Guía de iniciación a la Ciencia Ficción: los cuentos de Philip K. Dick

Imagen de "Californium", un juego de exploración tributo a Philip K. Dick, producido por Darjeeling y Nova Productions.

Por Edén Martínez

Philip K. Dick, lo acepten o no, es un monstruo de la literatura, una anomalía, una mente extremadamente fructífera, ansiosa e inestable que ha dejado raíces en lo más profundo de la ciencia ficción y que además ha cruzado su frontera al hacerse parte de la cultura contemporánea en general, un logro que solo pocos escritores SciFi han conseguido, y ninguno como él. Por eso es común la sensación que algunos solemos sentir después de ver alguna película o serie del género, algo así como un “PKD estuvo aquí” rondándonos la cabeza, la impresión de que seguramente detrás de lo que acabamos de ver o leer está alguna idea, algún cuento corto o alguna novela del californiano más interesante del mundo.

A pesar de su tremendo éxito en el ámbito literario —y recientemente en el de la crítica formal— sigue flotando en las opiniones de bastante gente la idea de que Dick es un “mal escritor, pero con mucha imaginación”. Aunque el prejuicio ya popular de que los autores de CF son malos narradores con buenas ideas tiene a veces bastante de cierto, lo justo es admitir que con PKD esta regla no aplica completamente. La prosa de Philip es correcta, precisa —las traducciones son otra cosa—, aunque carece de toda la mortaja extra —por lo menos en sus cuentos cortos—que tanto criticaba Borges en la narrativa. Los motivos de esa acusación posiblemente radican en un antiguo problema sin resolver, tan viejo como la pregunta ¿qué es literatura y qué no?

Si, digamos, para ser parte de la alta literatura, profunda y memorable —en consonancia con lo que opina Harold Bloom—, hay que poseer profundidad poética y un estilo estéticamente perfecto, como el de Proust, Balzac o Tolstoi, entonces los relatos y novelas de PKD no son literatura ni mucho menos. Sin embargo, está clasificación no funciona y nunca ha funcionado fuera de las facultades de letras —y últimamente ni siquiera ahí—. Si nos despojamos de este prejuicio es fácil observar que la literatura de Dick cumple bastante bien con los requerimientos de la estructura del relato: comunica y cuenta claramente una historia, sostenida generalmente por una idea. PKD tiene, como diría García Márquez, “la manía de contar”.

En el prólogo del primer número de sus Cuentos Completos, Roger Zelazny nos habla de la división entre escritores para lectores y escritores para escritores. Zelazny resalta que Philip K. Dick es una extraña mezcla de ambos, además de miembro honorario de una especie aún más rara: el escritor de ciencia ficción para escritores de ciencia ficción.

Este conglomerado gigantesco de ideas sobre un solo tipo de literatura en parte ha sido producto de la variedad temática de Philip, quien vivía obsesionado con una idea ubicua y persistente: el mundo en el que vivimos no es el real, estamos perdidos, sin asidero, en un plano de percepciones engañosas.

Ahora, distantes de la época dorada del género, es fácil perder la brújula y caer en la tentación de colocar todas las ideas y conceptos de la ciencia ficción dentro de la misma caja: la humanidad gobernada por robots, viajes en el tiempo para evitar que la humanidad sea gobernada por éstos, realidades alternas, estados de consciencia alterados que borran la línea entre lo que es y lo que no es, ciborgs que pueden sentir emociones humanas, invasiones extraterrestres, etc. Este conglomerado gigantesco de ideas sobre un solo tipo de literatura en parte ha sido producto de la variedad temática de Philip, quien vivía obsesionado con una idea ubicua y persistente: el mundo en el que vivimos no es el real, estamos perdidos, sin asidero, en un plano de percepciones engañosas.

Esta amplia gama temática —que es a grandes rasgos la de toda la CF— la podemos apreciar con todos sus contornos a través de los Cuentos completos de Philip K. Dick, una colección de cinco tomos —publicada por primera vez en inglés por Underwood-Miller en 1987, y traducido y publicado en español por Minotauro—, que reúne todos sus relatos, con notas del autor y los clásicos estudios introductorios. Es en sus cuentos en donde, para mí, Philip logra expresarse con más exactitud. Por la misma naturaleza breve que tienen que tener, la falta de profundidad poética de su prosa no es un elemento que se le pueda criticar, además de que la narrativa breve le da la oportunidad de soltar ideas sin ton ni son, sin tener que preocuparse por elaborarlas demasiado.

A continuación, hablaré de los cuentos —unos tan largos que ya serían “noveletas”— que me parecen más representativos de cada volumen de la colección, que para mí es una especie de guía invisible para introducirse Philip K. Dick y a la ciencia ficción en general.

 

Tomo I: El hombre variable

The Variable Man, originalmente publicado en Space Science Fiction, en Julio de 1953.

Son las nueve y media de la mañana del siete de mayo de 2136, la humanidad ya ha colonizado otros sistemas solares pero su centro de mando se mantiene en un planeta Tierra casi arruinado, y lo único que se interpone en nuestro completo dominio del universo es el antiguo imperio galáctico —ja— de Próxima Centauro. El mundo está controlado por una especie de sistema político global, todos somos Tierra, ya no hay divisiones territoriales. El poder espacial de los humanos es cada vez más fuerte pero todavía no nos atrevemos a atacar directamente a los centaurinos, cuyo poder disminuye a la misma velocidad que aumenta el nuestro, ¿por qué? Porque todas las decisiones importantes se tienen que tomar considerando los resultados probabilísticos que unas “máquinas” nos dan. Dichas máquinas consideran todos los datos que se les introducen, los miden y otorgan una relación numérica, algo parecido a las mediciones de los sistemas de apuestas. Entonces, los humanos no atacarán a Centauro hasta que su probabilidad de ganar sea superior.

Este cuento podría funcionar como una crítica a la sobre especialización del trabajo: en la realidad del 2136 todos hacen una tarea específica, nadie comprende lo que hacen los otros ni lo puede hacer, son solo piezas del engranaje que no entienden cómo funciona éste en su totalidad.

Para esto se está desarrollando un arma, Ícaro, una bomba que puede viajar más rápido que la velocidad de la luz, y que finalmente cambiara las estadísticas en favor de la Tierra. Todo parece ir bien, hasta que el Instituto de Investigaciones Históricas, que por supuesto puede viajar en el tiempo, se trae consigo un hombre de principios del siglo XX, Thomas Cole, cuya sola presencia en el año de 2136 vuelve completamente locas a las máquinas medidoras, que ahora son incapaces de determinar qué ocurrirá. Thomas Cole es el hombre variable. Este cuento podría funcionar como una crítica a la sobre especialización del trabajo: en la realidad del 2136 todos hacen una tarea específica, nadie comprende lo que hacen los otros ni lo puede hacer, son solo piezas del engranaje que no entienden cómo funciona éste en su totalidad. En este mundo, Thomas Cole, que viene de un pasado aún no completamente automatizado ni industrializado, tiene una extraña habilidad que la humanidad ya perdió: arregla cosas, tiene la habilidad intuitiva de reparar.

Tomo II: La segunda variedad

Second Variety, publicado originalmente en Space Science Fiction, en mayo de 1953.

La segunda variedad es quizá uno de los cuentos más conocidos de Philip K. Dick, además de ser predecesor —junto con Yo, Robot de Asimov y Sueñan los androides con ovejas eléctricas del mismo Dick— de la idea de Terminator, Matrix y de cualquier otra película, libro o serie en que las máquinas se apoderan de la humanidad. En este relato también es el futuro, pero en esta ocasión uno derivado de la Guerra Fría: la URSS y los Estados Unidos —junto con todo occidente— destruyeron la tierra con bombardeos nucleares. Por esta razón el gobierno norteamericano tuvo que largarse a la Luna, desde donde todavía siguen coordinando los ataques a la Unión Soviética. Al parecer los soviéticos comenzaron ganando el conflicto, hasta que los científicos norteamericanos lograron desarrollar una especie de inteligencia artificial que manufactura máquinas y que es capaz de autorregularse: las llamadas garras, robots pequeños que destrozan y descarnan a todos lo que no tengan la identificación militar de E.U. El hilo del conflicto es precisamente eso: que la inteligencia artificial consigue determinar sus propias reglas y motivaciones, independientes ya de toda influencia humana.

En su camino, Hendricks descubre que las máquinas están comenzando a pensar por sí mismas y a identificar como sus enemigos tanto a soviéticos como a norteamericanos, y que para conseguirlo han desarrollado tres nuevas variedades de robots, ahora con forma humana.

En medio de esta guerra catastrófica, que comenzó siendo de humanos contra humanos, el mayor Hendricks, un oficial estadounidense, descubre que los rusos están intentando rendirse pero que las garras no los dejan, y se embarca en una misión diplomática para buscarlos. En su camino, Hendricks descubre que las máquinas están comenzando a pensar por sí mismas y a identificar como sus enemigos tanto a soviéticos como a norteamericanos, y que para lograrlo han desarrollado tres nuevas variedades de robots, ahora con forma humana. Soviéticos y norteamericanos se unen, después de identificar a la primera y a la tercera variedad de robots, para poder salvar a la humanidad y advertirla del peligro: pero para conseguirlo tienen que hacer algo primero: averiguar cuál es la segunda variedad, la más peligrosa.

Tomo III: El colgado, El padre-cosa y Nul-O

The Hanging Stranger, publicado por primera vez en Science Fiction Adventure en diciembre de 1953. The Father-Thing, Fantasy & Science Fiction, diciembre de 1954. Null-O, IF, diciembre de 1958.

En el tomo III de los cuentos de Phil, decidí elegir tres relatos pequeños, El colgado, El padre-cosa y Nul-O, en lugar de recomendar uno más largo como fue el caso de La segunda variedad y El hombre variable. En El colgado PKD propone un mecanismo psico-sociológico para que los alienígenas, que ya han dominado la tierra y viven entre nosotros, con nuestras caras y en nuestros cuerpos, puedan identificar a los pocos seres humanos que continúan viviendo en la Tierra como si nada. Ed Loyce, nuestro protagonista, se dirige campante hacia su trabajo en Televisores Loyce, pero cuando está a punto de llegar alcanza a ver en la glorieta a una figura extraña colgando de una farola. La figura resulta ser un hombre muerto, un ahorcado. Loyce se aterra, pero no precisamente por el bulto sin vida (que claro que incomoda a cualquiera) si no porque a nadie parece importarle que el ahorcado esté ahí, nadie se inmuta, para los demás es tan inocuo como una señal de tránsito. Ahí está precisamente el método, la estrategia de los alienígenas para saber quiénes de nosotros seguimos siendo humanos: nuestra reacción ante los estímulos sociales, ante los miedos y el rechazo que la sociedad nos ha formado sobre ciertas prácticas y actitudes, en este caso nuestra fobia patológica al suicidio, pero más que eso, nuestra incomodidad al mostrar la muerte de forma pública, de no esconderla, de sacarla del ámbito de lo privado. Para Loyce, hombre normal, trabajador, que seguramente paga sus impuestos, no podía pasar desapercibido que nadie quitara el cuerpo sin vida del poste.

Ahí está precisamente el método, la estrategia de los alienígenas para saber quiénes de nosotros seguimos siendo humanos: nuestra reacción ante los estímulos sociales, ante los miedos y el rechazo que la sociedad nos ha formado sobre ciertas prácticas y actitudes.

En El padre-cosa los alienígenas también se están apoderando del mundo introduciéndose en nuestros cuerpos y haciéndose pasar por nosotros, esto habla mucho de la obsesión que tiene Phil con la irrealidad. No sabemos quién es en realidad nuestro vecino, nuestra pareja, nuestro mejor amigo. Cualquiera podría ser nuestro enemigo. En esta ocasión, los visitantes del espacio son unos insectos que aterrizan en nuestro mundo (o sea en Estados Unidos) en forma de crisálidas controladas por una especie de gusanos. Dentro de estas crisálidas una materia viscosa poco a poco va tomando la forma del ser humano que planea reemplazar, hasta que se completa, se encuentra con su doble humano y lo elimina. Así, de uno en uno, reemplazan familias enteras. O por lo menos esto es lo que tendría que pasar, si no fuera porque los invasores cometieron el error de toparse con tres niños, Charles (el héroe), Tony Peretti (el rudo) y Bobby Daniels (el experto rastreador), que se encargarán de destruir sus planes interestelares. Nadie se mete con este trío intercultural (el blanco, el italiano y el afroamericano) de chicos de los suburbios.

En El padre-cosa los alienígenas también se están apoderando del mundo introduciéndose en nuestros cuerpos y haciéndose pasar por nosotros, esto habla mucho de la obsesión que tiene Phil con la irrealidad.

A diferencia de El padre-cosa y El ahorcado, en Nul-O los enemigos de la humanidad no son del espacio exterior, sino nosotros mismos. O bueno, algo parecido a nosotros mismos: una raza de humanos superinteligentes —o más bien una mutación de hombrecillos raros con “orejas móviles”— que gracias a su super consciencia y racionalidad sobre las cosas, han llegado a la conclusión de que el universo tiene que volver a su materia original, al caos, a la gran masa originaria. Esta teoría, que es una especie de segunda ley de la termodinámica con tintes neonazis —“He leído Mein Kampf, me ha demostrado que no estoy solo.” Dice Lemuel, el protagonista del relato—, se levanta bajo el supuesto de un “empirismo perfecto”. Todo debe ser destruido, o más bien “restituido” a la masa informe que es la única verdad: tal es la teoría Nul-O.

Esta teoría, que es una especie de segunda ley de la termodinámica con tintes neonazis —“He leído Mein Kampf, me ha demostrado que no estoy solo.” Dice Lemuel, el protagonista del relato—, se levanta bajo el supuesto de un “empirismo perfecto”.

 

Tomo IV: El informe de la minoría

The Minority Report, publicado por primera vez en Fantastic Universe, en enero de 1956.

Al hablar de El informe de la minoría me siento como un tenista en ascenso que tiene una mezcla de respeto y de miedo al enfrentarse a Roger Federer por primera vez. Para mí, es el cuento quintaescencial de Philip Dick, porque además de ser de los más populares —en el 2002 Steven Spielberg realizó una adaptación del relato, protagonizada por Tom Cruise—, posee una idea especulativa muy sólida y una trama cuasi policiaca de tono noir que le adereza muy bien. Ahora, imaginen un mundo —Estados Unidos— sin asesinatos, en donde la policía puede prevenir el 100 por ciento de los homicidios antes de que sucedan —serían el 99.9999 por ciento porque en el relato se mencionan algunos casos omisos, los menos, muy vergonzosos por cierto—. Todo esto gracias a tres retrasados mentales —llamados mutantes— con una potencia cerebral tan grande —qué contradicción— que los vuelve vegetales, pero que de alguna manera pueden ver el futuro. Su cerebro es tan poderoso que pueden detectar sucesos dolorosos como los asesinatos, si son conectados los tres a una máquina gigante y también viscosa —no lo dice, pero yo me lo imagino—. Estos retrasados son llamados precogs, y como ya mencioné, son utilizados por la policía Precrimen para detectar homicidios antes de que ocurran. Si un homicidio es predicho por los tres precogs éste se ha identificado con unanimidad. Aunque generalmente solo dos lo hacen —el informe de la mayoría—, y el tercero muestra un futuro alternativo —el informe de la minoría—.

El problema filosófico y moral aquí es que este método en realidad apresa a pre criminales, personas inocentes si consideramos la idea de que en realidad nunca cometieron el delito.

El problema filosófico y moral aquí es que este método en realidad apresa a pre criminales, personas inocentes si consideramos la idea de que en realidad nunca cometieron el delito. ¡Pero si yo no hice nada! No, ¡pero lo ibas a hacer! Supongo que esa era la discusión que tenían diariamente los oficiales de la policía Precrimen, su cuento de nunca acabar. Como fuera, el método funcionaba, y tenía gran aceptación política. Y como siempre tiene que haber un burócrata que crea fervientemente en las instituciones para que los métodos policiales de campo funcionen, el departamento de la policía del Precrimen es llevado adelante por su fundador y director John Anderton, un hombre de principios, que cree en la legalidad y en el sistema, y que está dispuesto a todo para defenderlos. Para resumir y ahorrarles la profunda dicha de descubrir el cuento por ustedes mismos les adelanto el hilo de la trama: un día sale una tarjeta —porque así funcionaba la máquina de los los precogs, muy modernos, pero aún imprimiendo tarjetitas— indicando que el mismo titular de Precrimen, nuestro burócrata John Anderton, cometería un asesinato. Aquí comienza la verdadera aventura de John, cuya única esperanza radica en el informe de la minoría.

Tomo V: Podemos recordarlo todo por usted y Las prepersonas

We Can Remember It For You Wholesale, originalmente publicado en Fantasy and Science Fiction en abril de 1966. The Pre-Persons, Fantasy & Science Fiction, octubre de 1974.

Para el tomo V, que es el último de la antología, seleccioné dos relatos que considero contrastan bastante entre sí. El primero, Podemos recordarlo todo por usted, es uno de los cuentos que llevó a Philip K. Dick a convertirse en un autor de culto. Sobre él se han hecho dos adaptaciones cinematográficas, una con cierto chiste dirigida por Paul Verhoeven y protagonizada por Arnold Schwarzenegger en 1990, y otra que pasó sin pena ni gloria en el 2012, en la que salió Colin Farrell, las dos nombradas Total Recall. El segundo relato que elegí, Las prepersonas, es más bien discreto, a pesar de que fue controversial porque protagonizó algunos enfrentamientos abiertos entre Philip y grupos feministas y proabortistas en California.

REKAL promete introducir en tu mente cualquier recuerdo, no importa lo fantasioso e irrealizable que sea —dependiendo de tu cartera— para que una vez terminado el tratamiento, tú vivas tu vida pensando que en verdad sucedió.

En Podemos recordarlo todo por usted nos encontramos dentro del pellejo de Douglas Quail, un trabajador normal, con una esposa rubia normal, pero que se la pasa teniendo fantasías nocturnas con ir a Marte y con una chica morena —brunette, pues—. Estos sueños son tan recurrentes que Quail no puede vivir en paz, entonces decide visitar a la corporación REKAL, una agencia que genera recuerdos. REKAL promete introducir en tu mente cualquier recuerdo, no importa lo fantasioso e irrealizable que sea —dependiendo de tu cartera— para que una vez terminado el tratamiento, tú vivas tu vida pensando que en verdad sucedió. Es más, la agencia incluso te dota de un montón de objetos que hacen de recuerditos y “pruebas” de que la experiencia fue real, para que no sospeches nada —todo lo contrario de lo que sucede en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, el drama romántico de Michel Gondry, que en todo lo demás es muy similar—. Ya decidido, Douglas Quail compra en REKAL un paquete muy específico: recordará que fue un espía infiltrado en Marte, y también a la morena-brunette de sus sueños. Todo parece ir bien hasta que algo inimaginable sucede cuando le están inyectando el paquete de recuerdos: los recuerdos elaborados por REKAL “ya no caben”, al parecer su espacio ya está ocupado, ¡Douglas Quail en realidad fue un espía en Marte y le habían borrado la memoria!

El relato de Las prepersonas es divertido, del tipo en que los niños de la cuadra se organizan para luchar contra el mal, como en El padre-cosa. Pero también es una fábula que muestra el posicionamiento político antiaborto de Philip K. Dick, una sátira de los argumentos que expresan que los fetos no son personas y que por lo tanto pueden ser eliminados legalmente.

Las prepersonas es una historia más modesta pero no menos interesante. En ella el gobierno de los Estados Unidos no considera “personas” a los niños menores de 12 años, porque “todavía no tienen alma”. Al parecer, después de múltiples pruebas y valoraciones, las autoridades y los científicos definieron que para poseer un alma hay que poder resolver problemas avanzados de álgebra, algo que potencialmente es factible a los 12 años. Antes de esa edad los niños tienen la calidad jurídica de prepersonas, algo así como animales, gatitos o perritos que las parejas pueden abandonar si ya no pueden mantener, o si ya no les place tenernos. En este contexto existe el “camión de los abortos”, un vehículo que recoge a los niños que han sido abandonados por sus padres y que por lo tanto no tienen sus papeles de paternidad en regla. Los capturan, los suben a la parte trasera del camión junto con otros niños, y los llevan a las Instalaciones del Condado, en donde esperan 30 días para ser recogidos antes de que los pongan a dormir, justo como en la perrera.

El relato de Las prepersonas es divertido, del tipo en que los niños de la cuadra se organizan para luchar contra el mal, como en El padre-cosa. Pero también es una fábula que muestra el posicionamiento político antiaborto de Philip K. Dick, una sátira de los argumentos que expresan que los fetos no son personas y que por lo tanto pueden ser eliminados legalmente. Cualquiera que sea nuestra posición al respecto, e independientemente del “mensaje” que Phil nos quiera transmitir, el cuento vale bastante la pena.

Aunque las guías de lectura son siempre falsas y generalmente ilegitimas, además de que en realidad lo único que hacen es poner en evidencia las deficiencias de quien las elabora, considero — sin importarme lo que acabo de decir— que después de haber leído los mencionados cuentos ya tendrán el bagaje inicial para poder hacerse llamar iniciados de Phil en sus reuniones de aspirantes a escritores. De todas formas ya lo dijo la novia de preparatoria de Dick, “la ciencia ficción es una idiotez y solo la leen adolescentes con granos”. Esto, les adelanto, fue en realidad lo que terminó de convencer a nuestro californiano favorito, “porque los adolescentes con granos también deben tener quien escriba para ellos”.

 

deslok10@gmail.com

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