Cecil Taylor en Palermo

Cecil Taylor en vivo, 1984

Aguafuertes porteñas, Por Manuel Álvarez

La semana pasada fuimos con Luciana al cumpleaños de la madre de una amiga. Fuimos en la línea D hasta la estación de Palermo y después subimos cuatro cuadras por Godoy Cruz hasta llegar a Seguí.

En esa calle, entre Sinclair y Godoy Cruz, a una cuadra de la avenida Libertador, está ubicado La Fondeau, un restaurante chiquito, pintoresco, de paredes amarillas, decorado con una variedad incontable de fiambres y quesos, patas de jamón que cuelgan del techo, frascos de aceitunas, de salsas hechas con pepino.

Cuando llegamos vimos que había una mesa redonda grande pegada a dos mesas cuadradas más chicas, lo que le daba una forma de bombita de luz. La mesa redonda estaba repleta de señores que bordeaban los setenta, alguno incluso los pasaba. Cruzamos la puerta y nos recibió Norma, la cumpleañera, que nos presentó a los señores y señoras de la mesa redonda. Uno por uno.

Al primero que saludé fue a un señor de pelo y barba blanca, de unos setentilargos, que llevaba una remera negra y no se levantó de su silla. Le di la mano y cuando lo saludé me di cuenta que no me había entendido bien y pensé que era por el ruido.

—Hablale en inglés –dijo Norma—. Es de New Jersey.

Le hablé en inglés entonces, hice un chiste sobre Springsteen y el tipo se rió y seguí saludando a los de la mesa redonda hasta llegar a las sillas vacías de las mesas cuadradas. Nos sentamos ahí, al fondo, con Luciana y Alejandra, su amiga.

Apenas me senté escuché que Norma me llamaba desde la cabecera de la mesa redonda.

—Él también escribe —dijo, y vi como Norma me señalaba a un señor pelado que estaba sentado a dos sillas de distancia.

Asentí con la cabeza, lo felicité sin saber bien por qué y automáticamente una señora que no llegaba a ver se asomó por detrás del cuerpo del señor pelado y me dijo que él, quien supuse era su marido, había hecho clases con un escritor que a mí no me sonaba. Me hice el que pensaba y le dije que no lo conocía.

Seguí hablando con las chicas cuando volví a escuchar que me llamaban.

—Ana Paruolo —dijo la señora, otra vez asomándose detrás del cuerpo del señor pelado— También dio clases con Ana Paruolo. ¿La conoces?

Esta vez me dio pena y dije que sí, que me sonaba.

—Sí, ¿tiene libros publicados, no? —pregunté.

—Claro, más de uno —respondió la señora mientras el pelado asentía.

Enseguida llegó la hermana de Alejandra con su novio y una amiga, todos más jóvenes que nosotros. Entonces nos tuvimos que mover una silla a la derecha y quedé a un asiento de distancia del señor pelado, frente a la botella de champagne.

En la mesa había tablas con tostadas cubiertas de salame o lomito y encima queso, hablábamos y picábamos entre palabras, parecía como si estuviéramos en un capítulo de una novela de Saer. Después llegaron las pizzas caseras de distintas variedades: fugazzeta, tomate, panceta. Una delicia.

Estábamos comiendo una de las pizzas cuando llegaron dos jóvenes más, por lo que tuvimos que movernos a la derecha otra vez para hacerles lugar. Ahora sí terminé pegado al señor pelado. Unos minutos después Luciana salió afuera a fumar y yo me quedé escuchando la conversación de los mayores que tenía al lado. Una señora de pelo corto negro y anteojos gruesos que tenía enfrente contaba que hacía poco había estado en Alemania y que envidiaba la capacidad de levantarse que habían tenido los alemanes, que, a diferencia de nosotros, habían salido adelante. Habló de las consecuencias de la guerra y contó que había estado en Hamburgo y Dresde. Apenas escuché el nombre de Dresde me acordé de Matadero 5, en especial de una frase de ese libro: «Nada cambia ni necesita advertencia o explicación. Simplemente es».

—¿Dónde estás? —preguntó Alejandra, y enseguida salí del trance.

—Me colgué —respondí.

—La calle es un museo —escuché que decía la señora de pelo corto y anteojos gruesos.

Al ratito Luciana entró y me buscó para que la acompañe afuera a fumar.

—Vení que estoy charlando con el yanqui, te va a encantar —dijo.

Salí y, sobre la vereda, a centímetros de la calle, en una de las mesas de madera, estaba sentado el yanqui, con las piernas cruzadas y una pipa que largaba humo de a ratos. Parecía un filósofo del siglo pasado.

No sé bien por qué nos pusimos a hablar de música, resulta que Iván, así se llamaba, era un melómano insaciable, fanático de todo tipo de géneros, en especial del bluegrass. Estuvo un rato contándonos que él había creado un tipo de banjo con madera rosa brasileña. Hizo el gesto de tocar el banjo en el aire y nos dijo que la quinta cuerda no se toca, que es la que marca el ritmo. Iván hablaba en español pero se ayudaba con el inglés.

En un momento Alejandra llamó a Luciana y yo me quedé solo con el yanqui que, me di cuenta, era igual a Christopher Plummer en la película que hace de Tolstoi.

Empezamos a hablar de músicos norteamericanos y le pregunté por Dylan.

—Lo vi en vivo en una iglesia en el ´62 —dijo.

Lo miré sin poder creerlo y él siguió.

—Fue raro, fui con amigos y escuchamos algo diferente. ¿Qué es esto?, nos preguntamos —dijo, y puso la cara que se pone cuando se prueba un alimento que no se conoce—. Is like Beethoveen with the fifth symphony, la gente no lo entendía, preguntaban: ¿qué es esto?… Es interesante —dijo, y levantó el dedo índice como si fuera una varita mágica.

Le dije que tenía razón, que hay tipos que no es que llegan antes, sino que marcan el antes a partir de ellos, algo así.

—Cuando preguntes qué es esto think before criticize.

Don´t criticize what you can’t understand —canté cómplice, imitando la voz de Bob.

Exactly… Entonces no entendía a Dylan, ahora sí entiendo.

¿Hace falta entender?, pensé.

Lo que dijo Iván me llevó a Cecil Taylor, el cuentito de Aira sobre el genio incomprendido del jazz, que de joven (y no tan joven) era rechazado una y otra vez en los lugares en donde tocaba de madrugada. Algunos críticos decían que lo suyo no era música, otros directamente lo tomaban como un chiste, pero Taylor siguió tocando, sabiendo que, tarde o temprano, iba a ser celebrado. El tipo hizo música como si sus oyentes no fueran de su tiempo, buscó crearlos, supongo que eso libera.

«Nadie sabe lo que crece de noche y lo que uno hace nunca pasa totalmente inadvertido», escribe Aira. Así es.

Luciana volvió a salir y, al escuchar que seguíamos hablando de música, le preguntó si le gustaba la música argentina. Iván le dio dos pitadas a su pipa y respondió que le gustaba el folclore y también Charly García.

Ella enseguida le preguntó si hace mucho venía a Buenos Aires y qué le parecía.

—Oh, mucho tiempo, cincuenta años —respondió, y mostró la palma— Cuando vine por primera vez aquí, en el ´58, there were no traffic lights, tenía que hacer luces en las esquinas o bajar la ventana para indicar con la mano. Imagínate de noche, como ahora. Increíble —dijo.

Miré alrededor, atrás de la mesa en donde Iván estaba sentado había un faro que iluminaba la mesa y el árbol al lado nuestro, a la izquierda, con sus raíces creciendo en plena vereda, como enfrentándose a la civilización. A unos metros, de la vidriera del supermercado Día pegado a La Fondue, salía una luz tenue.

Eso me hizo pensar en que la conquista de la noche por la luz artificial es algo reciente. Le dije a Iván que hace poco me habían regalado un libro de Al Alvarez en el que una de las tesis que ensaya es que no sabemos lo que es la noche porque hace años que tenemos luz.

—Es interesante —dijo él.

—Siempre habla de literatura —dijo Luciana.

¿No es todo literatura?, pensé, pero no lo dije. En cambio, le confesé a Iván mi fascinación por la música y, sobre todo, la literatura de su país.

And the movies —dijo él.

Con Luciana asentimos y él enseguida nos contó que su hija era documentalista, que había sacado un documental este año. Le pregunté por el nombre y él corrió la pipa a un costado de su boca y se agarró la pera, pensativo. Después levantó su dedo índice y llamó a su mujer que estaba adentro.

—Ella es mi memoria —dijo, y fue a buscarla.

Al segundo salió.

Personal statements —dijo—. Is in Amazon.

Pasaron unos minutos y nos llamaron para soplar las velas adentro. Le cantamos el feliz cumpleaños a Norma y después de brindar con champagne la gente empezó a despedirse.

Iván se acercó a saludarme y me dijo que había sido un gusto conocerme. Le respondí que el gusto había sido mío y él me preguntó sobre qué escribía.

—Sobre cualquier cosa, sobre esto —respondí.

—Okey, next time in USA and with whisky —dijo, e hizo el gesto de acercarse un vaso a la boca.

And gin, like Cheever —dije.

Iván se rió y se fue caminando despacio con su mujer.

Una vez afuera me senté en la mesa de madera, al lado del árbol, a esperar que los invitados se terminaran de sacar las fotos con la cumpleañera en plena vereda.

—Ponele flash que si no no sale –escuché.

Cuando terminó la sesión caminamos por Seguí hasta Godoy Cruz. A mitad de cuadra vi un edificio en construcción que a principio de año tenía los primeros pisos hechos y ahora era una torre enorme, a la altura o incluso más alta que los edificios viejos.

Llegamos a la esquina y en la YPF esperamos un taxi. Pasaron un par ocupados hasta que vimos que el tercero que venía llevaba el “libre” escrito en luces rojas de neón, arriba, a la izquierda del vidrio frontal. Entonces nos pusimos a sacudir las manos para frenarlo.

Le dimos la dirección y enseguida escuchamos que en la radio sonaba una canción inclasificable, con múltiples instrumentos y una voz salvaje y lejana. Apenas terminó estuve a punto de preguntarle a Luciana qué era cuando el locutor con voz de dios se me anticipó:

«Esto fue Rag Mama Rag de The Band», dijo.