Madre solo hay una: Capítulo 10

–No mames –fue lo primero que dijo Felícitas al abrir los ojos esa mañana, con el sol en todo su esplendor y con un chingo de dolor. Se cubrió los ojos mientras intentaba ponerse de pie, medio pudo sentarse, pero el dolor no la dejó del todo. Prefirió seguir acostada tapándose la vista del sol con las manos.

No podía ver bien. Tenía un ojo cerrado por lo hinchado. El otro lado de la cara le dolía. La tenía entumida. Sabía que un par de moretones enormes adornarían su cara, justo cuando los anteriores ya se le estaban borrando.

–Bonita chingadera –agregó murmurando. Estando en eso, hizo conteo interno, pasando la lengua por los dientes que todavía tenía. Sintió un par de ellos flojos, pero hasta ahí.

Le dolía todo el cuerpo. La putiza que le dieron los puercos había estado chida. Pero el hambre y la sed le exigían ponerse en pie. Así que no le quedó más remedio que hacer acto de fortaleza y levantarse. No fue fácil ni rápido, se giró para quedar de costado, y luego boca abajo. Apoyando las manos en el piso, se empujó como si estuviera haciendo lagartijas, levantando el culo, apoyando una rodilla, para enderezarse. Ese simple movimiento le dolió pior que si hubiera parido chayotes con espinas y tunas sin pelar.

Erguirse requirió otro esfuerzo monumental. Las rodillas le dolían. Se apoyó en ellas, pero también se mareo además de sudar y respirar agitadamente.

– Hijos… de su… PUTA… madre – dijo entre respiros, mientras recuperaba el aliento, el equilibrio y las fuerzas.

Al levantar la vista, lo que vio frente a ella fue solo agua. La presa contenía el líquido suficiente para toda la ciudad por varios años y las lluvias de las últimas fechas la habían llenado hasta el tope. Chingos y chingos de litros de agua. A Felícitas le dieron ganas de meterse para bajarse el calor. Tal vez el agua fría también ayudaría a bajar el dolor. Lo pensó durante unos segundos hasta que una voz apareció en su mente:

–Pos chingue a su madre –y así, sin quitarse la ropa, porque no tenía las fuerzas y las ganas de soportar el dolor de hacerlo, se metió al agua y sí que estaba fría. Los pezones se le endurecieron a tal grado que parecía que saldrían disparados de las chichistosas. Felicitas avanzó y avanzó, soportando el frio, el entumecimiento de todo su cuerpo, hasta que pudo meter la cabeza, haciendo busitos. Al menos hasta que no soportó más y regresó a la orilla.

No sabía bien donde se encontraba, pero empezó a caminar hacia donde ella creía que estaba la cortina de la presa. Mientras lo hacía, recordó que en algún momento de su vida había ido a la cortina de visita para que las bendiciones conocieran el lugar. Pero nunca había pasado de ese lugar. Estaba perdida en pocas palabras.

La mojada había servido para aplacar un poco el dolor, además de hacer soportable la caminada. Le pedía a diosito que no se hubiera equivocado de dirección y estuviera alejándose de la cortina y de la civilización.

Al ver a lo lejos lo que buscaba después de quince minutos de caminata, Felícitas levantó la cara al cielo y agradeció su buena suerte, que los dioses de donde fueran la hayan llevado por buen camino. Aunque eso no acababa, más bien empezaba, ya que todavía tenía que llegar a la cortina, bajar seguramente, además de que por ser entre semana no había nadie y tendría que caminar hasta la carretera que la llevaría a la ciudad. Felícitas no recordaba la distancia a recorrer, pero sabía que no estaba nada cerca, por lo que quizá le quedaba un par de horas o más de caminar y caminar como peregrino sanjuanero.

-Pinche penitencia -pensó al ir haciendo cuentas mentales de cuánto le faltaba por llegar. La espalda le empezaba a doler, junto con la rodilla derecha, la cabeza y la panza de hambre y sed.

-Todo por exigir justicia pa´ mijo -agregó.

Felícitas llegó a su primer destino: la cortina. El viento ya resoplaba y el calor la castigaba con todas sus fuerzas. No era la primera vez y nunca se acostumbraría a tal castigo. Volvió a meterse al agua antes de cruzar la cortina, que tenía un par de torres y una válvula central, además de una pequeña válvula de escape por si el agua llegaba a los límites máximos y amenazaba con desbordarse. Felícitas recordó que en más de una ocasión rumores, premoniciones y demás charlatanerías habían corrido por entre los habitantes de la ciudad anunciando la caída de la presa y la siguiente inundación de la ciudad y con ella el caos y la muerte. Nunca había sucedido. Era más fácil que la presa se quedara sin agua a que se reventara.

Volvió a meterse al agua antes de empezar la siguiente etapa, el caminar hasta la carretera. Sintiendo alivio al sentir el frio, que ya no era tanto porque el sol todo lo calentaba, para desagrado de Felícitas. Y pos ya entrada, le dio unos buches para satisfacer su sed. Ya si se enfermaba, pos que se enfermara, en esos momentos le valía madre.

Subió a la cortina y abajo, donde tradicionalmente había puestos de gordas y demás fritangas, estaba vacío. Ni una sola alma. Suspiró decepcionada para luego volver a caminar bajando poco más de cien escalones que le llegaron a pesar. En el último escalón la rodilla le dolía bastante. Tomó asiento en este durante largo rato a la sombra de un árbol. Esperaba que un alma caritativa apareciera en la presa para que la llevara de regreso a la civilización. Una vez más se hizo mensa. Sabía perfectamente que eso no sucedería. No le quedó de otra que volver a caminar mientras aguantaba un constante dolor de rodilla, más intenso que todos los demás dolores que la hostigaban.

Esa parte, debido al constante flujo de agua proveniente de la presa y que se dirigía a la ciudad en su primera etapa como arroyo, que ya luego sería entubado, ayudaba a que creciera vegetación y muchos árboles que hicieron menos tormentoso el viaje de Felícitas. Un par de kilómetros después llegó a la parte entubada; una especie de pileta donde se acumulaba el agua para entrar a un par de tubos de medio metro de diámetro. Ahí se acabaron los arboles espesos de copas anchas que le daban sombra.

-Chale -dijo en voz alta empezando a sentir el calor del medio día. Lo peor era que no recordaba cuanto más faltaba y a la vista no veía o se escuchaba la carretera, o el periférico.

-Re chale -agregó ante su mala suerte.

No le quedó de otra que seguir caminando. Otro par de horas pasaron, hasta que por fin escuchó a lo lejos un camión de carga mentándole la madre a algún conductor pendejo.

La carretera al fin estaba al alcance. Eso hizo sonreír a Felícitas que ya llevaba demasiado tiempo caminando bajo el sol, soportando el calor y el dolor de la madrina que le habían puesto los polis la noche anterior. Además de sumarle el dolor y cansancio por la caminada, sobre todo en los pies y las rodillas.

–Me cae que después de esto –pensaba mientras arrastraba los pies–, ya bajé los kilos que tenia demás y si no, me cae que si me pongo a dieta.

Sintiendo como el sudor le resbalaba por todas partes, surgiendo de la cabeza, las axilas, debajo de las bubis y en la raja del culo, se imaginaba la peste con la que terminaría y lo que tardaría en bañarse llegando a casa, si es que llegaba.

Al llegar a la carretera, un árbol le sirvió para proveerle sombra. No quería sentarse. Sabía que si lo hacía ya no podría ponerse de pie y ahí mismo colgaría los tenis. Veía los carros pasar sin molestarse en verla, dejando estelas de humo detrás de ella. Después de descansar, no le quedó otro remedio que empezar a caminar de nueva cuenta, según ella, el camino a casa una vez más apostando hacia una dirección que no recordaba plenamente. Empezó a pedir raite, levantando el dedo pulgar, caminando de espaldas por algunos momentos para luego enderezar el camino, teniendo cuidado de no tropezarse para no sumar dolor al ya presente.

Nadie se detenía.

Felícitas mentaba madre mientras los pasos y los metros se acumulaban uno tras otro y las energías menguaban llevándola al borde del colapso. En más de una ocasión llegó a tropezarse y casi caer al piso, teniendo que meter las manos para poder mantener la vertical, provocándose dolorosas punzadas por los movimientos rápidos que tuvo que hacer.

Y nadie se detenía.

– Cambio de estrategia –dijo Felícitas sin detener su andar.

Tardó un par de segundos en respirar lo más hondo que pudo, para tomar fuerzas y quitarse la empapada blusa para quedar con el torso descubierto, dejando ver la camisa de fuerza que era el chichero que mantenía a raya a las niñas doble D. Esperó que con eso algún calenturiento se animara a detenerse y por fin llevarla de nueva cuenta a la civilización. Lo único que consiguió fue un montón de claxonazos y mentadas de madre.

–Tápese sus vergüenza, ¡vieja loca! –le llegaron a gritar más de uno.

Tal parecía que el plan de enseñar sus atributos no había sido buena idea ya que no había buenos atributos. Y nadie se paraba. Hasta que por fin vio que delante un taxi se detenía a un costado del camino. Felícitas agradeció a todos los dioses del cielo, hasta a aquellos que no conocía. Intentó correr, pero no pudo, ya que no tenía las energías necesarias. Apenas si para caminar hasta el carro. Abrió la puerta trasera y se dejó caer en el asiento, cual corta que era. El conductor se tuvo que estirar para poder cerrar la puerta y poder arrancar.

– ¿A dónde va? –preguntó el taxista asomándose hacia el asiento trasero, donde Felícitas trataba de mantenerse con vida. Miró con atención el torso semidesnudo de ella, sintiendo cómo su pizarrín despertaba, con ganas de estirar la mano y agarrarle una chichi, aunque sea sobársela por encima del bra.

–No tengo dinero, haga paro –dijo ella, sin levantar la cara, viendo al taxista sobreséasela, para luego medio taparse sus vergüenzas.

–Por eso no se preocupe, deje la llevo a un hospital –respondió el chofer, luego de ver el estado en que se encontraba el cuerpo de Felícitas, lleno de tierra, sudor y madrazos. Morenotes se le veían en brazos, costillas, y espalda. Seguramente las piernas también las tendría todas madreadas además de ampollas en las patotas.

–No, hospital no, no –dijo Felícitas de inmediato–. Mejor lléveme a mi casa, por favor.

– ¿Segura? –preguntó– La veo toda madreada. Como que necesita ir a un hospital.

–Neee, no tengo nada malo, no sea gacho, lléveme a mi casa, ahí le pago – volvió a decir Felícitas, sin moverse mucho de su asiento.

–Está bien –dijo el taxista no muy convencido, pisándole más el acelerador–  ¿Y dónde vive?

Felícitas dio su dirección. Quedaba del otro lado de la ciudad. Un viaje largo y costoso.

–No mame, esta re lejos, ¿cómo fue que terminó hasta acá? –preguntó el taxista, curioso, con la intención de saber todo el chisme y poder contarlo, tanto a los amigos, como a la esposa y a la novia. Pero al darse vuelta, se dio cuenta que Felícitas estaba dormida, no, desmayada, ya que la zangoloteó, apoyando la mano en una de las bubis, apretando con ganas. Felícitas no reaccionaba.

El taxista sabía que eso no era nada bueno, y que definitivamente tendría que llevarla a un hospital. Pero primero, se detuvo en un minisúper, donde compró una botella de agua de a litro y medio, una coca de medio litro, lo más fría posible y un par de piezas de pan.

Regresando al carro, obliga a Felícitas a despertar, reaccionando de mala manera, con muy poca energía. Le dio de beber el agua, que ella agarró como si fuera la última Coca-Cola del desierto, bebiendo desesperadamente hasta acabarla. No le importó el dolor por el brainfreeze. El taxista le dio un pedazo de pan, que ella también comió fervientemente, para luego seguir con la coca, esperando que el azúcar le ayudara a levantarla. No era la mejor manera de hacer que alguien recuperara la compostura, pero serviría por el momento, hasta que la llevara al hospital. Viendo que ya reaccionaba mejor, de su pantalón, de la pequeña bolsa que se supone que es para monedas y que nadie usa, sacó un pedazo de papel aluminio, que abrió con cuidado, dejando ver un polvo blancuzco. Obligó a Felícitas aspirar por la nariz. Mientras ella terminaba de recuperarse, el taxista no desaprovechó para agarrarle las bubis, logrando meter una mano dentro de la camisa de fuerza para encontrar el pezón.

– ¡Ah su madre! –dijo Felícitas luego de aspirar el gramo de coca y empezar a sentir el efecto de la droga en su cuerpo y mente.

–Ora si, vamos a un hospital –dijo el taxista, ya más tranquilo, subiendo al asiento del conductor.

–No, ya le dije que a mi casa –respondió Felícitas por fin sentándose en el asiento.

–Pero esta re mal. Se me desmayó hace rato –dijo el taxista quien la miró con cierto enfado a través del espejo retrovisor.

–Ya le dije que estoy bien, lo que hizo ya me ayudo para reponerme, se lo agradezco mucho, pero no quiero ir a un hospital –respondió Felícitas moviéndose en el asiento dispuesta a bajarse del carro.

–Está bien, como quiera, pero si se muere en el camino no es mi problema.

–No se preocupe, que voy a estar bien –dijo ella, sonriéndole.

Poco más de media hora después Felícitas estaba en casa.

–Si quiere pasarle para darle el dinero que le debo –dijo ella, abriendo la puerta del carro. Hasta ese momento no le había importado el seguir en bra y con la camisa en el piso.

El taxista aceptó la oferta, con el objetivo de obtener el dinero y el cumplir, por fin, con la fantasía de echarse un acostón con una pasajera. Ambos entraron a la casa. El taxista esperó en la sala, mientras Felícitas iba a la habitación, donde de su escondite secreto en el cajón de la cómoda, donde guardaba sus camisas de fuerza, chones, y un calcetín de Ernesto padre, donde tenía unos cuantos ahorros. Tomó un billete y emprendió el camino de regreso a la sala, pero en el pasillo se topó con el taxista que iba a su encuentro.

–Aquí tiene. Espero que sea suficiente –dijo ella, extendiendo la mano con el billete.

El taxista no dijo nada. Tomó el billete para meterlo en la bolsa del pantalón, para luego intentar abrazar y besar a Felícitas.

–No. Aguante. No sea pesado –dijo ella, intentando resistirse, pero no tenia las fuerzas suficientes para lograrlo. Estaba exhausta.

El taxista no cedía, presionando más y más. Felícitas pensó que era mejor ceder un poco, pero sin abrirse por completo. Besó al taxista y dejó que este la abrazara y empezara a meterle mano.

–Oiga, no sea tan tosco –dijo ella, sintiendo cómo el taxista quería quitarle las gorritas pa´ cuatitos a la fuerza.

–Oiga –lo interrumpió, empujándolo, logrando detenerlo–. No sea gacho, toy bien casada y adolorida. Mejor vamos haciendo algo. Deme un par de días pa descansar y recuperarme, y ya mas recuperadita, pos si nos damos una buena divertida, cuantas veces quiera, ¿cómo ve? –dijo sonriendo lo mejor que pudo, pero manteniendo la distancia la mas que podía poner.

– ¿Dos días? –preguntó el taxista. Felícitas se sintió más aliviada. Tal parecía que había surtido efecto.

–Como mínimo –respondió ella, acercándose un poco, ya que lo tenía dominado, y con eso aseguraría que se iría a chingar a su madre y la dejaría en paz–. Será más divertido. Mucho más divertido, te lo puedo asegurar –agregó, dándole un beso en la boca, apenas tocándolo.

– ¿Qué tan divertido? –preguntó él, sin quitar la mano sobre una de las bubis de ella.

–Me gusta hacer cosas que no cualquiera hace y que me hagan cosas por, ya sabe, detrás –agregó, volviendo a besarlo.

–Está bien, en dos días regresó –dijo él, soltándola. Felícitas sintió más alivio. Todo había funcionado. El taxista tomó rumbo a la salida.

Al estar sola, empezó a temblar incontrolablemente, como si tuviera mucho frio. En realidad era miedo. Terror absoluto. Se abrazó a sí misma, con fuerza, para luego cerrar la puerta con el doble seguro que tenia y que casi nunca ponía. Entonces corrió y se encerró en su habitación, cubriéndose con las sabanas y cobijas, no importándole el calor. Lo único que quería era estar en un lugar donde se sintiera segura, donde el miedo no existiera, donde pudiera estar tranquila, en paz, sin tener que estar a la defensiva todo el tiempo; sin tener que soportar policías abusivos que preferían golpear mujeres que hacer su trabajo, o taxistas que querían cobrarse con cuerpomatico en vez de hacer una buena obra.

¿Cuántas veces había llorado desde que todo esto comenzó, desde que la patrulla se apareció frente a su casa, para avisarle que Ernesto había muerto?  Más veces que toda su vida junta. Más veces que cuando murió el amor de su vida, dejándola sola e indefensa.