ahí, pero al menos se aseguraría de que no se ahogara con su propia sangre o vomito. Eso ayudó.

El poli subió a su camioneta y se marchó. Dejaron a Felícitas tirada en la tierra.