Roma: un mar de opiniones encontradas

Por Alejandro Galván

Lamentablemente Roma (2018, Alfonso Cuarón) no ganó la grande, pero para fortuna se llevó los premios de Mejor director y Mejor película extranjera. Con justa razón, además ya que sin duda ésta es una de las películas mexicanas que más ha dado de qué hablar. Tanto su director como su actriz protagonista han dado tantas entrevistas y se han realizado tantos comentarios sobre los aspectos técnico, narrativo e histriónico que ya ni siquiera me parece necesario tocarlos en este comentario. Lo que sí es necesario tocar es la radical diversidad de opiniones que rodean a Roma, ya que se parte desde las alabanzas más patéticas —en el sentido retórico de la palabra—y los vituperios más encarnizados, por considerar el filme de Alfonso Cuarón como el director más soso y aburrido en la historia del cine mexicano.  Por supuesto, el simple hecho de que se tomen posturas tan extremas hace pensar que el filme logró su cometido al despertar algo en los espectadores.

Creo que la película merece este premio y todos los que le fueron otorgados. Ésta es una cinta íntimamente humana, una narración que logra presentar una estampa de una Ciudad de México que ya fue. Pero deseo que quede claro que el hecho de ganar el Oscar a mejor película extranjera, o para lo que importa cualquier otro premio, no determina en ninguna medida la calidad de la cinta. Roma es lo que es.

De hecho, creo que es conveniente admitir que, efectivamente, es una película que roza en lo aburrido. El escaso movimiento de cámara, los encuadres contemplativos y el tempo lento de la narrativa hacen de Roma una película pesada de ver. No creo que alguien la pudiese ver muchas veces consecutivas. Sin embargo, para muchos, como para mí, en ciertas partes la película se torna hipnotizante. Al verla de reojo, una vez ya comenzada, poco a poco te irán atrapando las actuaciones, sí de Yalitza, pero también de Marina de Tavira, la madre; los sets de fondo que envuelven a la acción y el realismo de los acontecimientos.

Esta última característica, especialmente en la escena del hospital, de la familia en la palapa y de las relaciones familiares, es donde creo que se encuentra el meollo del asunto. Si Roma es una cinta tan difícil de ver es porque tiene como fundamento la idea de capturar la realidad como se presentó ante los personajes, en su flujo constante y como una corriente de acontecimientos en los que uno simplemente está envuelto. De hecho, el filme de Cuarón recuerda mucho a la cinta Boyhood (2014, Richard Linklater) en más de un sentido. En primera instancia, Roma pasó por una experiencia similar a la que vivió la cinta de Linklater cuando se estrenó, ya que causó mucha crítica por considerarlo como un filme aburrido, no obstante su calidad técnica, narrativa o artística. En segundo lugar, se puede argumentar que ambas cintas retoman parte de los postulados de André Bazin, es decir, en ambas lo que se busca es atrapar el presente tal como ocurre, como un instante fugaz. En palabras de uno de los personajes de Waking Life (2001, de nuevo, Richard Linklater):

El cine, en su esencia, trata de ser la reproducción de la realidad, lo que significa que la realidad es de hecho reproducida, y para él —refiriéndose a André Bazin— […] la literatura es la mejor forma de contar una historia, puedes contar una historia, aunque sea como un chiste, como “Un hombre entra al bar y ve a un enano”. Eso funciona muy bien porque estás imaginando a este hombre y a este enano y a este bar y es un aspecto imaginativo, pero en el cine esto no lo tienes porque en realidad estás filmando un hombre específico, en un bar específico y a un enano específico, de altura específica.

Para Bazin esto era el cine y Roma, al tener como interés principal retratar un pasado biográfico de su creador, se mueve en esta misma línea de pensamiento. Pero si tanto Boyhood como Roma nos pueden enseñar algo, es que no todos están dispuestos a ver una representación tan apegada de la realidad en pantalla. Al cine se le prefiere ver como un medio de entretenimiento, lo cual en sí tampoco tiene nada de malo. El cine es lo que sus consumidores digan que es.

En conclusión, y sin importar la idea del cine que tengamos, creo que como creación narrativa una película tiene como elemento distintivo la semejanza con la realidad, en el sentido de que empatizamos con las figuras en pantalla porque son como uno mismo. Por esta razón, creo que no hay momento más bello en la experiencia de ir al cine que cuando el espectador puede contemplar la trama como si ésta buscase retratar su vida a cada momento, con cada toma y cada escena. Tal vez muchas personas no lograron ver en Roma algún aspecto de su vida o su realidad, pero a ellos dirían que es necesario celebrar que el cine mexicano haya logrado estar en la conversación de tantas personas de todo el mundo.